"Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra".

(Salomón Jedidías ben David, Qohelet 11:1, 2).
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viernes, 1 de julio de 2011

V: LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

PARTE V
"3Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo del la paz; 4un cuerpo, y un
Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación;
5un Señor, una fe, un bautismo, 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por
todos, y en todos".
Efesios 4:3-6.

XXV
LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

"Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Ef. 4:3). "Porque por un
sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o
libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu" (1 Co. 12:13; comparar con Gálatas
3:28; Col. 3:10,11). A todos, pues, los que hemos recibido a Cristo se nos suministra del mismo
Espíritu Santo, con lo cual se establece la base de la comunión. Se nos exhorta entonces a
guardar la unidad del Espíritu. Dice "guardar" puesto que la unidad del Espíritu es ya un hecho
dado. Todos los que personalmente, por la fe en Cristo, bebemos del Espíritu dado, somos
introducidos mediante Él en una comunión espiritual que se constituye en el terreno de una
única casa espiritual de Dios, que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Es el Espíritu el que nos
introduce en el Cuerpo; por lo tanto, sin ese Espíritu se está fuera del Cuerpo; mas al beber del
Espíritu, Éste nos comunica en Sí con el resto de todos los suyos.
El terreno básico del compañerismo cristiano es esta comunión del Espíritu que se efectúa en
siete aspectos complementarios: Un Espíritu, un Cuerpo, una misma esperanza, un Señor,
una fe, un bautismo, un Dios y Padre (Cfr. Ef. 4:4-6). Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es
de Él (Ro. 8:9), pero quien ha recibido a Cristo, tiene Su Espíritu morando dentro, y por lo tanto
participa del mismo Padre, sumergido en la misma identificación con Cristo, por la misma fe
básica y fundamental con la que se somete al mismo Señor, teniendo la misma vocación o
llamamiento, dentro del mismo Cuerpo. Por lo tanto, a todos los que estamos sobre esta misma
base se nos exhorta a "guardar" el hecho divino de la unidad del Espíritu. Es una comunión
espiritual que nosotros mismos no fabricamos, sino que de hecho existe, pero que si no
guardamos con solicitud, entonces perdemos parte de sus beneficios y colocamos estorbos al
plan divino.
Dios se ha propuesto reconciliar todas las cosas en Cristo (Ef. 1:10), por lo cual ha crucificado en Su cruz todo lo perteneciente a la carne y a la vieja creación, comenzando con la resurrección
del Hijo, una nueva creación reconciliada y en armonía perfecta con Dios y consigo misma, lo
cual nos es suministrado primeramente por la virtud del Espíritu Divino que toma lo del Padre y
el Hijo y nos lo participa (Jn. 16:15); de manera que en el Espíritu residen todos los valores de la
reconciliación perfecta, siendo el mismo Espíritu el amor personal del Padre y el Hijo. De modo
que quien tiene al Espíritu tiene al Hijo, y quien tiene al Hijo tiene al Padre, y esta naturaleza
divina que es puro amor es un hecho participado a cada renacido en Cristo; por lo cual se nos
exhorta, no a producir, sino a guardar con solicitud tal unidad del Espíritu.
De manera que la comunión cristiana está delimitada simplemente por la participación o no
con el Espíritu de Cristo. Debemos recibir a quien Cristo ha recibido, sobre la única base de la
común participación con el Espíritu de Cristo. Erigir carnalmente otros muros o requisitos es
levantar estorbos y defensas contra el propósito divino de reconciliación. Existen enemistades
en la carne que se han levantado para demarcar dentro del compañerismo cristiano un laberinto
de limitaciones, con exclusiones injustas, y con inclusiones ilegítimas. Todo esto se ha hecho
por no mantenerse en el terreno básico de la unidad del Espíritu. Solamente esta comunión del
Espíritu logra reunir en reconciliación a todos los hijos de Dios; por lo tanto, es escrituralmente
reprochable cualquier unificación basada en criterios carnales tales como raza, nacionalidad,
sexo, liderazgos, clase social, operaciones, dones, ministerios, sectas, etc. La base de la
comunión cristiana es únicamente la unidad del Espíritu evidenciada en la común participación
de un mismo cuerpo, Espíritu, esperanza, Señor, fe, bautismo y Dios Padre. Toda otra
delimitación queda prohibida. No podemos asociarnos en base a la raza fabricando sectarias
fraternidades negras, o blancas, o asiáticas, o indígenas, y pretendiendo para ellas la suficiencia
de "iglesia". ¡No! sino que todos, indígenas, asiáticos, blancos y negros, etc., judíos y gentiles,
todos somos uno si estamos en Cristo Jesús, y somos ya de hecho partícipes de la
comunión del Espíritu; por lo cual no debemos separarnos, sino guardar y manifestar la unidad
del Espíritu viviendo el Amor Divino de la reconciliación.
Tampoco podemos agrupamos por nacionalidades pretendiendo hacer supuestas "iglesias"
macá, o coreanas, o alemanas, o rusas, etc. ¡No! sino que todo lo que heredamos en Adán ha
sido crucificado con Cristo, y en Su resurrección ha surgido para nosotros una misma vida
por cuyo Espíritu somos todos los que vivimos por ella, uno; sin tener en cuenta la nacionalidad.
Los supuestos valores carnales del nacionalismo son infinitamente superados por los auténticos
y eternos valores cristianos de la comunión universal de los copartícipes con el Espíritu de
Cristo. La vida en el poder del Espíritu supera las rivalidades y orgullos nacionalistas y disipa las
enemistades. La comunión en el Espíritu nos obliga, pues, a recibirnos en Cristo plenamente
reconciliados.
De igual manera acontece en el ámbito de las diferencias de clase social y sexo. En Cristo no
hay varón ni mujer, siervo ni libre,6 sino que es el mismo Cristo viviendo por el mismo Espíritu y
operando en todos, hombres y mujeres, ricos y pobres, cultos e incultos, patrones y empleados,
reconciliando por la virtud de la comunión del Espíritu, a todos en la verdad, el amor y la justicia.
Asociarse con los humildes es, pues, lo normal para los ricos genuinamente cristianos. Trabajar
como para Cristo junto a sus patrones, es lo normal de los proletarios cristianos. Amarse y
encontrarse como hermanos, viendo cada uno por los intereses también del otro, es lo normal
de los contratos cristianos. Un nivel diferente no es aún verdaderamente cristiano.
Esta inefable alianza cristiana sólo se debe a la comunión del Espíritu, lo cual es un hecho
divino provisto ya en Cristo Jesús por el Espíritu; por lo tanto, con solicitud, y vinculados en la
paz de Cristo, debemos guardar tal unidad del Espíritu, extrayendo de Su virtud, el vigor de
nuestra reconciliación, y la realización consumada de ésta. Es, pues, imprescindible andar en el
Espíritu de Cristo para ser beneficiarios experimentados de la unidad del Espíritu.
---6Cfr. Colosenses 3:11---

En la Iglesia, tampoco podemos girar alrededor de líderes o ministerios. No podemos hacer a
Cefas el centro y la razón de nuestra comunión; tampoco a Pablo, ni tampoco a Apolo, ni
tampoco a nuestra independencia (1 Co. l:11-13; 3:3-8). Los nuestros son todos los de Cristo, y
no apenas los de Cefas. Cefas es nuestro y nosotros de Cefas en todo lo que compartimos de
Cristo. No más allá del Espíritu de Cristo, ni más acá, no podemos establecer límites de
comunión. La comunión se debe solamente a la unidad del Espíritu, y Éste ya mora en los que
Cristo ha recibido. Cristo ha recibido a quienes le han recibido a Él. Debemos recibir de Cristo a
todos sus miembros, y no hacer diferencia entre ellos por causa de líderes, ministerios,
operaciones, dones, funciones y actividades. No podemos, pues, tampoco girar alrededor de
misiones, u organizaciones, o denominaciones, o sectas, por más extensas que estas sean;
nunca igualarán al Cuerpo de Cristo, y por lo tanto las limitaciones que imponen son
inconvenientes. Debemos guardar la unidad del Espíritu dentro de un sólo Cuerpo valorándola
más que nuestras afinidades naturales y más que toda asociación que cierre su círculo en base
a requisitos ilegítimos de liderazgos, misiones, estatutos, etc. Solamente la completa y perfecta
comunión del Espíritu, cuya unidad es ya un hecho que guardar, está en sintonía con los planes
del propósito divino; no debemos, pues, enaltecer nuestras divisiones, sectarias y carnales, por
encima y en contra de la reconciliación divina de todos sus hijos dentro de un solo cuerpo.

XXVI

UN CUERPO

La Iglesia universal que es el Cuerpo de Cristo, puesto que Cristo no está dividido, es, pues,
una sola, de la que forman parte todos los hijos de Dios. No hay un sólo hijo de Dios que esté
fuera de Su Cuerpo, puesto que para ser hijo de Dios debe participar de la vida de Cristo, lo cual
se hace recibiéndole por fe. Si participa un hijo de Dios de la vida de Cristo, entonces es un
miembro de Su Cuerpo. Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él; y por el hecho de no
participar de Cristo, entonces ningún no-regenerado ajeno a la vida de Dios puede participar de
Su Cuerpo que está formado por tan sólo miembros de Cristo. El Cuerpo de Cristo está, pues,
formado por todos sus miembros, que son todas aquellas personas donde Cristo mora. Siendo,
pues, Cristo uno solo, Su Cuerpo es también uno solo; como está escrito: "Un cuerpo" (Ef. 4:4).
"Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de
los otros" (Ro. 12:5).
"12Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros
del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13Porque por un solo
Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo..." (l Co. 12;12,13), "16Mediante la cruz
reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. 21...un templo
santo en el Señor" (Ef. 2:16,21).
"La paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en
un solo cuerpo..." (Col. 3:15).
Este cuerpo único de Cristo formado de la suma de todos sus hijos en toda época y lugar, es la
Iglesia universal; y a ella pertenece por derecho propio y sin necesidad de otro "ingreso", toda
persona que se haya identificado con Cristo Jesús, siendo efectivamente renacida por la virtud
del Espíritu suyo. Una vez que Cristo haya recibido a una persona, esa persona queda incorporada a Él, y Cristo mora en ella haciéndole miembro Suyo. Todos Sus miembros, sin
faltar ni sobrar ninguno, formamos Su cuerpo, y somos de hecho y por derecho la Iglesia
universal.
Este cuerpo tiene una sola Cabeza y una sola Vida: Cristo Jesús. La autoridad dentro del
Cuerpo radica, pues, exclusivamente en la Cabeza, Cristo Jesús, y opera exclusivamente por
Su Espíritu, moviéndose a través de todos los miembros y delegando a cada cual un servicio en
el Espíritu. Este servicio en el Espíritu es una manifestación espiritual evidente por sí misma,
constituida directamente por la Cabeza y reconocida en la comunión del Espíritu por los
miembros del Cuerpo sujetos a la misma Cabeza.
Cada carisma tiene, pues, su propia autoridad delegada, la cual se mantiene viva una vez que
esté sostenida por el suministro del Espíritu y la autoridad de la Cabeza. Cristo no sólo dona
carismas, sino que además delega responsabilidades. Carisma y responsabilidad, aunque no
son lo mismo, están íntimamente relacionados, pues de cada talento debe rendirse cuentas. Sin
embargo, carisma y responsabilidad son diferentes; la autoridad del carisma es moral; en
cambio la autoridad del comisionado a una responsabilidad es además oficial. Cuando Cristo, la
Cabeza, encomienda una responsabilidad, obviamente otorga también el carisma necesario
para sobrellevarla. La encomienda es delegada con una autoridad oficial ungida con el carisma
de autoridad moral. Veamos un ejemplo para entender la diferencia entre autoridad oficial y
autoridad moral; las dos delegadas directamente de Dios: En la familia, el padre es el primer
responsable de su marcha, por lo cual se le debe sujeción; su autoridad es oficial. Si ese padre
vive sujeto a Cristo, posee además autoridad moral; pero si no, de todas maneras es el
responsable de su familia, por lo que dará cuentas; y por lo tanto sigue siendo suya la autoridad
oficial, aunque moralmente se haya deslizado de su dignidad. Y ya que fue Dios quien otorgó
esa autoridad oficial, por lo tanto merece respeto.
En el cuerpo de Cristo la Cabeza delega Su autoridad a quien quiere; a cada miembro una
jurisdicción; y ante Su tribunal se rendirá cuentas. La autoridad oficial en la obra del Señor la
tienen los apóstoles, y dentro de la iglesia local el presbiterio de ancianos, quienes son los
obispos de la ciudad. Autoridad moral tiene todo miembro sujeto a la Cabeza, pero los
comisionados tienen una responsabilidad especial por causa del encargo. Cualquier carpintero
puede hacer una mesa (autoridad moral), pero el responsable es aquel a quien se le contrató
para hacerla (autoridad oficial). El cuerpo está, pues, sujeto a Su Cabeza sometiéndose a Su
autoridad por el Espíritu Santo. Debemos, pues, someternos a la autoridad del Espíritu, que
delega autoridad moral y oficial en Sus miembros.
Aunque la Cabeza delega autoridad, no por eso se desliga del Cuerpo, sino que en sus manos
permanecen las riendas, y con cada miembro hay un contacto vivo; con la oración se apela a la
justicia de la Cabeza.
La cabeza es el único Coordinador suficiente de todos los miembros; y ya que Cristo es el
Coordinador (Ef. 2:21), no podemos encerrarnos en círculos denominacionales, sectarios o
estrictamente misionales, sino que debemos estar abiertos a la comunión con todos los
hermanos, permitiéndole a la Cabeza asociarnos, dirigirnos y complementarnos. Recordemos
que Cristo es nuestra paz, y que en Sí mismo ha hecho de muchos: Un solo y nuevo hombre.
Solo, porque Cristo es único; y nuevo, porque proviene de la virtud de la resurrección; un solo y
nuevo hombre: el Cuerpo de Cristo (Ef. 2:15,16).
No importa cuán multiforme aparezca la gracia, el Cuerpo es uno; no importa cuánta
diversidad haya entre funciones y actividades, ministerios, dones y operaciones, Dios es uno, el
Señor es uno, el Espíritu es uno, y entonces el Cuerpo es también uno. Nuestro deber es recibir
a todos los que Cristo ha recibido, de la misma manera como Él nos recibió a nosotros (Ro.
15:7). Somos aceptos en el Amado por las infinitas riquezas de Su gracia derramada en Cristo
para todos sin distinción.

XXVII

UN ESPÍRITU

Como ya vimos en el apartado XXV (La unidad del Espíritu), la comunión de los miembros del
Cuerpo de Cristo se debe fundamentalmente a la unidad del Espíritu, uno sólo, pues, es el
Espíritu el que debe operar en el Cuerpo: el Espíritu de Cristo. Con esto queremos señalar que
quedan completamente reprobadas todas las acciones que procedan de otra fuente distinta al
Espíritu Santo. Lo que es nacido de la carne es carne, lo cual para nada aprovecha, pues no
puede heredar el Reino (Jn. 3:6; 6:63; 1 Co. 15:50). Es recibida toda persona que tenga el
Espíritu de Cristo; y de tal persona se recibe toda acción nacida en el Espíritu. Y puesto que
existen otros espíritus que operan error, se hace necesario probar los espíritus, examinarlo todo
y retener lo bueno (1 Jn. 4:2; 1 Tes. 5:21). El Espíritu Santo se caracteriza por su confesión de
Cristo (1 Jn. 4:2,3), y por Su fruto (Gá. 5:22,23), pues el espíritu de la profecía es el testimonio de
Jesús (Ap. 19:10).
Esto no significa que una persona que posea el Espíritu de Cristo nunca vaya a cometer una
falta o error, pues la persona sigue siendo libre y es su deber someterse voluntariamente al
Espíritu Santo sin contristarlo, lo cual no siempre acontece. Pero sí significa que, aunque la
persona tenga el Espíritu de Cristo y sea miembro de Su Cuerpo, no por eso serán aprobadas
sus acciones nacidas de la carne y por la instigación tramposa de otros espíritus. Pablo escribía
a los gálatas:
"1¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante
cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? 2Esto
solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con
fe? 3¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzando por el Espíritu, ahora vais a acabar por la
carne?” (Gá. 3:1-3).
Vemos que aunque los gálatas habían recibido el Espíritu Santo que podía guiarlos a toda la
verdad, erraban en su niñez espiritual por no sujetarse a Él, sino más bien seguir obrando en la
carne. Tales gálatas eran aceptados como hermanos, ya que poseían el Espíritu de Cristo, pero
no eran aceptadas sus acciones en la came ni sus doctrinas fascinadas por error. Un concilio de
numerosas personas no representa en sí ninguna garantía si no está sujeto al Espíritu Santo. Es
muy posible, y sucedió varias veces en la historia, que sus conclusiones fueron apenas el
consenso mayoritario de una democracia carnal, o el eco sobornado y amedrentado de
poderosos intereses personales. No es la voz de la carnalidad de la mayoría la que gobierna en
el Cuerpo de Cristo, sino, siempre, Su Cabeza, Cristo Jesús, operando por medio del Espíritu
Santo que evidencia Su verdad, santidad, amor, poder, dominio propio, gloria, etc.
Reconocemos, pues, tan sólo a un Espíritu, el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo
(Mt.10:20; Jn. 15:26; Gá. 4:6), Espíritu de Cristo. Éste mora en todo el Cuerpo y se manifiesta a
través de cualquier miembro de Cristo que, dándole lugar, se someta a Él.
Además, el Espíritu Santo inspiró las Sagradas Escrituras y habla siempre en plena
concordancia con estas mismas Escrituras que Él mismo inspiró. Atendemos, pues, a la
naturaleza del Espíritu por su fruto, por su concordancia con la verdad de las Sagradas
Escrituras, y por el consenso de los miembros de Cristo sujetos al Espíritu. Este triple testimonio
concuerda, ya que es evidencia y fruto de la unidad del Espíritu. El Espíritu Santo es el Vicario
de Cristo que opera en Su nombre llevando adelante los intereses del Reino de Dios. Tal Reino
no es ahora de este mundo, y por lo tanto no se impone por la espada, ya que opera en el ámbito
de la verdad acatada en los corazones que están por ella, según lo testificó el Señor Jesús a
Pilato (Jn. 18:36,37). Para lo demás está el Estado. El que es de Dios, oye a los apóstoles de
Cristo cuya doctrina está en las Escrituras; capta además el Espíritu y penetra el evangelio
gracias a la iluminación de la revelación divina. El espíritu de error se conoce porque no oye a
los apóstoles de Cristo que hablan en perfecta armonía con las Sagradas Escrituras; además,
tampoco percibe la luz del evangelio, y su confesión del Cristo adolece de error y falta de
revelación (1 Jn. 4:1-6).
Un hijo de Dios puede errar, pero al ser corregido en el Espíritu Santo y con la verdad
apostólica escritural, reconocerá la voz de Dios, y seguirá al Buen Pastor, Cristo Jesús. Nadie lo
arrebatará de las manos del Padre y el Hijo, que operan a través del Espíritu Santo, ante cuya
obra de iluminación y revelación no puede prevalecer el Hades. Todos, pues, los que son
guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios (Ro. 8:14), y es una promesa que todos Sus
hijos serán enseñados por Jehová (Jn. 6:45; Is. 54:13). La unción del Espíritu Santo cumple la
promesa. El Nuevo Pacto con la Simiente de Abraham es nuestro en Cristo. Desde que
estamos, pues, en Cristo, a nadie conocemos según la carne (2 Co. 5:16). Todos los
participantes de este mismo Espíritu tenemos por Él entrada al Padre, y somos miembros de la
misma familia de Dios, conciudadanos de los santos. Somos, pues, hermanos, no importa los
medios o instrumentos usados por Dios para nuestra conversión y para hacer posible nuestra
regeneración en Cristo. Es este único Espíritu de Cristo el que compartido nos hermana; no es el
instrumento usado para nuestra pesca, sea misión, denominación, equipo, predicador, etc.
Pertenecemos a Dios y a toda su familia, y ella nos pertenece toda por el mismo Espíritu.

XXVIII
UNA MISMA ESPERANZA

"Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de
vuestra vocación" (Ef. 4:4 ).
"Cristo en vosotros, la esperanza de gloria'' (Col. 1:27).
Dios había prometido en el principio de la humanidad que la simiente de la mujer (Cristo
nacido de la virgen María) aplastaría la cabeza de la serpiente antigua, que es el diablo (Gé.
3:15; Ap. 12:9); de manera que el que tenía el imperio de la muerte sería quebrantado; con lo
cual sería posible la redención, que significaría un retorno a la gloria de Dios de la que por el
pecado fue destituido el hombre. Esta redención la llevaría a cabo la simiente de la mujer. Para
cumplir tal promesa, Dios separó a Abraham, asegurándole que en su simiente, la cual es Cristo,
bendeciría a todas la familias de la tierra, entregándole en herencia el mundo entero. Este
Heredero se sentaría en el trono de David para siempre señoreando desde Sion, y en Su luz
andarían también los gentiles; por lo cual, el Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, tomó
también, aparte de las ovejas perdidas de la casa de Israel, a sus otras ovejas, nosotros los
gentiles, y nos insertó en el tronco de su olivo, llevándonos a un solo redil y bajo un solo pastor,
Cristo, el David mayor. Por lo cual, Pablo, apóstol de Jesucristo para los gentiles, declaraba el
misterio revelado: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y
copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio (Ef. 3:5,6). De manera que
verdaderamente, como citábamos al principio, fuimos también llamados a una misma esperanza
que se alcanza y se consuma en Cristo para toda la humanidad: participar con Él de Su gloria,
como está escrito: "Os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro
Señor Jesucristo" (2 Tes. 2:14).
"20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la
palabra de ellos, 21para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22La gloria
que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23Yo en
ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me
enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. 24Padre, aquellos
que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean
mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo"
(Jn. 17:20-24).
"2Cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 3Y
todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (1 Jn.
3:2,3).
He aquí, pues, la esperanza que anida en todos nosotros los que tenemos Su mismo Espíritu,
siendo por tanto miembros del mismo Cuerpo y coherederos del mismo Reino.

XXIX

UN SEÑOR

He aquí un reconocimiento fundamental dentro de la comunión cristiana: "Para nosotros, sin
embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para
él; y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él" (1
Co. 8:6).
La verdad del Señorío de Jesucristo es fundamental a la fe cristiana: "A este Jesús a quien
vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo" (Hch. 2:36b). Que Jesús es el Señor, es
la confesión insustituible que brota del corazón y los labios de los redimidos: "Si confesares con
tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos,
serás salvo" (Ro. 10:9). Era esta verdad la que con la vida y la palabra envolvía la predicación
apostólica, como está escrito por Pablo a los corintios: "Porque no nos predicamos a nosotros
mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús"
(2 Co.4:5). Sí, lo que los apóstoles predican es a Jesucristo como Señor; para esto Él nos salvó:
“7Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.8Pues si vivimos, para el
Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que
muramos, del Señor somos. 9Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser
Señor así de los muertos como de los que viven'' (Ro. 14:7-9 ).
Efectivamente, Su sacrificio por nosotros tiene grandes implicaciones, pues nos reconcilia con
la voluntad del Padre. Reconocer a Jesús como el Señor significa, pues, vivir y morir para Él,
pues, “por todos murió, para que los que viven (es decir, los renacidos), ya no vivan para sí, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co. 5:15).
Pero el Señorío de Cristo no se reduce tan sólo a los cristianos, pues con Su resurrección
recibió autoridad sobre toda potestad y carne (Mt. 28:18). No sólo por derechos de creación, ya
que el Padre todo lo hizo con el Verbo y por el Verbo y para el Verbo; sino que además, por
derechos de redención, por Su compra sacrificial que levantó el embargo del pecado, y por el
sustento nuevo de la resurrección. "9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio
un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de
los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que
Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Fil. 2:9-11). Toda criatura, tarde o temprano,
deberá, pues, reconocer la soberanía de Dios que ha hecho heredero de toda plenitud a
Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.
Sólo bajo las plantas de Sus pies las cosas todas están en su debido lugar, pues sólo a Él
corresponde el legítimo derecho. Ser el Señor significa ser el Amo absoluto con pleno derecho.
Y Él es doblemente Señor: primero, por naturaleza, ya que en cuanto Verbo es Deidad creadora
y sustentatriz, además de ser la meta legítima de todas las cosas con su diseño. Segundo, es
también Señor por conquista, porque destronó al usurpador querúbico y venció a la muerte y
toda oposición, en sus pruebas humanas, recuperando así lo que había perdido. Es Señor de
señores y Rey de reyes, Soberano de los reyes de la tierra, y Cabeza de todo principado y
potestad, Heredero de todas las cosas; por lo tanto es Juez con poder de salvar y condenar.
Ante Él doblamos presurosos y contentos nuestras rodillas desde lo profundo de nuestros
corazones.
Quien tenga el Espíritu Santo no puede sino reconocer y confesar a Jesús como Señor, pues
gracias a Él ha sido trasladado al Reino del amado Hijo de Dios, donde la voluntad del Padre es
la perfecta directriz eterna con la que se nos concedió alianza. Estamos los cristianos aliados
con Dios y Su santa voluntad, por medio de la lealtad a Su Cristo, Su Ungido al que puso sobre
el trono altísimo. El cristiano debe, pues, reconocer que recibir a Jesús como Señor y Cristo,
implica otorgar la primera lealtad a los derechos de la corona de espinas del Redentor; Él,
primero, antes que nuestra propia vida, familia o propiedades.

XXX

UNA FE

La fe de los cristianos es, pues, la fe del Hijo de Dios; una fe que es don de gracia, nacida del
Espíritu cual iluminación de la revelación. Es la fe apostólica, básica y fundamental, es decir, la
fe esencial para salvación. No hablamos aquí de pormenores en la interpretación de doctrinas
menores que apenas afectarían el galardón y no la salvación, pero hablamos, sí, de la fe, la
única fe, la imprescindible para la salvación; aquella establecida bajo Cristo, apostólicamente:
"8Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el
Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Ro. 10:8,9).
Esta es, pues, la fe apostólica: Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, es el Señor, quien habiendo
muerto por nuestros pecados ha resucitado corporalmente en incorrupción, y está vivo cual
soberano Altísimo y cual Rey supremo a quien podemos invocar para salvación.
Por eso Pablo, antes de anunciar aquello a los corintios en su primera carta, antes de
establecer lo que constituía primeramente el evangelio de salvación, fe única, se expresa
escribiéndoles: "1Os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también
recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he
predicado, sois salvos, si no creísteis en vano" (1 Co. 15:1,2). Y entonces establece la persona,
la muerte y la resurrección de Cristo por nosotros como núcleo del evangelio de salvación, la fe
esencial. Sí, era una declaración apostólica y salvífica de descomunal importancia; la fe
apostólica, la fe recibida de los cristianos primitivos en los albores del cristianismo. Esta debe
ser, pues, la fe mínima que se debe imprescindiblemente exigir a un hombre para reconocerlo
cristiano; no podemos rebajar esta mínima exigencia. Está sobre el terreno básico de la
comunión cristiana solamente quien de todo corazón crea y confiese a Jesús como el Cristo,
como el Hijo del Dios viviente, como el Señor, muerto por nuestros pecados y resucitado. Sin
esta fe y confesión se está fuera del círculo de la unidad del Espíritu, con lo cual se demuestra
no tener el Espíritu de Cristo, que a Él glorifica; y por lo tanto, la tal persona no es aún de Cristo.
No basta reconocerle como mero profeta, un luminar más de entre otros en la humanidad. Es
preciso poseer la fe, una fe, la única. De allí brota y se establece el canon, la regla (ver
apartado XXII).

XXXI

UN BAUTISMO

Un cristiano debidamente establecido y fundamentado, es uno que necesariamente ha
pasado por la experiencia de identificación espiritual con Cristo. Este "un bautismo" es el
bautismo en Cristo con el que somos revestidos de Él (Gá. 3:27; Ro. 6:3). Una vez que por la
gracia de Dios hayamos podido reconocer en Jesús al Cristo, y a Su obra como la base de
nuestra salvación, entonces debemos voluntariamente identificamos con Él, en Su muerte y
resurrección, para perdón y liberación nuestra en Él, y para regeneración por Su Espíritu.
Para que fuese manifiesta tal identificación, tal toma de posición, el Señor estableció que la
confesáramos exteriormente por medio de la confesión pública y el bautismo en agua; de
manera que al consumar nuestra identificación de fe, aspirando a una buena conciencia,
garanticemos la certeza de nuestra salvación por la promesa de su palabra: "el que creyere y
fuere bautizado será salvo" (Mr. 16:16).
Estar bautizado en Cristo, es decir, debidamente identificado por fe con Él, habiéndole
invocado de corazón personalmente y de forma voluntaria, es requisito básico para ser hallado
dentro de la comunión cristiana y sobre el terreno de salvación. Ahora bien, y ¿qué es lo
imprescindible para tal bautismo en Cristo? primero: la fe auténtica y de corazón en Él y Su obra;
fe que entonces obedece invocándole, confesándole e identificándose con Él en Su muerte y
resurrección. Los que hacían esto en los tiempos bíblicos bajaban a las aguas para ser
bautizados en señal de la consumación de su identificación en fe con Cristo en Su muerte y
resurrección; así confesaban su nueva toma de posición, ahora en Cristo Jesús. Quien salva es,
pues, Cristo mismo que opera por Su Espíritu ministrando la salvación a través de la fe que
actúa identificándose con Él; con lo cual la persona es bautizada y revestida en y de Cristo. La fe
auténtica se apropia suficientemente de la provisión, y también se exhibe con confesión pública
que se gloría en la Gracia. No aconsejamos, pues, descuidar el descenso a las aguas.

XXXII
UN DIOS Y PADRE

Por último, anotamos como ingrediente fundamental de la unidad del Espíritu, el
reconocimiento del único Dios verdadero, Yahveh-Elohim, Padre de todos los regenerados en
Cristo: "4Un cuerpo, y un Espíritu..., una misma esperanza..., 5un Señor, una fe, un bautismo (y
por último entonces); 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”
(Ef. 4:4-6).
Lo primero que en la declaración apostólica notamos es que Dios es uno. Solamente existe un
solo Dios verdadero, y fuera de Él no hay Dios. Monoteísmo es, pues, la religión del Espíritu. Lo
segundo que captamos es que este único Dios es efectivamente Dios, el único Dios. Deidad
es, pues, de lo que se habla aquí, con lo cual queda implicada la omnipotencia, omnisciencia y
omnipresencia del Ser Supremo, principio y fin de todas las cosas. Pero este único Dios, no es
apenas el elemento de un sistema filosófico; ¡No! sino que es el "Yo Soy el que Soy" que se ha
revelado a Si mismo en forma definida e histórica; Él es Yahveh Elohim; Él que es en Sí mismo
y se revela a Sí mismo. Es, pues, Un Dios Trascendente, distinto de su propia creación, pues es
"sobre todos". Todo lo ha creado de la nada y a todo le ha dado un propósito. Además
permanece inmanente también, a la par que trascendente, sosteniendo todas las cosas, pues Él
es "por todos", como dijera el apóstol Pablo: "27No está lejos de cada uno de nosotros. 28Porque
en él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hch. 17:27b, 28a). Esta inmanencia Suya que sostiene
toda la creación, no es sin embargo panteísmo, puesto que Él es trascendente, Otro, aparte de
Su creación; Él es anterior a ella, causa y sentido de ella. Este único Dios es, pues, el Autor y
Dueño y el Proveedor.
Observando atentamente los Nombres Divinos podemos captar los atributos de Dios.
Sabemos que en el hebreo, y en muchas lenguas orientales, el nombre caracteriza a la persona;
es decir, que la realidad de sus atributos es pronunciada y queda, pues, caracterizada en su
nombre. Conozcamos, pues, a Dios en cada uno de Sus nombres. Él es ELOHIM, el
Todopoderoso (Gé. 1:1); muchos reconocen a Dios simplemente este aspecto: aceptan la
existencia de un Ser Supremo, pero no más. Sin embargo, además de: EL, ELAH, ELOHIM,
Dios es también ELYON, el Altísimo (Gé. 14:18); nadie sobre Él; Él es el más Alto y como tal
Poseedor de cielo y tierra; Él es quien reparte a las naciones su porción. Por lo tanto, Dios es
también ADONAI (Gé. 15:2), el Señor; ADON, ADONAI, Amo y Esposo. Pero hay más; Dios es
EL-SHADAI (Gé. 17:1), aquel pecho todo-suficiente que amamanta y sostiene sustentando para
hacer fructificar. Es EL-OLAM (Gé. 21:33), el Eterno que administra la eternidad; por lo cual es
también el Ayudador de Su pueblo, Jehová de los ejércitos, Yahveh-Sabaoth (1 S. 1:3), que
sirve en las batallas de Su pueblo.
Su nombre especial en relación a la redención es YAHVEH, en sus siete formas compuestas:
Jehová-JIREH, el Proveedor; Jehová- RAFAH, el Sanador; Jehová-NISSI, el estandarte de
nuestra vanguardia y victoria; Jehová-SALOM, nuestra Paz; Jehová-RAAH, nuestro
Apacentador y Pastor; Jehová-SIDKENU, nuestra justicia definitivamente establecida; y
Jehová-SAMA, el perennemente Presente en medio de los suyos (citas respectivas: Gé.
22:13,14; Ex. 15:26; 17:8-15; Jue. 6:24; Salmo 23; Jer. 23:6; Ez. 48:55).
¿Conocemos así a Dios? ¿Hemos experimentado que Él es todo eso para nosotros? Dios es,
pues, también Amor, Santidad, y Justicia, Suma de toda Belleza y Perfección. Pero no
solamente es nuestro Creador y Dios, sino que este mismo Dios, el único verdadero, es además
nuestro Padre. Por medio de Jesucristo hemos recibido vida eterna, llegando a ser partícipes
de la naturaleza divina por su Espíritu, que es garantía de sus promesas (2 Pe. 1:3-4). El único
Dios es, pues, también nuestro Padre, y cual hijos de Dios, testimonio de ser lo cual tenemos en
nuestro espíritu, podemos decirle: "Papá, Papito", "Abba, Padre". Dios ha puesto el Espíritu de
Su Hijo en nosotros para que seamos afiliados hijos suyos por Jesucristo, de manera que
sepamos que nos ha hecho coherederos con Cristo, y que nos ha amado también como a Él ha
amado (Jn. 17:23).
Por todo esto, además de estar Dios trascendente sobre todas las cosas, e inmanente por
La Unidad del Espíritu 101
todos, está también habitando, sí, morando, en todos los que hemos recibido el Espíritu de Su
Hijo; pues quien tiene al Hijo tiene también al Padre. "Yo en ellos y tú en mí. En aquel día
conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mi, y yo en vosotros" (Jn. 17:23a; 14:20; 1
Jn. 2:23; 2 Jn. 1:9).

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He aquí, pues, hasta aquí todo lo que se halla en la posesión común de los que partícipamos
de la unidad del Espíritu y el Cuerpo de Cristo. Estas son las únicas credenciales que podemos
exigir; quien las posea se halla sobre la misma base, y por lo cual, con toda solicitud, debemos
guardar con él la unidad ya establecida del Espíritu. El vinculo de la Paz se mantiene sobre este
único terreno; y una vez que nos hallemos sobre él, debemos mantener y acrecentar la
comunión con todos los hijos de Dios de todo lugar, y en armonía con los de toda época que de
hecho están fundados allí.
A partir de esta vida espiritual, el Señor usando de Su multiforme gracia, opera de distintas
maneras para llevar a estos, de la unidad del Espíritu ya hecha y por guardar, a la unidad de la fe
y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta la estatura del varón perfecto en Cristo Jesús, por
alcanzar, ya no guardar. Guardamos la unidad del Espíritu, y alcanzamos la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo; para lo cual el Señor constituyó también el magisterio de la Iglesia (Ef.
4:3; 4:10-13). Hay una fe imprescindible que guardar mientras avanzamos a la fe madura por
alcanzar en la estatura y el conocimiento pleno de Cristo. Para esto último Dios preparó un
ministerio que es también fundamento y columna.

lunes, 20 de junio de 2011

BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO



BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO


Dios fue manifestado en carne, conforme a la profecía, en la persona de Jesucristo. Éste predicó el arrepentimiento, la fe en Dios y el reino de Dios; murió en la cruz para expiar el pecado del mundo, y resucitó, apareciéndoseles durante 40 días a sus discípulos, hablándoles del reino, y comisionándoles para hacer discípulos, bautizarles y enseñarles todo lo que Él les enseñó. Ascendió a los cielos y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, donde intercede por nosotros, y de donde vendrá y volverá por los Suyos, y juzgará al mundo con justicia, y establecerá la manifestación del reino de los cielos.

Jesucristo ordenó Él mismo a sus discípulos el bautismo, y Él mismo fue bautizado. “Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma, y vino una Voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en Ti tengo complacencia” (Lucas 3:21,22).

La presente consideración es con el fin de presentar, desde los sagrados documentos de las Escrituras, este aspecto de la doctrina cristiana concerniente al bautismo; el mandamiento, su aplicación, el significado, su efecto. Procuraremos considerar no solamente su forma ceremonial externa, sino también, principalmente, el misterio de su contenido sobrenatural; pues es la verdadera identificación con Cristo lo que salva al hombre. No descuidaremos, sin embargo tampoco, su obediencia y aplicaxción externa, pues no fue descuidada por Jesús, ni por sus apóstoles. La Iglesia no tiene derecho de decir ni hacer cosa diferente, a menos que se excomulgue a sí misma de la verdad. Tengamos, entonces, presente que al considerar este asunto del bautismo, lo cual significa “sumersión”, estaremos enfocando el misterio sobrenatural de la identificación del cristiano con Su Señor en su muerte, sepultura, resurrección y ascención; misterio velado en la práctica bautismal.

No confundimos, pues, la práctica exterior con la operación interior, ni atribuimos a lo meramente exterior el efecto de lo interior; pero tampoco ignoramos lo exterior, que es como el canal que representa las glorias de la salvación, y hace manifiesto ante los hombres el testimonio de la operación interior efectuada a través del canal de la fe; además es mandamiento divino. Observemos esta doble dimensión en el bautismo de Jesús: “Juan les respondió diciendo: yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. Este es aquel que viene después de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas acontecieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando. El siguiente día vió Juan a Jesús que venía a él y dijo: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es de quien yo decía: después de mí viene un varón, el cual es antes de mí, porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. También Juan dio testimonio diciendo: Ví al espíritu qquwe deescendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, Aquel me dijo: sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo y fuego. Y yo le ví, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:26-34).

Puede notarse el lenguaje: bautismo en agua y bautismo en el Espíritu Santo y fuego. Además notamos esta yuxtaposición: cuando el agua le bautizó, el Espíritu le ungió. Ciertamente el agua no hace el papel del Espíritu, ni el Espíritu es el agua; pero entretanto que cumplía con toda justicia bautizándose en el agua, era a la vez investido del Espíritu Santo. De la misma manera, es el Cordero de Dios el que quita el pecado del mundo; pero tal operación sobrenatural se representa en el bautismo en las aguas, como obediencia de la fe. No aplicamos a la mera ceremonia externa el honor de la operación misma; el honor le corresponde a Cristo mismo que opera realmente con Su propia vida, y Suya es la eficacia de la salvación, mediante la sola fe. No obstante, éste mismo Cristo ordenó también descender a las aguas, y lo hizo Él mismo, para cumplir toda justicia.

He aquí, pues, el mandamiento: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado…” (Mateo 28:19). Marcos también testifica de este mandamiento: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15,16).

Además de Jesús, Sus apóstoles también lo ordenaron: “Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…/…Así que los que recibieron su palabra, fueron bautizados; y se añadieron aquel día como 3.000 personas” (Hechos de los Apóstoles 2:38,41).     

Teniendo, pues, el mandamiento y el ejemplo de Jesús y sus apóstoles, no se justifica en un creyente una actitud descuidada en este respecto; mucho menos una actitud desobediente. Es la voluntad de Dios que los Suyos sean bautizados. Ciertamente hay casos excepcionales, como el ladrón en la cruz, en los que la gracia de Dios condesciende a prescindir de la ceremonoio por fuerza mayor; pero creemos que se trata de casos en que la persona está, a su pesar, completamente imposibilitada de cumplir el mandamiento. Eeste era el caso del ladrón crucificado al lado de Jesús. No podemos aplicar con libertad el caso de esta excepción en el curso normal donde el creyente, bajo mandamiento divino y apostólico, está en plena condición de descender a las aguas. La Iglesia tiene, pues, este mandamiento y ejemplo aplicable a todo aquel que creyere y quisiere ser discípulo de Jesucristo.

Ahora bien, en las Sagradas Escrituras vemos que aquellas personas que recibieron el bautismo cristiano en el génesis de la Iglesia, eran por lo general personas concientes y responsables de sí mismas; es decir, lo hacían generalmente por convicción personal propia. Sin tal fe y convicción personal, ¿no sería, acaso, nulo el efecto del bautismo? Pues su efecto de gracia recibida se debe a la fe, que obedece con la identificación voluntaria del creyente con Su Señor, por esa fe, en Su muerte y resurrección. No despreciamos las buenas intenciones de aquellos que someten forzadamente a sus bebés a una ceremonia externa, a veces mayormente para eludir el ostracismo social; pero aquello no es suficiente, sin la fe personal, para que de facto se realice una unión mutua e indispensable con el Señor. El requisito de la fe personal es necesario para recibir eficazmente la gracia expresada en el bautismo. Ciertamente Jesús dijo que dejasen a los niños venir a Él, porque de los tales es el reino de los cielos; entonces el Señor los tomaba en Sus manos y los bendecía. Hagamos hoy lo mismo, entreguémoslos en Sus manos para que los bendiga.

En la práctica primitiva vemos generalmente que la fe y el arrepentimiento precedían al bautismo. “Yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe le dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro, y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos de los Apostoles 8:36-38). La pregunta era por el impedimento; la respuesta era según la condicón. ¿Qué impide?...Si crees de todo corazón, bien puedes. “Si crees…” era la condición. En el día de Pentecostés, Pedro había dicho: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros…”. Antepuso el arrepentimiento y añadió el cada uno de vosotros. Notamos, pues, en estos casos, que para acercarse a las aguas bautismales se efectuaba una operación de conciencia lo suficiente y mínimamente responsable. Creemos que es esto lo que Dios espera de nosotros y Su gracia produce. No deberíamos, pues, prescindir de esta confesión personal, madura y pública. El creyente conciente debería así, cada uno, pedir por sí mismo su propio bautismo. En alguna ocasión, Juan el bautista se había visto en la necesidad de decir a algunos de los que se acercaban a su bautismo: “Haced frutos dignos de arrepentimiento”. Jesús dijo a los apóstoles: “A quienes remitiéreis los pecados, les son remitidos; a quienes se los retuviéreis, le son retenidos” (Juan 20:23). No ignoramos, sin embargo, el caso de Simón el Mago en Hechos capítulo 8; éste, después de ser bautizado por Felipe, fue reprendido por el apóstol Pedro, pues quería comprar con dinero la facultad de conferir el Espíritu Santo. Vemos, pues, que aquella ceremonia, pues Simón el mago había consentido exteriormente, parece que no le había regenerado su corazón. Los frutos posteriores lo demostraron.

Es en relación a tal clase de casos por la cual creemos que el apóstol Pedro se refiere en su primera carta en estos términos: “El bautismo, que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1ª Pedro 3:21). Ni la mera ceremonia, ni el agua, operan con el pecado que está en la carne. Es por la fe en la sangre de Cristo que se limpian los pecados, y el bautismo ceremonial es una aspiración a tal buena conciencia; pero es la regeneración real por el Espíritu Santo la que nos introduce en la ley del Espíritu de Vida en Cristo Jesús que opera eficazmente contra el pecado que se halla en la naturaleza humana. Es por medio del erspíritu que combatimos contra las inmundicias de la carne. El bautismo ceremonial conciente testifica de nuestra fe personal en que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; y esto nos salva. Pero es por el espíritu que participamos de la vida de resurrección de Cristo, y de la ley del Espíritu de vida en Él, que nos libra de la ley del pecado y de la muerte en la carne, enfrentándole un poder superior. Y es la investidura del poder de lo Alto, por el Espíritu, la que nos capacita para el servicio cristiano a Dios y al prójimo.

No debemos, pues, perder de vista esta superposición de lo sobrenatural velado en la ceremonia externa del bautismo; ni tampoco confundamos los planos en la perspectiva. No siempre tal superposición coincide en nuestra experiencia subjetiva; como lo podemos ver en el caso de Cornelio y su casa. Mientras Pedro apenas aún hablaba, el Espíritu Santo descendió antes de que ellos fueran bautizados; pero entonces se bautizaron (Hchs.10:44-48). La operación interior sobrenatural precedió a la ceremonia bautismal en agua. Dejemos que Dios opere en el interior de los hombres a Su manera, y estemos listos a obedecer lo más pronto posible en lo concerniente a la ceremonia externa. Un mayor crecimiento en la revelación del misterio del bautismo puede acontecer normalmente después de realizado éste. Al fin y al cabo, la ceremonia inicial indica el comienzo de una nueva vida. El Espírittu Santo tiene derecho a obrar la gracia del Señor en los hombres de la mejor manera que le plazca.

Observemos las implicaciones sobrenaturales del bautismo en las declaraciones apostólicas. De la carta de Pablo a los Colosenses leemos: “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuísteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos…/…Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, enttonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 2:12; 3:1-4). Es, pues, la fe la que nos introduce en el bautismo verdaderamente. Sepultados con Cristo en el bautismo, y resucitados con Él, mediante la fe en el poder de Dios. “Mediante la fe”; es decir, si de corazón creemos que Jesús es el Hijo de Dios, muerto por nuetros pecados, y nosotros con Él y en Él; y resucitado a la diestra de Dios, y nosotros en unión con Él y en Él. Como está escrito: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado; porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:9-13).

La fe establece, entonces, el vínculo con la realidad objetiva y sobrenatural de Dios y de la obra consumada de Cristo. Y tal invocación de fe conduce a la salvación y es testificada en el bautismo: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs. 22:16).

En la ceremonia bautismal es, pues, tal invocación en fe la que conecta el efecto de salvación con el acto externo. Sin embargo, tal invocación no acontece siempre solamente durante el acto, sino algunas veces antes. Lo normal sería que la persona, al creer, invoque el Nombre, bautizándose. Ejemplo: “Y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hchs. 18:8). Esto les salvó. ¿Qué? La obra de Cristo creída y apropiada por la fe que le invoca y obedece en el bautismo.

La ceremonia sola no salva sin fe; la fe sola sin la obra de Cristo no salvaría; la obra de Cristo, sin ser recibida por fe, no se hace efectiva. ¿De qué sirve una ceremonia sin fe? Al faltar la fe, entonces no se hace apropiación de la obra de Cristo. Es en virtud de la obra de Cristo, recibida por fe, que se opera la salvación. Por una parte, ¿qué haríamos con la sola fe, si Cristo no hubiera hecho Su obra? Pues sería mera fe en la fe, y no fe en Él y Su obra. Sería una fe en vano, sin una realidad expiatoria que la respalde. Por otra parte, ¿qué aprovecharía la real obra consumada de Cristo, si no la creemos y no la recibimos por la fe? No haría efecto en nosotros por causa de incredulidad. El Señor dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:16a). Entonces la salvación descansa en la realidad objetiva y sobrenatural de la persona y obra consumada de Cristo, creída y recibida por fe, la cual se apropia por invocación y confesión, y se testifica por el bautismo. Esto es lo normal. ¡Cuántos elementos hay aquí!. Primera y principalmente, sin lo cual lo demás no tiene valor alguno, la persona y obra de Jesucristo; porque depende de quien sea Jesucristo y qué hizo, para que la fe e invocación de la persona tengan la suficiente base para un efecto de salvación. Es necesario creer que Jesucristo es el Hijo del Dios Viviente, que salió del padre y vino al mundo, hecho carne, hecho hombre, para darnos a conocer al Padre mediante sí. Ésta es la persona. Y ésta es Su obra: la reconciliación, por medio de Su muerte en la cruz en nuestro lugar; el Justo por los injustos; resucitado y glorificado a la derecha del Padre en los cielos, presentado como ofrenda por nosotros, mediador e intercesor, abogado, Señor y Cristo, y cuya vida y naturaleza nos es impartida mediante el Espíritu Santo, mediante la fe, pues al creer, vivimos por Él. Como está escrito: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…/…Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Corintios 5:19,21).

Es la identificación con Cristo en Su muerte y resurrección, por la fe, la que se oculta tras el velo del bautismo. Es el bautismo en Cristo confesado por el bautismo en las aguas en Su nombre, la garantía de la salvación por Su promesa y las arras del Espíritu. Jesucristo es la puerta. Nos corresponde, pues, para testimonio de nuestra salvación, cruzar la puerta de la obediencia de la fe en Jesucristo. El juicio por desobediencia parcial, lo remitimos al Supremo Juez universal en el tribunal de Cristo. Por Su mandamiento, pues, enseñamos el bautismo en las aguas.

¿Qué hace en el creyente su bautismo en Cristo mediante la fe? Hablamos aquí del bautismo en Cristo, de la realidad de esta identificación sobrenatural por fe, con Cristo el Señor, del creyente. No nos referimos, pues, tan solo al velo ceremonial que bien pudiera ser hueco sin la identificación de fe. Lemos, entonces, de Pablo: “Porque todos los que habéis sido bautizadois en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:27,28). La primera parte de esta declaración apostólica tiene que ver con Cristo, la Cabeza; la segunda parte: “sois uno en Cristo”, tiene que ver con nuestra identificación en Él con Su cuerpo que es la Iglesia.

Examinemois la primera parte: “revestidos de Cristo”. La fe nos identifica con Cristo cuando lo recibimos. Al recibirlo, recibimos juntamente con Él el efecto de Su obra. Es decir, participamos de Él, de Su muerte, sepultura, resurrección, ascención y escondite en Dios. Si permanecemos en Él, cualquier cosa que viniere a nosotros, tiene que venir a encontrarse primeramente con Él antes de tocarnos a nosotros, pues estamos revestidos, por la fe, de Él. El pecado, la maldición y el mundo fueron crucificados en Su cruz; es decir, al morir Él como postrer Adam, y que también como segundo hombre es ahora nuestra vida, fuimos libertados. El pecado, la maldición, la corrupción y la muerte se desvanecen al chocar en nuestro espíritu y ser con Su resurrección. Satanás y sus ángeles, sus demonios, resultan abatidos y aplastados bajo nuestros pies, al encontrarse con la ascención y posición suprema de Cristo que nos ha unido a sí en el Espíritu, estando nosotros muertos, resucitados y ascendidos en lugares celestiales juntamente con Cristo, en nuestra unión espiritual de fe. Cristo, entonces, se convierte en la nueva experiencia de nuestra vida, si vivimos por Él mediante la fe. Entonces Su victoria es administrada continuamente a nosotros por el Espíritu de Dios, para que sea también nuestra victoria. Porque Él vive, nosotros también vivimos. “El que permanece en mi, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Juan 15:5).

Tal gloriosa identificación es la que se vela en el bautismo. Nos dice el apóstol Pablo: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo; a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruído, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:1-11).

También sostiene el apóstol Pablo en otras epístolas: “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor conque nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6). “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:1-4).  

Por estos pasajes anteriores se nos revela que la vida y obra de Cristo es impartida a nosotros  en todo Su poder, por medio de nuestra identificación con Él por la fe. Su vida, muerte, resurrección y ascención son nuestras, porque Él es nuestra vida; y cuando Él se manifieste, lo seremos también.

Por medio de Su muerte Cristo nos libera del cuerpo del pecado. Su sangre nos limpia de todo pecado, y Su cruz nos liverta del pecado mismo, pues ya no hemos de andar en la carne donde el pecado mora, sino en el Espíritu donde Cristo es nuestra realidad de victoria. Somos muertos a nosotros mismos en Él, y llevamos Su muerte y la cruz todos los días, unidos a Él por la fe; somos beneficiarios de la crucifixión, para libertad.  Su victoria de la Cruz es nuestra, pues Él está en nosotros al recibirle en fe. Si vivimos por Aquel que murió al pecado y por los pecados, la virtud de Su victoria nos es participada al creer. Asimismo, resultamos con Él resucitados y ascendidos, sentados con Él en lugares celestiales, sobre todo poder del diablo.

Entonces enfatizamos que si Jesús murió, resucitó y ascendió, al vivir nosotros en virtud de la vida del Hijo de Dios, Su paso por la muerte al pecado, nos libra, del pecado, por muerte; y del juicio, por cumplimiento en Él y ahora también en nosotros que estamos unidos a Él. Nuestra Nueva Vida ha resucitado ya levantándonos con todo Su poder, ascendida a lugares celestiales sobre todo poder del diablo, presentándonos en la misma presencia de Dios como nuevas creaturas, en Su vida perfecta y acepta, que mora en nosotros por la fe, injertado en nuestro espíritu, por el Espíritu santo, que toma lo de Él y nos lo administra a nosotros. Así tenemos vida eterna en Él, con Él y para Él, participando con Él en el seno de Su gloria, y de Su naturaleza y amor eternamente.

Dios se nos participó en Cristo, y la fe es el canal que le permite traducir Su realidad en nuestra experiencia. Somos llamados a esa íntima participación, bautizados incluso en Su muerte, para liberación. Éste es también un profundo privilegio: el conocerle en Su muerte. Cuando dos de Sus discípulos quisieron sentarse a Su diestra y a Su siniestra en el reino, Él les preguntó: “¿podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?.../…A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados” (Mateo 20:22,23).

San Pablo entendía esto cuando escribió: “…Ser hallado en él,…a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:10,11). “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Romanos 6:8). “Llevando en el cuerpo siempre la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2ª Corintios 4:10,11). “Porque, aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para vosotros” (2ª Corintios 13:4). Así, pues, de tan sublime manera llegamos a ser revestidos de Cristo al ser bautizados o sumergidos en Él.

También, de nuestra identificación con Él, resulta otra maravillosa identificación: la unidad del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. “Sois uno en Cristo” había declarado el apóstol. Si todos los creyentes en Cristo participamos del Padre por el Hijo, esta reconciliación nos funde en una unidad de amor en Él; porque la vida de cada miembro en el cuerpo es la misma de su compañero. La Iglesia, pues, es un vaso único que contiene la vida de Cristo. En virtud de esa vida somos unidos, nutridos, concertados y coordinados, llegando a ser coherederos de Cristo, y copartícipes de la plenitud de Dios por Jesucristo. Él había dicho: “Yo en ellos, y Tú en mi, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:23). Tal unidad es, pues, posible única y exclusivamente en virtud del Cristo compartido. Quien no participa primeramente de Cristo, no puede participar de tal unidad, ya que es el Espíritu de Cristo el que nos sumerge dentro de un solo cuerpo; como está escrito: “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1ª Corintios 12:13).

El individuo debe, pues, identificarse primero con Cristo, la cabeza, por el Espíritu; y entonces así se convierte en miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La puerta es Jesucristo mismo, y fuera de Él no hay otro acseso. “Por medio de él, los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre…/…miembros de la familia de Dios…/…siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:15-22). “Asiéndose de la cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Colosenses 2:19).

Cristo había declarado: “Yo en ellos…para que sean uno”; es decir, aparte de Él no puede haber reconciliación, pues Él mismo es nueestra reconciliación, Su vida. Es en Su cruz donde terminaron nuestras barreras, y es por Su Espíritu la entrada; es por Su virtud la unión y coordinación de todo el cuerpo. Primero Él, entonces lo demás. Hallamos entonces la razón de Su nombre como piedra fundamental. “Éste Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza de ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hchs. 4:12). Esa fue la declaración de san Pedro. Dios había declarado también que solamente recibiría adoración en el lugar que ël escogiera para poner allí Su nombre; y ese verdadero tabernáculo, esa verdadera casa es Jesucristo. Fue el Hijo Unigénito quien dio a conocer al Padre, viniendo en Su nombre, y poniéndolo de manifiesto. Jesús significa: Yahveh el Salvador. Jesucristo dio y da a conocer el nombre del Padre. El Espíritu santo viene en el nombre de Jesucristo. Dios en Cristo, y éste en la Iglesia por el Espíritu. Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres.

Considerando, pues, para el bautismo, este primordialísimo elemento: la realidad de la persona y obra de Jesucristo, añadimos que la fe de invocación necesaria para apropiarnos de la provisión de Dios en Él, debe ser una fe definida y exclusiva en ese Nombre, donde está contenida toda la plenitud de la Deidad: Jesucristo. Somos bautizados en éste Cristo específico por la fe. Jesús es el Cristo, Yahveh develado exclusivamente en Jesús. El Padre es visto en el Hijo. Fue sólo éste quien murió por nosotros y resucitó para nuestra justificación. Con Él es con quien somos identificados para muerte y resurrección en el bautismo. Por eso lo apóstoles bautizaron en Su nombre; para sepultura y resurrección con Él, identificados mediante la fe que le invoca específicamente, y que acude al Padre en Su nombre.

Jesús había ordenado: “…bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19b). Es decir, por una parte, de parte del Padre que envió al Hijo, y de parte del Hijo que envió al Espíritu Santo, y de parte del Espíritu Santo que habita en la Iglesia; por lo tanto habla de la autoridad de la Iglesia que bautiza. Por otra parte, también, los que son bautizados son sumergidos en el Padre por el Hijo, y en el Hijo por el Espíritu. Por eso los apóstoles obedecieron bautizando a los creyentes en el nombre de Jesucristo; pues Jesucristo vino en el nombre del Padre, y el Espíritu Santo vino en el nombre de Jesucristo. El Hijo es el lugar donde Dios escogió poner Su propio Nombre. Allí le encontraremos para adorarle. El nombre que fue puesto sobre el Hijo de Dios es Jesús: Yahveh el Salvador. Pedro les dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hchs.2:38). A los gentiles les fue dicho lo mismo en casa de Cornelio. “¿Puede acaso alguno impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo así como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hchs.10:48).  En Cristo no hay diferencia para el judío o el gentil. Los samaritanos también fueron bautizados por Felipe en el nombre de Jesús (Hchs.8:16). Pablo encontró en Efeso a unos discípulos ya bautizados por Juan el bautista, pero sin el Espíritu Santo; entonces los volvió a bautizar, pero ahora en el nombre del Señor Jesús (Hchs.19:5), y recibieron el Espíritu Santo. A Pablo mismo se le dijo: “¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs.22:16).
Todos los registros de las Sagradas Escrituras muestran que los apóstoles obedecieron el mandamiento del Señor usando Su nombre en el bautismo. Lo hacían de parte del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con Su autoridad, identificando a los creyentes con Dios mediante Cristo y el Espíritu, sepultándolos en la muerte de Cristo y sacándolos a resurrección; es decir, en Su nombre. Son dos aspectos complemetarios.

Deducimos también por las Escrituras que generalmente lo hicieron por inmersión, que es lo que significa bautismo, pues descendían para ser sepultados y subían del agua. Bautismo significa, pues, sumersión.
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Gino Iafrancesco V., 1978, Asunción, Paraguay.