"Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra".

(Salomón Jedidías ben David, Qohelet 11:1, 2).
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viernes, 1 de julio de 2011

II: LAS FIESTAS SOLEMNES

PARTE II

"16... días de fiesta..., 17todo lo cual es sombra
de lo que ha de venir,
pero el cuerpo es de Cristo"

Colosenses 2:16b,17.

VI

LAS FIESTAS SOLEMNES

Una fiesta se realiza con un motivo especial; un día de fiesta no es un día común; es un día
especial en el cual se quiere hacer sobresalir algo. Los hechos importantes y trascendentes de
la historia de los pueblos y de la vida de las personas son recordados por un día especial de
fiesta, en el cual se señala la importancia de aquello que es motivo de la fiesta. Dios, que nos
hizo y nos conoce, también obró así con los hombres, y en especial con Su pueblo Israel, al cual
señaló como primicia, y para que nos sirva de sombra, figura y tipo. Yahweh Elohim señaló a
Israel ciertas fiestas solemnes, con lo cual quería resaltar siete aspectos fundamentales de la
gesta de Cristo.

Por el Espíritu Santo sabemos mediante el apóstol Pablo, en su carta a los colosenses (2:16),
que las fiestas solemnes de Israel, junto con otras cosas, eran sombra de Cristo. Sí, las fiestas
solemnes de Israel fueron sombra de Cristo, y fueron siete diferentes para señalar la importancia
de siete aspectos fundamentales de Su obra. (Roland Buck testifica que el ángel Gabriel le
apareció y le hizo notorias estas cosas).3
Aquellas fiestas importantes fueron: la Pascua, los Azimos, las Primicias, Pentecostés, las
Trompetas, la Expiación, y los Tabernáculos (ó cabañas), en lo cual vemos a: Cristo crucificado,
Cristo repartido y asimilado, Cristo resucitado, Cristo enviando al Espíritu Santo, Cristo
anunciado, Cristo intercediendo, y Cristo regresando. Examinemos cada aspecto.
---3El testimonio de Roland Buck puede leerse en el Libro: "Angeles en Misiones Especiales". Ed. Fe y Espíritu---.

VII

PASCUA: CRISTO CRUCIFICADO

Pascua, Azimos y Primicias eran tres fiestas que estaban juntas en una, así como la muerte de
Cristo por nosotros y Su resurrección para nosotros y la gloria del Padre, constituyen el centro
del evangelio y de la historia humana. Por esa razón, en las prioridades del evangelio, escribía
Pablo a los corintios:
"1Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también
recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que
os he predicado, sois salvos si no creísteis en vano. 3Porque primeramente os he enseñado
lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4y
que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5y que apareció a
Cefas, y después a los doce. 6Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de
los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. 7Después apareció a Jacobo; después a
todos los apóstoles; 8y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí" (1 Co.
15:1-8).
En esto vemos, pues, la importante declaración apostólica de lo que constituye primeramente
el Evangelio, reteniendo el cual podemos ser salvos.
La muerte y la resurrección de Cristo constituyen, pues, el núcleo del evangelio y el centro de
la historia. La fiesta de la pascua tiene el propósito precisamente de resaltar ese primer aspecto
de la obra de Cristo: Su muerte, por cuya sangre aseguramos el perdón de los pecados, interés
de Dios para que podamos acercanos sin impedimento a Él. La sangre del Cordero en el póstigo
de la casa del pueblo del Señor, era señal para Dios quien hacía que el juicio no cayera sobre la
familia, de manera que estuvieran preparados para la liberación de la esclavitud, rumbo al
reposo provisto por Dios. El apóstol Pablo sostiene que "nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue
sacrificada por nosotros" (1 Co. 5:7). De manera que aquella solemne fiesta israelita que
recordaba la liberación de Egipto bajo la sangre del cordero, era una sombra que señalaba a la
realidad del Cordero perfecto, la verdadera pascua, el Cristo sacrificado por nosotros.
Así que la primera prioridad en el evangelio, en la obra del Señor, es valorar el significado y el
¡gran precio de la sangre de Cristo! Sangre preciosa del Verbo encarnado que habla por sí
misma de la muerte del Cordero inocente de Dios como nuestro sustituto por nuestros pecados.
He allí lo primero que debemos comprender, valorar, señalar y anunciar. Sin la sangre de Cristo
no hay salvación para el hombre ni reconciliación con Dios. Sin aquella preciosa sangre todo
está perdido; ella es el precio necesario de salvación. Por esa causa, el Señor Jesucristo
estableció el memorial de Su muerte por nosotros en el partimiento del pan y la bendición de la
copa del Nuevo Pacto: "Cuantas veces hiciereis esto, la muerte del Señor anunciáis hata que él
venga'' (1 Co. 11:26).
Él estaba interesado en que nunca desapareciera de nuestra memoria el hecho de Su muerte
por nosotros. Sólo por medio de ella participamos con Dios. Nuestra vida depende de participar
con Él, de apropiarnos el beneficio de Su sacrificio que nos libra del juicio y del pecado, del
mundo y de la carne, del diablo, principados y potestades, de la misma muerte, es decir, de la
muerte segunda o definitiva.

El pan que partimos es la comunión del cuerpo de Cristo, y la copa de bendición que
bendecimos es la comunión de Su sangre (1 Co. 10:16). Comiendo Su carne y bebiendo Su
sangre, palabras que en Él son Espíritu y vida, tenemos vida eterna y nos preparamos para la
resurrección del día postrero (Jn. 6:48-63).
Consideremos, pues, a Su Persona y a Su obra comenzando por el valor de Su sangre.

VIII
ÁZIMOS: CRISTO COMULGADO

Íntimamente relacionada con la fiesta de la pascua, estaba la fiesta de los ázimos, o sea, de
los panes sin levadura. Una vez sacrificado el cordero pascual, entonces durante siete días se
celebraba la fiesta de los ázimos, comiendo panes sin levadura. Relacionado a esto escribía
Pablo a los corintios:
7Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como
sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. 8Así que
celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino
con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad" (1 Co. 5:7-8).
Cristo dijo también a sus discípulos que se guardasen de la levadura farisaica de la hipocresía
(Mt, 16:6-12). Fue aquel tipo de pan sin levadura el que tomó el Señor la noche de la última
cena, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: "Tomad y comed todos de él; esto es mi cuerpo
que por vosotros es partido". Cristo, al señalarse a Sí mismo con este pan ázimo, sin levadura,
se nos repartió para que le asimilemos y vivamos por Él, alimentándonos del pan o maná
celestial que es Él mismo, quien asimilado nos nutre de Sí mismo para la resurrección espiritual
y corporal.
El propósito de Su sacrificio pascual es señalado a continuación en los ázimos, y es: La
Comunión.
"21Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean
uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22La gloria que me diste, yo les
he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23Yo en ellos, y tú en mí, para
que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has
amado a ellos como también a mí me has amado" (Jn. 17:21-23).
Así que lo que sigue al sacrificio de Cristo es la reconciliación, la comunión restaurada. Dios
quiere nuestra comunión con Él y entre nosotros; es por eso que toda la Ley se resume en estas
palabras: Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas, y con todo nuestro ser; y al prójimo
como a ti mismo.4 La vieja masa leudada de nuestra humanidad caída y estigmatizada con
maldad, malicia e hipocresía, debe ser desechada a la par que participamos con Cristo de la
---4Cfr. Mateo 22:37-39--- cruz, crucificados con Él al viejo hombre, y reconciliados mediante la crucifixión de las
enemistades en Su cruz, a la cual somos incorporados en el poder de Cristo de manera a
posibilitar por ella nuestra liberación del pecado. La Pascua señala, pues, la sangre que nos
limpia de los pecados o transgresiones, y los Azimos señalan a la cruz que, compartida, nos libra
del pecado, es decir, del poder de la naturaleza caída y cautiva. Dios no sólo perdona, sino que
también justifica y libera. Dios nos libera del poder del pecado por medio del poder de la cruz de
Cristo, la cual compartimos haciéndonos también participantes de sus padecimientos, pues
como dice Pedro apóstol: "Quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado" (1 Pe. 4:1b).
La Victoria de Cristo al condenar el pecado en la carne nos es impartida a nosotros por la fe,
en nuestra identificación con Él en Su muerte y resurrección, lo cual señalamos con el bautismo.
Y como escribía Pablo: "9Ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino
la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; 10a fin de conocerle, y el poder de
su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su
muerte, 11si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos" (Fil. 3:9-11). Y en
Romanos 6:5: "Porque si fuimos plantados con él en la semejanza de su muerte, así también lo
seremos en la de su resurrección”.
La realidad de la comunión con Dios y entre los redimidos se hace posible una vez que
perdonados y limpiados con la sangre de Cristo, nos hacemos partícipes incorporados de Su
cruz, en la cual hallamos además de perdón, también liberación. Esta comunión, este amor, esta
unidad, son, pues, ahora gracias a la cruz, la prioridad, el propósito de la obra redentora para
manifestar a Cristo. Dios quiere nuestra comunión para lo cual nos reconcilió repartiendo a
Cristo entre nosotros, para que una vez asimilado, en perfecta comunión, seamos uno, para lo
cual es también ingrediente importantísimo la resurrección.

IX
PRIMICIAS: CRISTO RESUCITADO

La fiesta de las primicias seguía íntimamente ligada a la de los ázimos, que seguía a la
pascua. Las Primicias representan a Cristo Resucitado: "20Mas ahora Cristo ha resucitado de los
muertos; primicias de los que durmieron es hecho... 23Pero uno en su debido orden: Cristo, las
primicias" (1 Co. 15:20,23b). ¡He allí, pues, lo relacionadamente prioritario! ¡Cristo ha resucitado
corporalmente de los muertos y está vivo! ¡Y porque Él vive, nosotros también vivimos! "Porque
yo vivo, vosotros también viviréis" (Jn. 14:19b). Pascua: por Cristo perdonados; Ázimos: Por
Cristo reconciliados y liberados; Primicias; por Cristo resucitados y regenerados. Vemos, pues,
que estas tres fiestas iban juntas como en una gran fiesta, pues señalaban esos íntimamente
relacionados aspectos de la obra redentora de Cristo: perdón, reconciliación y regeneración;
liberación, justificación y santificación. Dios no quiere tan sólo perdonarnos; quiere también
liberarnos, regenerarnos y entonces también resucitarnos plenamente, para lo cual resucitó
corporalmente a Jesucristo, para que al participar nosotros de Él, seamos con Él glorificados.
Dios apunta, pues, a nuestra resurrección y gloria junto a Él en Su Reino. Por todo lo cual era
necesario también que el Hijo del Hombre, aquel en quien se resume nuestra humanidad, fuese
resucitado plenamente, es decir, no tan sólo en espíritu, sino incluido también el cuerpo. Tal
resurrección, el milagro sumo dentro de la historia y el tiempo, de Jesús de Nazareth, el Cristo,
es la respuesta exacta al problema del hombre: la muerte.
He allí el problema del hombre: ¡la muerte! Su caída es desintegración mortal; depravación,
degeneración, degradación, enfermedad, locura, caos, descomposición, dolor, corrupción, y
¡muerte! Separación eterna de la fuente de la vida eterna, que es Dios. Es la muerte en todas
sus etapas la maldición que encontramos por doquier, y que hace vanas todas las ansias
humanas. Pecar es separarse de Dios; y separarse de Dios es morir. El relato del Génesis nos
describe la caída del hombre: "17Mas del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás;
porque el día que de él comieres, ciertamente morirás../.... 17Por cuanto obedeciste a la voz de tu
mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por
tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. 18Espinos y cardos te producirá; y
comerás plantas del campo. 19Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la
tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás" (Gé. 2:17; 3:17-l9). He
aquí hoy en nosotros y a nuestro alrededor el verdadero cumplimiento de esta sentencia
verdadera dada al hombre, que locamente pretendió independizarse de Dios: ¡la muerte!
Pero no se nos dejó sin esperanza; he aquí que la Simiente de la mujer aplastará la cabeza de
la serpiente (Gé. 3:15); "He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y se llamará su
nombre Emanuel" (Is. 7:14). Dios con nosotros, tomando humanidad de la mujer, la virgen
María, aplastó la cabeza de la serpiente antigua, al instigador y emperador de la muerte. Por no
pecar, Jesús no se separó del Padre, y tras su muerte por nosotros, Dios lo resucitó testificando
de Su filiación y santidad; entonces nos lo dio por vida, resurrección y gloria. La resurrección fue,
pues, la muerte de la muerte. En vivir por Su resurrección, en la ley del Espíritu de vida en Cristo
Jesús, consiste la libertad, la dignidad y la restauración; lo cual operando desde lo íntimo de
nuestro espíritu ahora regenerado cual hijos de Dios, convierte nuestra alma y domina nuestro
cuerpo, sujetándonos a la voluntad del Padre, en maravillosa alianza que nos da al Espíritu
Santo cual primicias y anticipo, desde aquí en la tierra, creciendo en nosotros y fortaleciéndonos
hasta la estatura que ocupará en el Reino venidero.
La resurrección de Jesucristo es, pues, ¡fundamento esencialísimo! Sin precursor no hay precursados. ¡Nos consta, pues, que Él resucitó! primero, por el testimonio cierto y válido del
Espíritu Santo y de los testigos; y también, por el efecto de Su operación actual en nuestras
vidas. Testigos de primera magnitud, tales son sus apóstoles como: Pedro, Juan, Santiago,
Mateo, Judas Tadeo Lebeo, que comieron con Él después que resucitó de los muertos, de
quienes cuyas palabras y escritos nos ha conservado la Providencia Divina; además, Pablo,
también Silvano, Lucas, Marcos, y toda la pléyade de los que recibieron el testimonio directo de
los mismos testigos oculares y escribieron, con lo cual se robusteció la tradición ininterrumpida
hasta nuestros días. Los doce apóstoles y más de quinientos hermanos testificaron haberle visto
vivo después de padecer; también Pablo, y no faltan testigos posteriores.
Testigos de Su operación actual son todos los cristianos verdaderamente regenerados, que
por virtud de Él han sido liberados de una vida de pecado, y viven hoy en verdadera santidad.
Enfatizamos, pues, la perfecta y completa resurrección de Jesucristo.
Se nos hace necesario en nuestros días estar avisados contra ciertas personas que niegan la
resurrección corporal del Señor; incluso religiosos. Por ejemplo, los russelistas para justificar
una supuesta venida invisible de Cristo en 1914, "celestializada", niegan su resurrección
corporal. Por esta causa nos detenemos en señalar como de capital importancia el
reconocimiento de Su resurrección corporal. Pablo escribía a los romanos: "Si confesares con tu
boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás
salvo" (Rm. 10:9). Se enfatiza la Persona y la obra. La salvación está implicada profundamente
en lo relativo a la resurrección del Señor Jesús, pues, como dice Pablo, si Cristo no resucitó,
somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres (1 Co. 15:12-20). Mas, Su
resurrección es la que da sentido escatológico a toda nuestra vida.
En cuanto a que fue corporal Su resurrección, nos lo atestigua también Juan al referirse a su
cuerpo en el siguiente pasaje: "20Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado
este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? 21Mas él hablaba del templo de su cuerpo. 22Por
tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y
creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho" (Jn. 2:20-22). Y efectivamente,
también Pedro, testificando de la resurrección, cita la Escritura: "26Y aún mi carne descansará en
esperanza; 27porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción"
(Salmo 16:9,10; Hch. 2:26,27). Y Pedro, en casa de Cornelio, con las llaves del Reino les abría
también a los gentiles las puertas testificando: "40A éste (a Jesús) levantó Dios al tercer día, e
hizo que se manifestase; 41no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de
antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos"
(Hch. 10:40,41). Es por la corporalidad de Su resurrección que también Lucas en tal contexto
registra con todo detalle:
"36Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo:
Paz a vosotros. 37Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.
38Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos
pensamientos? 39Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un
espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. 40Y diciendo esto, les mostró las
manos y los pies. 41Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les
dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? 42Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal
de miel. 43Y él lo tomó, y comió delante de ellos" (Lc. 24:36-43).
Juan narra además el incidente de Tomás, el cual fue expresamente invitado a meter su dedo
en la marca de los clavos, y la mano en el costado abierto por la lanza del centurión (Jn.
20:24-29) Por eso el apóstol Juan hablaba de “lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que
hemos contemplado, y palparon nuestras manos" (1 Jn. 1:1). Así que Jesús levantó en tres días
su cuerpo, y su carne no vio corrupción, y resucitado así corporalmente comió y bebió, y fue
visto y palpado por testigos que dieron su vida por esta aseveración. Entonces ascendió y Él
mismo prometió volver. Y "si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con
Jesús a los que durmieron en él” (1 Tes. 4:14).
¡Jesús está, pues, vivo! ¡Tratemos con Él!

X

PENTECOSTÉS: CRISTO GLORIFICADO

Juan 7:37-39 nos refiere: "37En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso de pie y alzó la
voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38El que cree en mí, como dice la
Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. 39Esto dijo del Espíritu que habían de recibir
los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido
aún glorificado”.
De manera que era necesario que el Señor Jesús fuese glorificado para que el Espíritu Santo
pudiese ser derramado sobre toda carne. Y efectivamente, como dijo el apóstol Pedro: "32A este
Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. 33Así que, exaltado por la diestra
de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que
vosotros veis y oís" (Hch. 2:32-33), y en seguida les extiende a los presentes, a sus hijos, a
todos los que están lejos y a cuantos el Señor nuestro Dios llamare, el importante anuncio de la
promesa divina: el don del Espíritu Santo, para que todo aquel que creyendo en el Señor
Jesucristo como el Hijo de Dios, Señor y Cristo, le reciba arrepintiéndose y bautizándose (Hch.
2:38,39). Es por eso que el Señor Jesús dijo:
"7Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a
vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. 8Y cuando él venga, convencerá al mundo de
pecado, de justicia y de juicio. 9De pecado, por cuanto no creen en mí; 10de justicia, por
cuanto voy al Padre, y no me veréis más; 11y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo
ha sido ya juzgado. 12Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis
sobrellevar. 13Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque
no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las
cosas que habrán de venir. 14Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.

15Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber"
(Jn. 16:7b-15).
Así que es de fundamental importancia, ya que Jesús fue glorificado, beber de Su Espíritu
Santo derramado, pues aun cosas que Jesús no habló claramente a los discípulos mientras
estuvo en la tierra, prometió comunicarnos a través de Su Santo Espíritu; y lo hizo en la
revelación dada por medio de sus apóstoles, según consta y se conforma en el Nuevo
Testamento; pacto cuya vida íntima nos es comunicada en la virtud del Espíritu que nos es dado
para conocer lo profundo de Dios y lo que nos ha concedido (1 Co. 2:7-16).
Jesús se iba, pero eso nos convenía, pues así, tras su glorificación, vendría el Espíritu Santo a
tomar Su lugar dentro de cada uno de sus hijos. Dios está, pues, muy interesado en que seamos
y permanezcamos llenos de Su Santo Espíritu, pues es solamente por Su operación que
llegamos a entender y a ser partícipes de la obra de Dios por Cristo. El don del Espíritu Santo es
algo más que perdón y liberación; es vida y unción. La fiesta de Pentecostés, en cuyo día
descendió como un viento recio el Espíritu de Dios para capacitar a la Iglesia, nos señala este
sobresaliente aspecto de la obra de Cristo: Derramar, por Él, del Padre, al Espíritu Santo,
disponible para toda carne; es decir, dado a cualquier ser humano que lo solicite y por la fe lo
reciba obedeciendo, de modo que confiadamente pueda contar con Él, en todo lo que requiere el
camino de la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
Dios quiere, pues, que sepamos, y nos lo señala con Pentecostés, que Su Hijo ha sido
glorificado, hecho Señor y Cristo, por lo cual ya no hace falta nada para que Su Espíritu opere en
nosotros Su redención; es decir, que ahora la plenitud de Su victoria puede ya sernos
participada. El Hijo, que vino en el nombre del Padre, ya murió por nosotros, y después de ser
sepultado resucitó corporalmente al tercer día en incorrupción; entonces ascendió para ser
glorificado, y por Su intermediación, obtener para nosotros la in-habitación de Dios, cuya vida
nos restaura y nos devuelve a Su imagen y semejanza profanada con la caída. También el
Espíritu que levantó a Jesús de los muertos, vivificará nuestros cuerpos mortales (Ro. 8:11)
fortaleciéndonos hoy, y resucitándonos cual a Jesús, en el día postrero, corporalmente también.
El Espíritu Santo está, pues, hoy con nosotros en el nombre de Cristo, tomando Su lugar, y es
fundamentalísima una estrecha relación con Él.
Por Su muerte en la cruz Cristo nos ha limpiado con Su sangre, perdonándonos, y nos ha
liberado al incorporarnos en Él a la crucifixión del viejo hombre; mediante Su resurrección ha
dado comienzo a una nueva creación, dentro de la cual somos regenerados; sí, justificados y
santificados en Él. Pero además ha enviado Su Santo Espíritu para ungirnos y capacitarnos, y
anticipar en nosotros los poderes del siglo venidero, de modo que le sirvamos hoy, cual Iglesia,
en la edificación de Su Cuerpo y promoción de Su Reino. ¡Qué importante es la labor del Espíritu
Santo! Al mundo convence de pecado, justicia y juicio, y lo guía al arrepentimiento; revela
además el Señorío de Cristo (1 Co. 12:3) y nos participa la obra de salvación; hace morar en
nosotros al Padre y al Hijo, y Él mismo nos unge para enseñamos todas las cosas y guiarnos a
toda verdad, recordarnos las enseñanzas de Cristo, hacer operar Su ley espiritual de vida que
nos libera del poder de la operación de la ley del pecado y de la muerte en nuestra carne y
naturaleza adámica, contraponiéndole en nuestro espíritu la victoria de Cristo; nos renueva
sujetando nuestros miembros a la disposición de la justicia; produce el fruto que es a la vez
amor, gozo, paz, benignidad, templanza, fe, mansedumbre, bondad, verdad, justicia; y nos
equipa además con dones espirituales; dirige también, en nombre de Cristo, la obra de Dios, y
nos sumerge en el cuerpo de Cristo que es uno; etc., etc. (Jn. 14:15-26; Ro. 8:1-17; 6:13; Tit.
3:5,6; Gá. 5:16-25;1 Co. 12:4-11; Ef. 5:9; Hch. 8:29;10:19; 13:2,4; 15:28; 20:22; 1 Ti. 4:1; 1 Pe.
1:10-12; 1 Jn. 2:20,27; Ap. 1:10; 1 Co. 12:13). Es, pues, de capital importancia recibir de Dios
por Cristo al Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es Dios mismo; es el Espíritu de Dios que procede del Padre expirado a
manera de amor pleno y personal, ejecutor; es decir, es Dios que se entrega cual persona. El
Padre ama al Hijo, y el Hijo al Padre con este amor personal que es tal cual el Padre y el Hijo y
subsiste eternamente en la misma divina esencia. Por el Hijo, pues, nos es derramado del Padre
el Espíritu Santo para hacernos partícipes de la naturaleza divina; sí, mediante sus promesas,
entre las que es capital: el don del Espíritu Santo; y no hablo tan sólo de los dones del Espíritu,
sino del Espíritu mismo sin medida cual don (2 Pe. 1:4; Hch. 2:38,39). (Esto es para mucho más
que tan sólo hablar en otras lenguas o profetizar; es para que conozcamos que el Hijo está en el
Padre, y nosotros en el Hijo, y el Hijo en nosotros; y que el que tiene al Hijo tiene también al
Padre (Jn. 14:17-20). Tenemos, pues, por Cristo entrada por un mismo Espíritu al Padre,
llegando nosotros a conformar Su casa, el templo de Su plenitud, y Su familia (Ef. 2:18-22); y por
la asimilación de Cristo: hueso de sus huesos y carne de su carne (Ef. 5:30,32).
Y de la misma manera como el perdón y la liberación la recibimos por fe revelada, también por
esa fe se recibe al Espíritu Santo. "Esto dijo del Espíritu que habrían de recibir los que creyesen
en él" (Jn. 7:39); "Para que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu Santo" (Gá. 3:14).
Para Dios es importante, pues, y para nosotros, que al recibir a Cristo, confiemos además en
que podemos contar con Su Espíritu Santo también; y debemos recibirlo igualmente bebiendo
de Él por fe; los apóstoles solían imponer las manos después de orar por la recepción del
Espíritu por los nuevos convertidos. Él prometió bautizarnos con Espíritu Santo y fuego (Hch.
1:5; 11:16). Hay, pues, para la Iglesia, además de Pascua, también Pentecostés, pues Jesús ya
fue glorificado.

XI
TROMPETAS: CRISTO ANUNCIADO

Pero, ¿qué efecto experimentaríamos de la obra de Cristo si no la conocemos? ¿cómo
aprovecharla si no tenemos noticia de ella? ¿cómo confiar en Su obra y creer sus promesas, si
no hemos alcanzado la oportunidad de conocer y participar (que es el verdadero conocer) del
Evangelio de Jesucristo? Es por ello que también aspecto fundamental de Su obra es anunciar;
para esto el Padre envió al Hijo (Ef. 2:17), y Éste a la Iglesia una vez que esté ungida del
Espíritu. Así que, en la obra de Cristo, después de Su muerte, resurrección, ascensión y envío
del Espíritu Santo, sigue el imprescindible anuncio. Después de la fiesta de Pentecostés seguía
la fiesta de las Trompetas; y así también estableció Jesús: "Recibiréis poder, cuando haya
venido sobre vosotros el Espíritu Sunto, y me seréis testigos en Jerusalem, en toda Judea, en
Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hch. 1:8). Pentecostés, entonces Trompetas.
En el contexto bíblico, las trompetas sirven para anunciar, congregar, declarar juicio; y esto
precisamente es lo que hace el evangelio de Cristo: Le anuncia para congregar en Él a Su
pueblo, y para dejar sin excusa al mundo pecador (Jn. 15:22). Anunciar a Cristo es, pues,
importante, y es la razón de la comisión que recibió toda la Iglesia, según lo escribe el apóstol
Pedro: "Pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las
tinieblas a su luz admirable" (1 Pe. 2:9). Todo el pueblo de Dios debe anunciar el evangelio.
Veamos el ejemplo que de la iglesia primitiva nos quedó registrado en Hechos 11:19-21:
"19Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de
Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a
los judíos. 20Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales cuando
entraron en Antioquia, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor
Jesús. 21Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor".
Cada cual debe, pues, testificar a lo menos a los de su misma condición. Para la perfección de
tal ministerio de todos los santos, y no para anularlo ni monopolizarlo, fue que Cristo constituyó
apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros (Ef. 4:11,12), y esto hasta que todos
lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a la estatura del varón
perfecto. Por esa razón, toda la iglesia local, al partir juntos el pan y bendecir juntos la copa,
anuncia la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Co. 10:16,17; 11:26). Por eso también cada
uno tiene: o salmo, o doctrina, o revelación, o lengua, o interpretación (1 Co. 14:26), y cada uno
debe ministrar a los otros, como buen administrador, la gracia multiforme recibida según el don
de Dios (1 Pe. 4:10-11). Por esta razón también, había en Israel dos trompetas: una relacionada
al ministerio especial de los Ancianos; y otra relacionada a todo el pueblo.
Pero de cualquier manera, si Cristo era anunciado, Pablo se alegraba, como escribe a los
Filipenses: "15Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de
buena voluntad. 16Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando
añadir aflicción a mis prisiones; 17pero los otros por amor, sabiendo que estoy puesto para la
defensa del evangelio. 18¿Qué pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por
verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún" (Fil.1:15-18).
He aquí, pues, el indiscutible y gran misterio de la piedad: "Fue manifestado en carne,
justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo,
recibido arriba en gloria" (1 Ti. 3:16b).
Que las trompetas den, pues, sonido certero (1 Co. 14:8) para que al anunciarse a Cristo, la
participación de la fe sea eficaz, en el conocimiento espiritual de todo el bien que está en
nosotros por Cristo Jesús (Flm. 1:6).

XII


EXPIACIÓN: CRISTO ABOGADO

Así como la pascua nos recuerda el sacrificio de Cristo hecho una vez para siempre por el cual
fuimos liberados del Egipto espiritual, es decir, salvados, así también esta fiesta de la expiación
nos presenta la aplicación permanente del precio pagado por Aquel que continuamente
intercede por nosotros. Cada año Israel debía colocarse bajo la protección de la expiación; lo
cual nos señala la necesidad de vivir cubiertos por la sangre del Cordero, para lo cual podemos
acudir a Dios mediante el único mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. Este
aspecto de Cristo, cual abogado, mediador e intercesor, cual sacerdote perenne según el orden
de Melquisedec, es de fundamental importancia, pues, aunque ya hayamos sido salvos,
liberados y regenerados, y aunque ya hayamos recibido Su Espíritu Santo, e incluso estemos
sirviéndole al Señor, aún queda la posibilidad de fallar, de cometer un error involuntario, de
descuidarnos y desfallecer, es decir, caer; ante lo cual precisamos no quedarnos postrados y sin
esperanza, sino que habiéndonos arrepentido, acudamos a Dios por medio de nuestro
abogado intercesor, para recuperar nuestra comunión perdida. Por eso nos dice la carta a los
Hebreos: "1Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo
sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, 2ministro del
Santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre" (8:1,2). Y en
Hebreos 4:14-16 nos dice: “14Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los
cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. 15Porque no tenemos un sumo
sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en
todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. 16Acerquémonos, pues, confiadamente al trono
de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.
El apóstol Juan explica (1 Jn. 2:1,2): "1Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no
pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.
2Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por
los de todo el mundo".
El Verbo, pues, que en el principio estaba con Dios, y era Dios, se hizo carne, hombre
semejante a nosotros (Jn. l:1,2; Fil. 2:5-8), y fue tentado en todo conforme a nuestra semejanza
saliendo victorioso y aprendiendo la obediencia por el sufrimiento (He. 4:15; 5:8); como Verbo
hecho Hombre y cual hombre murió y resucitó y se sentó a la diestra de la Majestad como
mediador y abogado cual Hombre, además de Señor; sí, Jesucristo Hombre, hecho Sumo
Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec en el poder de una vida indestructible,
de modo que compadeciéndose de nuestras debilidades, habiendo sido Él también tentado,
puede interceder perpetuamente a nuestro favor; es por eso que Juan en su carta primera nos
escribe que "la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (2:7); es decir, que
mientras permanezcamos en la fe de Jesucristo y con la decisión de hacer la voluntad del Padre,
Dios nos mantiene cubiertos continuamente bajo la sangre del Cordero, viéndonos a través de
Su Hijo Jesucristo.
Ahora bien, ¿hasta cuándo durará esto así? es importante conocerlo, pues falsos profetas se
han levantado proclamando el fin de la gracia; pero, mientras la ofrenda esté en el santuario y la
sangre en el propiciatorio, el trono es de gracia y no de juicio. Esto en el caso de no afrentar al
Espíritu de Gracia. Y puesto que Jesús es esa ofrenda, en el Santísimo como nuestro
representante y precursor, y en nosotros por la vida de Su Espíritu, entonces, mientras Él esté
en el Santuario a la diestra del Padre, cual Hombre, la puerta de la gracia permanece abierta; y
Él está sentado allí hasta que todos sus enemigos, incluido el último, la muerte, sean puestos
bajo las plantas de sus pies. (ver Salmo 110:1; Mr. 16:19; Hch. 3:21). Dice Romanos 8:34:
"¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aun, el que también resucitó, el que
además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros". (Ver 1 Co. 15:25-28;
Col. 3:1-4;1 Ti. 2:5; He. 10:12,13). Por lo tanto, recién en la hora en que los suyos seamos
transformados y resucitados venciendo al último enemigo, es el momento en que conste haber
dejado la diestra del Padre para venir como Dios y hombre en gloria y majestad, para dar
retribución. Hasta esa hora, la puerta de la gracia está abierta debido a la presencia del Cordero
expiatorio en el Santísimo. El es Sumo Sacerdote para siempre. (He. 7:21). Aún durante la Gran
Tribulación muchos lavarán sus vestiduras espirituales en la sangre del Cordero (Ap. 7:14).

XIII

TABERNÁCULOS: CRISTO ESPERADO

La fiesta de las cabañas o de los tabernáculos era la última del año, llena de regocijo, y se
llevaba a cabo después de la cosecha. Los israelitas dejaban sus casas habituales y moraban
en tabernáculos, señalando con eso su carácter de peregrinos. Fue en el último día de la fiesta
de los tabernáculos en que Jesús se puso de pie e invitó a Sí al pueblo. Con esta fiesta, la
séptima, se completa el círculo, y cual sombra de Cristo, nos lo señala a Éste regresando. La
segunda venida de Cristo es la que da sentido escatológico a todo el caminar cristiano. La
segunda venida de Cristo es la meta de nuestro peregrinar, pues allí nos encontraremos
definitivamente con Él para estar siempre a Su lado. Es, pues, tiempo de la cosecha y de gran
regocijo, cuando dejando nuestra morada terrestre, seremos transformados y trasladados.
También, si nuestra morada terrestre se deshiciere antes de aquel día, tenemos un tabernáculo
no hecho de manos, eterno en los cielos (2 Co. 5:1).
La fiesta de los tabernáculos apunta hacia el establecimiento definitivo del Reino; por eso
profetizó Zacarías: "Y todos los que sobrevivieren de las naciones que vinieren contra
Jerusalem, subirán de año en año para adorar al Rey, a Jehová de los ejércitos, y a celebrar la
fiesta de los tabernáculos" (14:16). El perder su vida en este mundo los cristianos, tiene el
sentido en el regreso de Cristo. Él prometió volver, y con esto da la razón de la conducta
cristiana. Su regreso es además el mayor estímulo. Así que la verdad acerca de la segunda
venida de nuestro Señor Jesucristo es de fundamental importancia. Debemos, pues, atesorar tal
esperanza y animarnos con la certeza de Su regreso próximo. Él lo prometió así:
"2Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3Y si me fuere y os preparare lugar, vendré
otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Jn.
14:2b,3).
Aunque Él ya ha vuelto en Espíritu desde Pentecostés para unirnos con Él en lugares
celestiales, también regresará corporalmente en gloria y majestad.
Debemos asimismo comprender que es el mismísimo Verbo hecho carne cual Jesús de
Nazareth, el que regresará en gloria y majestad, con ese mismo cuerpo, ahora incorruptible y
glorificado, con el que fue crucificado y resucitado corporalmente, palpado así por sus
discípulos, y ascendido a la gloria. Cuando Él ascendió corporalmente a la vista de sus
discípulos, dos ángeles dijeron a éstos: "Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?
Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al
cielo" (Hch. 1:11). En Su venida todo ojo le verá (Ap. 1:7), pues viene con poder y gloria en las
nubes (Mt. 24:30) para dar retribución (2 Tes. 1:7,8) y establecer definitivamente el Reino de los
cielos. Esto debería bastarnos para no dejarnos engañar por la multitud de falsos cristos, que en
cumplimiento a las profecías de Jesús acerca de falsos profetas y falsos mesías, han aparecido
últimamente alrededor del mundo engañando a muchos (Mt. 24:4,5,11,23-27; Marcos
13:5,6,21-23; Lucas 17:22-26; 21:8).
En Su venida en las nubes, nosotros los suyos que le esperamos, le recibiremos
transformados, junto con los resucitados justos, en el aire; y descenderemos juntos a juzgar y
reinar con Él (1 Tes. 4:15-17). Esta es, pues, la gran esperanza que Dios ha puesto delante de
nosotros, y por la cual luchamos. Con la segunda venida de Cristo, en las nubes, se termina el
curso de la historia universal en su modalidad humana; y entonces toma lugar la modalidad
divina la economía celestial. Enfaticemos, pues, todos estos aspectos de la obra de Cristo.

V: LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

PARTE V
"3Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo del la paz; 4un cuerpo, y un
Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación;
5un Señor, una fe, un bautismo, 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por
todos, y en todos".
Efesios 4:3-6.

XXV
LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

"Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Ef. 4:3). "Porque por un
sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o
libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu" (1 Co. 12:13; comparar con Gálatas
3:28; Col. 3:10,11). A todos, pues, los que hemos recibido a Cristo se nos suministra del mismo
Espíritu Santo, con lo cual se establece la base de la comunión. Se nos exhorta entonces a
guardar la unidad del Espíritu. Dice "guardar" puesto que la unidad del Espíritu es ya un hecho
dado. Todos los que personalmente, por la fe en Cristo, bebemos del Espíritu dado, somos
introducidos mediante Él en una comunión espiritual que se constituye en el terreno de una
única casa espiritual de Dios, que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Es el Espíritu el que nos
introduce en el Cuerpo; por lo tanto, sin ese Espíritu se está fuera del Cuerpo; mas al beber del
Espíritu, Éste nos comunica en Sí con el resto de todos los suyos.
El terreno básico del compañerismo cristiano es esta comunión del Espíritu que se efectúa en
siete aspectos complementarios: Un Espíritu, un Cuerpo, una misma esperanza, un Señor,
una fe, un bautismo, un Dios y Padre (Cfr. Ef. 4:4-6). Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es
de Él (Ro. 8:9), pero quien ha recibido a Cristo, tiene Su Espíritu morando dentro, y por lo tanto
participa del mismo Padre, sumergido en la misma identificación con Cristo, por la misma fe
básica y fundamental con la que se somete al mismo Señor, teniendo la misma vocación o
llamamiento, dentro del mismo Cuerpo. Por lo tanto, a todos los que estamos sobre esta misma
base se nos exhorta a "guardar" el hecho divino de la unidad del Espíritu. Es una comunión
espiritual que nosotros mismos no fabricamos, sino que de hecho existe, pero que si no
guardamos con solicitud, entonces perdemos parte de sus beneficios y colocamos estorbos al
plan divino.
Dios se ha propuesto reconciliar todas las cosas en Cristo (Ef. 1:10), por lo cual ha crucificado en Su cruz todo lo perteneciente a la carne y a la vieja creación, comenzando con la resurrección
del Hijo, una nueva creación reconciliada y en armonía perfecta con Dios y consigo misma, lo
cual nos es suministrado primeramente por la virtud del Espíritu Divino que toma lo del Padre y
el Hijo y nos lo participa (Jn. 16:15); de manera que en el Espíritu residen todos los valores de la
reconciliación perfecta, siendo el mismo Espíritu el amor personal del Padre y el Hijo. De modo
que quien tiene al Espíritu tiene al Hijo, y quien tiene al Hijo tiene al Padre, y esta naturaleza
divina que es puro amor es un hecho participado a cada renacido en Cristo; por lo cual se nos
exhorta, no a producir, sino a guardar con solicitud tal unidad del Espíritu.
De manera que la comunión cristiana está delimitada simplemente por la participación o no
con el Espíritu de Cristo. Debemos recibir a quien Cristo ha recibido, sobre la única base de la
común participación con el Espíritu de Cristo. Erigir carnalmente otros muros o requisitos es
levantar estorbos y defensas contra el propósito divino de reconciliación. Existen enemistades
en la carne que se han levantado para demarcar dentro del compañerismo cristiano un laberinto
de limitaciones, con exclusiones injustas, y con inclusiones ilegítimas. Todo esto se ha hecho
por no mantenerse en el terreno básico de la unidad del Espíritu. Solamente esta comunión del
Espíritu logra reunir en reconciliación a todos los hijos de Dios; por lo tanto, es escrituralmente
reprochable cualquier unificación basada en criterios carnales tales como raza, nacionalidad,
sexo, liderazgos, clase social, operaciones, dones, ministerios, sectas, etc. La base de la
comunión cristiana es únicamente la unidad del Espíritu evidenciada en la común participación
de un mismo cuerpo, Espíritu, esperanza, Señor, fe, bautismo y Dios Padre. Toda otra
delimitación queda prohibida. No podemos asociarnos en base a la raza fabricando sectarias
fraternidades negras, o blancas, o asiáticas, o indígenas, y pretendiendo para ellas la suficiencia
de "iglesia". ¡No! sino que todos, indígenas, asiáticos, blancos y negros, etc., judíos y gentiles,
todos somos uno si estamos en Cristo Jesús, y somos ya de hecho partícipes de la
comunión del Espíritu; por lo cual no debemos separarnos, sino guardar y manifestar la unidad
del Espíritu viviendo el Amor Divino de la reconciliación.
Tampoco podemos agrupamos por nacionalidades pretendiendo hacer supuestas "iglesias"
macá, o coreanas, o alemanas, o rusas, etc. ¡No! sino que todo lo que heredamos en Adán ha
sido crucificado con Cristo, y en Su resurrección ha surgido para nosotros una misma vida
por cuyo Espíritu somos todos los que vivimos por ella, uno; sin tener en cuenta la nacionalidad.
Los supuestos valores carnales del nacionalismo son infinitamente superados por los auténticos
y eternos valores cristianos de la comunión universal de los copartícipes con el Espíritu de
Cristo. La vida en el poder del Espíritu supera las rivalidades y orgullos nacionalistas y disipa las
enemistades. La comunión en el Espíritu nos obliga, pues, a recibirnos en Cristo plenamente
reconciliados.
De igual manera acontece en el ámbito de las diferencias de clase social y sexo. En Cristo no
hay varón ni mujer, siervo ni libre,6 sino que es el mismo Cristo viviendo por el mismo Espíritu y
operando en todos, hombres y mujeres, ricos y pobres, cultos e incultos, patrones y empleados,
reconciliando por la virtud de la comunión del Espíritu, a todos en la verdad, el amor y la justicia.
Asociarse con los humildes es, pues, lo normal para los ricos genuinamente cristianos. Trabajar
como para Cristo junto a sus patrones, es lo normal de los proletarios cristianos. Amarse y
encontrarse como hermanos, viendo cada uno por los intereses también del otro, es lo normal
de los contratos cristianos. Un nivel diferente no es aún verdaderamente cristiano.
Esta inefable alianza cristiana sólo se debe a la comunión del Espíritu, lo cual es un hecho
divino provisto ya en Cristo Jesús por el Espíritu; por lo tanto, con solicitud, y vinculados en la
paz de Cristo, debemos guardar tal unidad del Espíritu, extrayendo de Su virtud, el vigor de
nuestra reconciliación, y la realización consumada de ésta. Es, pues, imprescindible andar en el
Espíritu de Cristo para ser beneficiarios experimentados de la unidad del Espíritu.
---6Cfr. Colosenses 3:11---

En la Iglesia, tampoco podemos girar alrededor de líderes o ministerios. No podemos hacer a
Cefas el centro y la razón de nuestra comunión; tampoco a Pablo, ni tampoco a Apolo, ni
tampoco a nuestra independencia (1 Co. l:11-13; 3:3-8). Los nuestros son todos los de Cristo, y
no apenas los de Cefas. Cefas es nuestro y nosotros de Cefas en todo lo que compartimos de
Cristo. No más allá del Espíritu de Cristo, ni más acá, no podemos establecer límites de
comunión. La comunión se debe solamente a la unidad del Espíritu, y Éste ya mora en los que
Cristo ha recibido. Cristo ha recibido a quienes le han recibido a Él. Debemos recibir de Cristo a
todos sus miembros, y no hacer diferencia entre ellos por causa de líderes, ministerios,
operaciones, dones, funciones y actividades. No podemos, pues, tampoco girar alrededor de
misiones, u organizaciones, o denominaciones, o sectas, por más extensas que estas sean;
nunca igualarán al Cuerpo de Cristo, y por lo tanto las limitaciones que imponen son
inconvenientes. Debemos guardar la unidad del Espíritu dentro de un sólo Cuerpo valorándola
más que nuestras afinidades naturales y más que toda asociación que cierre su círculo en base
a requisitos ilegítimos de liderazgos, misiones, estatutos, etc. Solamente la completa y perfecta
comunión del Espíritu, cuya unidad es ya un hecho que guardar, está en sintonía con los planes
del propósito divino; no debemos, pues, enaltecer nuestras divisiones, sectarias y carnales, por
encima y en contra de la reconciliación divina de todos sus hijos dentro de un solo cuerpo.

XXVI

UN CUERPO

La Iglesia universal que es el Cuerpo de Cristo, puesto que Cristo no está dividido, es, pues,
una sola, de la que forman parte todos los hijos de Dios. No hay un sólo hijo de Dios que esté
fuera de Su Cuerpo, puesto que para ser hijo de Dios debe participar de la vida de Cristo, lo cual
se hace recibiéndole por fe. Si participa un hijo de Dios de la vida de Cristo, entonces es un
miembro de Su Cuerpo. Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él; y por el hecho de no
participar de Cristo, entonces ningún no-regenerado ajeno a la vida de Dios puede participar de
Su Cuerpo que está formado por tan sólo miembros de Cristo. El Cuerpo de Cristo está, pues,
formado por todos sus miembros, que son todas aquellas personas donde Cristo mora. Siendo,
pues, Cristo uno solo, Su Cuerpo es también uno solo; como está escrito: "Un cuerpo" (Ef. 4:4).
"Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de
los otros" (Ro. 12:5).
"12Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros
del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13Porque por un solo
Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo..." (l Co. 12;12,13), "16Mediante la cruz
reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. 21...un templo
santo en el Señor" (Ef. 2:16,21).
"La paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en
un solo cuerpo..." (Col. 3:15).
Este cuerpo único de Cristo formado de la suma de todos sus hijos en toda época y lugar, es la
Iglesia universal; y a ella pertenece por derecho propio y sin necesidad de otro "ingreso", toda
persona que se haya identificado con Cristo Jesús, siendo efectivamente renacida por la virtud
del Espíritu suyo. Una vez que Cristo haya recibido a una persona, esa persona queda incorporada a Él, y Cristo mora en ella haciéndole miembro Suyo. Todos Sus miembros, sin
faltar ni sobrar ninguno, formamos Su cuerpo, y somos de hecho y por derecho la Iglesia
universal.
Este cuerpo tiene una sola Cabeza y una sola Vida: Cristo Jesús. La autoridad dentro del
Cuerpo radica, pues, exclusivamente en la Cabeza, Cristo Jesús, y opera exclusivamente por
Su Espíritu, moviéndose a través de todos los miembros y delegando a cada cual un servicio en
el Espíritu. Este servicio en el Espíritu es una manifestación espiritual evidente por sí misma,
constituida directamente por la Cabeza y reconocida en la comunión del Espíritu por los
miembros del Cuerpo sujetos a la misma Cabeza.
Cada carisma tiene, pues, su propia autoridad delegada, la cual se mantiene viva una vez que
esté sostenida por el suministro del Espíritu y la autoridad de la Cabeza. Cristo no sólo dona
carismas, sino que además delega responsabilidades. Carisma y responsabilidad, aunque no
son lo mismo, están íntimamente relacionados, pues de cada talento debe rendirse cuentas. Sin
embargo, carisma y responsabilidad son diferentes; la autoridad del carisma es moral; en
cambio la autoridad del comisionado a una responsabilidad es además oficial. Cuando Cristo, la
Cabeza, encomienda una responsabilidad, obviamente otorga también el carisma necesario
para sobrellevarla. La encomienda es delegada con una autoridad oficial ungida con el carisma
de autoridad moral. Veamos un ejemplo para entender la diferencia entre autoridad oficial y
autoridad moral; las dos delegadas directamente de Dios: En la familia, el padre es el primer
responsable de su marcha, por lo cual se le debe sujeción; su autoridad es oficial. Si ese padre
vive sujeto a Cristo, posee además autoridad moral; pero si no, de todas maneras es el
responsable de su familia, por lo que dará cuentas; y por lo tanto sigue siendo suya la autoridad
oficial, aunque moralmente se haya deslizado de su dignidad. Y ya que fue Dios quien otorgó
esa autoridad oficial, por lo tanto merece respeto.
En el cuerpo de Cristo la Cabeza delega Su autoridad a quien quiere; a cada miembro una
jurisdicción; y ante Su tribunal se rendirá cuentas. La autoridad oficial en la obra del Señor la
tienen los apóstoles, y dentro de la iglesia local el presbiterio de ancianos, quienes son los
obispos de la ciudad. Autoridad moral tiene todo miembro sujeto a la Cabeza, pero los
comisionados tienen una responsabilidad especial por causa del encargo. Cualquier carpintero
puede hacer una mesa (autoridad moral), pero el responsable es aquel a quien se le contrató
para hacerla (autoridad oficial). El cuerpo está, pues, sujeto a Su Cabeza sometiéndose a Su
autoridad por el Espíritu Santo. Debemos, pues, someternos a la autoridad del Espíritu, que
delega autoridad moral y oficial en Sus miembros.
Aunque la Cabeza delega autoridad, no por eso se desliga del Cuerpo, sino que en sus manos
permanecen las riendas, y con cada miembro hay un contacto vivo; con la oración se apela a la
justicia de la Cabeza.
La cabeza es el único Coordinador suficiente de todos los miembros; y ya que Cristo es el
Coordinador (Ef. 2:21), no podemos encerrarnos en círculos denominacionales, sectarios o
estrictamente misionales, sino que debemos estar abiertos a la comunión con todos los
hermanos, permitiéndole a la Cabeza asociarnos, dirigirnos y complementarnos. Recordemos
que Cristo es nuestra paz, y que en Sí mismo ha hecho de muchos: Un solo y nuevo hombre.
Solo, porque Cristo es único; y nuevo, porque proviene de la virtud de la resurrección; un solo y
nuevo hombre: el Cuerpo de Cristo (Ef. 2:15,16).
No importa cuán multiforme aparezca la gracia, el Cuerpo es uno; no importa cuánta
diversidad haya entre funciones y actividades, ministerios, dones y operaciones, Dios es uno, el
Señor es uno, el Espíritu es uno, y entonces el Cuerpo es también uno. Nuestro deber es recibir
a todos los que Cristo ha recibido, de la misma manera como Él nos recibió a nosotros (Ro.
15:7). Somos aceptos en el Amado por las infinitas riquezas de Su gracia derramada en Cristo
para todos sin distinción.

XXVII

UN ESPÍRITU

Como ya vimos en el apartado XXV (La unidad del Espíritu), la comunión de los miembros del
Cuerpo de Cristo se debe fundamentalmente a la unidad del Espíritu, uno sólo, pues, es el
Espíritu el que debe operar en el Cuerpo: el Espíritu de Cristo. Con esto queremos señalar que
quedan completamente reprobadas todas las acciones que procedan de otra fuente distinta al
Espíritu Santo. Lo que es nacido de la carne es carne, lo cual para nada aprovecha, pues no
puede heredar el Reino (Jn. 3:6; 6:63; 1 Co. 15:50). Es recibida toda persona que tenga el
Espíritu de Cristo; y de tal persona se recibe toda acción nacida en el Espíritu. Y puesto que
existen otros espíritus que operan error, se hace necesario probar los espíritus, examinarlo todo
y retener lo bueno (1 Jn. 4:2; 1 Tes. 5:21). El Espíritu Santo se caracteriza por su confesión de
Cristo (1 Jn. 4:2,3), y por Su fruto (Gá. 5:22,23), pues el espíritu de la profecía es el testimonio de
Jesús (Ap. 19:10).
Esto no significa que una persona que posea el Espíritu de Cristo nunca vaya a cometer una
falta o error, pues la persona sigue siendo libre y es su deber someterse voluntariamente al
Espíritu Santo sin contristarlo, lo cual no siempre acontece. Pero sí significa que, aunque la
persona tenga el Espíritu de Cristo y sea miembro de Su Cuerpo, no por eso serán aprobadas
sus acciones nacidas de la carne y por la instigación tramposa de otros espíritus. Pablo escribía
a los gálatas:
"1¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante
cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? 2Esto
solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con
fe? 3¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzando por el Espíritu, ahora vais a acabar por la
carne?” (Gá. 3:1-3).
Vemos que aunque los gálatas habían recibido el Espíritu Santo que podía guiarlos a toda la
verdad, erraban en su niñez espiritual por no sujetarse a Él, sino más bien seguir obrando en la
carne. Tales gálatas eran aceptados como hermanos, ya que poseían el Espíritu de Cristo, pero
no eran aceptadas sus acciones en la came ni sus doctrinas fascinadas por error. Un concilio de
numerosas personas no representa en sí ninguna garantía si no está sujeto al Espíritu Santo. Es
muy posible, y sucedió varias veces en la historia, que sus conclusiones fueron apenas el
consenso mayoritario de una democracia carnal, o el eco sobornado y amedrentado de
poderosos intereses personales. No es la voz de la carnalidad de la mayoría la que gobierna en
el Cuerpo de Cristo, sino, siempre, Su Cabeza, Cristo Jesús, operando por medio del Espíritu
Santo que evidencia Su verdad, santidad, amor, poder, dominio propio, gloria, etc.
Reconocemos, pues, tan sólo a un Espíritu, el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo
(Mt.10:20; Jn. 15:26; Gá. 4:6), Espíritu de Cristo. Éste mora en todo el Cuerpo y se manifiesta a
través de cualquier miembro de Cristo que, dándole lugar, se someta a Él.
Además, el Espíritu Santo inspiró las Sagradas Escrituras y habla siempre en plena
concordancia con estas mismas Escrituras que Él mismo inspiró. Atendemos, pues, a la
naturaleza del Espíritu por su fruto, por su concordancia con la verdad de las Sagradas
Escrituras, y por el consenso de los miembros de Cristo sujetos al Espíritu. Este triple testimonio
concuerda, ya que es evidencia y fruto de la unidad del Espíritu. El Espíritu Santo es el Vicario
de Cristo que opera en Su nombre llevando adelante los intereses del Reino de Dios. Tal Reino
no es ahora de este mundo, y por lo tanto no se impone por la espada, ya que opera en el ámbito
de la verdad acatada en los corazones que están por ella, según lo testificó el Señor Jesús a
Pilato (Jn. 18:36,37). Para lo demás está el Estado. El que es de Dios, oye a los apóstoles de
Cristo cuya doctrina está en las Escrituras; capta además el Espíritu y penetra el evangelio
gracias a la iluminación de la revelación divina. El espíritu de error se conoce porque no oye a
los apóstoles de Cristo que hablan en perfecta armonía con las Sagradas Escrituras; además,
tampoco percibe la luz del evangelio, y su confesión del Cristo adolece de error y falta de
revelación (1 Jn. 4:1-6).
Un hijo de Dios puede errar, pero al ser corregido en el Espíritu Santo y con la verdad
apostólica escritural, reconocerá la voz de Dios, y seguirá al Buen Pastor, Cristo Jesús. Nadie lo
arrebatará de las manos del Padre y el Hijo, que operan a través del Espíritu Santo, ante cuya
obra de iluminación y revelación no puede prevalecer el Hades. Todos, pues, los que son
guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios (Ro. 8:14), y es una promesa que todos Sus
hijos serán enseñados por Jehová (Jn. 6:45; Is. 54:13). La unción del Espíritu Santo cumple la
promesa. El Nuevo Pacto con la Simiente de Abraham es nuestro en Cristo. Desde que
estamos, pues, en Cristo, a nadie conocemos según la carne (2 Co. 5:16). Todos los
participantes de este mismo Espíritu tenemos por Él entrada al Padre, y somos miembros de la
misma familia de Dios, conciudadanos de los santos. Somos, pues, hermanos, no importa los
medios o instrumentos usados por Dios para nuestra conversión y para hacer posible nuestra
regeneración en Cristo. Es este único Espíritu de Cristo el que compartido nos hermana; no es el
instrumento usado para nuestra pesca, sea misión, denominación, equipo, predicador, etc.
Pertenecemos a Dios y a toda su familia, y ella nos pertenece toda por el mismo Espíritu.

XXVIII
UNA MISMA ESPERANZA

"Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de
vuestra vocación" (Ef. 4:4 ).
"Cristo en vosotros, la esperanza de gloria'' (Col. 1:27).
Dios había prometido en el principio de la humanidad que la simiente de la mujer (Cristo
nacido de la virgen María) aplastaría la cabeza de la serpiente antigua, que es el diablo (Gé.
3:15; Ap. 12:9); de manera que el que tenía el imperio de la muerte sería quebrantado; con lo
cual sería posible la redención, que significaría un retorno a la gloria de Dios de la que por el
pecado fue destituido el hombre. Esta redención la llevaría a cabo la simiente de la mujer. Para
cumplir tal promesa, Dios separó a Abraham, asegurándole que en su simiente, la cual es Cristo,
bendeciría a todas la familias de la tierra, entregándole en herencia el mundo entero. Este
Heredero se sentaría en el trono de David para siempre señoreando desde Sion, y en Su luz
andarían también los gentiles; por lo cual, el Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, tomó
también, aparte de las ovejas perdidas de la casa de Israel, a sus otras ovejas, nosotros los
gentiles, y nos insertó en el tronco de su olivo, llevándonos a un solo redil y bajo un solo pastor,
Cristo, el David mayor. Por lo cual, Pablo, apóstol de Jesucristo para los gentiles, declaraba el
misterio revelado: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y
copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio (Ef. 3:5,6). De manera que
verdaderamente, como citábamos al principio, fuimos también llamados a una misma esperanza
que se alcanza y se consuma en Cristo para toda la humanidad: participar con Él de Su gloria,
como está escrito: "Os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro
Señor Jesucristo" (2 Tes. 2:14).
"20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la
palabra de ellos, 21para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22La gloria
que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23Yo en
ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me
enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. 24Padre, aquellos
que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean
mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo"
(Jn. 17:20-24).
"2Cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 3Y
todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (1 Jn.
3:2,3).
He aquí, pues, la esperanza que anida en todos nosotros los que tenemos Su mismo Espíritu,
siendo por tanto miembros del mismo Cuerpo y coherederos del mismo Reino.

XXIX

UN SEÑOR

He aquí un reconocimiento fundamental dentro de la comunión cristiana: "Para nosotros, sin
embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para
él; y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él" (1
Co. 8:6).
La verdad del Señorío de Jesucristo es fundamental a la fe cristiana: "A este Jesús a quien
vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo" (Hch. 2:36b). Que Jesús es el Señor, es
la confesión insustituible que brota del corazón y los labios de los redimidos: "Si confesares con
tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos,
serás salvo" (Ro. 10:9). Era esta verdad la que con la vida y la palabra envolvía la predicación
apostólica, como está escrito por Pablo a los corintios: "Porque no nos predicamos a nosotros
mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús"
(2 Co.4:5). Sí, lo que los apóstoles predican es a Jesucristo como Señor; para esto Él nos salvó:
“7Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.8Pues si vivimos, para el
Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que
muramos, del Señor somos. 9Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser
Señor así de los muertos como de los que viven'' (Ro. 14:7-9 ).
Efectivamente, Su sacrificio por nosotros tiene grandes implicaciones, pues nos reconcilia con
la voluntad del Padre. Reconocer a Jesús como el Señor significa, pues, vivir y morir para Él,
pues, “por todos murió, para que los que viven (es decir, los renacidos), ya no vivan para sí, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co. 5:15).
Pero el Señorío de Cristo no se reduce tan sólo a los cristianos, pues con Su resurrección
recibió autoridad sobre toda potestad y carne (Mt. 28:18). No sólo por derechos de creación, ya
que el Padre todo lo hizo con el Verbo y por el Verbo y para el Verbo; sino que además, por
derechos de redención, por Su compra sacrificial que levantó el embargo del pecado, y por el
sustento nuevo de la resurrección. "9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio
un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de
los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que
Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Fil. 2:9-11). Toda criatura, tarde o temprano,
deberá, pues, reconocer la soberanía de Dios que ha hecho heredero de toda plenitud a
Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.
Sólo bajo las plantas de Sus pies las cosas todas están en su debido lugar, pues sólo a Él
corresponde el legítimo derecho. Ser el Señor significa ser el Amo absoluto con pleno derecho.
Y Él es doblemente Señor: primero, por naturaleza, ya que en cuanto Verbo es Deidad creadora
y sustentatriz, además de ser la meta legítima de todas las cosas con su diseño. Segundo, es
también Señor por conquista, porque destronó al usurpador querúbico y venció a la muerte y
toda oposición, en sus pruebas humanas, recuperando así lo que había perdido. Es Señor de
señores y Rey de reyes, Soberano de los reyes de la tierra, y Cabeza de todo principado y
potestad, Heredero de todas las cosas; por lo tanto es Juez con poder de salvar y condenar.
Ante Él doblamos presurosos y contentos nuestras rodillas desde lo profundo de nuestros
corazones.
Quien tenga el Espíritu Santo no puede sino reconocer y confesar a Jesús como Señor, pues
gracias a Él ha sido trasladado al Reino del amado Hijo de Dios, donde la voluntad del Padre es
la perfecta directriz eterna con la que se nos concedió alianza. Estamos los cristianos aliados
con Dios y Su santa voluntad, por medio de la lealtad a Su Cristo, Su Ungido al que puso sobre
el trono altísimo. El cristiano debe, pues, reconocer que recibir a Jesús como Señor y Cristo,
implica otorgar la primera lealtad a los derechos de la corona de espinas del Redentor; Él,
primero, antes que nuestra propia vida, familia o propiedades.

XXX

UNA FE

La fe de los cristianos es, pues, la fe del Hijo de Dios; una fe que es don de gracia, nacida del
Espíritu cual iluminación de la revelación. Es la fe apostólica, básica y fundamental, es decir, la
fe esencial para salvación. No hablamos aquí de pormenores en la interpretación de doctrinas
menores que apenas afectarían el galardón y no la salvación, pero hablamos, sí, de la fe, la
única fe, la imprescindible para la salvación; aquella establecida bajo Cristo, apostólicamente:
"8Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el
Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Ro. 10:8,9).
Esta es, pues, la fe apostólica: Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, es el Señor, quien habiendo
muerto por nuestros pecados ha resucitado corporalmente en incorrupción, y está vivo cual
soberano Altísimo y cual Rey supremo a quien podemos invocar para salvación.
Por eso Pablo, antes de anunciar aquello a los corintios en su primera carta, antes de
establecer lo que constituía primeramente el evangelio de salvación, fe única, se expresa
escribiéndoles: "1Os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también
recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he
predicado, sois salvos, si no creísteis en vano" (1 Co. 15:1,2). Y entonces establece la persona,
la muerte y la resurrección de Cristo por nosotros como núcleo del evangelio de salvación, la fe
esencial. Sí, era una declaración apostólica y salvífica de descomunal importancia; la fe
apostólica, la fe recibida de los cristianos primitivos en los albores del cristianismo. Esta debe
ser, pues, la fe mínima que se debe imprescindiblemente exigir a un hombre para reconocerlo
cristiano; no podemos rebajar esta mínima exigencia. Está sobre el terreno básico de la
comunión cristiana solamente quien de todo corazón crea y confiese a Jesús como el Cristo,
como el Hijo del Dios viviente, como el Señor, muerto por nuestros pecados y resucitado. Sin
esta fe y confesión se está fuera del círculo de la unidad del Espíritu, con lo cual se demuestra
no tener el Espíritu de Cristo, que a Él glorifica; y por lo tanto, la tal persona no es aún de Cristo.
No basta reconocerle como mero profeta, un luminar más de entre otros en la humanidad. Es
preciso poseer la fe, una fe, la única. De allí brota y se establece el canon, la regla (ver
apartado XXII).

XXXI

UN BAUTISMO

Un cristiano debidamente establecido y fundamentado, es uno que necesariamente ha
pasado por la experiencia de identificación espiritual con Cristo. Este "un bautismo" es el
bautismo en Cristo con el que somos revestidos de Él (Gá. 3:27; Ro. 6:3). Una vez que por la
gracia de Dios hayamos podido reconocer en Jesús al Cristo, y a Su obra como la base de
nuestra salvación, entonces debemos voluntariamente identificamos con Él, en Su muerte y
resurrección, para perdón y liberación nuestra en Él, y para regeneración por Su Espíritu.
Para que fuese manifiesta tal identificación, tal toma de posición, el Señor estableció que la
confesáramos exteriormente por medio de la confesión pública y el bautismo en agua; de
manera que al consumar nuestra identificación de fe, aspirando a una buena conciencia,
garanticemos la certeza de nuestra salvación por la promesa de su palabra: "el que creyere y
fuere bautizado será salvo" (Mr. 16:16).
Estar bautizado en Cristo, es decir, debidamente identificado por fe con Él, habiéndole
invocado de corazón personalmente y de forma voluntaria, es requisito básico para ser hallado
dentro de la comunión cristiana y sobre el terreno de salvación. Ahora bien, y ¿qué es lo
imprescindible para tal bautismo en Cristo? primero: la fe auténtica y de corazón en Él y Su obra;
fe que entonces obedece invocándole, confesándole e identificándose con Él en Su muerte y
resurrección. Los que hacían esto en los tiempos bíblicos bajaban a las aguas para ser
bautizados en señal de la consumación de su identificación en fe con Cristo en Su muerte y
resurrección; así confesaban su nueva toma de posición, ahora en Cristo Jesús. Quien salva es,
pues, Cristo mismo que opera por Su Espíritu ministrando la salvación a través de la fe que
actúa identificándose con Él; con lo cual la persona es bautizada y revestida en y de Cristo. La fe
auténtica se apropia suficientemente de la provisión, y también se exhibe con confesión pública
que se gloría en la Gracia. No aconsejamos, pues, descuidar el descenso a las aguas.

XXXII
UN DIOS Y PADRE

Por último, anotamos como ingrediente fundamental de la unidad del Espíritu, el
reconocimiento del único Dios verdadero, Yahveh-Elohim, Padre de todos los regenerados en
Cristo: "4Un cuerpo, y un Espíritu..., una misma esperanza..., 5un Señor, una fe, un bautismo (y
por último entonces); 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”
(Ef. 4:4-6).
Lo primero que en la declaración apostólica notamos es que Dios es uno. Solamente existe un
solo Dios verdadero, y fuera de Él no hay Dios. Monoteísmo es, pues, la religión del Espíritu. Lo
segundo que captamos es que este único Dios es efectivamente Dios, el único Dios. Deidad
es, pues, de lo que se habla aquí, con lo cual queda implicada la omnipotencia, omnisciencia y
omnipresencia del Ser Supremo, principio y fin de todas las cosas. Pero este único Dios, no es
apenas el elemento de un sistema filosófico; ¡No! sino que es el "Yo Soy el que Soy" que se ha
revelado a Si mismo en forma definida e histórica; Él es Yahveh Elohim; Él que es en Sí mismo
y se revela a Sí mismo. Es, pues, Un Dios Trascendente, distinto de su propia creación, pues es
"sobre todos". Todo lo ha creado de la nada y a todo le ha dado un propósito. Además
permanece inmanente también, a la par que trascendente, sosteniendo todas las cosas, pues Él
es "por todos", como dijera el apóstol Pablo: "27No está lejos de cada uno de nosotros. 28Porque
en él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hch. 17:27b, 28a). Esta inmanencia Suya que sostiene
toda la creación, no es sin embargo panteísmo, puesto que Él es trascendente, Otro, aparte de
Su creación; Él es anterior a ella, causa y sentido de ella. Este único Dios es, pues, el Autor y
Dueño y el Proveedor.
Observando atentamente los Nombres Divinos podemos captar los atributos de Dios.
Sabemos que en el hebreo, y en muchas lenguas orientales, el nombre caracteriza a la persona;
es decir, que la realidad de sus atributos es pronunciada y queda, pues, caracterizada en su
nombre. Conozcamos, pues, a Dios en cada uno de Sus nombres. Él es ELOHIM, el
Todopoderoso (Gé. 1:1); muchos reconocen a Dios simplemente este aspecto: aceptan la
existencia de un Ser Supremo, pero no más. Sin embargo, además de: EL, ELAH, ELOHIM,
Dios es también ELYON, el Altísimo (Gé. 14:18); nadie sobre Él; Él es el más Alto y como tal
Poseedor de cielo y tierra; Él es quien reparte a las naciones su porción. Por lo tanto, Dios es
también ADONAI (Gé. 15:2), el Señor; ADON, ADONAI, Amo y Esposo. Pero hay más; Dios es
EL-SHADAI (Gé. 17:1), aquel pecho todo-suficiente que amamanta y sostiene sustentando para
hacer fructificar. Es EL-OLAM (Gé. 21:33), el Eterno que administra la eternidad; por lo cual es
también el Ayudador de Su pueblo, Jehová de los ejércitos, Yahveh-Sabaoth (1 S. 1:3), que
sirve en las batallas de Su pueblo.
Su nombre especial en relación a la redención es YAHVEH, en sus siete formas compuestas:
Jehová-JIREH, el Proveedor; Jehová- RAFAH, el Sanador; Jehová-NISSI, el estandarte de
nuestra vanguardia y victoria; Jehová-SALOM, nuestra Paz; Jehová-RAAH, nuestro
Apacentador y Pastor; Jehová-SIDKENU, nuestra justicia definitivamente establecida; y
Jehová-SAMA, el perennemente Presente en medio de los suyos (citas respectivas: Gé.
22:13,14; Ex. 15:26; 17:8-15; Jue. 6:24; Salmo 23; Jer. 23:6; Ez. 48:55).
¿Conocemos así a Dios? ¿Hemos experimentado que Él es todo eso para nosotros? Dios es,
pues, también Amor, Santidad, y Justicia, Suma de toda Belleza y Perfección. Pero no
solamente es nuestro Creador y Dios, sino que este mismo Dios, el único verdadero, es además
nuestro Padre. Por medio de Jesucristo hemos recibido vida eterna, llegando a ser partícipes
de la naturaleza divina por su Espíritu, que es garantía de sus promesas (2 Pe. 1:3-4). El único
Dios es, pues, también nuestro Padre, y cual hijos de Dios, testimonio de ser lo cual tenemos en
nuestro espíritu, podemos decirle: "Papá, Papito", "Abba, Padre". Dios ha puesto el Espíritu de
Su Hijo en nosotros para que seamos afiliados hijos suyos por Jesucristo, de manera que
sepamos que nos ha hecho coherederos con Cristo, y que nos ha amado también como a Él ha
amado (Jn. 17:23).
Por todo esto, además de estar Dios trascendente sobre todas las cosas, e inmanente por
La Unidad del Espíritu 101
todos, está también habitando, sí, morando, en todos los que hemos recibido el Espíritu de Su
Hijo; pues quien tiene al Hijo tiene también al Padre. "Yo en ellos y tú en mí. En aquel día
conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mi, y yo en vosotros" (Jn. 17:23a; 14:20; 1
Jn. 2:23; 2 Jn. 1:9).

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He aquí, pues, hasta aquí todo lo que se halla en la posesión común de los que partícipamos
de la unidad del Espíritu y el Cuerpo de Cristo. Estas son las únicas credenciales que podemos
exigir; quien las posea se halla sobre la misma base, y por lo cual, con toda solicitud, debemos
guardar con él la unidad ya establecida del Espíritu. El vinculo de la Paz se mantiene sobre este
único terreno; y una vez que nos hallemos sobre él, debemos mantener y acrecentar la
comunión con todos los hijos de Dios de todo lugar, y en armonía con los de toda época que de
hecho están fundados allí.
A partir de esta vida espiritual, el Señor usando de Su multiforme gracia, opera de distintas
maneras para llevar a estos, de la unidad del Espíritu ya hecha y por guardar, a la unidad de la fe
y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta la estatura del varón perfecto en Cristo Jesús, por
alcanzar, ya no guardar. Guardamos la unidad del Espíritu, y alcanzamos la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo; para lo cual el Señor constituyó también el magisterio de la Iglesia (Ef.
4:3; 4:10-13). Hay una fe imprescindible que guardar mientras avanzamos a la fe madura por
alcanzar en la estatura y el conocimiento pleno de Cristo. Para esto último Dios preparó un
ministerio que es también fundamento y columna.

lunes, 20 de junio de 2011

JESUCRISTO EN LA TIPOLOGÍA FESTAL

JESUCRISTO
EN LA TIPOLOGÍA FESTAL


El Señor Jesús es el fundamento
El Señor Jesús es el fundamento. La primera epístola del apóstol san Pablo a los Corintios está dirigida a una iglesia que estuvo pasando por algunas dificultades debido a que acontecían cosas propias de la niñez en Cristo.  El apóstol en la carta, entre otras cosas, les enseña que ellos son un edificio, una labranza, y al mencionar el símil del edificio, se los dice de la siguiente manera:

9Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. 10Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera heno, hojarasca, 13la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego. 26¿No sabéis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? 17Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:9-17).

El siguiente versículo también es muy importante, pero para tratar lo relacionado con el contexto del edificio, del tempo de Dios, basten estos versículos por el momento. Aquí el apóstol presenta el edificio de Dios con dos partes: Una parte es el fundamento, y la otra es la sobre-edificación.  Respecto al fundamento es estricto; él dice: “…nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo”. Ahora, sobre ese fundamento “cada uno mire cómo sobreedifica”. No dice: cada uno mire qué fundamento pone; no.



Nadie puede poner otro fundamento; pero sobre ese fundamento cada uno mire cómo sobreedifica; es decir, se puede edificar sobre ese fundamento con materiales como el oro, la plata y las piedras preciosas, representando todo esto la naturaleza divina, la obra de la redención y la obra de la transformación por medio del Espíritu Santo; o lo contrario, también se puede edificar con madera, que es lo meramente humano; o con heno, que es como la paja y muy parecido al trigo pero sin granos; o con hojarasca, que son las hojas que caen de los árboles porque se secan al no llegarles la savia. Se puede edificar algo al Señor sin la savia de Dios, o edificarlo con oro, que representa la naturaleza de Dios. Sin embargo, en este momento vamos a tratar no lo relativo a la superestructura sino lo relacionado con el fundamento, puesto que la sobreedificación simplemente trata con el galardón, mientras que el funda­mento trata con la salvación.  Esa es la diferencia entre el fundamento y la sobre edificación.
El que no está en el fundamento, que es Jesucristo, está perdido; pero el que está en Jesucristo, puede tratar de servir a Jesucristo a su manera y su obra ser quemada, pero él no pierde la salvación, sino que él mismo será salvo; aunque sea por fuego, pero será salvo.  Entonces quiere decir que lo relativo a la sobreedificación afecta la recompensa del creyente, en cambio lo relativo al fundamento determina si la persona está salva o no.  Antes de tratar lo relativo a la sobreedificación, que también es importante, trataremos el fundamento, porque Dios quiere todo el edificio. ¿Qué hacemos con tan sólo el fundamento?  El quiere que sobre ese fundamento se edifique la estatura de la plenitud de Cristo; por eso tiene que establecerse en Jesucristo.  El fundamento es la persona del Señor Jesús, es Jesucristo mismo;  tenemos que mirar lo relativo a Su persona, lo relativo a Su obra y lo relativo a Su enseñanza.

La persona del Señor Jesús
Primeramente veamos lo relacionado con Su persona. ¿Quién es Jesucristo? ¿Cuál fue la confesión que aprobó el Señor? La de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”[1]; es decir, que Jesús es el Mesías, aquel que estaba prometido. Y ¿cuál es el Mesías prometido? Dios mismo que se haría hombre, como dice en Isaías 9:6: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”.
Dios enseñó que Su Hijo vendría a la tierra como un niño y ese sería el Mesías, Emmanuel (Dios con nosotros). Entonces hay que reconocer los dos aspectos de la persona de Jesucristo: Su divinidad y Su humanidad.  El Señor Jesús es el Hijo de Dios y en cuanto Hijo de Dios, el Verbo de Dios, Dios mismo. En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios; y aquel Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y fue hecho semejante a los hombres, tentado en todo, conforme a nuestra semejanza; estuvo en la condición de hombre, se humilló, murió por nuestros pecados y resucitó íntegramente, completamente, y se sentó a la diestra del Padre, y allí intercede por nosotros. Esta es la persona, esta es la obra y esto es lo principal de la doctrina apostólica que fue primero la doctrina de Cristo.
Quisiera llamar la atención sobre distintos aspectos acerca de la persona y obra del Señor Jesús; y para esto quiero valerme de algunos pasajes de la epístola a los Colosenses, y otros que nacen de éste.


Rudimentos tipológicos


16Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, 17todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosen­ses 2:16-17).
En aquella ocasión, en aquella coyuntura histórica, el apóstol Pablo estaba escribiendo a esta iglesia porque sus miembros tenían la siguiente dificultad: por un lado, los judaizantes querían hacer a los cristianos como judíos y, por otro lado, los gnósticos querían hacerlos gnósticos.  Por esa razón la epístola a los Colosenses es para tratar a los judaizantes y a los gnósticos.  Los judaizantes querían que los cristianos se circuncidaran para ser salvos y se sometieran a la ley de Moisés imponiéndoles que no tenían que comer esto o aquello, que tenían que guardar ésto y que tenían que guardar aquéllo.  Entonces, en este contexto, en esta coyuntura histórica, Pablo les escribió lo siguiente: “Por tanto, nadie os juzgue (como quien dice, no se dejen amedrentar, o criticar, o asustar) en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo (porque de eso era que estaban pendientes los judaizantes, de lo que había que comer, de lo que no había que comer, de lo que había que guardar, etc.)”.
Pablo también le dice a los gálatas: 9Mas ahora (es decir, antes sí vosotros estabais en una situación diferente, pero ahora que hemos recibido a Cristo, que estamos en el Nuevo Testamento), conociendo a Dios, o más bien (Pablo corrige sin haber dicho una mentira), siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? (¿Cuáles eran esos rudimentos?) 10Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. 11Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros” (Gá. 4:9-11).  Eso nos dice que también a los gálatas querían someterlos a las fiestas judaicas, a la tradición judaica.
Pablo está enseñando algo en Colosenses, al decirles: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta”. Fijémonos que esos días de fiesta, luna nueva o días de reposo, son cosas diferentes.  Los días de reposo eran los sábados, las lunas nuevas eran cada mes y los días de fiesta eran otras fiestas que se celebraban en Israel aparte de los sábados. Entonces tenemos aquí tres tipos de celebraciones festivas judaicas:
a) Las fiestas solemnes o los días de fiesta,
b) las lunas nuevas, y
c) los días de reposo, cada séptimo día.


Los judaizantes querían que los cristianos guardasen los mismos días que ellos guardaban, y los de Galacia ya estaban guardando los días, los meses y los años, y Pablo les dice que parece que trabajó en vano con ellos, que cómo es que quieren volverse atrás, retroceder otra vez a los antiguos rudimentos. La explicación de Pablo para estas fiestas, esos ritos, esas comidas, es el siguiente versículo, al decirles: “…todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:17).
Notemos que san Pablo entiende por el Espíritu Santo que aquellas comidas, aquellas bebidas, aquellos días de fiesta, aquellas lunas nuevas o novilunios, aquellos sábados, no eran sino la sombra de lo que habría de venir, pero lo que proyecta la sombra es un cuerpo. Si hay una luz que alumbra y viene un cuerpo para entrar en un cuarto, primero llega la sombra si la luz es proyectada desde atrás; entonces cuando nosotros vemos la sombra, por ella entendemos qué clase de cuerpo es el que va a entrar: si es un hombre, si es una mujer, si es un animal, eso se sabe por medio de la sombra; uno mira la sombra y ella nos avisa lo que viene.  Pablo dice que el Antiguo Testamento era como una sombra. Dice que aquellos mandamientos acerca de comidas, bebidas, días de fiesta, novilunios y sábados, todo esto, fijémonos en la palabra todo, “todo lo cual es sombra”, pero en realidad lo que proyectaba esa sombra era Cristo.

Las fiestas veterotestamentarias proyectan la sombra de Cristo
Dejando a un lado las cuestiones de bebidas, de comidas, de sábados, de novilunios, vamos a detenernos en los días de fiesta. Dice Pablo que los días de fiesta que Dios había mandado en el Antiguo Testamento son una sombra de Cristo; es decir, que Dios quería proyectar algo acerca de Cristo con aquellas fiestas. No tenemos que mirar esas fiestas como simples fiestas judaicas para someternos a ellas en el Nuevo Testamento, sino que tenemos que mirar entre líneas qué era lo que Dios quería hablar acerca de Jesucristo por medio de aquellas fiestas, porque aquellos días de fiesta son sombra de Cristo; es decir, lo que realmente es importante es Cristo, pero Dios, antes de que viniera Jesús, nos empezó a hablar en forma tipológica y profética acerca de Cristo que vendría, y lo empezó a hacer a través de algunas fiestas y otras cosas; pero como estamos diciendo que el fundamento es Cristo, vamos a ver qué usó Dios en esas fiestas para señalar de Cristo.
En primer lugar notemos que las principales fiestas ordenadas por Dios a Israel, eran siete (7). Fijemos nuestra atención en el número siete (7), que es un número de completación. Dios toda Su obra la completa en siete: siete trompetas, siete sellos, siete truenos, siete copas, siete estrellas, siete candeleros, siete ángeles, etcétera.  El número siete aparece constantemente en la Palabra de Dios. También son siete fiestas, pero estas fiestas muestran siete aspectos diferentes de Jesucristo.


¿Para qué se hace una fiesta?­  Por ejemplo, ¿por qué no todos los días del año son iguales al 20 de Julio o al 7 de Agosto para los colombianos?  Porque un 7 de agosto sucedió algo especial, muy significativo, que cambió la historia de Colombia; somos deudores de lo que sucedió en ese tiempo.  La condición actual es deudora de lo sucedido el 20 de julio y el 7 de agosto, y por eso se celebra una fiesta. Una fiesta no es un día común y corriente; una fiesta es un día especial que pretende traer algo especial a la memoria de las personas, algo significativo, y por eso es especial.  Decimos que es la fiesta de tal cosa para que los acontecimientos no sean comunes y corrientes ese día, para que ese día nos acordemos de algo importante, algo significativo, algo que siempre hay que recordar y tener presente; entonces es cuando se establece una fiesta.
¿Para qué estableció Dios siete fiestas? Para recordarnos constantemente y hacernos mantener presentes siete aspectos fundamentales de Jesucristo. Dicho de otra forma, la plenitud de Cristo está representada en siete fiestas, y la Biblia nos habla de ello tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamen­to. En el Nuevo nos da la pista para interpretar esas fiestas. Veamos cuáles eran esas fiestas:
1. La fiesta de la Pascua
2. La fiesta de los Panes sin levadura
3. La fiesta de las Primicias
4. La fiesta de Pentecostés
5. La fiesta de las Trompetas
6. La fiesta de la Expiación
7. La fiesta de los Tabernáculos, o de las cabañas.
Las tres primeras fiestas: la pascua, los panes sin levadura o ácimos y las primicias, eran las primeras en celebrarse, e iban juntas.  La pascua era como decir el principio del año; el mes de Abib era el primer mes del año.  Dios dijo: “Para vosotros este es el inicio del año“, o sea que el inicio del año es la pascua, porque nuestra nueva vida comienza con Cristo, nuestra pascua es Cristo. Pascua, junto con los panes ácimos o sin levadura y las primicias que se celebraban al final de la semana. La fiesta de pentecostés se celebraba conjuntamente con la fiesta de las Trompetas. Hasta el día de hoy se celebran estas fiestas en los medios judíos.
Tengamos presentes estas fiestas: Pascua, ácimos, primicias, pentecostés, trompetas, expiación y tabernáculos.  Siete palabras claves, siete fiestas con las cuales, manifiesta san Pablo, Dios quiere enseñarnos algo de Jesucristo, porque dice que esos días de fiesta son sombra de Cristo, de lo que ha de venir; Cristo había de venir y hacer algo por nosotros, y esa obra séptuple, completa, de Cristo, está representada en siete fiestas.

La obra del Señor Jesús
Ahora, ¿qué representan esas fiestas?  Vamos a ver inicialmente las dos primeras y luego la tercera, pues están íntimamente relacionadas.  En la primera carta a los Corintios aparecen dos fiestas que se celebran juntas.


7Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. 8Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Co. 5:7-8).
La Pascua. Aquí vemos en el Nuevo Testamento dos fiestas: La pascua y los panes sin levadura. Dice que Cristo es nuestra pascua; recordemos este aspecto. El ángel de la muerte tenía que pasar juzgando, pero el pueblo del Señor se había cubierto bajo el cordero, comiendo de él.[2]  Un cordero había muerto por la familia y la sangre del cordero estaba en los dinteles de las puertas; entonces cuando el ángel del Señor, el ángel del juicio, pasaba para traer juicio y se encontraba con la sangre del cordero en la puerta, decía: No, aquí no puedo entrar porque el juicio ya cayó sobre el cordero, ya no puedo juzgarlos porque el cordero ya fue sacrificado por ellos, y la prueba de que el cordero ya fue sacrificado es que la sangre de ese cordero está en la puerta. Esto quiere decir justamente Pascua, pasar por alto, paso. Dios pasaba por alto los pecados de los que estaban en esa casa, porque el cordero había sido sacrificado por ellos; primera cosa.
Los panes sin levadura. Segunda cosa: Ellos, además de poner la sangre del cordero en la puerta, también se comían el cordero con panes sin levadura, porque son los aspectos de Cristo. Un aspecto es objetivo, que aconteció cuando Cristo murió por nosotros; eso es Cristo muriendo por nosotros pero allá, fuera de nosotros; otro es el aspecto subjetivo, otra cosa es nosotros aprovechándonos, experimentando subjetivamente lo que Cristo hizo en la cruz; esto representa comer el cordero y comerlo con los panes sin levadura. Porque fijémonos en una cosa; la Biblia nos enseña, no sólo que Cristo murió por nosotros sino que nosotros también morimos con Cristo, que nuestro viejo hombre también fue crucificado juntamente con Él, y que nosotros fuimos crucificados al mundo en la cruz de Cristo, y que el mundo nos fue crucificado a nosotros en la cruz de Cristo, y que en la cruz de Cristo fuimos circuncidados, y en Su nombre otras cosas sucedieron en la cruz de Cristo. Por lo tanto, no era sólo suficiente la fiesta de la pascua sino que ésta tenía que ir acompañada con la fiesta de los panes sin levadura.


La levadura representa la maldad, el pecado, la hipocresía; por eso el Señor Jesús le dijo a los apóstoles: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos[3]“, y ellos pensaban en lo físico; ¿será que nos está diciendo esto porque no trajimos pan?  Pero, ¿acaso no recuerdan de los panes y los peces que se multiplicaron cuando alimenté a los cinco mil?[4]“Guardaos de la levadura”, es decir, de la hipocresía, la maldad, el pecado, eso es lo que representa la levadura; y Jesucristo fue sin pecado.  Así que Jesús se convierte en nuestro alimento; por eso cuando El celebró e instituyó la Cena del Señor, fue justo el día de la pascua. Tomó un pan ácimo, un pan sin levadura; por esta razón cuando se toma la Cena del Señor se prefiere hacer con pan sin levadura, aunque algunos lo hacen con pan con levadura. La razón por la que se hace sin levadura es por el pan ácimo con el que Cristo se representó a sí mismo. Tomó ese pan ácimo de la pascua y lo partió y dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido[5]; y dijo en otra ocasión: “el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”[6].
Entonces hay dos aspectos: Uno objetivo, de lo que pasó con Cristo allá en la cruz, cuando aún no habíamos ni siquiera nacido. Pero hay un aspecto subjetivo, lo que nosotros creemos, vivimos, experimentamos gracias a Cristo. Cristo no sólo murió por nosotros, sino también para llevar a la muerte justamente con lo que Él se puso. Él se puso la humanidad encima, Él fue hecho pecado por nosotros, las cosas viejas pasaron para librarnos a nosotros;  así nosotros debemos celebrar la fiesta de los panes sin levadura. No se trata de que tal día vayamos a hacer panes sin levadura, sino que todos los días estamos celebrando esa fiesta, todos los días estamos con la pascua, todos los días estamos con los ácimos.
La sangre de Cristo es lo principal, lo primero, allí empieza todo, allí somos librados del juicio; sin la sangre de Cristo no hay nada. Nunca debemos olvidar lo importante que es la sangre de Cristo. No se debe alabar a Dios sin tener presente la sangre de Cristo; nadie puede ir delante de Dios por el mérito de la propia alabanza, nadie puede ir delante de Dios por el mérito de su propio ayuno o por el mérito de haber hecho una buena obra o de no haber pecado. Solamente somos aceptos delante de Dios por la sangre del Cordero; aun cuando alabes, es la sangre la que te da la entrada, no la alabanza; aun cuando ayunes, es la sangre la que te da la entrada, no el ayuno; es solamente la sangre; “Veré la sangre y pasaré de vosotros”[7]; Si no veis la sangre, si no confiáis en la sangre, entonces estáis bajo juicio.


El Señor dice: “veré la sangre”. Él mira la sangre; lo que el Cordero hizo por nosotros es lo que en verdad salva. La primera verdad fundamental es constantemente confiar solamente en la sangre, tanto delante de Dios como de ti mismo, como delante del diablo. No trates de responderle al diablo con ninguna otra respuesta que la sangre de Jesucristo; y no trates de responderle a tu conciencia, con ninguna otra cosa distinta que la sangre de Jesucristo; y no trates de presentarte con cosa diferente a la sangre de Jesucristo. Sin la sangre no hay comunión con Dios, no hay reconciliación; la sangre es el comienzo. Por eso dice de la pascua, “este día será principio de días para vosotros”. ¿Qué día?  El día de la pascua, cuando se derramaba la sangre del Cordero, cuando la familia entera se ponía bajo la sangre y entonces por siete días se comían los panes sin levadura. Estas dos fiestas se celebraban juntas.
Las Primicias.  Luego se celebraban las Primicias, o sea, los primeros frutos antes de la cosecha general, que eran los más valiosos; y así como la pascua representa la muerte de Jesucristo por nosotros, y los panes ácimos representan nuestra participación con Cristo, las primicias representan la resurrección de Jesús. Este es el tercer aspecto de Jesucristo en relación con las fiestas judaicas.
20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. 21Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos” (1 Corintios 15:20-21).
Ese texto nos dice que el primero en ser resucitado de los muertos, Aquel por quien entró la resurrección de los muertos, fue Jesucristo; por lo tanto, las primicias son Jesucristo, la fiesta de las primicias nos representa la resurrec­ción de Jesús. Cuando vamos al mercado, las frutas fuera de estación son las más caras; cuando es el tiempo de una fruta, éstas son baratísimas, pero cuando no es el tiempo sino que algunas se adelantan, éstas son de más valor; esto es lo importante de las primicias.  Notemos que el Evangelio se centra en la persona del Señor Jesús, en Su muerte y en Su resurrección; esto es lo central. La Iglesia no puede salir de este centro: Dios revelado en Jesucristo, el Hijo de Dios, el Cristo, la persona de Jesucristo, Su muerte y Su resurrec­ción.
La muerte es quitar, a través de la cruz, todas las cosas negativas que entraron en el universo; pero la resurrección es para suplir las cosas nuevas, porque había que quitar lo viejo y sustituirlo con lo nuevo; entonces todo lo viejo, todo lo desagradable a Dios se trató con la cruz;  y todo lo nuevo, proviene de la resurrección. La cruz es para quitar, la resurrección es para suplir;  por eso la persona de Jesucristo, Su muerte en la cruz y Su resurrec­ción, son lo central del evangelio.

La enseñanza del Señor Jesús


1Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predica­do, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. 3Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5y que apareció…” (1 Co. 15:1-5a).


Aquí Pablo hace una declaración apostólica de lo que es fundamentalmen­te el evangelio, que reteniéndolo se es salvo. Y ¿cuál es el evangelio?  Que Cristo murió por nuestros pecados, que fue sepultado y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras, y que apareció. Se trata de las distintas apariciones a grupos e individuos después de la resurrección. Estas son las tres claves de la historia de la salvación y del evangelio: Jesucristo, Su muerte y Su resurrección. La Iglesia nunca puede descentrarse de la persona de Jesucristo, de Su obra en la cruz y de Su resurrección. ¿Cuándo empezamos a disfrutar del perdón? Cuando se oye de El y se cree, el perdón llega a ser una experien­cia personal. Pero, ¿cuánto hace que Jesucristo murió por nosotros? Inclusive antes de que naciéramos, pero sólo cuando se oye, se cree y se apropia, es una experiencia personal. Sin embargo, el perdón no fue lo único conseguido en la cruz de Cristo, sino también muchas otras cosas que tienen que ser oídas y creídas y disfrutadas. La Iglesia tiene que conocer la cruz y conocer la resurrección.
A veces se piensa que no se va al infierno porque Dios perdonó nuestros pecados, pero una cosa es el perdón de los pecados, y otra cosa es la limpieza de la mancha del pecado, y otra cosa es la libertad del yugo del pecado, y otra cosa es la justificación, y otra cosa es la reconciliación, y otra cosa es la regeneración, y otra cosa es la santificación, y otra cosa es la renovación, y otra cosa es la configuración a Jesucristo, y otra cosa es la glorificación; todo esto fue hecho en la cruz y en la resurrección. La Iglesia tiene la persona de Jesucristo y Su obra en la cruz y Su resurrección. Estas son las tres primeras fiestas, pero hagámonos la siguiente pregunta: ¿Quién es el que aplica a nosotros todo lo que hizo Cristo? La respuesta es: El Espíritu Santo.
Pentecostés.  La siguiente fiesta, la de Pentecostés, representa la venida del Espíritu Santo. Fue el día de Pentecostés que el Espíritu Santo descendió. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo viene a tomar lo que hizo Jesucristo;  porque lo que hizo Jesús fue allá afuera, pero el que lo hace efectivo como experiencia personal, subjetiva en cada uno de nosotros, es el Espíritu Santo.  Después de que el Señor puso ese fundamento de ser Él quien es: el Mesías, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, concebido en el vientre de la virgen María, que vivió sin pecado y murió por nuestros pecados y resucitó, después de esto, Él descendió y derramó el Espíritu Santo, que es la fiesta de Pentecostés y que viene después de las tres primeras. No se puede empezar con Pentecostés, se tiene que empezar con la Pascua. Pentecostés representa al Espíritu Santo que toma lo de Cristo y lo del Padre y nos lo da a conocer.


Trompetas. Hay otro aspecto. ¿Qué había dicho el Señor antes de Pentecostés? “Quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder de lo alto, y me seréis testigos”[8].  Entonces, después de Pentecostés viene la fiesta de las Trompetas, porque las trompetas representan a Jesucristo siendo anunciado. Este es otro de Sus aspectos en las fiestas.  Notemos la secuencia: Primero Cristo crucificado, luego Cristo compartido, luego Cristo resucitado, luego Cristo por Su Espíritu descendiendo, o sea, derramado, y ahora Cristo anunciado. Porque imaginemos, Jesucristo muere por nosotros, el Señor se hace nuestra vida, resucita por nosotros, derrama Su Espíritu, pero nadie lo anuncia;  y si nadie lo anuncia,  ¿quién recibe la vida?  Por eso Cristo tiene que ser anunciado y esto lo representa la fiesta de las trompetas. En la primera epístola de Pablo a Timoteo 3:16 se nos habla de Cristo predicado a los gentiles, creído en el mundo; allí dice: “predicado a los gentiles, creído en el mundo”. Eso es parte del misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria. Cristo predicado y creído, es ese el aspecto que tiene que hacer la Iglesia: presentar a Cristo, anunciar a Cristo. Esto lo podemos apreciar en el libro de los Hechos de los apóstoles, cuya síntesis es la siguiente: El Cristo resucitado actuando, por Su Espíritu, a través de la Iglesia, para establecer el Reino. Por esto Hechos de los apóstoles comienza así: “En el primer tratado, oh Teófilo“, dice Lucas, comenzando a decir lo que Cristo empezó a hacer, ahora escribo el segundo tratado, que es lo que Cristo continuó haciendo[9]. San Lucas dice en su evangelio, lo que Cristo comenzó, pero el libro de los Hechos es lo que Cristo continúa. Lucas nos presenta el misterio terrenal de Cristo, porque después de que Él resucitó ascendió y es sacerdote, y envió a la Iglesia, la comisionó.

Expiación.  La fiesta siguiente, es la expiación.  ¿Por qué necesitamos la expiación? ¿Por qué no era suficiente la Pascua? ¿Por qué también había la fiesta de la Expiación? ¿Qué aspecto nos señala de Cristo? El aspecto que nos señala de Jesucristo es su virtud de abogado, como propiciación nuestra. Porque tengamos en cuenta que una cosa es crucificado, otra compartido, otra resucitado, otra ascendido y  derramado, otra anunciado y ahora intercediendo por nosotros. ¿Por qué? Es anunciado por nosotros como creyentes, pero fallamos;  todos los días necesitamos de la sangre de Cristo, todos los días necesitamos de un Abogado, o sea, el que ejercita un ministerio celestial, el ministerio de Abogado, de Intercesor, de Sumo Sacerdote.

Tabernáculos. La última fiesta era la fiesta de los tabernáculos. En esta fiesta el pueblo de Israel tenía que salir de su morada habitual y cambiarse a morar a los tabernáculos. También la Biblia dice: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Co. 5:1). O sea que la fiesta de los tabernáculos, siendo la última del ciclo, una fiesta alegre que nos recuerda nuestra condición de peregrinos, nos hace pensar en el importante aspecto del Cristo esperado, del Cristo de la segunda venida, del Cristo del Reino. Justamente, el profeta Zacarías identifica la fiesta de los tabernáculos con el Milenio. Cuando Jesucristo venga seremos transformados en nuestros cuerpos, dejando el tabernáculo viejo y cambiando de morada.  Entonces haremos fiesta, será el final del ciclo. Estaremos en el Reino Milenial celebrando la verdadera fiesta de los tabernáculos con el Cristo que ahora esperamos, el deseado de todas las naciones.




[1] Mateo 16:16
[2]Referencia a Éxodo 12
[3] Mateo 16:6
[4] Paráfrasis de Mateo 16:7-12
[5] 1 Corintios 11:24
[6] Juan 6:51b
[7] Exodo 12:13b
[8] Lucas 24:49; Hechos 1:8
[9] Paráfrasis de Hechos 1:1-3
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Gino Iafrancesco V., 17/X/1992, Mosquera, Cundinamarca, Colombia.