JESÚS, SEÑOR Y REY DE LAS NACIONES
Todas las cosas las creó Dios en función de Su Hijo, en Su Hijo, con Su Hijo y para Su Hijo (Col.1:15-16: Jn.1:3).
El hombre fue creado para ser conformado al Hijo de Dios viviendo por Él (Gn.1:26; 2:9). El Hijo de Dios es la vida que está con el Padre (1Jn.1:2). Él es la vida zoé del árbol de la vida, que fue ofrecida al hombre desde el Edén, para que el hombre viviera en unión con Dios siendo conformado a la imagen de Dios que es el Hijo.
Desde el principio Dios pensó al hombre en familia, y planeó que la tierra fuese llena de su género (Gn.1:26-28). El género humano sería, pues, un hombre corporativo que llenaría la tierra, sojuzgándola corporativamente, en familia, para Dios.
Después de la caída del hombre, la condición de éste cambió por el pecado, pero el propósito de Dios nunca ha cambiado. Por eso fue necesaria la redención, para recuperar al hombre para el propósito divino. El hombre caído se tornó un viejo hombre; pero el Hijo de Dios encarnado llegó a ser el elemento del nuevo hombre para la recuperación humana. En la cruz de Cristo, el viejo hombre fue crucificado, en Su sangre nuestros pecados fueron limpiados, y en el poder de Su resurrección, y por Su Espíritu, fuimos regenerados, y somos renovados, trasformados y configurados al Hijo de Dios, en el cuerpo de Cristo. El cuerpo de Cristo es ahora el nuevo hombre en Cristo, que ha de cumplir el propósito divino.
Por eso Dios prefiguró el alcance corporativo de la redención en Cristo. Dios le prometió a Abraham que en su simiente serían benditas todas las familias de la tierra. El cordero pascual debía ser comido en familia. Un cordero por familia. El hilo de grana, que nos recuerda la sangre de Cristo, en la ventana de Rahab, que había recibido a los mensajeros de Dios, era la señal por la que su casa, con su familia, sería guardada del juicio. Por lo tanto, la salvación de Dios abarca, en el cuerpo de Cristo, a gentes de todas las razas, lenguas, etnias y tribus, que cual miembros del cuerpo único de Cristo, extienden el reino de los cielos por toda la tierra, como era la misión del hombre desde el Edén.
En su epístola a los Gálatas, lo cual corrobora en otras, el apóstol Pablo nos enseña por el Espíritu que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, somos revestidos de Él, donde ya no hay diferencia de razas, nacionalidades, etnias, tribus, sexos, clases sociales, sino que somos uno en Cristo, el cuerpo de Cristo, y herederos con Cristo de la promesa hecha a la simiente de Abraham.
Puesto que Dios hizo todas las cosas para Su Hijo, entonces le pidió a Su Hijo que Éste, a Su vez, le pidiera al Padre las naciones; pues eso es lo que el Padre siempre ha deseado: que Su Hijo encabece para Él todas las cosas en los cielos y en la tierra. “Mi Hijo eres Tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra…” (Salmo 2:7,8).
Por eso también, cuando resucitó y apareció a Sus discípulos, les dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra; por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Por esa misma razón, la bacia de bronce, el lavacro que Salomón, como hijo de David, figura del verdadero Hijo de David, que es nuestro Señor Jesucristo, construyó en el atrio del templo de Dios, estaba colocada sobre el lomo de 12 bueyes que salían en dirección a los cuatro ángulos de la tierra; así como los apóstoles, llevando su yugo con el Señor, salieron por todo el mundo, llevando el anuncio del evangelio.
Cuando el Hijo del Hombre resucitó de entre los muertos y ascendió a la diestra del Padre, fue llevado en una nube ante el Anciano de días, y allí le fue entregado el dominio de todos los siglos. El Cordero recién inmolado apareció ante el trono, y le fue entregado el Libro sellado con siete sellos, el cual, al ser abierto por el Cordero, traería como resultado al fin, que todos los reinos del mundo viniesen a ser del Señor y de Su Cristo. Ese Libro de los siete sellos contenía el plan del propósito divino, por medio del cual Dios colocaría bajo las plantas de los pies de Su Hijo todas las cosas, sometiéndole todos sus enemigos, suprimiendo toda otra autoridad rebelde en el universo visible y en el invisible.
Lo primero que hizo el Cordero de Dios, ahora León de la tribu de Judá, para echar a andar el maravilloso plan divino para consumar Sus propósitos, fue abrir el primer sello, con lo cual echó a andar victorioso y para vencer, el caballo blanco, personificación del avance del evangelio por toda la tierra. El que descendió, dice Pablo a los Efesios, fue el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. El Cristo ascendido nos envió Su Santo Espíritu para capacitarnos a ir a todas las naciones con Su Palabra para serle testigos. Después de la fiesta de Pentecostés venía la fiesta de las Trompetas; y así, después de ser investidos por Su Espíritu del poder de lo Alto, sale la Iglesia a todas las naciones a predicar la fe para la obediencia de todas las naciones.
Entonces es la hora de la Iglesia, del cuerpo de Cristo. El Cristo ascendido victorioso a la diestra del Padre, y que abre el Libro de los siete sellos para someter al Padre todas las cosas, para que Dios lo sea todo en todos, al abrir el primer sello y echar a andar el caballo blanco destinado a vencer, da a la Iglesia, para perfeccionar a los santos para el ministerio de edificar el cuerpo de Cristo, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Su trabajo en el cuerpo, y el del cuerpo mismo, es la cabalgata victoriosa del caballo blanco, cuyo jinete, Jesucristo, ya disparó su flecha al corazón del enemigo.
Para todos aquellos, entonces, que rehúsan reconocer al Cordero de Dios, al Hijo de Dios resucitado de entre los muertos, como el Señor y Salvador, no les queda sino el cabalgar de los siguientes caballos del Apocalipsis. Si derramaron la sangre de los hijos de Dios, de los mártires de Jesús, entonces, como dice el ángel, han de beber sangre. El caballo bermejo de la guerra es echado a andar detrás del blanco. Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No, sino espada, dijo Jesucristo; porque desde ahora estarán divididos, en una misma casa, dos contra tres, y tres contra dos; y los enemigos del hombre serán aún los de su propia casa. La guerra viene como consecuencia del rechazo del evangelio.
Y como consecuencia de la guerra, viene el hambre; y como consecuencia de la guerra y del hambre, viene pestilencia, mortandad y muerte. Y a la muerte le sigue el Hades; y al Hades el Lago de fuego. Eso es lo que le espera a los que rechacen el evangelio de Jesucristo. Y entonces, con gran tribulación, y con trompetas y tazas de juicio, todas las cosas son puestas a los pies de Aquel cuyo es el derecho: el Hijo de Dios. Así, de esta manera, los reinos del mundo vendrán a ser del Señor y de Su Cristo.
Pero el primer caballo enviado para vencer, es el caballo blanco del evangelio. El Espíritu Santo, el ministerio en pleno, todos los santos del cuerpo de Cristo, y sus ángeles acompañantes, han sido puestos en acción para ir a todas las naciones de la tierra, a todas las etnias sin distinción, que fueron pedidas por el Hijo al Padre, de modo a someter la tierra para Dios.
Ahora corresponde a nosotros, como pueblo de Dios, gemir en intercesión, como lo hacía Juan Knox, para que las naciones nos sean dadas para el Hijo de Dios. “Dame Escocia, Señor, o sino me muero”, gemía el gran reformador escocés. Que no descansemos hasta que todas las cosas le sean puestas por estrado de los pies a nuestro amado Señor.
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Gino Iafrancesco V., 25/IX/2007, Londrina, Paraná, Brasil
"Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra".
(Salomón Jedidías ben David, Qohelet 11:1, 2).
(Salomón Jedidías ben David, Qohelet 11:1, 2).
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lunes, 20 de junio de 2011
JESÚS, SEÑOR Y REY DE LAS NACIONES / em portugues
JESUS, SENHOR E REI DAS NAÇOES
JESUS, SENHOR E REI DAS NAÇÕES
Todas as coisas foram criadas por Deus em função de Seu Filho, em Seu Filho, com Seu Filho e para Seu Filho (Col.1:15-16: Jn.1:3).
O homem foi criado para ser conformado ao Filho de Deus vivendo por Ele (Gn.1:26; 2:9). O Filho de Deus é a vida que está com o Pai (1Jn.1:2). Ele é a vida zoé da árvore da vida, que foi oferecida ao homem desde o Éden, para que o homem vivesse em união com Deus sendo conformado à imagem de Deus que é o Filho.
Desde o princípio Deus pensou no homem em família, e planejou que a terra se enchesse do seu gênero (Gn.1:26-28).O gênero humano seria portanto um homem corporativo que encheria a terra, subjugando-a corporativamente, em família, para Deus.
Depois da queda, a condição do homem mudou por causa do pecado, mas o propósito de Deus nunca foi mudado. Por isso foi necessária a redenção, para recuperar o homem para o propósito divino. O homem tornou-se um velho homem; mas o Filho de Deus encarnado veio ser o elemento do novo homem para a recuperação humana. Na cruz de Cristo, o velho homem foi crucificado,no Seu sangue nossos pecados foram lavados, e no poder de Sua ressurreição, e por Seu Espírito, fomos regenerados, e somos renovados, transformados e conformados ao Filho de Deus, no corpo de Cristo. O corpo de Cristo é agora o novo homem em Cristo, que há de cumprir o propósito divino.
Por isso, Deus prefigurou o alcance corporativo da redenção em Cristo. Deus prometeu a Abraão que em sua descendência seriam benditas todas as famílias da terra. O cordeiro pascoal devia ser comido em família. Um cordeiro por família. O cordão de fio escarlata, que nos recorda o sangue de Cristo, na janela de Rahab, que havia recebido aos mensageiros de Deus, era o sinal pelo qual sua casa, com sua família, seria livrada do juízo. Portanto, a salvação de Deus abarca, no corpo de Cristo, gente de todas as raças, línguas, etnias e tribos, que como membros do corpo único de Cristo, estendem o reino dos céus por toda a terra, como era a missão do homem desde o Éden.
Em sua epístola aos Gálatas, o qual corrobora em outras, o apóstolo Paulo nos ensina pelo Espírito que todos os que fomos batizados em Cristo Jesus, somos revestidos dEle, onde já não há diferença de raças, nacionalidades, etnias, tribos, sexo, classes sociais, porém somos um em Cristo, no corpo de Cristo, e herdeiros com Cristo da promessa feita à descendência de Abraão.
Já que Deus fez todas as coisas para Seu Filho, então pediu a Seu Filho que Este, por Sua vez, pedisse ao Pai as nações; pois isso é o que o Pai sempre desejou: que Seu Filho encabece para Ele todas as coisas nos céus e na terra. “Tu és meu filho; Eu hoje te gerei. Pede-me, e Eu te darei por herança as nações, e as extremidades da terra por tua possessão…” (Salmo 2:7,8)
Por isso também, quando ressuscitou e apareceu a Seus discípulos, lhes disse: “Toda autoridade me foi dada no céu e na terra; portanto ide, fazei discípulos a todas as nações, batizando-os em nome do Pai, e do Filho e do Espírito Santo; ensinando-os a guardar todas as coisas que eu vos tenho mandado. E eis que estou convosco todos os dias até a consumação do século”. (Mateus 28:18-20)
Por essa mesma razão, a bacia de bronze, o lavatório que Salomão, como filho de Davi, figura do verdadeiro Filho de Davi que é o nosso Senhor Jesus Cristo, construiu no átrio do templo de Deus, estava colocada sobre o lombo de 12 bois que saíam em direção aos quatro ângulos da terra; assim como os apóstolos, levando seu jugo com o Senhor, saíram por todo o mundo, levando o anúncio do evangelho.
Quando o Filho do Homem ressuscitou dentre os mortos e ascendeu à destra do Pai, foi levado numa nuvem ante o Ancião de dias, e ali lhe foi entregue o domínio de todos os séculos. O Cordeiro recém imolado apareceu ante o trono, e lhe foi entregue o Livro selado com sete selos, o qual, ao ser aberto pelo Cordeiro, traria como resultado, que todos os reinos do mundo viessem a ser do Senhor e de Seu Cristo. Esse Livro dos sete selos continha o plano do propósito divino, por meio do qual Deus colocaria sob os pés de Seu Filho todas as coisas, submetendo a ele todos os seus inimigos, suprimindo toda autoridade rebelde no universo visível e no invisível.
A primeira coisa que o Cordeiro de Deus fez, agora Leão da tribo de Judá, para por em andamento o maravilhoso plano divino para consumar Seus propósitos, foi abrir o primeiro selo, com o qual começou a andar vitorioso e para vencer, o cavalo branco, personificação do avanço do evangelho por toda a terra. O que desceu, disse Paulo aos Efésios, foi o mesmo que também subiu por acima de todos os céus para completar tudo. O Cristo ascendido nos enviou Seu Santo Espírito para nos capacitar a ir a todas as nações com Sua Palavra para sermos testemunhas. Depois da festa de Pentecostes vinha a festa das Trombetas; e assim, depois de ser revestidos por Seu Espírito de poder vindo do Alto, a Igreja sai a todas as nações a pregar a fé para a obediência de todas as nações.
Então é a hora da Igreja, do corpo de Cristo. O Cristo ascendido vitorioso à destra do Pai, e que abre o Livro dos sete selos para submeter ao Pai todas as coisas, para que Deus seja tudo em todos, ao abrir o primeiro selo e o cavalo branco destinado a vencer começar a andar, para aperfeiçoar aos santos para o ministério de edificar o corpo de Cristo, dá à Igreja apóstolos, profetas, evangelistas, pastores e mestres. Seu trabalho no corpo, e o do corpo mesmo, é a cavalgada vitoriosa do cavalo branco, cujo cavaleiro, Jesus Cristo, já disparou sua flecha no coração do inimigo.
Portanto, para todos aqueles que se recusam a reconhecer ao Cordeiro de Deus, ao Filho de Deus ressuscitado dentre os mortos, como o Senhor e Salvador, não lhes resta senão o cavalgar dos próximos cavalos do Apocalipse. Se derramaram o sangue dos filhos de Deus, dos mártires de Jesus, então, como disse o anjo, hão de beber sangue. O cavalo vermelho da guerra é enviado após o branco. Pensam que vim trazer paz à terra? Não, mas sim espada, disse Jesus Cristo; porque desde agora estarão divididos, em uma mesma casa, dois contra três, e três contra dois; e os inimigos do homem serão os de sua própria casa. A guerra vem como consequência da rejeição ao evangelho.
E como conseqüência da guerra, vem a fome; e como conseqüência da guerra e da fome, vem pestilência, mortandade e morte. E após a morte vem o Hades; e após este o Lago de fogo. Esse é o destino dos que rejeitam o evangelho de Jesus Cristo. E então, com grande tribulação, e com trombetas e taças de juízo, todas as coisas são postas aos pés d’Aquele, cujo é o direito: o Filho de Deus. Assim, desta maneira, os reinos do mundo virão a ser do Senhor e de Seu Cristo.
Portanto, o primeiro cavalo enviado para vencer, é o cavalo branco do evangelho. O Espírito Santo, o ministério pleno, todos os santos do corpo de Cristo, e seus anjos acompanhantes, foram postos em ação para ir a todas as nações da terra, a todas as etnias sem distinção, que foram pedidas pelo Filho ao Pai, de modo a submeter a terra a Deus.
Agora corresponde a nós, como povo de Deus, gemer em intercessão, como fazia Juan Knox, para que as nações nos sejam dadas para o Filho de Deus. “Dá-me a Escócia, Senhor, ou senão eu morro”, gemia o grande reformador escocês. Que não descansemos até que todas as coisas lhe sejam postas por estrado dos pés ao nosso amado Senhor.
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Gino Iafrancesco V., 25/IX/2007, Lodrina, Paraná, Brasil.
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