"Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra".

(Salomón Jedidías ben David, Qohelet 11:1, 2).
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sábado, 18 de junio de 2011

C A M I N A N T E / índice y prefacio


ÍNDICE

Prefacio 
1. Vislumbre en aguas agitadas
2. Preliminares de parto
3. Saliendo de la telaraña
4. Un nuevo horizonte
5. El palo vertical
6. Vientos favorables
7. La frontera  

8. El encuentro

PREFACIO
Este libro: "Caminante", describe a grandes rasgos y brevemente un peregrinaje
interior y exterior del autor Gino Iafrancesco V., por América del Sur, durante su proceso de
conversión a Cristo. El viaje relatado aconteció realmente durante el año de
1971, pero el libro se escribió durante 1977 en Asunción, Paraguay.

CAMINANTE (1): VISLUMBRE EN AGUAS AGITADAS

Capítulo 1
 
VISLUMBRE EN AGUAS AGITADAS

Corrían los años 1969 y 1970. Yo estaba en los primeros años de estudio de la Psicología, en
la Universidad Nacional de Colombia. Recuerdo que por aquella época yo era un gran devorador de libros. Leía casi un libro diario; algunas veces varias obras si estas eran cortas. Tenía mis favoritos, aunque leía de todo lo que fuera de algún escritor significativo.
En la biblioteca de la facultad de filosofía y en la central de la universidad, obtenía prestadas
obras de Nietzsche, una que otra de Sartre, las filosóficas; leía también sus novelas, y las de
Camus, de Kafka y otras. Era precisamente esa línea existencialista la que dominaba mi
pensamiento. Leía también psicoanálisis y psicología; principalmente a Freud, de quien tenía en mi biblioteca las obras completas, y a quien leía apasionadamente como a Nietzsche.
Mi aprovechamiento en las clases de psicoanálisis era bueno por causa de mis lecturas
asiduas. Nietzsche y Freud influían bastante en mi pensamiento; también From, de quien había leído entre otros "El Miedo a la Libertad" (a lo cual yo llamaría hoy: "la sospecha de un orden establecido"). Estos pensamientos me hacían despreciar la línea marxista. El Libro Rojo de Mao Tse Tung, que me prestó mi hermano Marcello, el cual creo que obtuvo del seminario, no me resultaba profundo. La política no me interesaba.
 
Recuerdo que antes de todo esto, cuando apenas estudiaba primaria en un colegio de curas
católicos, se infiltraron algunos profesores comunistas los cuales nos enseñaban
solapadamente en clase las corrientes del materialismo dialéctico en forma rudimentaria.
Hablaban también de la plusvalía, del salario real y aquellas cosas. Mi mente juvenil, apenas
adolescente, no se interesaba por aquello. Yo tenía otro tipo de inquietudes, primeramente
religiosas, y entonces filosóficas. Aquellos profesores fueron echados del colegio cuando se
descubrió su trama.
 
Hasta el segundo año de bachillerato yo había querido ser un santo, y me lo propuse
esforzándome en mi conducta. Pensaba que mis padres y profesores se darían cuenta y me
alabarían. Yo deseaba que ellos hablasen bien de mí. Poco a poco vi que mis esfuerzos por
santificarme eran grandes, y sin embargo a nadie parecía importarle.
Me habían comentado que cierto muchacho del cuarto curso, alumno muy estudioso y
aprovechado, era un santo. Yo estaba en tercero. Le miraba en el recreo, como espiándole
para ver cómo era que él era santo, pues aquel comentario acerca de su persona me hacía
admirarle. Pero un día escuché de su boca una mala palabra y me escandalicé. Pensaba yo
también que a nuestro profesor de religión, un sacerdote católico de apellido García, y al papa
Juan XXIII, podrían canonizarlos.
 
En clase de historia sagrada se nos enseñaba acerca de los concilios ecuménicos, acerca del
avance del papado y del cambio de nombres que se daba entre estos últimos. Entonces, en el
grupito de mis amigos adolescentes, como cierto aspecto de nuestra "barra", organicé una
especie de departamento en el que íbamos a practicar la santidad. Nos levantábamos de
madrugada para ir a misa, repartíamos a los pobres alimentos sacados y hasta robados de
nuestra propia casa, y también de nuestras ropas, por lo que éramos reprendidos. Nos
encerrábamos en una alcoba para flagelarnos a nosotros mismos con cinturones pretendiendo
ser ascetas y mártires. Nombrábamos entre nosotros a un jefecillo que se colocaba un nombre
nuevo así como hacían los papas. Mi influencia hacía que yo resultase el líder, y por eso para
cada período soñaba con el nombre de Domingo I en honor a Domingo Savio, o entonces
Domingo II, o Martín I, según la época esperada de actividades.

Lo curioso es que también dentro de nuestra misma barra llamada "Ases", teníamos otra
especie de departamento, llamada "los cruzdiablos", y vestidos de antifaces salíamos a robar
zanahorias y ciruelas de la huerta de la facultad de agronomía que quedaba cerca de casa.
Aquella fue mi adolescencia, hasta que desanimado ya después de terminar mi segundo año de bachillerato a la edad de 12 años, hubo, principalmente en vacaciones, un cambio de rumbo en mi pensamiento.
 
Efectivamente, me fui de vacaciones a la ciudad de Manizales, y allí entablé amistad con mi
prima Gloria Zapata, la primera chica de la cual me enamoré. Ella había dicho que los anteojos
oscuros me quedaban muy bien; así que desde allí en adelante comencé a interesarme en ella;
o sería mejor decir que comencé a interesarme en el interés que yo pudiera despertar en ella.
Así, pues, que me enamoré. Aprendí a escuchar a los Beatles. Acompañé a mi prima a comprar el segundo long-play de los Speakers, y así la música moderna comenzó a gustarme juntamente con mi prima. Íbamos a las discotecas durante las ferias de Manizales acompañados por mamá. Mi prima era una gran bailarina. Yo, en cambio, era terriblemente tímido. Nunca bailé una piez completa. Un pedacito de una fue todo mi intento alguna vez y fracasé. Me sentía ridículo bailando; por eso en las fiestas prefería arrinconarme a charlar o a escuchar música. Solamente después de conocer a Cristo conocí lo que era danzar con toda libertad delante de la presencia de Dios.
 
Fue a partir de aquellas vacaciones en Manizales que cuando regresé a Bogotá para mi tercer
curso de bachillerato me interesé por otras cosas. Mi prima me había dado un golpe sentimental cuando en una ocasión simplemente quise acomodarle un mechón de su cabello; entonces ella me rechazó con un ajá; además también supe que le gustaba un muchacho de Medellín.
 
Regresé a Bogotá y comenzó mi época de rebelión juvenil. De la religión pasé a interesarme por la filosofía. Me fui entonces a la biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá y me enfrasqué en el libro de Jean Paul Sartre: "El Ser y la Nada". Realmente a mis 15 años no fue mucho lo que entendí, pero me entró realmente la curiosidad por tratar de entender lo que fuera el ser. Este asunto del ser y la nada comenzó a inquietarme. Entonces decidí encerrarme en mi alcoba para tratar de descubrir que fuese el ser y poder definirlo. La filosofía y la psicología fueron, pues, mis intereses a la edad de 15 años. Esas llegaron a ser mis clases favoritas. Encerrado en mi alcoba, sentado en la cama, y con la cabeza entre las manos, me concentraba profundamente para ver que pudiera ser el ser. Vislumbré entonces una primera tentativa de solución; concluí que el ser era aquello que podía tener continuidad; aquello que continuaba. El ser es lo que continúa. Entonces tomé una hoja de papel cuadriculado y comencé a escribir mi primera conclusión con sus explicaciones y derivaciones. Pero al avanzar descubrí la relación de Dios con el ser, y en mis cavilaciones tropecé también con el concepto de otras dimensiones.
 
En aquella adolescencia inmediatamente anterior a mi primera época de grandes lecturas,
todavía no leía mucho, pero cuando otra prima ya mayor, simpatizante de la reflexología, nos
visitó en casa una noche, yo me puse a discutir con ella y entonces ella comentó con mamá que
se veía que yo leía mucho. Realmente todavía no leía mucho, pero desde entonces comencé a
leer intensamente. Lo que puede hacer uno u otro simple comentario.
 
Las noticias del hippismo me llegaron a través de revistas y entonces me identifiqué con aquel
movimiento y la Generación de los '60s. Discutía mis utopías de amor libre con mi primo Alvaro Villegas que se interesaba más bien en la parapsicología. Yolanda, otra prima mayor, me hablóde los libros de Lobsang Rampa. Fue entonces que además de la filosofía y la psicología se añadió a mis inquietudes la mística. Leí y practiqué yoga. Tuve contactos con la secta khrisna; pero mientras ellos bailaban ante ídolos y fotos de santones y me daban una flauta para acompañarlos, mi interior completamente repudiaba aquellas prácticas. Mi corazón se encontraba cerrado para aquella influencia gracias a una misteriosa intuición. Algo dentro de mí me hacía sospechar de aquellos caminos. He pedido perdón al Señor por aquellos flirteos. Creo firmemente que fue Dios mismo el que me comunicó aquella extraña desconfianza.
 
Pero entonces, por otra parte, en variadas ocasiones experimenté con alucinógenos. No
buscaba meras diversiones, sino experiencias en profundidad. Más de una docena de veces
experimenté con marihuana y en una ocasión ingerí de una vez 5 hongos alucinógenos. Recibí
impresiones muy fuertes, como si se tratase de otras vidas, de otros mundos y de otros estados. Aprecié la relatividad del tiempo y la sensación de la eternidad. Pensaba yo que me había encontrado con Dios mismo y lo había conocido. Eso me volvió un místico buscador de Dios. Me pareció tener una especie de muerte clínica. Luchaba con la muerte hasta que tuve que aceptarla; entonces descansé y pasé a esa dimensión misteriosa donde creí conocer a Dios, la gloria, la eternidad, el amor eterno, la aceptación divina y la comisión de regresar para amar en silencio reconciliándome con todos aquellos con quienes tenía dificultades, especialmente con mi madre. En aquellos viajes alucinógenos conocí también la sensación profunda del absurdo, la resignación, la percepción extrasensorial, el abismo y el terror, y otras varias experiencias, sentimientos y pensamientos. Yo sentía por aquellos años que vivía muy intensamente.
 
Por causa de las muchas experiencias y lecturas de filosofía, psicología, literatura,
especialmente la moderna, y demás, a los 19 años ya me sentía viejo. Ese era mi sentimiento
normal; como si cargara sobre mis espaldas el peso de los grandes problemas de los hombres;
mis hombros se encurvaban. No se trataba de mis alucinaciones, sino de mi normalidad. Llegué a ser fatalista, visionario del caos. Me sentía viejo y buscando un algo que no sabía qué.
Recuerdo que en una ocasión escribí algo como esto : "Me parece que debiera pertenecerle a
alguien". Había querido ser dueño de mi mismo y lo había intentado con todo mi corazón
luchando en contra de cualquier convencionalismo; pero al sentirme dueño de mi mismo, esto
me resultaba completamente absurdo. Y aquellos sentimientos se intensificaban bajo el efecto
de la marihuana. ¡Oh, qué inmensa soledad era aquella! Sin embargo, allá en lo profundo
abrigaba una secreta esperanza que me animaba en la búsqueda. Pero no podía definirla;
estaba embotado. ¿Por qué tengo esperanza? ¿de qué? ¿de parte de quién? ¿Estaría
esperando acaso el amor de una mujer? Lo dudaba. Sospechaba que se trataba de algo más
que eso. No obstante, me deslizaba como a través de una niebla espesa.
 
Fue en ese vértigo que ingresé a la universidad para estudiar psicología. Con Nietzsche,
Freud, Sartre, Camus, Kafka y demás, el caos aumentó como también el intento de justificar el
libertinaje y la independencia total respecto de los valores establecidos. Había buscado el
dominio de sí, pero también me asustaba el absurdo del para qué y la pregunta del por qué. La inmensa fragilidad del ser humano me desconcertaba. Cuan desilusionado estaba de todo.
Observaba al psiquiatra que era mi profesor de psicofarmacología, y a la doctora que era mi
profesora de psicoanálisis, y no podía encontrar en ellos nada especial que justificara la
continuación de mis estudios para llegar a ser alguien como ellos. Entonces me entró el deseo
de conocer todos los países y culturas del mundo y quizás después morirme de una sobredosis
de LSD. Lo conversaba con mis amigos Richard Tovar y Jairo. En el apartamento de este último nos reuníamos a escuchar música clásica y a hablar de intelectualismos. Veíamos películas de Bergman, Fellini, Antonioni y otros nombres aureolados de la edad moderna. No encontraba nada, pero hablábamos y hablábamos. ¡Qué inmensa búsqueda y qué terrible desilusión! No sé como era que se escondía una esperanza recóndita e indefinida dentro de mí.
Cuando escuchaba la música de Juan Sebastián Bach, hervía dentro de mí la sospecha de
un algo muy sublime que yo desconocía. Fue entonces que después de las experiencias
negativas con marihuana que aumentaban el absurdo del existencialismo, que hacia el final de
este período tuve las experiencias con hongos alucinógenos que describí y que me llamaron la
atención sobre Dios y me recordaron la relación de Dios con el ser y otras dimensiones. La
mística ancló en mi alma y me dediqué a indagar más profundamente primero en el orientalismo.
 
Me llamó entonces más la atención el Bagabadgita, el Yoga, la historia de Sidharta Gautama
Buda. Fue por medio del yoga que la figura de Jesús comenzó de nuevo a cobrar interés para mí que había estado debajo de los prejuicios anticristianos principalmente de Nietzsche y Freud. Por ese tiempo llegué a considerar a Jesús como uno de los místicos, uno entre varios, uno de los maestros yoga. Fue también entonces que Dios hizo que la Biblia comenzara a entrar poco a poco en mi vida.
 
Corrían, pues, entonces los años 1969 y 1970. Un hombre de apellido Ruiz, de la secta o
denominación de los a sí mismos llamados testigos de Jehová, llegó a casa y golpeó a la puerta.
Mamá le abrió, pero lo dejó conmigo. Yo descendí las escaleras para atenderlo. Entonces
comenzó a hablarme del Reino de Dios y del fin del mundo; de las profecías de la Biblia. Le invité a pasar a la sala y le escuché con interés. Después de todo yo era un investigador, un buscador; si leía tantos libros, ¿por qué no comenzar también con la Biblia? Comencé a leerla como si fuese uno más de entre tantísimos otros libros.
 
Por intermedio del sr. Ruiz comencé a descubrir algo acerca del valor de este singular Libro.
Era interesante ver cumplirse al pie de la letra las profecías contenidas en él. Por otra parte, el sr. Ruiz refutaba varias de las doctrinas católico-romanas, y aunque yo no era católico-romano, me resultó curioso oír otra campana diferente a la que había oído desde chico en cuanto a ciertos respectos. La picardía de querer refutar a los católico-romanos con aquel pequeño tizne de teología, se apoderó de mí un poquito y comencé a conversar con mis amigos de juventud que tampoco sabían nada acerca de lo que los a sí llamados testigos de Jehová presentaban diferente a los católico-romanos. Como generalmente hacen los miembros de esa corriente al vender su literatura, me ofrecieron unos estudios bíblicos semanales en mi propia casa. Los recibí durante un año, a veces acompañado de un muy querido amigo mio: Ernesto Zerda. Estudié con el sr. Ruiz los libros "Cosas en las cuales es imposible que Dios mienta" y "La verdad que lleva a vida eterna". A Ernesto le destruyeron los libros en su casa y le prohibieron asistir más a las reuniones. El sr. Ruiz me parecía un buen hombre. Mamá nos servía café mientras estudiábamos.


 No obstante, algunas de las interpretaciones de ellos tampoco cuajaban en mi corazón. Me
lucían acomodadas, bastante humanas, y quizá forzadas. Sin embargo agradezco a Dios que de
todo aquello me quedó por lo menos el interés por la Biblia.
Entonces, con un amigo llamado Benigno Galvis, comenzamos a leerla por nuestra propia
cuenta. Charlábamos de asuntos místicos. Yo mezclaba todavía con los asuntos aquel viejo
fardo de experiencias y de lecturas pasadas. No obstante, la Biblia y la figura de Jesús Cristo
comenzaron a gravitar poco a poco más y más dentro de mí. Una cosa llegué a creer
claramente: que verdaderamente nos encontramos cerca del fin de los tiempos. Hay veracidad
en cuanto a que estamos en la cercanía del fin. El cumplimiento de las expectativas bíblicas nos
señala lo acertado del calendario profético.
Dios mismo, entonces, apareció en el mismo centro de mis inquietudes. El asunto era
precisamente por allí. Se definía y perfilaba el norte de la búsqueda. Recuerdo que después de
aquella experiencia alucinógena con hongos hacia el fin de este período compuse aquella
canción que dice: http://www.4shared.com/audio/1nQpGknN/givopus_002_Naturaleza_sonrien.html?
Voy a volver a Ti, Dios mío.
Voy a beber de Ti, Señor.
Tu naturaleza me sonríe.
Naturaleza sonriente. ¡Aleluya!
La canté con todo mi corazón y algo se estremeció dentro de mí en aquel jardín de la carrera
42 en Bogotá. Subimos entonces al cuarto de Benigno como acostumbrábamos hacerlo para
nuestras tertulias, pero esta vez me escondí debajo de su cama, y mientras los demás hacían
otra cosa, lloré. Lloré aquella canción: voy a volver a Ti, Dios mio; voy a beber de Ti, Señor. Lloré
porque ahora ya sabía definitivamente por dónde debería encaminar mi búsqueda. Ya no se
trataría de mera filosofía, ni de mera psicología, ni de mera literatura, ni de cine, ni de arte, ni de
ninguna otra cosa, sino del mismísimo Dios.
Benigno se dio cuenta de mis sentimientos. Algo muy pequeño le hice saber. Pero él me dijo:
-¡Yo no quisiera sentirme así!- Me pareció extraña su expresión. Pensé que quizá no
comprendía de lo que se trataba. Pero entonces, al observarlo detenidamente, vislumbré algo
acerca del problema del hombre, que es el mismo problema del diablo: quiere ser adorado;
quiere ocupar el lugar de Dios. Nuestra afinidad con Benigno se diluyó.
Comencé verdaderamente a querer ser un gran místico. Anhelé la paz; ser un hombre de paz,
un hombre de amor, un hombre de mansedumbre, un hombre de dulzura, un hombre de
sabiduría; algo así como un santón, como un Jesús Cristo o alguien así. Todavía yo no entendía
bien en ese tiempo la singularidad de Jesús Cristo, pero Él era mi modelo.
Entonces constantemente me apartaba a meditar. Me iba a los jardines, bosques y laderas del
Parque Nacional de Bogotá y mientras observaba las flores procuraba meditar según la tradición
yoga. Buscaba en las lomas y en los bosques lugares tranquilos y claros, dejando el bullicio de la
ciudad abajo. Me colocaba en la posición de loto para meditar. También leía atentamente los
salmos y otras partes de la Biblia en aquellos retiros de meditación. Practicaba pranayanas de
respiración, relajación y hasta yoga. Saboreaba lentamente las comidas, las zanahorias de la
sopa, o crudas, y buscaba una superconciencia y dominio propio. Leía y leía la Biblia; de los
pasajes proféticos identificaba a Israel con la gente de Dios, y a Babilonia, Asiria o Nínive con la
gente despreciadora, los rechazadores o los ignorantes de la Luz Divina.
Eso, la luz interior, era la experiencia deseada, porque, ¿qué era la resaca de la filosofía
pasada? ¡el vacío interior! Ahora buscaba más bien la luz interior y el asunto era con Dios
mismo. Por allí vislumbré la verdadera relación con la verdadera filosofía, con lo verdadero
acerca del ser y de la nada, lo verdadero acerca de la luz y del vacío, lo verdadero acerca de la
ubicación y del absurdo, lo verdadero acerca del cielo y del infierno.

CAMINANTE (2): PRELIMINARES DE PARTO


Capítulo 2
 
PRELIMINARES DE PARTO

Dos proyectos alternos para llevar a cabo se formaron dentro de mí. Uno de los dos sería la
alternativa. La clase de vida que llevaba no me agradaba. Corría ahora 1970. La rutina de la
universidad y el compromiso con el horario de la institución no me dejaban sentirme en libertad. Yo buscaba la libertad, buscaba la vivencia de la luz interior. Entonces pensé en retirarme, dejar la universidad, la familia y la sociedad en que vivía y hacer una de dos cosas: o irme al campo y vivir en una pequeña comunidad de amigos, en contacto con la naturaleza, en una especie de monasterio, o si no, entonces salir de viaje y recorrer el mundo entero, visitar todos los países, conocer todas las culturas, las costumbres, los lugares, las gentes, y en plena libertad de los yugos de la preocupación volverme una especie de místico ambulante.
Ésta última alternativa fue la que pesó más definitivamente en mi corazón. Comencé a
despreocuparme de las clases en la universidad. Ahora corría el primer trimestre de 1971. Ser
autodidacta me parecía mejor que estar manipulado por convencionalismos. Despreciaba los
títulos, los exámenes con calificaciones, los rangos. Me decía yo: -¿por qué he de llamar
presidente a un hombre como yo? ¡que resuelva él! ¡yo escogeré lo mío!. Acaso, pensaba yo,
¿no se trataba de la supervivencia del más fuerte? Y la sociedad, ¿no se había formado de
hombres? yo podía también formar la propia con los míos. ¡Cada uno a lo suyo y defiéndase
como pueda! Ese era mi pensamiento típico en aquella época de mis años de universidad.
Yo ignoraba aún el derecho divino, y también la realidad de la intervención divina directa. Yo
estaba aún ciego a las implicaciones de la Providencia. También estaba ciego a la inmutabilidad de los propósitos de Dios. No obstante, mis inquietudes místicas ya habían enfocado en mibrújula el norte de mi búsqueda: ¡Dios!.
 
El viaje sería, pues, mi peregrinación hacia la libertad. Ese era mi deseo y esperanza. El
ensueño del viaje se apoderó de mí. El corte con la universidad se hizo más pronunciado:
desinterés en las clases, ausencias, preparación de objetos de viaje. Mi interés ahora el morral,
la cantimplora, la marmita, las mantas, la guitarra, la tula, el mapamundi, algunos efectos
personales, y tres libros para llevar durante el viaje: La Cura por el Agua, de Yogui
Ramacharaca, otro de Yogananda, y la Biblia. En aquel momento mi versión, con la que me
había iniciado en su lectura, era de la Watchtower.1
 
El corte más sangrante sería con la familia. Aquel proceso de despedida me hizo manifiestas a
aquellas personas que en verdad me apreciaban. Comprendí que realmente era amado de
algunos de mis amigos y de mis parientes. No obstante, con gran esfuerzo me sobrepuse y corté de mi corazón las ataduras afectivas y fijé firmemente en mi corazón la decisión de viajar. Lafecha de la salida sería el jueves 1º de abril de 1971, pero realmente la postergué para el sábado 3 de abril del mismo año; es decir, dos dias después.

En la facultad tuve que hablar con la doctora profesora de psicoanálisis, para obtener el
certificado de mis estudios, pues papá quería que los terminara más adelante; en ese caso
entonces podrían serme útiles, a pesar de la aversión que tenía por esas cosas. Los demás me
las exigirían. La dra. me dijo que por qué no esperaba unos pocos años para terminar mi carrera de psicología; pero yo volteé el rostro y me sonreí. No era mi interés. Hablé con mamá y con mis hermanos acerca del viaje. Mamá se preocupó de lo que diría y sentiría papá. Yo era su orgullo y esperanza. Se había sacrificado tanto para sostenerme y pagar mis estudios en el colegio y en la universidad, incluído el gasto de libros y demás. Verdaderamente sería un golpe demoledor el que su hijo mayor, aquel a quien tanto quería, le desilusionara de tal manera convirtiéndose en un vagabundo, dejando truncada una promisoria carrera y mutilada una familia. ¡Tanto sacrificio inútil! ¡cuanta ingratitud!.
 
Decidí hablar con papá para comunicarle mi decisión. Esa misma noche, llegado él cansado
del trabajo, le hablé. Le dije que yo no podía continuar viviendo como vivía. Que tal clase de vida y la carrera no me satisfacían. Que todo aquello era muy poca cosa. Que yo anhelaba algo
mayor, algo más grande y sublime. Que yo había sido llamado a un destino superior y tenía que salir a buscarlo. LLoramos los dos juntos. Viendo papá que mi decisión de viajar era definitiva, entonces me pidió que al llegar a Italia u otro país reanudara mis estudios. Yo le dije que visitaría a su familia que él había dejado en Italia, y le consolé diciendole que allá estudiaría de nuevo. Esto, sin embargo, lo dije sin convicción; solamente para consolarlo. Entonces papá me regaló algún dinero. ¡Oh, Señor, Tú utilizaste esto en mi vida! ¡Te dignaste a hacerlo!; ¡pero cuánto dolor causé a mi familia! ¡qué deshonra para mis padres! ¡Perdóname, Señor! Papá salió del cuarto y fue a su pieza y tomó un suéter azul de cuello alto que era de él, que le habían dado en la fábrica de gaseosas donde él trabajaba como mecánico de mantenimiento y reparación, y me lo dio para que no tuviera frío. Me dio también un par de botas nuevas que él había retirado para él. Me las dio para el camino. Fue lo que usé durante el viaje. Me di cuenta de cuán verdaderamente me amaba papá. Yo sabía que él me amaba. No fue porque no me amara que salí de casa. Él quizá se sintió culpable de algo. Lo noté en sus cartas posteriores. Pero él no tenía ninguna culpa; era solamente un llamado dentro de mí.
Mamá supo disimular más su tristeza delante de mí. Solamente se lamentaba por lo que sufría
papá. Mis hermanos no dijeron nada. Cuando llegaron a casa yo ya había partido. Mi honorabl amigo Ricardo Torres, a quien, para viajar, vendí mi colección de las obras completas de Sigmund Freud que me había regalado papá, lloró también cuando nos despedimos. Su madre
preparó para mí una cena de despedida. Aquella despedida me mostró a aquellos que me
apreciaban.
 
El 3 de abril de 1971, a la tarde del sábado, salí de casa. Me acompañaron a la salida dos
amigos: Benigno, que retornó a Bogotá desde Popayán, y Gustavo, que retornó desde las
afueras mismas de Bogotá. Mamá se despidió desde la ventana y yo le hice señas desde el taxi
que nos llevaría a las afueras de la ciudad con nuestras mochilas. Llevaba en mí un sentimiento ambivalente de afectos desgarrados mezclado con esperanzas de libertad espiritual. Este último se sobrepuso.
 
En cuanto viajaba en un vehículo, de pronto, sin proponérmelo, me vi a mi mismo en el espejo
retrovisor y noté en mis propios ojos la tristeza de la separación. No me imaginaba que pudiera yo tener en mi mismo esa expresión de dolor y de tristeza, de desamparo y de incertidumbre. Pero el vehículo avanzaba rápidamente. Era un vehículo ajeno que corría hacia tierras extrañas de gente extraña, devorando rápidamente los kilómetros, alejándome más y más de mi hogar, de mi tierra, de los míos. ¿Hacia dónde? ¡hacia todo el mundo! ¡hacia ningún sitio en particular! ¿Hacia qué dirección? hacia ninguna, ningún conocido, nadie esperándome. No era en la tierra mi meta. ¡Oh, Dios mío; Abraham salió sin saber a donde iba!. Era como si el cordón umbilical hubiera sido separado de mí y mi destino no fuera más dentro de aquel vientre. Ese era mi pensamiento.
 
Habiendo salido de Bogotá, llegamos hasta la carretera que va a Silvania. Descendimos a la
carretera y en un curva al lado del camino nos sentamos entre unos matorrales Benigno,
Gustavo y yo. Joaquín Enrique nos había dado como regalo antes del viaje una cajetilla con
marihuana. Hicimos los cigarrillos y fumamos allí al lado del camino. Fue mi última experiencia con alucinógenos. Experiencia en extremo desagradable.
Parecía desvanecerme en un abismo y un sentir tétrico y diabólico atormentaba mi
pensamiento. Mi vientre se contrajo de nervios y tragué saliva sudando sudor frío. Me arrepentí de haber fumado, pero tenía que soportar el tormento hasta que pasara el efecto. Era una agonía. Me di cuenta que cada vez que había fumado marihuana la experiencia se hacía más y más desagradable. Aquella fue la última, gracias a Dios. Hundido al lado del camino puse mi cabeza entre las manos procurando dominar con mis pensamientos aquel horrible sentir, para que de alguna manera fuese cediendo. Reflexioné recordando mis experiencias antiguas, como bajo el efecto de los hongos alucinógenos me había parecido conocer a Dios, a la totalidad y a laomnipotencia, pero ahora, bajo una nube de demonios, estos me inducían y arrastraban apensamientos horrendos. Querían que me identificase con ellos y renunciase a la gloria de Dios. Pero los pensamientos de ellos los ponían en mí como si fuesen mis propios pensamientos como para engañarme y hacerme creer que yo era como uno de ellos. ¡Conocí la terrible decisión de los demonios cuando renunciaron a la gloria de Dios! y ahora me atormentaban bajo su presión como si fuese yo mismo para que también yo como ellos tomase la decisión derenunciar a la gloria de Dios. Era el hablar de los demonios. No sé de dónde sacaba las últimas fuerzas para rechazar tamaña obsesión absurda. ¡No puede ser!, ¡no puede ser! me decía.
 
Entonces comprendí claramente cómo había enredado mi vida en complicadas e inútiles
complejidades filosóficas e intelectualismos desesperantes. ¡Cómo me había confundido en mis
disquisiciones!. Entonces preferí nunca haber sabido lo que supe, ni leído lo leído, ni pensado lo
pensado, ni haberme metido en tales cavilaciones inútiles que me habían llevado a un
tormentoso callejón sin salida.
 
Gracias a Dios que poco a poco aquella experiencia desvanecíase lentamente; pero yo, ahora
cansado y asustado, llegué a la conclusión de que era mejor de aquí en adelante buscar una
vida sencilla, con la gente sencilla, ocupado en cosas sencillas, lejos de todas aquellas locuras;
pues, ¿a dónde me habían llevado mis disquisiciones? ¡al tormento fatal! ¡Sí, llegué a conocerlo! Me había intoxicado con los alaridos y lamentos de los llamados "grandes" desesperados de la humanidad.

CAMINANTE (3): SALIENDO DE LA TELARAÑA




Capítulo 3
SALIENDO DE LA TELARAÑA

Un hombre nos recogió en su jeep a Benigno y a mí y nos llevó hasta la ciudad de Neiva,
capital del departamento del Huila, en Colombia. En el pueblo de Subia, durante una parada, le dije a Benigno que nos recostáramos en la yerba para mirar al cielo y respirar el aire puro de la libertad. Mientras había estado en Bogotá había fantaseado con mis sueños acerca de esa
mística libertad en cuanto preparábamos el viaje; y ahora que recién comenzaba estaba muy
apurado por sentirme libre; era como si tratara de forzar una liberación. En verdad que ya habían quedado atrás mi ciudad, mi familia y mi gente, mis viejas actividades, y me suponía libre de ataduras. Quería llenar mis pulmones del aire puro de la libertad. Me extendí como safándome de las ligaduras y puesto de pie con los brazos en alto y las piernas abiertas miré a las estrellas y respiré profundamente diciendo: -soy libre, soy libre.
 
Ese era mi deseo. En mi interior me esforzaba por ser optimista ante mi futuro y un camino
incierto que querían preocuparme. Yo había leído de Jesús que no nos afanáramos por la
comida y el vestido; y fue esa confianza la que me fortaleció para arriesgarme a partir sin
mayores seguridades económicas. En esos momentos yo quería forzar mi libertad. Ahora estaba solo frente a todo y pensaba que podría hacer lo que quisiera, como lo quisiera y cuando lo quisiera, y que a nadie tendría que darle cuenta de mí. Confundía aún tal concepto con lo que pudiera ser la libertad. ¿No era acaso eso por lo que abogaba Sartre y el existencialismo, From y el psicoanálisis, y tantos otros esclavos del absurdo? Pero, ¿cómo escapar de la naturaleza y de la estructura en la que estamos hechos? Realización perfecta dentro de los límites de nuestra condición de hombres, ¿no sería más bien una realística libertad relativa? relativa en virtud de la existencia de terceros. Pero aquella preconizada libertad absoluta y amoral, donde el hombre, sin haberse hecho a sí mismo, quiere sin embargo hacer consigo lo que quiere, ¿no es eso un absurdo? ¿acaso tiene el hombre vida en virtud de sí mismo? ¿acaso puede ser otra cosa que aquello que le fue concedido en su creación? ¿Qué si se realizase moviéndose plenamente en el amplio ámbito del albedrío, mas
sin ignorar voluntariamente y con furor el propósito por el que fue dado a luz? ¿No es una
usurpación el pretender tomarse el derecho absoluto sobre sí mismo? pues en cuanto el hombre no posea vida propia de sí mismo y en sí mismo, por sí mismo autosustentado, ¿puede
pretender acaso un derecho de autoposesión absoluta?
 
Mientras más forzaba mi liberación, más me enredaba en los lazos de mi propia y solitaria
autoesclavitud, la del egoísmo. Era como una mosca pretendiendo escapar de la telaraña, y a
mayor esfuerzo más enredado estaba. ¿No es la libertad más bien un don de gracia? ¿no es la
libertad gracia de la misma manera como lo son la hombredad y la naturaleza? Y cuando nos
asalta la muerte, ¿no descubrimos acaso que nos llaman y que no somos propios y que
debemos devolver lo que nos fue prestado? ¿Acaso va el hombre a la muerte cuando quiere? y si se suicida, ¿acaso escoge una muerte en todo fabricada por el hombre? ¿No nos antecedió la muerte? ¿Somos realmente libres ante la muerte? Por más que me aferrase a mi mismo con las uñas y las garras, aún así sería arrebatado de mi mismo hacia la muerte y sería desligado de mis propias fibras y llevado a donde no quisiera ir. ¿En qué quedaría mi delirante voluntad de superhombre cuando viniesen a llevarme? ¿cerraré voluntariamente los ojos ante la sentencia de muerte que pesa sobre el hombre y a la que sí es absolutamente perentorio resignarse, aún en el rostro de la mentira fatal de la serpiente? Aquel que nos sentencia es nuestro Dueño. La caricia compasiva del humanismo ¿noesconde acaso su resignación secreta? La rebeldía del humanismo da coces contra el aguijón.
 
La psicología moderna se ha puesto de rodillas y por lo menos reza esta oración: -¡acéptate a ti
mismo! ¡acéptate! Mas, ¿qué significa este intento de consuelo? Fui descubriendo que no es
otra cosa que tener que confesar: -Señor, a mi pesar, no puedo escaparme de mi mismo, ni de
mi monstruosidad ante Ti; no puedo escaparme de Ti! Bien, pasamos de Subia y sin detenernos más por el camino llegamos Benigno y yo hasta la ciudad de Neiva. Descendimos desde la fría cordillera de los Andes al caluroso valle del Magdalena; como si fuese desde la filosofía a la realidad de la calle. En Neiva no teníamos Benigno y yo donde dormir esa noche. ¿A dónde dirigirnos? ¿no sería más seguro acudir a las autoridades del lugar? Efectivamente nos dirigimos a la comisaria policial y presentándonos como transeúntes les solicitamos hospedaje. Lospolicías no encontraron mejor forma de hospedarnos que a la intemperie en el patio de loS presos. Pasamos la noche con los prisioneros en el patio de la cárcel. Claro está que los policías dejarían nuestro equipaje con ellos y nos lo cuidarían.
 
Esa noche aconteció el normal cambio de guardia, y al otro día, cuando habíamos de salir,
había desaparecido mi cantimplora de mi equipaje que había quedado en manos de la policía.
¿Quienes eran entonces los ladrones?. Mientras habíamos estado conversando amigablemente con los presos esa noche en el patio de la cárcel, de entre nuestros amigos policías se habían robado mi elemento. A lado y lado de la misma reja vivían policías y delicuentes, hombres muy parecidos. Yo había soñado con mi cantimplora. Era nueva y tan bonita y útil a mis ojos cuando la compré en preparación para el viaje. Este fue el estreno en tierra calurosa.
 
Yo había querido liberarme de las ataduras de mi gente, de mis seres queridos; pero había
corrido para internarme en la maraña de gentes extrañas a las que no podía eludir. Estas gentes no eran precisamente las mías, pero era el hombre y yo era también el hombre y estaba entre los hombres. ¿Cómo habrían los extraños dar amor a un desconocido? yo era un hippie rebelde de cabellos largos, ambulante y vagabundo, digno de toda sospecha, mirado de reojo y ridiculizado por aquellos mismos a los que también yo miraba de reojo y ridiculizaba. Simplemente hubimos de salir Benigno y yo, no sólo de la cárcel, sino también de la ciudad, y ubicarnos en las afueras a orillas del río Magdalena. Si en la misma comisaría policial se habían robado mi cantimplora, ¿cómo confiar de allí en adelante en tales parajes? Después de comentarlo, nos sentamos a orillas del Magdalena a practicar ejercicios de yogapara relajarnos y reposar. Pero ¿cómo reposar si apenas llevábamos un día de viaje? apenas habíamos avanzado cientos de kilómetros, pero mientras más se devoran las distancias, más se achica el mundo, y mientras más lejos nos vamos, más cerca nos parece el lugar de donde habíamos partido. ¿Para qué reposar entonces tan pronto? era necesario avanzar y avanzar más porque estábamos aún muy cerca del punto de partida.
 
Yo había salido para buscar la paz y la libertad, pero las confundía aún con el reposo de las
circunstancias. ¿Cómo reposar si a la paz había que buscarla? y ¿cómo ser libres estando tan
atados a lo que esclaviza convirtiendo en tierra de esclavitud a aquella de la queremos
libertarnos? ¿Y si amase desinteresadamente, no estaría libre y en paz en cualquier lugar?
Pero yo era esclavo de la libertad y quería avanzar y avanzar más, sin reposo ni paz, como un
siervo del camino.
 
Entonces llegamos a la ciudad de Popayán, capital del departamento del Cauca, en Colombia.
Esa noche dormimos incómodamente en una garita al lado de la vía férrea. Como la garita era
estrecha, uno durmió sobre la banca y otro en el piso atravesado en diagonal. Ninguno de los
dos podía estirarse. Entonces, al amanecer el dia, Benigno se devolvió para su casa en
Bogotá. Yo partí rumbo más hacia el sur, hacia la ciudad de Pasto, capital del departamento de
Nariño, en Colombia. Yo no quería regresar.
 
Tenía que avanzar y avanzar. Todo el mundo estaba delante de mí. No podía detenerme. Mi
ambición era recorrer el mundo entero. Tal ambición me hacía despreciar lo poco del camino
avanzado. Ante tal ambición no podía disfrutar de lo corto del recorrido. ¿Cómo podría
detenerme a disfrutar mientras me faltara tanto? ¿era por la falta por lo que no disfrutaba? ¿o era por no disfrutar que me faltaba? La vergüenza del poco recorrido alejaba lo que quería cerca, y el amor por lo lejano me acercaba la vergüenza. Pero de todas maneras la vergüenza era la salud de la búsqueda.
 
En la ruta a la ciudad de Pasto encontré a dos argentinos raidistas que ya habían recorrido
Sudamérica y volvían a su patria en el extremo sur. Yo les mentí. Para parecer más recorrido les dije que era italiano, y a la verdad también lo soy por derecho de consanguinidad, pero además les dije que hacía dos años había salido de Europa y que llevaba recorridos muchos países. Pero era mentira; ni siquiera había salido de Colombia. La imagen que yo quería brindar de mi mismo me exigía demasiado. Mentí tontamente. Cualquiera podría darse cuenta de que yo era un colombiano con el puro acento de Bogotá. Ellos me lo hicieron saber, pero yo continué con mi mentira por bastante tiempo. En cuanto me sintiera cerca del punto de partida, aparentaría figurar como si fuese mayor mi recorrido. Pero el que verdaderamente es recorrido aparece cercano y familiar.
 
¿Dónde estabas libertad cuando la imagen de mi mismo me tenía atrapado? Sobre mí se
había impuesto una ambición de figurar muy exigente, pienso, desde mi temprana edad,
además de haber nacido de Adam. Cuando estaba en el colegio Salesiano estudiando
secundaria, recuerdo que mi complejo de inferioridad se trocó cuando el sacerdote prefecto
disciplinario del colegio me informó que el resultado del test psicológico había revelado en mí un elevado cociente de inteligencia. Desde aquella información me sentí inteligente. Otro sacerdote psicólogo me había dicho en la entrevista que yo era un niño lo mismo que los demás; pero yo sospeché que esa aclaración la hacía justamente para que yo no me sintiera diferente. Así que me seguí sintiendo diferente, inteligente y como necesitado de ser distinto. De esa manera, pues, he sido uno más de los demás.
 
En la primaria había sido un buen alumno, y la profesora de segundo me exhibía entre los de
tercero. Luego el profesor de tercero quiso pasarme a quinto, saltándome el cuarto, pero mamá no quiso para que no quedaran lagunas en mi educación. Mucho he tardado en comenzar a aprender que la libertad comienza por librarse del yugo de un sí mismo inaceptado y a la vez idolatrado. ¿Cómo siquiera sospechar en aquel tiempo quién sería el que me habría de librar de mi altísima exigencia por figuración, la cual debía ser siempre de tipo especial, y además figuración aceptada por los demás, aunque yo mismo no me aceptara, pero al mismo tiempo, como dije, me idolatrara?
 
Había comenzado deseando ser libre haciéndome egoístamente dueño de mi mismo y para mi
mismo; pero cuando luchando contra valores establecidos me imaginé mío, entonces me asaltó
la irresistible pregunta: ¿Y mío para qué? ¿qué hago yo conmigo mismo? El absurdo de mi
existencia me llevaba a descubrir que aquella cacareada libertad no era tal sino la esclavitud a
una existencia sin sentido que pesaba sobre mí sin haberla escogido. Erich From había intentado salir del atolladero tomando prestado del judeocristianismo el ideal del amor, pero eludiendo de él las implicaciones metafísicas. Había que doblegarse ante el amor, a diferencia de Niezsche, pero manteniendo la separación, por incredulidad y/o rebelión, del Estructurador del Amor. Pero qué sospechosa, voluble y superficial, apenas circunstancial,
resulta tal moral huérfana y caótica que no ama al más digno de ser amado. Con qué facilidad se manipularía el concepto de amor y qué clase de amor resultaría del acomodo continuo de los intereses propios, si no se reconoce al amor en la revelación de Dios. Si no se reconoce la
implicación metafísica y eterna del amor, se pierde la esencia misma de éste. ¿De dónde sostendría el hombre su ideal? ¿acaso de la conveniencia pasajera? pues he allí que la
conveniencia pasajera es la enemiga misma del amor. El verdadero amor es la Cruz. ¿Se
sustentará el amor de su propia necesidad? El hombre necesita más que un conveniente amor
estratégico-social que le haga más llevadera la vida en este mundo. La necesidad es más
profunda, la necesidad es metafísica. El hombre necesita ser amado eternamente y para la
eternidad. La historia religiosa del hombre demuestra esa necesidad. Yo no puedo contentarme con un optimismo meramente terrenal. Mi dignidad demanda la eternidad, el amor eterno, la gloria eterna. El optimismo huérfano no sería más que la careta sonriente del melancólico payaso. La realidad de la muerte, del dolor y del mal, no es motivo suficiente para la resignación.
 
El hombre necesita un Salvador que sea divino y a la vez humano, no simplemente un psiquiatra resignado. Necesitamos al Cristo resucitado al cual debemos agradecer el haber irrumpido en l historia de los hombres. ¿Por qué se molestan algunos con esta historia? ¿y por qué traicionan el verdadero amor? Estemos agradecidos por esta historia que abrió las puertas de la esperanza y del sentido metafísico y eterno del hombre.
 
Pero mientras yo estaba en la ciudad de Pasto con los dos argentinos raidistas, mentía para
presentar una imagen aceptable; hacía lucir las cosas de manera que resultasen favorables a mi figura delante de los demás. No obstante, mi deshonestidad me rebajaba a mis propios ojos. ¿Para qué seguir engañándome más a mi mismo? Durante un tiempo, todavía en Bogotá antes del viaje, yo había llegado a pensar en ser totalmente honesto y sincero, decir las cosas como son y explicar abiertamente los motivos de mis actitudes. Pensaba yo que con tal actitud podría justificar y demostrar comprensibles todas mis actitudes. No obstante, mi sincera búsqueda de la honestidad y de la misma sinceridad chocaba con vergüenzas y ensueños; y vencer tales reservas era como emprender una lucha contra la naturaleza. ¡Qué fácil era cansarse, descuidarse y encontrarse de nuevo fingiendo!
 
Gobernar yo solo este asunto de mi verdadera identidad me parecía una lucha titánica. Con
pocas fuerzas hacer frente a demandas perfectísimas, me hacía sospechar de la imposibilidad
de la empresa. Era la empresa de mi propia identidad. Anhelaba lo más perfecto, pero
descubría lo contrario; y no sólo yo lo descubría, sino que mis fracasos eran claramente notorios a los demás.
 
¿Qué seguir haciendo? por lo pronto, en este viaje ahora, seguir caminando. En la ciudad
de Pasto fuimos a la plaza central; nos sentamos allí en el suelo, recostamos las mochilas y
empezamos a cantar. La gente comenzó a rodearnos. Los argentinos hicieron un letrero que
decía: "Estudiantes Argentinos Raidistas" y colocaron cerca del letrero una cajita y seguimos
cantando. La gente voluntaria ofrendaba de su dinero en la cajita, con lo cual pudimos continuar el viaje. Con ellos viajé hasta Quito, la capital del Ecuador.
Al cruzar la frontera entre Colombia y Ecuador sobre el puente de Rumichaca, tuve que pagar
un impuesto de $500. Entonces usé lo que papá me había regalado. Mi dinero quedó reducido a $300. Con eso salí de Colombia el 7 de abril de 1971. Cruzamos la frontera al atardecer y fuimos a unos baños termales cerca de la frontera. Nos bañamos allí y después de comer queso y sardinas dormimos en los alrededores de los termales.
 
Al día siguiente continuamos a Tulcán, después a Ibarra y así hasta Quito. Había comenzado
para mí el entusiasmo de conocer otro país. Otro detalle, sin embargo, minaba mi dignidad
interior. Los dos muchachos argentinos que ya regresaban a su patria tenían la costumbre de
pedir dinero a la gente en la calle para ayudarse a continuar el viaje. Tuve mis reservas, pero si quería seguir en su compañía tenía que compartir la tarea de "retacar". Esa clase de
dependencia se fue haciendo entonces cada vez más molesta.
 
Una vez llegados a Quito fuimos a comer a un restaurante. Mientras estábamos allí, los dos
argentinos se las arreglaron para deshacerse de mí y en aquel restaurante desaparecieron de mi vista con una excusa y no los volví a ver. En Quito conocí a otro joven colombiano que me llevó a su pensión y me presentó a otro argentino radicado en Ecuador y que era el director de un programa de arte moderno en la televisión. Yo componía canciones y llevaba mi guitarra. También llevaba conmigo una carpeta con mi colección de cuentos cortos que me había publicado el diario La República de Bogotá. Concertada una entrevista, me presenté en un canal de televisión a través del programa de arte moderno. Respondí a las preguntas premeditadas durante la entrevista y canté dos canciones de mi cosecha. Entonces me invitaron de otro canal de televisión para presentarme también allí.
 
Parecía que en Quito se me abría la puerta para entregarme al arte de mis canciones. Podría
haberme detenido en Quito y haber tomado ese nuevo rumbo que se abría delante de mí con
tentadoras posibilidades. Pero mis inquietudes de recorrer el mundo y de continuar el sentido de mi viaje no me permitieron asentarme tan pronto apenas recién salido. Decidí seguir mi correría. En aquel día debía asistir a una entrevista con el otro canal para ultimar los detalles de la presentación, pero no asistí a la cita. Salí a las afueras de la ciudad de Quito y tomé rumbo a la ciudad de Latacunga.
 
Quito había representado la tentación de un desvío en el camino. Aquel director de arte
moderno era homosexual. Una vez en su apartamento, a donde fui para tratar del programa de televisión, mientras yo estaba distraído, él desfachatadamente se colocó de espaldas frente a mi y me tomó de los brazos haciendome rodearle con ellos. Me resistí. Entonces quiso
convencerme con su filosofía. Se sentó en su escritorio y comenzó a hablar tenebrosos
disparates. Agradezco a Dios que me libró de tal influencia y pude negarme y contradecirle. Si
me hubiera quedado en Quito en el ambiente artístico, hubiera tenido que compartir con esa
clase de gente.
 
En el viaje a Latacunga fui solo, pero todavía llevaba conmigo mi figuración. Un buen hombre
me recogió en su coche y me habló de la hospitalidad de su tierra, me invitó a tomar helado en el camino y charlamos durante el viaje. Yo seguí mintiendo como a los argentinos, e incluso
fingiendo el acento. El hombre se mostró muy amable, como quien pinta a los turistas las
excelencias de su terruño. A lo largo de todo mi viaje posterior fui descubriendo esa actitud típica de muchas personas para con los extranjeros. Fui notando que los hombres somos muy parecidos a pesar de la diferencia de nación y de costumbres. Y es que antes de pertenecer a una nación, pertenecemos a la humanidad; y ese rasgo humano nos identifica a pesar de las diferencias folclóricas. Aunque varían las costumbres, los paisajes y las circunstancias, con todo, se destila un parecido en los hombres que nos hace definitivamente hermanos. Sin embargo, noté también que cada cual se identifica más con lo suyo, lo nacional, lo accidental, que con lo genérico de la raza humana. Así resulta cada pueblo contando las exquisiteces de su particularidad,discriminando al resto de sus hermanos parecidos nacidos un poco más allá de la móvil frontera,hecha frontera por el pensamiento. Si varios pueblos habían participado en una guerra, cada parte contaba la historia en forma favorable para su nación y sus héroes. Cada país decía haber sido suyo el territorio. Pero cruzando la frontera cambiaba la historia aunque se tratase del mismo episodio. La guerra había sido la misma, pero otros los héroes, otra la interpretación. ¡Oh, nuestra esclavitud humana bajo la figuración! ¡cuán inaccesible parece la ruta de la honestidad! El temor de no ser aceptados nos juega una mala pasada. Entonces comenzarían a resaltar en mí las razones de Jesús que dijo: "¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?"2 Ante el Dios vivo no podemos figurar. Se me hacía necesario aprender esto; entonces la libertad se acercaría a mis puertas.

Para ser libre debo ser honesto, pero también debo recibir el perdón.
Ahora hacía horas que esperaba en las afueras de la ciudad de Latacunga por un vehículo que
me adelantara un poco más allá; pero ya atardecía. Entonces un niño se acercó a mí y me dijo
que de su casa me estaban invitando. Me levanté y fui con él. Sus familiares me habían visto allí durante todo ese tiempo y entonces me hicieron llamar para prestarme sus servicios. Me
invitaron a comer, me permitieron bañarme y nos pusimos a charlar. Eran la familia Orellana de las afueras de Latacunga y que pertenecían a los a sí llamados testigos de Jehová. Me invitaron a quedarme con ellos por algunos días. Lo hice. Fui a sus reuniones en el llamado salón del reino. Mi interés por la Biblia fue entonces abonado en aquella parada. Estuve cerca de una semana compartiendo con aquella familia.
 
Entonces encontré en la ciudad a dos raidistas, uno uruguayo y el otro paraguayo, con los
cuales seguí viaje hasta la ciudad de Riobamba. La ciudad estaba de carnavales. Por la noche
nos encontramos con un hombre que estaba borracho, el cual nos llevó a pasar la noche en casa de sus parientes. Estos, con mucha hospitalidad, se levantaron y nos atendieron. Dormimos allí y aquel hombre viajó al otro día dejándonos en casa de sus parientes. Era la familia Oñate Navarrete de Riobamba. Esta familia nos atendió muy bien y nos invitaron a pasar unos días con ellos durante el carnaval. Entonces me presenté en dos emisoras radiales cantando y dedicando las canciones a la querida familia que nos hospedaba. También con el paraguayo hicimos una presentación artística en un escenario del carnaval. Así obtuvimos algún dinero.
 
Pasada la semana decidí continuar viaje solo hacia la ciudad de Guayaquil. Entonces, como
recuerdo, en aquella despedida con los Oñate Navarrete, yo les dejé mi guitarra y ellos me
dieron la suya; también les dejé mi Biblia de la versión Watchtower, y ellos me dieron
autografiada la de ellos de la versión Reina-Valera del '60. Yo no sabía que sin proponérmelo yo, Dios me estaba cambiando la versión justo a partir del momento en que la Biblia sería mi
principal compañera.
 
En Guayaquil busqué la dirección de un raidista ecuatoriano que yo no conocía, pero que por
ser caminante quizá me ayudaría. Lo encontré y posé en su casa por unos días en los cuales
tuve también la oportunidad de presentarme en otro canal de televisión donde canté una canción que había compuesto recientemente: país de Dios: http://www.4shared.com/audio/iPsZIeMh/givopus_003_Pas_de_Dios_c1971_.html?
Cada día encontraré
un lugar tranquilo
donde pueda descansar del viaje.
Cada día encontraré un hogar
que me haga sentir
en mi tierra natal.
¡Oh, ¿por qué habría de temer partir
si todo el mundo es bello para mi?
Ahora quiero recorrer
todo el país de Dios
.
Canté esta canción en la televisión de Guayaquil, y el director del programa preguntó a la audiencia, pues era un programa en vivo, qué preferían: si quedarse con su sociedad, o salir a
vivir como yo. La juventud le contestó desde la platea que preferiría salir como yo. Me preguntó entonces que por qué yo abandonaba la sociedad. Le dije que estaba podrida.
 
Terminado el programa recibí algún dinero y entonces me dirigí hacia la frontera con el Perú,
Huaquillas-Aguas Verdes. Con la documentación lista pasé hacia Túmbez en el Perú. El paisaje
cambió. El verdor de las praderas se tornó un desierto de arena a orillas del océano Pacífico. La ruta panamericana sería mi hogar por algún tiempo. Después de haber dormido en Túmbez sobre el sofá médico de un consultorio, comencé a devorar kilómetros a través del desierto bordeando el Pacífico. Dormía a veces viajando en camiones. El paisaje era nuevo y
hermosísimo para mi: arena y mar y la interminable ruta que pasa por Piura, Chiclayo, Trujillo, Chimbote.
 
Durante esta parte del viaje perdí gran parte de mis documentos de identidad. Sería quizás
una señal de que mi vieja identidad comenzaría a cambiar. Había perdido parte de mis
documentos y el paisaje había cambiado. Ahora viajaba solo a través del desierto hermoso y
desolado. Ya no leía tanto como en Colombia. El intelectualismo había perdido su caldo de
cultivo. Cuando estaba en Bogotá estaba sumergido en un bosque de lecturas, música, cine,
arte, literatura. Me sentía mal si algún día no escribía algo, o componía alguna canción, o leía
algo, u observaba alguna película o exposición. Había estado aturdido entre el ramaje de cientos de árboles de diferentes formas que proyectaban diferentes sombras. Ahora en el desierto, todoaquello había terminado. Estaba en medio de la soledad de las playas peruanas, sin libros, ni cine, ni música, ni exposiciones humanas de arte, porque sí de Dios en la naturaleza. Ni siquiera llevaba el diario de mi viaje. Comenzaba a cambiar. Con razón perdí mis documentos.
 
Más adelante perdería el resto. Ahora estaba solo conmigo mismo alejado de aquellas
influencias y de mis conocidos y de mis hábitos. Ahora estaba entre el cielo y el desierto a orillas del gran mar. ¡Qué inmenso arenal con sus bellas dunas formadas por el viento invisible! ¡qué bello mar de horizonte azul y libre de accidentados altibajos! ¡qué cielo sereno, sin lluvias, porque no llueve en el desierto del Perú!
 
Una mañana, en Chiclayo, después de haber dormido a la intemperie sobre la arena al lado de
la pared de una casa, me levanté y alguien me vio en la calle. Era un hombre que por aquellos
días estudiaba con los a sí llamados testigos de Jehová a los que su esposa pertenecía. Se
acercó y entabló conversación conmigo. Me invitó a desayunar en su casa y me pidió que me
quedara con ellos unos días. Una noche, mientras dormía en su casa, tuve una pesadilla.
Soñaba como si una telaraña oscura quisiera atraparme dentro de una gran oscuridad. Entonces comencé a clamar dormido: ¡enciendan la luz, enciendan la luz!. La dueña de la casa encendió la luz y vio que yo deliraba en sueños. Entonces desperté de aquella pesadilla. Ella me dijo que puesto que yo me estaba interesando en las cosas de Dios, Satanás había venido a atacarme. Después dormí normalmente.
 
A mediodía ella invitó a almorzar a uno de los predicadores de su organización para que
hablara conmigo. Pero en la charla no nos pudimos poner de acuerdo, porque yo decía que
nosotros y Dios debíamos llegar a ser uno, como había dicho Jesús: "Yo en ellos, y tú en mí,
para que sean perfectos en unidad".3 El predicador decía que esa unidad era en propósito,
pero yo entendía que era una unidad vital, participando de la naturaleza divina. Le dije que si en mi experiencia de muerte clínica con hongos yo había llegado a pensar que me encontraba con Dios mismo, pues mucho más real y verdadera sería la unidad de la que hablaba Jesús, y no tan solamente una unidad o acuerdo de propósito. Vi en sus rostros la desilusión, pero me desearon que algún día encontrara la verdad. Claro que se referían a su punto de vista. Este asunto de la unidad con Dios era el verdadero llamado de mi vida. No sé como intuía que se trataba de un banquete eterno en el seno de la Deidad.
 
Recuerdo que cuando estaba en el colegio durante la primaria, y leía en el recreo los
evangelios, aquel pasaje era el que más me impresionaba: "Que todos sean uno; como tú, oh
Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros".4 El clamor de mi alma no
podía permitir que se diluyera ese anhelo de mi ser con interpretaciones exteriores no
espirituales.
 
Entonces pasé a Chimbote. Allí, en este principalísimo puerto pesquero, intenté embarcarme
por mar, pero no pude hacerlo. Dejé entonces Chimbote, y al pasar por Casma, vi las ruinas que aquel terrible terremoto había dejado recientemente en esa ciudad. Dos empresarios españoles me recogieron en su camioneta hasta Lima. Durante el camino probé con ellos por primera vez el ceviche de pescado crudo con limón, cebolla y ají.