"Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra".

(Salomón Jedidías ben David, Qohelet 11:1, 2).

viernes, 1 de julio de 2011

IV: EDIFICADA SOBRE LA ROCA

PARTE IV
 
"16Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Viviente... 17Bienaventurado eres..., porque no te lo
reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos..., 18y sobre esta roca
edificaré mi Iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella".
 
Mateo 16:16b,17b y d,18b


XXI
 
EL REINO DE LOS CIELOS
SE HA ACERCADO

Con los rudimentos precedentes de la doctrina de Cristo, vemos que se nos anuncia un Reino
para el cual se nos señala una puerta. Dios ha prometido, pues, un Reino. El plan eterno de
Dios ha sido una Economía donde Su Hijo amado tenga la preeminencia (Col. 1:18; Ef. 1:9-14;
Ro. 8:29; Mt. 22:2; 2 Pe. l:11; Ap. 19:16; 22:3-5). El Reino de los cielos que se acerca es, pues,
el anuncio del Evangelio; fue lo primero que Jesús comenzó a enseñar (Mt. 4:17; Mr. 1:14,15) y
acerca de lo cual enseñó claramente con parábolas (Mt. 5:3,10,19,20; 6:33; 7:21; 8:11; 9:35;
11:11; 12:28; 13:11,19, 24,31,33, 38,41,43, 44,45,47; 18:1,3,4,23; 19:14,23; 20:1,31; 22:2;
25:1,14; Mr. 4:11,26,30; 9:47; 10:14,15; 10:23-25; 12:34; 14:25; Lc. 4:43; 6:20; 7:28; 8:1,10;
9:11,62; 10:11; 11:20; 12:31,32; 13:18,20,28,29; 16:10; 17:20,21; 18:16,17, 24,25,29; 19:12,15;
21:31; 22:16,18,29,30; Jn. 3:3-5; 18:36; Hch. 1:3).
El Reino fue también lo que mandó a los suyos anunciar (Mt, 10:17; 24:14; Mr. 9:2,60) y fue lo
que sus apóstoles anunciaron (Hch. 8:12; 14:22; 19:8; 20:25; 28:23,31; Ro. 14:17; 1 Co. 4:20;
6:9,10; 15:24,50; Gá. 5:21; Ef. 5:5; Col. 1:13; 4:11; 1 Tes. 2:12 ; 2 Tes. 1:5; 2 Ti. 4:1,18; He. 1:8;
12:28; Stg. 2:5; 2 Pe. 1:11; Ap. 1:9; 11:15; 12:10).
Es conveniente seguir atentamente todas estas Escrituras que nos hablan de un Reino;
constituyen una hermosa panorámica dentro de la revelación. El Reino es, pues, el ambiente
normal de la Iglesia, al cual ingresa y dentro del cual se prepara para su establecimiento
definitivo con la segunda venida del Señor Jesucristo.
Ahora bien, ¿por qué se dice que tal Reino de los cielos se ha acercado? ¿por qué dijo del
Señor que el tiempo se ha cumplido y el Reino se ha acercado? Israel estaba familiarizado con
las profecías veterotestamentarias acerca del Reino; Israel esperaba el Reino del Mesías; los profetas habían hablado de él, e incluso, habían señalado los acontecimientos que precederían
a tan glorioso evento. David recibió la promesa de que de su simiente se sentaría el Mesías en
Su trono para siempre, puesto que de la simiente de Abraham serían benditas todas las familias
de la tierra; por lo cual Mateo se apresura a reconocer a Jesucristo como Hijo de David e Hijo de
Abraham (1:1) antes de comenzar aún a enumerar su genealogía.
Isaías (2:1-4; 4:2-6; 9:1-7; 11:1-16; 32:1-8; 33:2-24; 35:1-10; 40:1-11; 41:18-20; 42:1-17;
49:8-26; 51:1-23; 52:1-12; 54:1-17; 60:1-22; 61 y 62; 66:1-24).
Jeremías (23:5-8; 30:7-9; 33:15-17, 20-22,25,26).
Ezequiel (11:14-20; 16:59-63; 20:40-44; 36 y 37 ; 39:21-29; 47:13-23).
Daniel (2:44; 7:9,10,13, 14,18,22,26,27; 9:24; 12:1-3,12,13).
Joel (3:16-21), Amós (9:11-15), Abdías (1:17-21), Miqueas (4:1-13; 5:1-15), Sofonías
(3:8-20), Zacarías (9:9-17; 10:1-12; 12:1-14; 13:1,2; 14:1-21), Malaquías (4:2,3).
Todos éstos describieron las características de este Reino, y lo que sucedería cuando
estuviese cerca. De igual manera, los profetas hablaron del Mesías sufriente y de Sus
padecimientos necesarios antes de las posteriores glorias. Daniel, incluso, en su profecía
acerca de las 70 semanas, señaló el día de la visitación del Mesías, en cuya fecha exacta Jesús
entró en un burrito a Jerusalén; con razón decía: "El tiempo se ha cumplido"; por lo cual Pablo
escribía también a los Gálatas que Dios había enviado a Su Hijo venido en "el cumplimiento del
tiempo" (4:4). La serie de imperios anunciada a Daniel en sus visiones, llegaba a su fin:
Babilonia, Media y Persia, Grecia, y entonces Roma, la última bestia, bajo la cual murió el
Mesías y contra la cual se desbordarían los acontecimientos apocalípticos, de lo cual el apóstol
Pablo ya amonestaba, y bajo lo cual, nosotros hoy en día, nos hallamos inmersos, viendo el
desarrollo perfecto del cumplimiento profético a punto de parir el anunciado Reino de los cielos.
Así que verdaderamente el Reino de los cielos se ha acercado. La Iglesia ingresa en él y lo
anuncia, primero espiritualmente, y entonces, cuando Cristo regrese, ya pronto, quedará
establecido sin oposición alguna; primero, con el milenio, y entonces, para siempre en el Cielo
Nuevo y la Nueva Tierra, con la Nueva Jerusalén, el monte de Sion y el imperio eterno del
Mesías.

XXII
 
LA REGLA

Si bien Dios permitió que las cartas del apóstol Pablo tuviesen autoridad universal hoy, no
obstante, históricamente hablando, el apóstol se dirigía a personas individuales (Timoteo, Tito,
Filemón), o a iglesias locales (Romanos, Corintios, Efesios, Filipenses, Colosenses,
Tesalonicenses); y descontando a "Hebreos", tenemos sin embargo más ampliamente que la
carta a los gálatas iba dirigida ya no a una sola iglesia local, sino a varias dentro de aquella
región donde precisamente Pablo fue pionero con Bernabé: Galacia. El tema de la carta,
además, era nada menos que la regla del evangelio, dirigida a una amplia jurisdicción histórica,
y reconocida tal regla hoy como verdad universal.
En aquella carta Pablo comienza exponiendo su autoridad con la que abordaría el tema: era
apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, no de hombre ni por hombre; y había recibido de
Dios el evangelio por revelación, siendo especial comisionado de Dios para los gentiles; tenía el
respaldo de la diestra de compañerismo5 de los apóstoles columnas, Jacobo, Cefas y Juan,
quienes reconocieron la gracia que le fue dada sin añadirle nada nuevo; hablada, pues, con
autoridad divina. En su carta anatematiza, pues, todo otro supuesto "evangelio" que no sea el
que ellos han recibido de él; evangelio que a continuación expone en su carta, que termina
entonces así: "Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al
Israel de Dios" (Gá. 6:16); entonces, como quien ha dejado todo claro y establecido, añade que
de allí en adelante nadie le cause molestias.
----5Cfr. Gálatas 2:9----

La carta, pues, a los gálatas (que es corroborada por Romanos, 2 Corintios, y el resto del
Nuevo Testamento), es de una importancia vital y fundamental, pues establece "la regla", o sea,
según la palabra griega, "el canon" de lo que es el evangelio cristiano y apostólico, fuera de lo
cual, lo demás es anatema, aunque fuese presentado por un ángel del cielo (Gá. 1:8,9). No
podemos minimizar esto, sino que debemos atenderlo con suma devoción; y en cuanto a
"fundamentos", he aquí, pues, una consideración vital.
El meollo de la carta es la justificación por la fe, que también obra por el amor; el andar en el
Espíritu que se recibe de gracia por la fe en Cristo, y que produce un fruto contra el cual no hay
ley. La nueva creación es la clave aquí, en la que somos libertos de las pasiones de la carne y de
la esclavitud bajo la ley de los rudimentos del mundo. No nosotros, sino Cristo en nosotros. He
allí el evangelio.
La correcta exégesis, bajo la unción del Espíritu Santo, de la carta a los gálatas, es alimento
de primera magnitud para el establecimiento de la verdad. Entonces, la carta a los romanos,
retomando el mismo tema, profundiza la exposición. Nadie puede justificarse ante Dios
pretendiendo haber cumplido la ley, pues todos hemos pecado muchas veces en la debilidad de
la carne. La ley ha puesto de manifiesto nuestro pecado, pero no nos ha dado vida para poder
cumplirla, sino que nos ha condenado. Esta vida nos la ha regalado Dios por Jesucristo
mediante el Espíritu Santo prometido, que recibimos al creer en Cristo, quien al morir por
nosotros llevó también a la muerte la vieja creación caída, y por Su resurrección comenzó una
nueva creación que nos es donada gratuitamente en el Espíritu, si lo recibimos por fe. Tal fe da
lugar a Cristo en nuestra vida, el cual, ahora, por gracia, opera según el Espíritu produciendo el
fruto que es amor y todo lo demás, en lo que se cumple toda la ley y los profetas. No estamos,
pues, ahora bajo el régimen viejo de la letra de la ley, como exigiéndole a la carne que en su
atroz debilidad haga obras espirituales agradables a Dios; ¡no! sino que más bien estamos bajo
la gracia, bebiendo por la fe del Espíritu de Cristo, y obteniendo por la confianza en Él, el don de
la justicia; justicia gracias a la satisfacción del sacrificio de Cristo; gracias a la operación del
Espíritu Santo recibido por una fe viva que obra por el amor. Este don de la justicia es, pues,
fundamento de salvación, ya que somos salvos no solamente por Su muerte sino también por
Su vida. ¡Cristo en nosotros, la esperanza de gloria!

XXIII
 
SOBRE ESTA ROCA

A esta altura de nuestro esquema, quepa ya el momento de volver a considerar aquel
importante pasaje de Mateo 16:13-20, donde el Señor mismo revela sobre qué Roca iba a
edificar su Iglesia. Tratándose nuestro estudio acerca de "los fundamentos", conviene ahora,
después de lo ya expuesto, considerar el importante pasaje de la roca.
En Cesarea de Filipo, Jesús introdujo entre sus discípulos una solemne conversación acerca
de Sí mismo; el tema era sobre Su identidad. Jesús deseaba a propósito que se manifestase el
punto hasta el cual los suyos y los hombres habían logrado identificarle. Su identificación, el
conocimiento de Él, era el contexto preparado adrede por Jesús, pues estaba a punto de hacer
una de las declaraciones más trascendentales para la Iglesia: acerca de la Roca sobre la que Él
iba a edificarla.
Entonces Simón bar-Jonás, ante la pregunta de Jesús acerca de quien decían los hombres y
ellos que era Él, respondió solemne y acertadamente: "16Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente"; a lo cual Jesús le respondió: "17Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no
te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18Y yo también te digo, que tú
eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán
contra ella". Las puertas del Hades no prevalecerían, pues, sobre la Iglesia de Cristo fundada
sobre la Roca. ¿Cuál Roca?
Cuando Simón bar-Jonás identificó y confesó a Jesús de Nazareth como el Cristo, el Hijo de
Dios, el Señor le llamó bienaventurado por esta razón; llamándole ahora a Simón, en arameo,
Cefas; es decir, piedra, Pedro, en griego. Simón bar-Jonás fue convertido en Pedro, un hombre
común convertido en "piedra", cuando gracias a la revelación divina pudo conocer a Jesús como
el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Esto le hizo bienaventurado. Entonces Jesús añadió: "sobre
esta roca edificaré mi iglesia".
El Señor no le dijo a Pedro: "sobre ti edificaré mi Iglesia", sino que dijo: "sobre esta roca". Usó
con Pedro la segunda persona, "tú", pero ahora, hablándole a él, usa la tercera: ésta roca,
refiriéndose a aquella sobre la que edificaría. No habló, pues, precisamente de Pedro, sino de
aquello que acababa de declarar a Pedro, a saber: "Bienaventurado... porque no te lo reveló
carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. ¡Esa es, pues, la Roca! El Hijo del Dios
viviente confesado por directa revelación divina; Jesús reconocido espiritualmente como el
Cristo, Hijo del Dios viviente. Tal revelación de Cristo confesada, hace bienaventurada piedra
viva para ser edificada en Él, a quien la reciba directamente de Dios; pues ¿qué puede
prevalecer contra aquello que Dios mismo ha establecido? Dios nos establece revelándonos a
Su Hijo para que le confesemos. "No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los
cielos", pues también: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre" (Mt. 3:27), y ninguno puede venir al
Hijo para ser salvo y edificado, si el Padre que envió a Cristo, no lo trajese (Jn. 6:44,45, 65).
Debe, pues, sernos dado directamente del Padre el conocer a Cristo; conociendo al cual,
conocemos al único Dios; conocimiento tal que es la vida eterna (Jn. 17:3). Cristo siéndonos
revelado directamente del Padre y confesado con la boca desde el corazón, ¡es la Roca sobre la
que el Señor edifica a Su Iglesia! Su Persona (Jesús, Hijo de Dios), Su obra y Su doctrina (la del
Cristo) deben sernos enseñadas directamente de Dios para que podamos ser edificados. Sin tal
conocimiento espiritual del Señor Jesucristo es imposible el nuevo nacimiento, el crecimiento y
la madurez cristianos. Tan sólo participando de tan bienaventurada revelación divina somos
asentados sobre la realidad del Reino de los cielos.
Todo lo que no plantó el Padre celestial será desarraigado (Mt. 15:13), pero "arraigados y
sobreedificados'' en Jesucristo, andaremos y seremos confirmados en Él (Col. 2:7). En Cristo
somos, pues, sobreedificados. A éstos, el mismo apóstol Pedro también llama "piedras vivas" de
la casa espiritual de Dios (1 Pe. 2:4,5). Somos hechos "piedras vivas" para ser sobreedificados
en Cristo, de la misma manera como fue hecho "piedra" Simón bar-Jonás: concediéndosenos
confesar al Hijo revelado. Nadie puede llamar a Jesús "Señor" sino por el Espíritu Santo, mas
quien creyendo lo confiese invocándole, será salvo (1 Co.12:3; Ro. 10:9).
Tal revelación del Hijo que Pedro confesó, le abrió las puertas del Reino de los cielos; por eso
Jesús le dijo: "19Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que atares sobre la tierra habrá
sido atado en el cielo; y lo que desatares en la tierra habrá sido desatado en los cielos”. En el
texto griego, el enfático y exclusivista “y a ti daré las llaves...", no aparece; sino que simplemente
dice: "doso soi" [δώσω σoι] (dare-te), o sea, apenas: "te daré las llaves". Tampoco en el texto
griego aparece el futuro perfecto "será atado" o “será desatado" en los cielos, sino que dice:
"estai dedeménon" [εσται δεδεμέvov] (habrá sido atado), lo mismo que dice: "estai leleménon"
[εσται λελυμέvov] (habrá sido desatado); es decir, que el cielo habrá atado o desatado aquello
que revele para hacerse así en la tierra. Esta aseveración a Pedro por parte de Jesús, fue
también hecha a la Iglesia por el Señor según Mateo 18:18; no es, pues, exclusiva de Pedro. La
iglesia local debe, pues, operar según le haya sido revelado del cielo, atando y desatando en la
tierra lo que ya "estai dedeménon" (habrá sido atado), o lo que "estai leleménon" (habrá sido
desatado) en el cielo. Vemos, pues, así a la iglesia, y a cada miembro suyo en particular,
operando bajo la directa gobernación de la cabeza celestial. Por eso es tan imprescindible la
bendita y bienaventurada revelación del Hijo. Dios habla en los postreros días por el Hijo (He.
l:1,2). Las riendas de la Iglesia siguen, pues, tan sólo en las manos de Aquel que está sentado a
la diestra del Padre esperando que todos sus enemigos le sean puestos por estrado de sus pies.
La autoridad radica, pues, en la revelación divina por parte del Padre de la cabeza única del
cuerpo, Cristo Jesús. Cristo reina en el reino de la verdad, sin la violencia de la espada, como
enseñó a Pilato (Jn. 18:36,37), y los que son de la verdad oyen Su voz (1 Jn. 4:6). "A él oíd"
ordenó el Padre (Mt. 17:5). La espada la tiene el Estado para los transgresores, y estará en la
boca de Cristo en su segunda venida.
Desde la gloria el Señor mismo constituye apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y
maestros, revelándose a ellos para que puedan ministrarle espiritualmente al pueblo como
ministros competentes del pacto del Espíritu (Ef. 4:10-16; 2 Co. 3:2-12; 3:17,18; 4:1-6).
El diablo entretanto ha sembrado la cizaña, la cual junto con el trigo debe crecer hasta el día
de la siega (Mt. 13:24-30, 36-43). No obstante, toda planta no plantada por el Padre será
desarraigada en su hora; mientras tanto se nos enseña a hacer el reconocimiento por los frutos
(Mt. 7:15-20); conocimiento según el Espíritu (2 Co. 5:16). El que no haya nacido, pues, del agua
y del Espíritu, regenerado por un nuevo nacimiento, no podrá ver el Reino de Dios ni entrar a él
(Jn. 3:3,5), pues el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios que no puede
entender, pues es preciso discernirlas espiritualmente (1 Co. 2:10-16). El nuevo nacimiento
acontece cuando recibimos al Hijo y confesamos la revelación del Hijo identificándonos con
Él, que ha de formarse en nosotros de gloria en gloria hasta el pleno conocimiento de Dios en la
estatura de Cristo. Tan sólo el Espíritu vivifica (Jn. 6:63), y el fortalecimiento espiritual del
hombre nuevo interior que es el único que rinde frutos eficaces para Dios, deber ser la prioridad,
y es lo verdaderamente valioso. Todo lo demás, lo que haya nacido de la carne y que haya sido
operado en virtudes meramente naturales, es reprobado, ya que no soporta la prueba del fuego,
y por lo tanto no puede formar parte del edificio o casa espiritual de Dios (Jn. 3:6; 1 Co. 3:11-15;
15:50; Ef. 2:18-22; 1 Pe. 2:5). La Iglesia es columna de una verdad que es realidad espiritual
evidente por sus frutos, lo cual tan sólo brota de la suministración del Espíritu por la revelación
divina del Hijo. Sobre esta Roca edifica, pues, Cristo a Su Iglesia, de manera que las puertas del
Hades son neutralizadas y derrotadas por la virtud del Cristo resucitado que vive en cada
miembro de Su cuerpo místico iluminándolo y fortaleciéndolo.
El verdadero magisterio es, pues, tan sólo aquel que ministra de, en y por el Espíritu Santo y
para la gloria de Dios, pues la competencia del ministerio consiste en la ministración eficaz de
vida por el Espíritu (2 Co. 3), lo cual es, pues, lo único que, como decíamos, rinde evidentes
frutos eficaces para Dios, reconciliándole efectivamente todas las cosas, en la realidad, y no
meramente en huecas apariencias. Se nos exhorta, pues, a guardarnos de los lobos vestidos de
ovejas, personas que apenas tienen apariencia de piedad, pero cuya eficacia les es extraña,
pues que en su interior apenas hay rapacidad. Esta rapacidad se manifiesta en el negocio de la
religión organizada carnalmente, que se ornamenta exteriormente y se autoexalta con títulos
altisonantes, como pretexto para su avaricia y vanagloria. Se nos exhorta, pues, a seguir la fe, la
paz, la santidad, la justicia y el amor, con los de corazón limpio que invocan al Señor, conocidos
por sus frutos (Mt. 7:15-20; 23:1-36; 2 Ti. 3:1-9; 2:22).
"Conoce el Señor a los que son suyos; y: apártese de iniquidad todo aquel que invoca el
nombre de Cristo" (2 Ti. 2:19); he allí el sello que auténtica el firme fundamento de Dios; para esto, verdaderamente "nihil obstat".

XXIV
 
EL SELLO DEL FIRME
FUNDAMENTO DE DIOS

Un sello es la señal o marca que autentica oficialmente un reconocimiento o una aprobación.
Cuando algo no es reconocido o aprobado, entonces carece del sello oficial de autenticación,
con lo cual se declara falto o insuficiente, falso o espúreo, peligroso y reprobado todo aquello
que no haya recibido el sello. Los hombres, pues, pretenden hacer descansar el edificio de su
salvación en diversos tipos de fundamentos, sean estos personas, experiencias, opiniones,
métodos, formas, ritos, prácticas, asociaciones, organizaciones, etc.; sin embargo, el único
fundamento que realmente es declarado firme de parte de Dios, es Jesucristo (1 Co. 3:11); de
manera que quienes auténticamente se hallan arraigados y sobreedificados en Él cual sobre
roca fundamental, poseen entonces el sello de autenticación que reconoce y aprueba su
fundamentación. Tal sello es el que citamos en al apartado anterior: "Pero el fundamento de
Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de
iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo'' (2 Ti. 2:19).
El sello tiene, pues, dos caras: "conocidos de Dios", una; y "santidad de vida en los que
invocan a Cristo", otra. Por la parte de Dios, el Señor conoce a los que le pertenecen, a los que
conforme a Su propósito son llamados. Y a éstos que antes conoció, también predestinó, llamó,
justificó y glorificó en Cristo Jesús (Ro. 8:28-30). A su vez, éstos mismos, por la parte del
hombre, son los que aman a Dios guardando sus mandamientos al vivir en Cristo. Los inicuos no
son, pues, reconocidos de Dios. Jesús dijo:
"21No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace
la voluntad de mi Padre que está en los cielos. 22Muchos me dirán en aquel día: Señor,
Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu
nombre hicimos muchos milagros? 23Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos
de mí, hacedores de maldad" (Mt. 7:21-23).
Así que la fe verdaderamente viva se muestra en sus obras de amor (Stg. 2:14-26; Gá. 5:6);
así como la circuncisión sirvió a Abraham como señal de su pacto con Dios, así también, la
circuncisión espiritual de corazón certifica nuestra alianza cristiana con el Señor; el corte de "la
carne" y el despojamiento del viejo hombre, hacen públicamente manifiesto en nuestras vidas
que estamos viviendo íntimamente unidos a Cristo. Así que todo aquel que invoca para
salvación a Cristo y se confía verdaderamente en Él, exhibirá espontáneamente un amor a Dios
y a los hombres, que es fruto evidente de su arraigo y fundamentación en Cristo.
La iniquidad es, pues, incompatible con la fuente sustentatriz divina, y por lo tanto no es
reconocida por Dios; atribúyese, pues, la iniquidad a un falso fundamento. Nadie puede
sostenerse en tal arena movediza. El hacer lo que Cristo manda es lo que demuestra la Roca
sobre la que estamos fundados.
Los que aman a Dios y en verdad le siguen, son los mismos a quienes Dios reconoce; Dios
acepta a quienes se hallen verdaderamente en el Amado (Ef. 1:6); éstos mismos son Sus
conocidos que viven por Su gracia, de la cual extraen frutos de santidad que apartan de la
iniquidad. No será reconocida, pues, aquella virgen fatua que pretendiendo esperar a Cristo
apenas duerme y sueña estando desprovista, en su vasija que es el alma, del aceite de Su
Espíritu (Mt. 25:12). Quien no tenga el Espíritu de Cristo, no es de Él (Ro. 8:9); y quien
teniéndolo en su espíritu, lo contrista y lo paga, no andando en Él, verá afectada su recompensa,
y no será reconocido para el milenial reino de los cielos.

V: LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

PARTE V
"3Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo del la paz; 4un cuerpo, y un
Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación;
5un Señor, una fe, un bautismo, 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por
todos, y en todos".
Efesios 4:3-6.

XXV
LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

"Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Ef. 4:3). "Porque por un
sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o
libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu" (1 Co. 12:13; comparar con Gálatas
3:28; Col. 3:10,11). A todos, pues, los que hemos recibido a Cristo se nos suministra del mismo
Espíritu Santo, con lo cual se establece la base de la comunión. Se nos exhorta entonces a
guardar la unidad del Espíritu. Dice "guardar" puesto que la unidad del Espíritu es ya un hecho
dado. Todos los que personalmente, por la fe en Cristo, bebemos del Espíritu dado, somos
introducidos mediante Él en una comunión espiritual que se constituye en el terreno de una
única casa espiritual de Dios, que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Es el Espíritu el que nos
introduce en el Cuerpo; por lo tanto, sin ese Espíritu se está fuera del Cuerpo; mas al beber del
Espíritu, Éste nos comunica en Sí con el resto de todos los suyos.
El terreno básico del compañerismo cristiano es esta comunión del Espíritu que se efectúa en
siete aspectos complementarios: Un Espíritu, un Cuerpo, una misma esperanza, un Señor,
una fe, un bautismo, un Dios y Padre (Cfr. Ef. 4:4-6). Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es
de Él (Ro. 8:9), pero quien ha recibido a Cristo, tiene Su Espíritu morando dentro, y por lo tanto
participa del mismo Padre, sumergido en la misma identificación con Cristo, por la misma fe
básica y fundamental con la que se somete al mismo Señor, teniendo la misma vocación o
llamamiento, dentro del mismo Cuerpo. Por lo tanto, a todos los que estamos sobre esta misma
base se nos exhorta a "guardar" el hecho divino de la unidad del Espíritu. Es una comunión
espiritual que nosotros mismos no fabricamos, sino que de hecho existe, pero que si no
guardamos con solicitud, entonces perdemos parte de sus beneficios y colocamos estorbos al
plan divino.
Dios se ha propuesto reconciliar todas las cosas en Cristo (Ef. 1:10), por lo cual ha crucificado en Su cruz todo lo perteneciente a la carne y a la vieja creación, comenzando con la resurrección
del Hijo, una nueva creación reconciliada y en armonía perfecta con Dios y consigo misma, lo
cual nos es suministrado primeramente por la virtud del Espíritu Divino que toma lo del Padre y
el Hijo y nos lo participa (Jn. 16:15); de manera que en el Espíritu residen todos los valores de la
reconciliación perfecta, siendo el mismo Espíritu el amor personal del Padre y el Hijo. De modo
que quien tiene al Espíritu tiene al Hijo, y quien tiene al Hijo tiene al Padre, y esta naturaleza
divina que es puro amor es un hecho participado a cada renacido en Cristo; por lo cual se nos
exhorta, no a producir, sino a guardar con solicitud tal unidad del Espíritu.
De manera que la comunión cristiana está delimitada simplemente por la participación o no
con el Espíritu de Cristo. Debemos recibir a quien Cristo ha recibido, sobre la única base de la
común participación con el Espíritu de Cristo. Erigir carnalmente otros muros o requisitos es
levantar estorbos y defensas contra el propósito divino de reconciliación. Existen enemistades
en la carne que se han levantado para demarcar dentro del compañerismo cristiano un laberinto
de limitaciones, con exclusiones injustas, y con inclusiones ilegítimas. Todo esto se ha hecho
por no mantenerse en el terreno básico de la unidad del Espíritu. Solamente esta comunión del
Espíritu logra reunir en reconciliación a todos los hijos de Dios; por lo tanto, es escrituralmente
reprochable cualquier unificación basada en criterios carnales tales como raza, nacionalidad,
sexo, liderazgos, clase social, operaciones, dones, ministerios, sectas, etc. La base de la
comunión cristiana es únicamente la unidad del Espíritu evidenciada en la común participación
de un mismo cuerpo, Espíritu, esperanza, Señor, fe, bautismo y Dios Padre. Toda otra
delimitación queda prohibida. No podemos asociarnos en base a la raza fabricando sectarias
fraternidades negras, o blancas, o asiáticas, o indígenas, y pretendiendo para ellas la suficiencia
de "iglesia". ¡No! sino que todos, indígenas, asiáticos, blancos y negros, etc., judíos y gentiles,
todos somos uno si estamos en Cristo Jesús, y somos ya de hecho partícipes de la
comunión del Espíritu; por lo cual no debemos separarnos, sino guardar y manifestar la unidad
del Espíritu viviendo el Amor Divino de la reconciliación.
Tampoco podemos agrupamos por nacionalidades pretendiendo hacer supuestas "iglesias"
macá, o coreanas, o alemanas, o rusas, etc. ¡No! sino que todo lo que heredamos en Adán ha
sido crucificado con Cristo, y en Su resurrección ha surgido para nosotros una misma vida
por cuyo Espíritu somos todos los que vivimos por ella, uno; sin tener en cuenta la nacionalidad.
Los supuestos valores carnales del nacionalismo son infinitamente superados por los auténticos
y eternos valores cristianos de la comunión universal de los copartícipes con el Espíritu de
Cristo. La vida en el poder del Espíritu supera las rivalidades y orgullos nacionalistas y disipa las
enemistades. La comunión en el Espíritu nos obliga, pues, a recibirnos en Cristo plenamente
reconciliados.
De igual manera acontece en el ámbito de las diferencias de clase social y sexo. En Cristo no
hay varón ni mujer, siervo ni libre,6 sino que es el mismo Cristo viviendo por el mismo Espíritu y
operando en todos, hombres y mujeres, ricos y pobres, cultos e incultos, patrones y empleados,
reconciliando por la virtud de la comunión del Espíritu, a todos en la verdad, el amor y la justicia.
Asociarse con los humildes es, pues, lo normal para los ricos genuinamente cristianos. Trabajar
como para Cristo junto a sus patrones, es lo normal de los proletarios cristianos. Amarse y
encontrarse como hermanos, viendo cada uno por los intereses también del otro, es lo normal
de los contratos cristianos. Un nivel diferente no es aún verdaderamente cristiano.
Esta inefable alianza cristiana sólo se debe a la comunión del Espíritu, lo cual es un hecho
divino provisto ya en Cristo Jesús por el Espíritu; por lo tanto, con solicitud, y vinculados en la
paz de Cristo, debemos guardar tal unidad del Espíritu, extrayendo de Su virtud, el vigor de
nuestra reconciliación, y la realización consumada de ésta. Es, pues, imprescindible andar en el
Espíritu de Cristo para ser beneficiarios experimentados de la unidad del Espíritu.
---6Cfr. Colosenses 3:11---

En la Iglesia, tampoco podemos girar alrededor de líderes o ministerios. No podemos hacer a
Cefas el centro y la razón de nuestra comunión; tampoco a Pablo, ni tampoco a Apolo, ni
tampoco a nuestra independencia (1 Co. l:11-13; 3:3-8). Los nuestros son todos los de Cristo, y
no apenas los de Cefas. Cefas es nuestro y nosotros de Cefas en todo lo que compartimos de
Cristo. No más allá del Espíritu de Cristo, ni más acá, no podemos establecer límites de
comunión. La comunión se debe solamente a la unidad del Espíritu, y Éste ya mora en los que
Cristo ha recibido. Cristo ha recibido a quienes le han recibido a Él. Debemos recibir de Cristo a
todos sus miembros, y no hacer diferencia entre ellos por causa de líderes, ministerios,
operaciones, dones, funciones y actividades. No podemos, pues, tampoco girar alrededor de
misiones, u organizaciones, o denominaciones, o sectas, por más extensas que estas sean;
nunca igualarán al Cuerpo de Cristo, y por lo tanto las limitaciones que imponen son
inconvenientes. Debemos guardar la unidad del Espíritu dentro de un sólo Cuerpo valorándola
más que nuestras afinidades naturales y más que toda asociación que cierre su círculo en base
a requisitos ilegítimos de liderazgos, misiones, estatutos, etc. Solamente la completa y perfecta
comunión del Espíritu, cuya unidad es ya un hecho que guardar, está en sintonía con los planes
del propósito divino; no debemos, pues, enaltecer nuestras divisiones, sectarias y carnales, por
encima y en contra de la reconciliación divina de todos sus hijos dentro de un solo cuerpo.

XXVI

UN CUERPO

La Iglesia universal que es el Cuerpo de Cristo, puesto que Cristo no está dividido, es, pues,
una sola, de la que forman parte todos los hijos de Dios. No hay un sólo hijo de Dios que esté
fuera de Su Cuerpo, puesto que para ser hijo de Dios debe participar de la vida de Cristo, lo cual
se hace recibiéndole por fe. Si participa un hijo de Dios de la vida de Cristo, entonces es un
miembro de Su Cuerpo. Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él; y por el hecho de no
participar de Cristo, entonces ningún no-regenerado ajeno a la vida de Dios puede participar de
Su Cuerpo que está formado por tan sólo miembros de Cristo. El Cuerpo de Cristo está, pues,
formado por todos sus miembros, que son todas aquellas personas donde Cristo mora. Siendo,
pues, Cristo uno solo, Su Cuerpo es también uno solo; como está escrito: "Un cuerpo" (Ef. 4:4).
"Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de
los otros" (Ro. 12:5).
"12Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros
del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13Porque por un solo
Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo..." (l Co. 12;12,13), "16Mediante la cruz
reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. 21...un templo
santo en el Señor" (Ef. 2:16,21).
"La paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en
un solo cuerpo..." (Col. 3:15).
Este cuerpo único de Cristo formado de la suma de todos sus hijos en toda época y lugar, es la
Iglesia universal; y a ella pertenece por derecho propio y sin necesidad de otro "ingreso", toda
persona que se haya identificado con Cristo Jesús, siendo efectivamente renacida por la virtud
del Espíritu suyo. Una vez que Cristo haya recibido a una persona, esa persona queda incorporada a Él, y Cristo mora en ella haciéndole miembro Suyo. Todos Sus miembros, sin
faltar ni sobrar ninguno, formamos Su cuerpo, y somos de hecho y por derecho la Iglesia
universal.
Este cuerpo tiene una sola Cabeza y una sola Vida: Cristo Jesús. La autoridad dentro del
Cuerpo radica, pues, exclusivamente en la Cabeza, Cristo Jesús, y opera exclusivamente por
Su Espíritu, moviéndose a través de todos los miembros y delegando a cada cual un servicio en
el Espíritu. Este servicio en el Espíritu es una manifestación espiritual evidente por sí misma,
constituida directamente por la Cabeza y reconocida en la comunión del Espíritu por los
miembros del Cuerpo sujetos a la misma Cabeza.
Cada carisma tiene, pues, su propia autoridad delegada, la cual se mantiene viva una vez que
esté sostenida por el suministro del Espíritu y la autoridad de la Cabeza. Cristo no sólo dona
carismas, sino que además delega responsabilidades. Carisma y responsabilidad, aunque no
son lo mismo, están íntimamente relacionados, pues de cada talento debe rendirse cuentas. Sin
embargo, carisma y responsabilidad son diferentes; la autoridad del carisma es moral; en
cambio la autoridad del comisionado a una responsabilidad es además oficial. Cuando Cristo, la
Cabeza, encomienda una responsabilidad, obviamente otorga también el carisma necesario
para sobrellevarla. La encomienda es delegada con una autoridad oficial ungida con el carisma
de autoridad moral. Veamos un ejemplo para entender la diferencia entre autoridad oficial y
autoridad moral; las dos delegadas directamente de Dios: En la familia, el padre es el primer
responsable de su marcha, por lo cual se le debe sujeción; su autoridad es oficial. Si ese padre
vive sujeto a Cristo, posee además autoridad moral; pero si no, de todas maneras es el
responsable de su familia, por lo que dará cuentas; y por lo tanto sigue siendo suya la autoridad
oficial, aunque moralmente se haya deslizado de su dignidad. Y ya que fue Dios quien otorgó
esa autoridad oficial, por lo tanto merece respeto.
En el cuerpo de Cristo la Cabeza delega Su autoridad a quien quiere; a cada miembro una
jurisdicción; y ante Su tribunal se rendirá cuentas. La autoridad oficial en la obra del Señor la
tienen los apóstoles, y dentro de la iglesia local el presbiterio de ancianos, quienes son los
obispos de la ciudad. Autoridad moral tiene todo miembro sujeto a la Cabeza, pero los
comisionados tienen una responsabilidad especial por causa del encargo. Cualquier carpintero
puede hacer una mesa (autoridad moral), pero el responsable es aquel a quien se le contrató
para hacerla (autoridad oficial). El cuerpo está, pues, sujeto a Su Cabeza sometiéndose a Su
autoridad por el Espíritu Santo. Debemos, pues, someternos a la autoridad del Espíritu, que
delega autoridad moral y oficial en Sus miembros.
Aunque la Cabeza delega autoridad, no por eso se desliga del Cuerpo, sino que en sus manos
permanecen las riendas, y con cada miembro hay un contacto vivo; con la oración se apela a la
justicia de la Cabeza.
La cabeza es el único Coordinador suficiente de todos los miembros; y ya que Cristo es el
Coordinador (Ef. 2:21), no podemos encerrarnos en círculos denominacionales, sectarios o
estrictamente misionales, sino que debemos estar abiertos a la comunión con todos los
hermanos, permitiéndole a la Cabeza asociarnos, dirigirnos y complementarnos. Recordemos
que Cristo es nuestra paz, y que en Sí mismo ha hecho de muchos: Un solo y nuevo hombre.
Solo, porque Cristo es único; y nuevo, porque proviene de la virtud de la resurrección; un solo y
nuevo hombre: el Cuerpo de Cristo (Ef. 2:15,16).
No importa cuán multiforme aparezca la gracia, el Cuerpo es uno; no importa cuánta
diversidad haya entre funciones y actividades, ministerios, dones y operaciones, Dios es uno, el
Señor es uno, el Espíritu es uno, y entonces el Cuerpo es también uno. Nuestro deber es recibir
a todos los que Cristo ha recibido, de la misma manera como Él nos recibió a nosotros (Ro.
15:7). Somos aceptos en el Amado por las infinitas riquezas de Su gracia derramada en Cristo
para todos sin distinción.

XXVII

UN ESPÍRITU

Como ya vimos en el apartado XXV (La unidad del Espíritu), la comunión de los miembros del
Cuerpo de Cristo se debe fundamentalmente a la unidad del Espíritu, uno sólo, pues, es el
Espíritu el que debe operar en el Cuerpo: el Espíritu de Cristo. Con esto queremos señalar que
quedan completamente reprobadas todas las acciones que procedan de otra fuente distinta al
Espíritu Santo. Lo que es nacido de la carne es carne, lo cual para nada aprovecha, pues no
puede heredar el Reino (Jn. 3:6; 6:63; 1 Co. 15:50). Es recibida toda persona que tenga el
Espíritu de Cristo; y de tal persona se recibe toda acción nacida en el Espíritu. Y puesto que
existen otros espíritus que operan error, se hace necesario probar los espíritus, examinarlo todo
y retener lo bueno (1 Jn. 4:2; 1 Tes. 5:21). El Espíritu Santo se caracteriza por su confesión de
Cristo (1 Jn. 4:2,3), y por Su fruto (Gá. 5:22,23), pues el espíritu de la profecía es el testimonio de
Jesús (Ap. 19:10).
Esto no significa que una persona que posea el Espíritu de Cristo nunca vaya a cometer una
falta o error, pues la persona sigue siendo libre y es su deber someterse voluntariamente al
Espíritu Santo sin contristarlo, lo cual no siempre acontece. Pero sí significa que, aunque la
persona tenga el Espíritu de Cristo y sea miembro de Su Cuerpo, no por eso serán aprobadas
sus acciones nacidas de la carne y por la instigación tramposa de otros espíritus. Pablo escribía
a los gálatas:
"1¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante
cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? 2Esto
solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con
fe? 3¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzando por el Espíritu, ahora vais a acabar por la
carne?” (Gá. 3:1-3).
Vemos que aunque los gálatas habían recibido el Espíritu Santo que podía guiarlos a toda la
verdad, erraban en su niñez espiritual por no sujetarse a Él, sino más bien seguir obrando en la
carne. Tales gálatas eran aceptados como hermanos, ya que poseían el Espíritu de Cristo, pero
no eran aceptadas sus acciones en la came ni sus doctrinas fascinadas por error. Un concilio de
numerosas personas no representa en sí ninguna garantía si no está sujeto al Espíritu Santo. Es
muy posible, y sucedió varias veces en la historia, que sus conclusiones fueron apenas el
consenso mayoritario de una democracia carnal, o el eco sobornado y amedrentado de
poderosos intereses personales. No es la voz de la carnalidad de la mayoría la que gobierna en
el Cuerpo de Cristo, sino, siempre, Su Cabeza, Cristo Jesús, operando por medio del Espíritu
Santo que evidencia Su verdad, santidad, amor, poder, dominio propio, gloria, etc.
Reconocemos, pues, tan sólo a un Espíritu, el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo
(Mt.10:20; Jn. 15:26; Gá. 4:6), Espíritu de Cristo. Éste mora en todo el Cuerpo y se manifiesta a
través de cualquier miembro de Cristo que, dándole lugar, se someta a Él.
Además, el Espíritu Santo inspiró las Sagradas Escrituras y habla siempre en plena
concordancia con estas mismas Escrituras que Él mismo inspiró. Atendemos, pues, a la
naturaleza del Espíritu por su fruto, por su concordancia con la verdad de las Sagradas
Escrituras, y por el consenso de los miembros de Cristo sujetos al Espíritu. Este triple testimonio
concuerda, ya que es evidencia y fruto de la unidad del Espíritu. El Espíritu Santo es el Vicario
de Cristo que opera en Su nombre llevando adelante los intereses del Reino de Dios. Tal Reino
no es ahora de este mundo, y por lo tanto no se impone por la espada, ya que opera en el ámbito
de la verdad acatada en los corazones que están por ella, según lo testificó el Señor Jesús a
Pilato (Jn. 18:36,37). Para lo demás está el Estado. El que es de Dios, oye a los apóstoles de
Cristo cuya doctrina está en las Escrituras; capta además el Espíritu y penetra el evangelio
gracias a la iluminación de la revelación divina. El espíritu de error se conoce porque no oye a
los apóstoles de Cristo que hablan en perfecta armonía con las Sagradas Escrituras; además,
tampoco percibe la luz del evangelio, y su confesión del Cristo adolece de error y falta de
revelación (1 Jn. 4:1-6).
Un hijo de Dios puede errar, pero al ser corregido en el Espíritu Santo y con la verdad
apostólica escritural, reconocerá la voz de Dios, y seguirá al Buen Pastor, Cristo Jesús. Nadie lo
arrebatará de las manos del Padre y el Hijo, que operan a través del Espíritu Santo, ante cuya
obra de iluminación y revelación no puede prevalecer el Hades. Todos, pues, los que son
guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios (Ro. 8:14), y es una promesa que todos Sus
hijos serán enseñados por Jehová (Jn. 6:45; Is. 54:13). La unción del Espíritu Santo cumple la
promesa. El Nuevo Pacto con la Simiente de Abraham es nuestro en Cristo. Desde que
estamos, pues, en Cristo, a nadie conocemos según la carne (2 Co. 5:16). Todos los
participantes de este mismo Espíritu tenemos por Él entrada al Padre, y somos miembros de la
misma familia de Dios, conciudadanos de los santos. Somos, pues, hermanos, no importa los
medios o instrumentos usados por Dios para nuestra conversión y para hacer posible nuestra
regeneración en Cristo. Es este único Espíritu de Cristo el que compartido nos hermana; no es el
instrumento usado para nuestra pesca, sea misión, denominación, equipo, predicador, etc.
Pertenecemos a Dios y a toda su familia, y ella nos pertenece toda por el mismo Espíritu.

XXVIII
UNA MISMA ESPERANZA

"Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de
vuestra vocación" (Ef. 4:4 ).
"Cristo en vosotros, la esperanza de gloria'' (Col. 1:27).
Dios había prometido en el principio de la humanidad que la simiente de la mujer (Cristo
nacido de la virgen María) aplastaría la cabeza de la serpiente antigua, que es el diablo (Gé.
3:15; Ap. 12:9); de manera que el que tenía el imperio de la muerte sería quebrantado; con lo
cual sería posible la redención, que significaría un retorno a la gloria de Dios de la que por el
pecado fue destituido el hombre. Esta redención la llevaría a cabo la simiente de la mujer. Para
cumplir tal promesa, Dios separó a Abraham, asegurándole que en su simiente, la cual es Cristo,
bendeciría a todas la familias de la tierra, entregándole en herencia el mundo entero. Este
Heredero se sentaría en el trono de David para siempre señoreando desde Sion, y en Su luz
andarían también los gentiles; por lo cual, el Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, tomó
también, aparte de las ovejas perdidas de la casa de Israel, a sus otras ovejas, nosotros los
gentiles, y nos insertó en el tronco de su olivo, llevándonos a un solo redil y bajo un solo pastor,
Cristo, el David mayor. Por lo cual, Pablo, apóstol de Jesucristo para los gentiles, declaraba el
misterio revelado: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y
copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio (Ef. 3:5,6). De manera que
verdaderamente, como citábamos al principio, fuimos también llamados a una misma esperanza
que se alcanza y se consuma en Cristo para toda la humanidad: participar con Él de Su gloria,
como está escrito: "Os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro
Señor Jesucristo" (2 Tes. 2:14).
"20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la
palabra de ellos, 21para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22La gloria
que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23Yo en
ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me
enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. 24Padre, aquellos
que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean
mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo"
(Jn. 17:20-24).
"2Cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 3Y
todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (1 Jn.
3:2,3).
He aquí, pues, la esperanza que anida en todos nosotros los que tenemos Su mismo Espíritu,
siendo por tanto miembros del mismo Cuerpo y coherederos del mismo Reino.

XXIX

UN SEÑOR

He aquí un reconocimiento fundamental dentro de la comunión cristiana: "Para nosotros, sin
embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para
él; y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él" (1
Co. 8:6).
La verdad del Señorío de Jesucristo es fundamental a la fe cristiana: "A este Jesús a quien
vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo" (Hch. 2:36b). Que Jesús es el Señor, es
la confesión insustituible que brota del corazón y los labios de los redimidos: "Si confesares con
tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos,
serás salvo" (Ro. 10:9). Era esta verdad la que con la vida y la palabra envolvía la predicación
apostólica, como está escrito por Pablo a los corintios: "Porque no nos predicamos a nosotros
mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús"
(2 Co.4:5). Sí, lo que los apóstoles predican es a Jesucristo como Señor; para esto Él nos salvó:
“7Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.8Pues si vivimos, para el
Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que
muramos, del Señor somos. 9Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser
Señor así de los muertos como de los que viven'' (Ro. 14:7-9 ).
Efectivamente, Su sacrificio por nosotros tiene grandes implicaciones, pues nos reconcilia con
la voluntad del Padre. Reconocer a Jesús como el Señor significa, pues, vivir y morir para Él,
pues, “por todos murió, para que los que viven (es decir, los renacidos), ya no vivan para sí, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co. 5:15).
Pero el Señorío de Cristo no se reduce tan sólo a los cristianos, pues con Su resurrección
recibió autoridad sobre toda potestad y carne (Mt. 28:18). No sólo por derechos de creación, ya
que el Padre todo lo hizo con el Verbo y por el Verbo y para el Verbo; sino que además, por
derechos de redención, por Su compra sacrificial que levantó el embargo del pecado, y por el
sustento nuevo de la resurrección. "9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio
un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de
los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que
Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Fil. 2:9-11). Toda criatura, tarde o temprano,
deberá, pues, reconocer la soberanía de Dios que ha hecho heredero de toda plenitud a
Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.
Sólo bajo las plantas de Sus pies las cosas todas están en su debido lugar, pues sólo a Él
corresponde el legítimo derecho. Ser el Señor significa ser el Amo absoluto con pleno derecho.
Y Él es doblemente Señor: primero, por naturaleza, ya que en cuanto Verbo es Deidad creadora
y sustentatriz, además de ser la meta legítima de todas las cosas con su diseño. Segundo, es
también Señor por conquista, porque destronó al usurpador querúbico y venció a la muerte y
toda oposición, en sus pruebas humanas, recuperando así lo que había perdido. Es Señor de
señores y Rey de reyes, Soberano de los reyes de la tierra, y Cabeza de todo principado y
potestad, Heredero de todas las cosas; por lo tanto es Juez con poder de salvar y condenar.
Ante Él doblamos presurosos y contentos nuestras rodillas desde lo profundo de nuestros
corazones.
Quien tenga el Espíritu Santo no puede sino reconocer y confesar a Jesús como Señor, pues
gracias a Él ha sido trasladado al Reino del amado Hijo de Dios, donde la voluntad del Padre es
la perfecta directriz eterna con la que se nos concedió alianza. Estamos los cristianos aliados
con Dios y Su santa voluntad, por medio de la lealtad a Su Cristo, Su Ungido al que puso sobre
el trono altísimo. El cristiano debe, pues, reconocer que recibir a Jesús como Señor y Cristo,
implica otorgar la primera lealtad a los derechos de la corona de espinas del Redentor; Él,
primero, antes que nuestra propia vida, familia o propiedades.

XXX

UNA FE

La fe de los cristianos es, pues, la fe del Hijo de Dios; una fe que es don de gracia, nacida del
Espíritu cual iluminación de la revelación. Es la fe apostólica, básica y fundamental, es decir, la
fe esencial para salvación. No hablamos aquí de pormenores en la interpretación de doctrinas
menores que apenas afectarían el galardón y no la salvación, pero hablamos, sí, de la fe, la
única fe, la imprescindible para la salvación; aquella establecida bajo Cristo, apostólicamente:
"8Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el
Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Ro. 10:8,9).
Esta es, pues, la fe apostólica: Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, es el Señor, quien habiendo
muerto por nuestros pecados ha resucitado corporalmente en incorrupción, y está vivo cual
soberano Altísimo y cual Rey supremo a quien podemos invocar para salvación.
Por eso Pablo, antes de anunciar aquello a los corintios en su primera carta, antes de
establecer lo que constituía primeramente el evangelio de salvación, fe única, se expresa
escribiéndoles: "1Os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también
recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he
predicado, sois salvos, si no creísteis en vano" (1 Co. 15:1,2). Y entonces establece la persona,
la muerte y la resurrección de Cristo por nosotros como núcleo del evangelio de salvación, la fe
esencial. Sí, era una declaración apostólica y salvífica de descomunal importancia; la fe
apostólica, la fe recibida de los cristianos primitivos en los albores del cristianismo. Esta debe
ser, pues, la fe mínima que se debe imprescindiblemente exigir a un hombre para reconocerlo
cristiano; no podemos rebajar esta mínima exigencia. Está sobre el terreno básico de la
comunión cristiana solamente quien de todo corazón crea y confiese a Jesús como el Cristo,
como el Hijo del Dios viviente, como el Señor, muerto por nuestros pecados y resucitado. Sin
esta fe y confesión se está fuera del círculo de la unidad del Espíritu, con lo cual se demuestra
no tener el Espíritu de Cristo, que a Él glorifica; y por lo tanto, la tal persona no es aún de Cristo.
No basta reconocerle como mero profeta, un luminar más de entre otros en la humanidad. Es
preciso poseer la fe, una fe, la única. De allí brota y se establece el canon, la regla (ver
apartado XXII).

XXXI

UN BAUTISMO

Un cristiano debidamente establecido y fundamentado, es uno que necesariamente ha
pasado por la experiencia de identificación espiritual con Cristo. Este "un bautismo" es el
bautismo en Cristo con el que somos revestidos de Él (Gá. 3:27; Ro. 6:3). Una vez que por la
gracia de Dios hayamos podido reconocer en Jesús al Cristo, y a Su obra como la base de
nuestra salvación, entonces debemos voluntariamente identificamos con Él, en Su muerte y
resurrección, para perdón y liberación nuestra en Él, y para regeneración por Su Espíritu.
Para que fuese manifiesta tal identificación, tal toma de posición, el Señor estableció que la
confesáramos exteriormente por medio de la confesión pública y el bautismo en agua; de
manera que al consumar nuestra identificación de fe, aspirando a una buena conciencia,
garanticemos la certeza de nuestra salvación por la promesa de su palabra: "el que creyere y
fuere bautizado será salvo" (Mr. 16:16).
Estar bautizado en Cristo, es decir, debidamente identificado por fe con Él, habiéndole
invocado de corazón personalmente y de forma voluntaria, es requisito básico para ser hallado
dentro de la comunión cristiana y sobre el terreno de salvación. Ahora bien, y ¿qué es lo
imprescindible para tal bautismo en Cristo? primero: la fe auténtica y de corazón en Él y Su obra;
fe que entonces obedece invocándole, confesándole e identificándose con Él en Su muerte y
resurrección. Los que hacían esto en los tiempos bíblicos bajaban a las aguas para ser
bautizados en señal de la consumación de su identificación en fe con Cristo en Su muerte y
resurrección; así confesaban su nueva toma de posición, ahora en Cristo Jesús. Quien salva es,
pues, Cristo mismo que opera por Su Espíritu ministrando la salvación a través de la fe que
actúa identificándose con Él; con lo cual la persona es bautizada y revestida en y de Cristo. La fe
auténtica se apropia suficientemente de la provisión, y también se exhibe con confesión pública
que se gloría en la Gracia. No aconsejamos, pues, descuidar el descenso a las aguas.

XXXII
UN DIOS Y PADRE

Por último, anotamos como ingrediente fundamental de la unidad del Espíritu, el
reconocimiento del único Dios verdadero, Yahveh-Elohim, Padre de todos los regenerados en
Cristo: "4Un cuerpo, y un Espíritu..., una misma esperanza..., 5un Señor, una fe, un bautismo (y
por último entonces); 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”
(Ef. 4:4-6).
Lo primero que en la declaración apostólica notamos es que Dios es uno. Solamente existe un
solo Dios verdadero, y fuera de Él no hay Dios. Monoteísmo es, pues, la religión del Espíritu. Lo
segundo que captamos es que este único Dios es efectivamente Dios, el único Dios. Deidad
es, pues, de lo que se habla aquí, con lo cual queda implicada la omnipotencia, omnisciencia y
omnipresencia del Ser Supremo, principio y fin de todas las cosas. Pero este único Dios, no es
apenas el elemento de un sistema filosófico; ¡No! sino que es el "Yo Soy el que Soy" que se ha
revelado a Si mismo en forma definida e histórica; Él es Yahveh Elohim; Él que es en Sí mismo
y se revela a Sí mismo. Es, pues, Un Dios Trascendente, distinto de su propia creación, pues es
"sobre todos". Todo lo ha creado de la nada y a todo le ha dado un propósito. Además
permanece inmanente también, a la par que trascendente, sosteniendo todas las cosas, pues Él
es "por todos", como dijera el apóstol Pablo: "27No está lejos de cada uno de nosotros. 28Porque
en él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hch. 17:27b, 28a). Esta inmanencia Suya que sostiene
toda la creación, no es sin embargo panteísmo, puesto que Él es trascendente, Otro, aparte de
Su creación; Él es anterior a ella, causa y sentido de ella. Este único Dios es, pues, el Autor y
Dueño y el Proveedor.
Observando atentamente los Nombres Divinos podemos captar los atributos de Dios.
Sabemos que en el hebreo, y en muchas lenguas orientales, el nombre caracteriza a la persona;
es decir, que la realidad de sus atributos es pronunciada y queda, pues, caracterizada en su
nombre. Conozcamos, pues, a Dios en cada uno de Sus nombres. Él es ELOHIM, el
Todopoderoso (Gé. 1:1); muchos reconocen a Dios simplemente este aspecto: aceptan la
existencia de un Ser Supremo, pero no más. Sin embargo, además de: EL, ELAH, ELOHIM,
Dios es también ELYON, el Altísimo (Gé. 14:18); nadie sobre Él; Él es el más Alto y como tal
Poseedor de cielo y tierra; Él es quien reparte a las naciones su porción. Por lo tanto, Dios es
también ADONAI (Gé. 15:2), el Señor; ADON, ADONAI, Amo y Esposo. Pero hay más; Dios es
EL-SHADAI (Gé. 17:1), aquel pecho todo-suficiente que amamanta y sostiene sustentando para
hacer fructificar. Es EL-OLAM (Gé. 21:33), el Eterno que administra la eternidad; por lo cual es
también el Ayudador de Su pueblo, Jehová de los ejércitos, Yahveh-Sabaoth (1 S. 1:3), que
sirve en las batallas de Su pueblo.
Su nombre especial en relación a la redención es YAHVEH, en sus siete formas compuestas:
Jehová-JIREH, el Proveedor; Jehová- RAFAH, el Sanador; Jehová-NISSI, el estandarte de
nuestra vanguardia y victoria; Jehová-SALOM, nuestra Paz; Jehová-RAAH, nuestro
Apacentador y Pastor; Jehová-SIDKENU, nuestra justicia definitivamente establecida; y
Jehová-SAMA, el perennemente Presente en medio de los suyos (citas respectivas: Gé.
22:13,14; Ex. 15:26; 17:8-15; Jue. 6:24; Salmo 23; Jer. 23:6; Ez. 48:55).
¿Conocemos así a Dios? ¿Hemos experimentado que Él es todo eso para nosotros? Dios es,
pues, también Amor, Santidad, y Justicia, Suma de toda Belleza y Perfección. Pero no
solamente es nuestro Creador y Dios, sino que este mismo Dios, el único verdadero, es además
nuestro Padre. Por medio de Jesucristo hemos recibido vida eterna, llegando a ser partícipes
de la naturaleza divina por su Espíritu, que es garantía de sus promesas (2 Pe. 1:3-4). El único
Dios es, pues, también nuestro Padre, y cual hijos de Dios, testimonio de ser lo cual tenemos en
nuestro espíritu, podemos decirle: "Papá, Papito", "Abba, Padre". Dios ha puesto el Espíritu de
Su Hijo en nosotros para que seamos afiliados hijos suyos por Jesucristo, de manera que
sepamos que nos ha hecho coherederos con Cristo, y que nos ha amado también como a Él ha
amado (Jn. 17:23).
Por todo esto, además de estar Dios trascendente sobre todas las cosas, e inmanente por
La Unidad del Espíritu 101
todos, está también habitando, sí, morando, en todos los que hemos recibido el Espíritu de Su
Hijo; pues quien tiene al Hijo tiene también al Padre. "Yo en ellos y tú en mí. En aquel día
conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mi, y yo en vosotros" (Jn. 17:23a; 14:20; 1
Jn. 2:23; 2 Jn. 1:9).

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He aquí, pues, hasta aquí todo lo que se halla en la posesión común de los que partícipamos
de la unidad del Espíritu y el Cuerpo de Cristo. Estas son las únicas credenciales que podemos
exigir; quien las posea se halla sobre la misma base, y por lo cual, con toda solicitud, debemos
guardar con él la unidad ya establecida del Espíritu. El vinculo de la Paz se mantiene sobre este
único terreno; y una vez que nos hallemos sobre él, debemos mantener y acrecentar la
comunión con todos los hijos de Dios de todo lugar, y en armonía con los de toda época que de
hecho están fundados allí.
A partir de esta vida espiritual, el Señor usando de Su multiforme gracia, opera de distintas
maneras para llevar a estos, de la unidad del Espíritu ya hecha y por guardar, a la unidad de la fe
y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta la estatura del varón perfecto en Cristo Jesús, por
alcanzar, ya no guardar. Guardamos la unidad del Espíritu, y alcanzamos la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo; para lo cual el Señor constituyó también el magisterio de la Iglesia (Ef.
4:3; 4:10-13). Hay una fe imprescindible que guardar mientras avanzamos a la fe madura por
alcanzar en la estatura y el conocimiento pleno de Cristo. Para esto último Dios preparó un
ministerio que es también fundamento y columna.

VI: EL FUNDAMENTO DE LOS APÓSTOLES Y PROFETAS

PARTE VI

"Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles,
La Unidad del Espíritu 103
en la comunión unos con otros,
en el partimiento del pan
y en las oraciones".
Hechos 2:42


XXXIII

EL FUNDAMENTO DE
LOS APÓSTOLES Y PROFETAS

"17Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que
estaban cerca; 18porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo
Espíritu al Padre. 19Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de
los santos, y miembros de la familia de Dios, 20edificados sobre el fundamento de los
apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21en quien todo
el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22en quien
vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu" (Ef.

2:17-22).

La Iglesia universal, que es el Cuerpo de Cristo, es, pues, un edificio para Dios formado con
muchas piedras vivas, siendo éstas, todos y cada uno de los hijos de Dios (1 Pe. 2:4,5), que al
igual que Pedro (Mt. 16:15-19), son hechos piedras aptas para ser sobreedificados y arraigados
en Cristo (Col. 2:7), cuando reciben directamente de Dios la revelación de Su Hijo Jesucristo, y
entonces lo confiesan desde el corazón apropiadamente. Cada hijo de Dios es, pues, una piedra
viva de esta casa espiritual, en la cual hay piedras que corresponden al fundamento; es decir,
que están íntimamente ligadas a una función de soporte y sostén. Por eso Pablo escribía a los
gentiles en Éfeso que somos "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas,
siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo". Jesucristo es, pues, la piedra del
ángulo, y es además la piedra principal. Ahora bien, además de la principal, hay otras piedras
íntimamente ligadas a ella, que junto con ella conforman "el fundamento de los apóstoles y
profetas" sobre los que somos edificados cual edificio de Dios.
Jesucristo es, pues, el soporte de los apóstoles y profetas, y éstos son el soporte en Cristo de
la obra de Dios. La Iglesia universal en pleno resulta entonces "columna y baluarte de la
verdad'' (1 Ti. 3:15)

Antes de seguir adelante, debemos advertir que tan sólo es apto para ser una piedra viva del
edificio de Dios, aquel que tenga con Cristo una relación personal que lo haya regenerado; es
decir, que obtenga su vida directamente del Espíritu de Cristo, por medio de cuya unción sea
enseñado verdaderamente en la realidad substancial de la verdad. Entonces, recién estará apto
para ser coordinado por Cristo en relación de su ubicación dentro del edificio en armonía con las
demás piedras, sean éstas de fundamento y columna como los apóstoles y profetas, o de otra
función. Lo que nos convierte en piedras es únicamente la revelación directa divina del Hijo; pero
entonces, ya podemos ser edificados en estrecha relación a los que Cristo mismo ha constituido
para perfeccionar nuestro servicio, pues "10el que descendió, es el mismo que también subió por
encima de todos los cielos para llenarlo todo. 11Y él mismo dio [_δωκεv] unos como apóstoles;
otros, profetas; otros, evangelistas; otros, pastores y maestros, 12para ajustar [καταρτισμ_v] a los
santos en la obra de diaconía [ε_ς _ργov διακovίας], para la edificación del cuerpo de Cristo" (Ef.
4:10-12).

En la carta a los corintios escribía Pablo: "Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente
apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros", etc. (l Co. 12:28). Jesús mismo dijo: "Por eso la
sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré profetas y apóstoles" (Lc. 11:49); "Por tanto, he aquí
yo os envío profetas y sabios y escribas" (Mt. 23:34). El Señor mismo, pues, da a la Iglesia para
su edificación a estos ministros de su magisterio: apóstoles, profetas, didascalos7 [διδσκάλoυς],
sabios, escribas, evangelistas, pastores.

Y hay algo más: a estos apóstoles y profetas, Dios revela el misterio de Cristo y del Evangelio
por el Espíritu, para que ellos lo administren, como está escrito: "4El misterio de Cristo, 5misterio
que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es
revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: 6que los gentiles son coherederos y
miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del
evangelio" (Ef. 3:4c-6). Así que los ya fundados en Cristo por el Espíritu, somos también
edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, de entre los cuales Jesucristo es la
piedra principal y la del ángulo.
.

Jesucristo, el Hijo enviado en el nombre del Padre, es por lo tanto el Apóstol de nuestra
profesión o confesión (He. 3:1), y el Mesías Profeta (Dt. 18:15; Hch. 3:22-26). En los días de su
carne, es decir, de su paso terrenal por Palestina, Él escogió a doce (12) que fuesen testigos
oculares de su ministerio, sus padecimientos y resurrección, los cuales son los 12 apóstoles del
Cordero, sólo doce (12): Pedro, Jacobo el mayor, Juan, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo,
Tomás, Jacobo Alfeo, Judas Tadeo Lebeo, Simón cananita y Matías; éstos son sus doce
testigos autorizados en cuanto a que ocularmente vieron con sus propios ojos al Verbo de vida,
le oyeron con sus propios oídos, y le tocaron con sus propias manos desde el comienzo de su
ministerio en días de Juan el Bautista, hasta Su ascensión corporal al cielo, 40 días después de
Su gloriosa resurrección (Hch. 1:12-16). Son llamados: "Los doce apóstoles del Cordero", y eran
conocidos en la Iglesia primitiva como los Doce (Hch. 6:2; 1 Co. 15:5). Estos 12 se sentarán
sobre doce tronos juzgando a las 12 tribus de Israel (Lc. 22:28-30; Mt. 19:28). Sus nombres (de
estos 12), estarán en los 12 cimientos de los muros de la Santa Ciudad, la Nueva Jerusalén (Ap.
21:14): "Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce
apóstoles del Cordero". Gracias al testimonio de estos doce testigos oculares escogidos de
antemano, la Iglesia está edificada en la certeza de la historicidad de la persona, obra y
doctrina del Cristo. Fueron ellos quienes establecieron la tradición salvífica que fue recogida
en su núcleo esencial en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, no son éstos los únicos apóstoles de que se nos habla en el Nuevo Testamento;
Efesios 4:11 nos habla de apóstoles dados a la Iglesia por el mismo Señor, después de Su
ascensión a la diestra del Padre; apóstoles edificadores del Cuerpo de Cristo que perfeccionan a
los santos para la obra del ministerio, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo de Dios, a la estatura del varón perfecto. Estos ya no son los doce
apóstoles del Cordero, testigos oculares de su ministerio terrenal, pero sí son apóstoles
enviados directamente por Cristo glorificado después de la ascensión, para, edificar Su Cuerpo

a todo lo largo de la historia de la Iglesia, hasta que todos lleguemos a la medida de lo que Dios
se ha propuesto. Tal es el apostolado de Jacobo el Justo (Gá. 1:19), Pablo y Bernabé (Hch.
14:4,14), Silvano y Timoteo (1 Tes. l:1; 2:6), Andrónico y Junías (Ro. 16:7), no incluídos en la
lista de los doce apóstoles del Cordero, pero sí efectivamente apóstoles edificadores del
Cuerpo, según el lenguaje escritural. Al igual que Silvano y Timoteo, también Tito, Lucas,
Epafrodito, Tíquico, Trófimo, Erasto, Crescente, Artemas, Aristarco, Justo, etc., eran
colaboradores de Pablo dentro del equipo apostólico. Cercano también a Pedro y Bernabé está
el sobrino de éste, Marcos. Estos apóstoles eran probados por las iglesias locales (Ap. 2:2).
Aún en el período siguiente al de los citados, a fines del primer siglo y a lo largo del segundo,
son abiertamente reconocidos estos ministerios con toda claridad, como consta por ejemplo en
la Didaké.8 También Policarpo de Esmirna, discípulo directo del apóstol Juan, en las actas de la
iglesia de Esmirna a Filomelia y vecinas, es llamado apóstol. De tales apóstoles hacen también
mención Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía y Hermas. A lo largo de la historia puede
constatarse el testimonio del envío por el Señor de insignes varones tales como Francisco de
Asís, Raimundo Lulio, Nee To Sheng, etc., etc.

Aunque ciertamente los profetas del Antiguo Testamento fueron usados por Dios para
preparar la venida del Mesías, sin embargo, no tan sólo a éstos es que se refiere Pablo en su
carta a los efesios cuando habla de apóstoles y "profetas". Mirando el contexto de la carta y el
pensamiento de Pablo en sus otras epístolas, vemos que se refiere cual profetas a varones
neotestamentarios que después de los apóstoles proclaman bajo el Espíritu Santo la
administración del misterio de Cristo y del evangelio (Ef. 2:20; 3:5,6; 4:11; Ro. 12:6; 1 Co.
12:28,29; 14:29,32, 37). Tenemos como ejemplo de profetas a Agabo, Simón Niger, Lucio de
Cirene, Manaén, Judas Barsabás y Silas (Hch. 11:27,28; 13:1; 15:27,32). También al apologista
-----8La Didaké citado aquí es un antiguo pequeño tratado cristiano, cuyo título completo era “Enseñanza del Señor entre los doce apóstoles”, del siglo I.---Cuadrato.

El Señor Jesucristo mismo, ahora glorificado a la diestra del Padre, es quien por el Espíritu
Santo da directamente hombres carismáticos a la Iglesia para edificarla: apóstoles, profetas,
evangelistas, pastores y didascalos o maestros. Jesús además prometió que enviaría sabios y
escribas. Es el Señor mismo quien con el carisma necesario para el ministerio, constituye a
éstos para bien de las iglesias. Aunque cada uno debe considerarse inferior a los demás y
apenas disponerse a servir como el menor, sin embargo, entre los citados, existe
escrituralmente el siguiente orden: “primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero
maestros" (1 Co. 12:28).
Todos éstos, incluídos los apóstoles y profetas, y entre los apóstoles los doce también, son
ancianos o presbíteros (1 Pe. 5:1; 2 Jn. 1; 3 Jn. 1); es decir, son varones estimados principales
entre los hermanos por razón de su madurez (Hch. 1:23; 15:22). Así que en cuanto más
maduros y reconocidos, son presbíteros, que significa ancianos. Estos mismos, por razón de
haber sido puestos por el Espíritu Santo para supervisar la grey del Señor, son de hecho
"epíscopos", llamados obispos. A éstos mismos, el Señor da ministerios carismáticos de profeta,
maestro o didáscalo, evangelista, pastor; e incluso, de entre éstos es que el Señor mismo envía
apóstoles, como consta en Hechos 13:1-3. Bastaba un presbiterio local para apartar con
imposición de manos a estos apóstoles enviados del Señor. Hoy debe ser igual que ayer.
Apóstoles, profetas, evangelistas y maestros, los hay itinerantes. Profetas, maestros,
evangelistas y pastores los hay también locales. Los apóstoles eran además comisionados
directamente por el Señor, quien los enviaba para la obra según dirección directa del Espíritu
Santo. La obra consistía en la fundación, confirmación y edificación de iglesias locales,
una por localidad, dentro de una región asignada a cada grupo apostólico, por el Espíritu Santo
(Hechos, capítulos 13 y 15). Estos apóstoles tienen colaboradores y ayudantes. Eran, pues,
enviados de oficio con comisión especial; las iglesias locales los reconocían. Eran ungidos y

confirmados por el Señor (2 Co. 1:21), señalados con paciencia y prodigios (2 Co. 12:12), el
sello de cuyo apostolado era su fruto (1 Co. 9:2). Las iglesias locales los probaban antes de
reconocerlos.

Estos apóstoles eran quienes por el Espíritu discernían de entre las iglesias locales a los que
el Espíritu Santo había puesto como sobreveedores (epíscopos) u obispos, y entonces los
señalaban ante el pueblo con imposición de manos, para constituirlos presbíteros o ancianos de
la iglesia local, reconocida así oficialmente su autoridad moral.
La jurisdicción de los apóstoles era la región de su obra para la edificación de la Iglesia
universal; solía tal región tener límites asignados a cada uno por el Espíritu Santo; tenía también
la región un centro de donde partían los apóstoles y al que regresaban, y donde ejercían
también como ancianos (Hch. 9:32 a 11:2; 13:3 a 14; 15:36 a 18:23; 19:1 a 27). Ejemplo de tales
centros son Jerusalén, Antioquía y Efeso. Estos centros son movibles según la sazón de la obra
del Espíritu. El valor no radica un la sede, sino en la operación evidente del Espíritu. El Espíritu
hace a las sedes, no viceversa.
La jurisdicción de los ancianos obispos, o sea, de los epíscopos sobreveedores señalados
presbíteros, es la ciudad de la iglesia local (Hch. 14:23; 20:17,28; Fili. 1:1; Tito 5, 7). Junto a ellos
servían los diáconos.
El Espíritu usó, pues, tales canales para bendecir a las iglesias, edificándolas sobre el
fundamento de Cristo primeramente, y de tales apóstoles, y entonces también de tales profetas;
a éstos, pues, revela Dios el misterio de Cristo y del Evangelio de modo que lo administren por el
Espíritu cual ministros del Nuevo Pacto, no de la letra gloriosa que condena, sino del Espíritu
más glorioso que justifica (2 Co. 3:3-11). Estos apóstoles y profetas son, pues, las piedras vivas
que junto a la principal piedra y del ángulo, Jesucristo, constituyen el magisterio fundamental
sobre el que son edificadas las iglesias que constituyen el Cuerpo de Cristo. Los vencedores
en cada iglesia local son hechos columnas del templo de Dios (Ap. 3:12; Gá. 2:9). Como

fue espiritualmente ayer, así es hoy, y así ha sido en la realidad espiritual a lo largo de la historia,
a pesar de la Babilonia de cizaña sembrada por el diablo entre el trigo. Los vencedores son los
que por el Espíritu, se han mantenido en o cerca del nivel espiritual y original.

♣ ♣ ♣ ♣ ♣

Habiendo en los apartados anteriores considerado el vino fundamental, he aquí que ahora nos
hemos introducido también en la consideración de su odre apropiado fundamental.

XXXIV

LAS IGLESIAS DE LOS SANTOS

El Cristo no dividido, un solo y nuevo hombre, habita por el Espíritu en todos sus hijos,
haciendo a todos y a cada uno de ellos, miembros de Su Cuerpo, la Iglesia universal, edificada
por la Cabeza enviada del Padre, el Apóstol de nuestra confesión, Cristo Jesús, quien a Su vez,
por el Espíritu Santo, escogió a los 12 que estuviesen con Él cual testigos oculares, y a quienes
llamó "enviados" o apóstoles, para dar testimonio de Su resurrección siendo discípulos; a éstos,
después de Su ascensión añadió por el Espíritu hombres carismáticos dados a la Iglesia para
edificarla como apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, sabios y escribas, con
los cuales fundó Cristo las iglesias de Judea y las iglesias de los gentiles, y lo hace así hasta
hoy, edificando de esa manera el Cuerpo hacia la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo
de Dios, hasta la estatura del varón perfecto, y creciendo en amor, para que seamos
coherederos con el Hijo de Su Reino anunciado a Israel de antemano. Tal Cuerpo celestial,
místico y sobrenatural, invisible al ojo natural, tiene sin embargo sus pies en la tierra y la historia,
el espacio y el tiempo; y ha tomado la forma visible al mundo de iglesias locales, las iglesias de
los santos, según el lenguaje escriturario.
Fundadas son todas las iglesias de los santos, y cada una, por el Cristo glorificado, a lo largo y
ancho de la tierra, mediante la operación de Su Espíritu, a través del ministerio del Cuerpo; sí, a
través del ministerio de todos los santos, perfeccionado por los hombres carismáticos dados
directamente por Cristo a la Iglesia universal, visible en las iglesias locales de los santos.

Estas iglesias de los santos son las asambleas de los hijos del Reino, plantados en el campo
del mundo, entre cuyo mismo campo, el diablo ha sembrado cual cizaña a los hijos del malo. La
red a recogido, pues, peces buenos y malos, de los cuales, los últimos, los malos, causan
tropiezos, y por su fornicación e infidelidad espiritual, se ha constituido a la misteriosa
Babilonia, la gran ramera, madre de otras rameras. De en medio de la tal Babilonia, llama a
salir la voz celestial al pueblo del Señor, para que no participe de pecados y plagas sino que los
suyos se mantengan vencedores, en cada iglesia local plantada en el mundo, siguiendo la fe, la
justicia, el amor, la paz, la santidad, con todos los que de corazón limpio invocan al Señor (Mt.
13:38-41; Ap. 17:1-6; Mt. 13:47-50; Ap. 18:4; 21:7; 2 Ti. 2:22).

"Iglesia" significa asamblea sacada fuera. Todos los hijos de Dios son los santos apartados
por el Señor para formar en un lugar y época dados, la asamblea de Su Reino que busca Su
justicia. En cada localidad, pues, donde comience a haber 7 u 89 hijos de Dios reunidos en
Cristo, se establece la iglesia de la localidad. Puede reunirse en una casa, pero su jurisdicción
es la ciudad o localidad; es decir, que todos los hijos de Dios de una localidad conforman de
hecho y por derecho propio, sin necesidad de otro ingreso, la iglesia de la localidad. Esta no
debe dividirse, sino dar testimonio en unidad de Cristo y de Su Reino. Los vencedores apuntarán
a esto.

Escrituralmente no estamos autorizados para tener más de una iglesia por localidad, sino que
todos los hijos de Dios de una ciudad somos ya la iglesia del lugar y estamos obligados a
guardar solícitamente la unidad del Espíritu, perseverando juntos y unánimes en la doctrina de
los apóstoles, la comunión unos con otros, el partimiento del pan y las oraciones, recibiendo a
todos los recibidos por Cristo. La iglesia no debe dejar de reunirse, si es posible en un solo lugar,
o en varios, por las casas, etc., según la necesidad, pero manteniendo la unidad del Espíritu,
9Dos o tres es suficiente para reunirse en el nombre del Señor Jesucristo, sin embargo, hemos puesto 7 u 8 para que se pueda completar el ciclo implícito de Mateo 18:15-17, en relación a la naciente iglesia
local de una ciudad. reconociendo la misma mesa con un solo pan, discerniendo el Cuerpo, y anunciando la muerte
de Cristo por nosotros y su resurrección hasta que Él vuelva como se fue, en las nubes.
El Nuevo Testamento no habla de supuestas "iglesias" denominacionales, ni de una
corporación mundial, ni de sectas autorizadas, sino que habla solamente de iglesias locales: de
Jerusalén, Antioquía, Cencrea, Corinto, Tesalónica, Efeso, Esmirna, etc. Las iglesias por las
casas de que en cuatro (4) ocasiones habla el Nuevo Testamento, no eran iglesias menores y
múltiples dentro de una localidad, pues en Jerusalén, las reuniones en muchas casas no eran
varias iglesias en Jerusalén, sino apenas la iglesia de Jerusalén. Las iglesias en casa de Aquila
y Priscila, en casa de Filemón, en casa de Ninfas, eran la iglesia de la localidad reunida en tal
casa; y no eran iglesias sectarias minúsculas divididas del resto de los hijos de Dios de la
ciudad. ¡Eso no está permitido! La iglesia en casa de Aquila y Priscila era la iglesia única de
Efeso, un solo candelero (Ap. 2:1); la iglesia en casa de Filemón era la iglesia única de Colosas
(ver Teodoreto);10 la iglesia en casa de Ninfas era la iglesia única de Laodicea, un solo
candelero (Col. 4:15,16; Ap. 3:14).
---10Teodoreto de Ciro (386-458), fue obispo, historiador eclesiástico antiguo, además de exégeta, teólogo y polemista. A él se le debe la clarificación de las dos naturalezas en Cristo, base del concilio de
Calcedonia, en contra de las ideas monofisitas de Eutiques. Es considerado el más distinguido teólogo de la escuela de Antioquía---.

Por otra parte, la autonomía de tales iglesias no era quebrantada por una hegemonía
provincial, nacional, continental o mundial, que les quitase el carácter de iglesias locales
autónomas. ¡No! Puesto que no hay en las Escrituras autorización ninguna para iglesias
mayores a una sola ciudad o localidad. Siempre se habla en plural de iglesias de Galacia,
Macedonia, Acaya, Judea, Asia Menor, Siria, Cilicia, al referirse a naciones o provincias; se
habla también en plural al referirse mundialmente: "iglesias de los santos", "iglesias de los
gentiles", "en todas partes por todas las iglesias". No es lícito escrituralmente destruir la
autonomía de las iglesias locales, como tampoco es lícito dividirlas dentro de la misma localidad.
La obra apostólica edifica regionalmente por el amplio mundo, sí, pero sin destruir la
autonomía de las iglesias de los santos, sino al contrario, edificándolas. Cada iglesia local tiene
cada una su propio presbiterio de obispos, plural, puestos por el Espíritu Santo y señalados por
los apóstoles; junto a los obispos de la ciudad están los diáconos, elegidos por la iglesia, en
cada ciudad. Este presbiterio es el responsable de apacentar, enseñar, administrar, gobernar, a
la iglesia local en su autonomía, la cual tiene derecho de probar a los apóstoles y ministros
itinerantes que operen en su región; debe acoger a los auténticos ministros de Cristo, a la par
que no debe permitir en la iglesia la influencia de los falsos.

Las iglesias locales, sin destruir su autonomía, mantienen la comunión del Espíritu con las
demás iglesias locales de la región y el mundo, siendo cada una responsable de su propio
candelero en el tiempo y en el espacio que le fueron delimitados. Tal comunión espiritual de las
iglesias permite la ayuda mutua y la amonestación mutua, pero no la hegemonía.
Si una iglesia local capitula ante una hegemonía inconveniente, se hace responsable de su
caída, pues fue a ella, a la iglesia local respectiva, a la que se encargó el testimonio de Cristo en
su lugar y época, y no debe permitir que tal testimonio sea destruido, ni desde dentro ni desde
fuera. La iglesia local junto a su presbiterio están bajo la autoridad de la Cabeza del Cuerpo por
el Espíritu Santo. Puede y debe buscar ayuda espiritual fuera de su ámbito, pero sin renunciar a

su autonomía y responsabilidad local.
La iglesia debe reunirse, y cada uno debe ministrar a los demás según el don recibido. Cada
uno tiene algo de Dios para los demás; y mutuamente debemos enseñarnos, animarnos,
ayudarnos, exhortarnos, etc. Ninguno debe tomar la mala costumbre de no reunirse, sino
que, como la iglesia de Jerusalén, debemos perseverar juntos y unánimes en la doctrina
apostólica, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones.

XXXV

LA DOCTRINA DE LOS APÓSTOLES

Las iglesias locales, al igual que la iglesia en Jerusalén en los inicios del cristianismo,
debemos perseverar juntos y unánimes en la doctrina de los apóstoles. Y ¿cuál es la doctrina de
los apóstoles? ¿dónde encontrarla con seguridad? Inicialmente ellos hablaron de viva voz y a
personas en Jerusalén que conocían de primera mano los hechos de la vida pública de Jesús de
Nazaret; se reunían por las casas y escuchaban el testimonio de la resurrección de Cristo de
parte de los testigos presenciales que comieron y bebieron con Él después que resucitó de los
muertos. Además, los apóstoles no podían dejar de decir todo lo que habían visto y oído. Con
tales testimonios de los testigos autorizados, corroborados por el asentimiento de todos los
demás que de una manera u otra tuvieron relación con la vida pública del Señor Jesús, se fue
formando el contenido de la tradición, en los primeros años antes de escribirse el Nuevo
Testamento.
Lucas (1:1-4) nos dice que ya en su época muchos habían tratado de poner por escrito la

historia de las cosas ciertísimas ocurridas entre ellos. No obstante, de aquella masa de escritos
y otros posteriores, no todos resultaron fieles, pues algunos añadían leyendas inseguras, otros
modificaban el sentido de las palabras, algunos añadían lo afín a su tendencia, etc. Por todo lo
cual, tales escritos comenzaron a usarse con cierta reserva, lo cual se significa con el término de
"apócrifos",11 y fueron quedando en pie solamente los libros que recogían la tradición más
segura, corroborada por la autoridad de testigos autorizados tales como los apóstoles mismos, u
hombres muy cercanos a ellos como Marcos y Lucas. Al coleccionarse los escritos autorizados
se formó el canon del Nuevo Testamento. Del círculo más íntimo de Jesús en Su vida pública
nos quedaron escritos de Pedro, de Santiago, de Juan, de Mateo, de Judas Tadeo; lo que Pedro
enseñaba a los gentiles en Roma lo recogió Marcos en su evangelio, de lo cual existe seguridad,
pues Marcos fue el intérprete de Pedro, y además compañero de Pablo y Bernabé. Papías,
discípulo del apóstol Juan y conocedor de los apóstoles, escribía que de Juan mismo supo que
lo registrado por Marcos era correcto. Conociendo Juan los tres evangelios sinópticos y
aprobándolos, añadió entonces el suyo, el cuarto evangelio, para completar el cuadro en lo más
importante.
Pedro mismo había escrito que él procuraría con diligencia el que sus oyentes tuvieran
siempre memoria de aquellas cosas (2 Pe. 1:14-15); de él nos conserva el Nuevo Testamento
dos cartas y el registro de Marcos. Mateo, del círculo apostólico, nos recogió en su libro lo
esencial de la vida y enseñanza públicas de Jesús en el aspecto hebraico. De Santiago y de
Judas, ambos hermanos de Jesús, nos quedó una carta de cada uno. De Juan nos quedó el
Apocalipsis, el Evangelio y tres cartas. Del apóstol Pablo, maestro por excelencia de los
gentiles, apartado por el Señor para ese preciso propósito, y cuyo apostolado y enseñanza fue
además reconocida por Jacobo, Cefas y Juan, nos quedó una colección paulina de cartas
---11Apócrifo, es lo oculto, y se refiere a lo fabuloso, supuesto o fingido. Se dice de un libro atribuido a autor sagrado. Los libros apócrifos no están incluidos en el canon de la Biblia.--- reconocidas por Pedro (2 Pe. 3:15,16). De Lucas, compañero de Pablo, médico e investigador
concienzudo que indagó personalmente acerca de las cosas hasta su origen, pudiendo hacerlo
en averiguaciones con los mismos apóstoles, los pariente del Señor y María, de este Lucas nos
quedó una historia en dos tratados dedicados a Teófilo: su evangelio y el libro de los Hechos de
los Apóstoles, y posiblemente también la epístola a los Hebreos.
De entre toda la masa de escritos, tan sólo éstos citados fueron evidenciados por el Espíritu
Santo y los testigos primitivos como dignísimos de completo crédito; los demás quedaron
relegados a la categoría de reservados, no pudiéndose de ellos extraer suficiente autoridad. Lo
recogido, pues, en el Nuevo Testamento es la tradición más segura y autoritativa, y es por lo
tanto la norma establecida con la cual juzgar toda la tradición cristiana. El Nuevo Testamento
establece, pues, la tradición inspirada y juzga toda otra pretendida tradición que no le sea
perfectamente afín. De manera que la doctrina de los apóstoles la tenemos de su misma boca y
de su propia mano en el Nuevo Testamento dirigido por ellos a cristianos normales. San Pablo
decía: "Porque no os escribimos otras cosas de las que leéis; o también entendéis; y espero que
hasta el fin las entenderéis" (2 Co. 1:13). Y a los efesios escribía: "3Por revelación me fue
declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, 4leyendo lo cual podéis entender
cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo'' (Ef. 3:3,4 ).
De manera que las cartas apostólicas iban dirigidas a iglesias locales y a creyentes simples
que podrían entender, pues no escribían otra cosa que lo que podía leerse. Así que es necesario
atenerse con tenacidad a la doctrina establecida en las cartas, pues el mismo apóstol escribe:
"Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o
por carta nuestra" (2 Tes. 2:15). Y más adelante advertía a la iglesia local: "14Si alguno no
obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para
que se avergüence. 15Mas no lo tengáis por enemigo sino amonestadle como a hermano" (2
Tes. 3:14,15).

De manera, pues, que no importa cuán grande o espiritual aparente ser cualquier persona, de
todas maneras debe reconocer lo que está escrito, sin derecho a modificarlo, pues: "si alguno se
cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor" (1 Co.
14:37).
Los escritos apostólicos deben, pues, leerse en la iglesia con solicitud y acatamiento a su
autoridad: "Os conjuro por el Señor, que esta carta se lea a todos los santos hermanos" (1 Tes.
5:27). No debe entenderse que la verdad dirigida a una iglesia local no era útil a otra; por el
contrario, lo escrito a una iglesia local debía también leerse en otras iglesias locales. La carta a
los gálatas iba dirigida a varias iglesias locales; igualmente las cartas de Pedro, Santiago,
Judas, la primera de Juan y la dirigida a los hebreos; a los colosenses escribe Pablo: "Cuando
esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los
laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros" (Col. 4:16). Las cartas apocalípticas
enviadas por el Señor mediante el apóstol Juan a las siete iglesias del Asia, aunque iban
dirigidas cada una a una iglesia local, sin embargo eran válidas y además proféticas, para
tenerse en cuenta en otras iglesias y épocas, pues: "el que tiene oído oiga lo que el Espíritu dice
a las iglesias" (plural) (Ap. 2:7,11, 17,23,29; 3:6,13,22). Bienaventurados los que leen, oyen y
guardan las cosas escritas en la Revelación de Jesucristo (Ap.1:3).
Desde el principio, pues, era normal en las iglesias de los santos, leer los escritos apostólicos,
pues suplían su ausencia y establecían la verdad; v. y gr.: "30Así, pues, los que fueron enviados
descendieron a Antioquía, y reuniendo a la congregación, entregaron la carta; 31habiendo leído
la cual, se regocijaron por la consolación" (Hch. 15:30,31). Justino Mártir también nos informa de
aquella práctica primitiva.
Todo lo realmente necesario, prioritario, urgente y esencial para la salvación de las almas y la
edificación de las iglesias, se halla en la Sagradas Escrituras, y su autoridad es inapelable.
"Estas cosas os escribimos para que vuestro gozo sea cumplido" (Jn. 1:4). "30Hizo además

Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este
libro. 31Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para
que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn. 20:30,31). Para lo autoritativo y suficiente de las
Escrituras revísense atentamente las siguientes citas de las Escrituras mismas: Ro. 15:15,16; 1
Co. 15:1-8; Gá. 6:16; Fil. 3:15-17; 1 Ti. 1:15; 2 Ti. 3:15.17; Tito 3:4-8; 1 Pe. 5:12; 2 Pe. 3:1,2; 1
Jn. 1:4-10; 2:1-7; 3:11,23; 5:10-13; Jd. 1:3; Ap. 22:6-10. Cualquier lector atento de estas citas
hallará que ellas por sí mismas establecen con autoridad apostólica la suficiencia de lo
contenido en las Escrituras para conocer claramente y establecidamente lo que es el evangelio
de salvación.
De manera que no podemos menos que aferrarnos a ellas como a autoridad establecida
divinamente e insustituiblemente. Otra cosa que difiera de ellas será para nosotros anatema.
Ahora bien, una vez puestas las Sagradas Escrituras en primer plano como de autoritativa
procedencia divina, podemos recibir también ayuda del magisterio carismático que en el mismo
Espíritu de las Sagradas Escrituras y en perfecta consonancia con todo su mensaje en su total
contexto, nos brinde una exposición clara y legítima del Evangelio cual contenido en ellas. Es
ese el lugar establecido por el Señor para el ministerio de los apóstoles, profetas, evangelistas,
pastores, didáscalos, sabios y escribas. El Espíritu Santo, cuya enseñanza y ejemplo ha
establecido ya con las Sagradas Escrituras, se mueve también consonantemente a través del
ministerio del Cuerpo, trayendo a vida la verdad que es Cristo, de manera que Éste se
reproduzca en la práctica, dentro de las iglesias de los santos, para testimonio al mundo. He allí
la doctrina de los apóstoles en la que nos conviene perseverar.
¿Por qué no podemos poner en el mismo plano a las Sagradas Escrituras y al magisterio
actual? Primero, porque las Sagradas Escrituras por sí mismas siguen siendo el magisterio
autorizado de los testigos oculares o de primera instancia, cuya autoridad no admite cambio ni
paralelo; segundo, porque es fácilmente demostrable en la historia que el magisterio posterior
en varias ocasiones se apartó del Espíritu y de la letra autoritativos y originales. No siempre los
que sucedieron en el desempeño de la cátedra fueron fieles; y aun varones insignes, ordenados
legalmente, se deslizaron a herejías. La infalibilidad radica en el Espíritu Santo que ya habló por
las Escrituras apostólicas y sigue diciendo por ellas hoy lo mismo que ayer. Cuando Él nos
ilumina y nos revela al Hijo, entonces deja establecido con ello a las Escrituras como testigos de
la verdad. Ellas son la Voz del magisterio del Espíritu y del magisterio apostólico fundamental.
Ningún cristiano es infalible cuando no oye la Voz del Espíritu que habla con las Escrituras. Todo
hombre, por más fiel que sea, puede deslizarse en cualquier momento hacia la desobediencia
del Espíritu Santo infalible. Igualmente puede acontecer en cualquier asamblea que por diversos
motivos o intereses deje de someterse al Espíritu Santo, y se someta a otra influencia. Es una
promesa la asistencia del Espíritu Santo a todo creyente, pero NO es una promesa la obediencia
permanente de todo creyente al Espíritu. Repetimos aquí que NO es la voz de la mayoría carnal
la que establece la autoridad, sino tan sólo la voz única e infalible del Espíritu Santo que
habla siempre en perfecta concordancia con el Evangelio de las Escrituras y rodeado de legítima
santidad. Tan sólo así queda a salvo la posición de la Cabeza, Cristo Jesús. El Espíritu Santo,
las Sagradas Escrituras y el Cuerpo de Cristo sujeto a la Cabeza (y subrayo la última frase),
tienen una sola y la misma Voz. La vida y voz son inseparables. Que no se pretenda reducir al
Espíritu Santo a meras definiciones ¡NO! Él nos trae la completa realidad de la verdad que es
Cristo mismo, Vida y Voz. "Por sus frutos los conoceréis".

XXXVI

LA COMUNIÓN UNOS CON OTROS

La noche de la última cena el Señor Jesús dijo: "34Un mandamiento nuevo os doy: Que os
améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. 35En esto
conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Jn. 13:34,35).
Este Amor es la característica del auténtico cristianismo. En virtud de este amor tenemos
comunión los unos con los otros; en virtud de este amor lo compartimos todo; en virtud de este
amor nos servimos los unos a los otros. Es amor lo que constituye el corazón de Dios, y Su
deseo y propósito al crearnos y redimirnos es que lleguemos a compartir el amor del Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo, el Amor Divino.
Así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola esencia divina que es amor,
fuimos creados para participar con Dios de ese Amor, para amar con ese Amor, y para que todos
los que estamos en Él seamos perfectamente uno en Amor.

Quien ha nacido de nuevo, gracias a Cristo, posee una naturaleza capaz de amar. Cuando el
hombre nuevo interior es edificado, entonces crece en amor, lo cual va manifestándose en la
Iglesia como comunión. Esta "koinonía" se acrecienta hasta la medida de la perfecta unidad, y
va saliendo de su escondite en el espíritu y convirtiendo el alma, con su voluntad, mente y
emociones, a una reconciliación total cuya lealtad se alimenta de la esencia divina. Entonces se
abren el corazón y las manos, y la persona se entrega incluido lo suyo.
Ungidos de este amor, los santos en Jerusalén (y en otras varias ocasiones de la historia),
"ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en
común" (Hch. 4:32). Voluntariamente, y constreñidos solamente por el Espíritu de amor, se
entregaban al servicio de Dios, sirviéndose unos a los otros en Cristo. "44Todos los que habían
creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; 45y vendían sus propiedades y sus
bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. 46Y perseverando unánimes cada
día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de
corazón, 47alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo" (Hch. 2:44-47).
En este ambiente nacía la Iglesia; en este nido eran empollados los nuevos convertidos. El
sentir del Espíritu de Cristo no ha variado ni cesado; a medida que se crece en el Señor, el
corazón se dispone para los demás, dejando clavado con Cristo en Su Cruz que hacemos
nuestra, el egoísmo de la naturaleza adámica y carnal.
El camino, pues, más excelente es el amor. Todo lo demás pierde su valor si falta el amor.
Este amor se expresa en comunión, se entrega en abnegación. Todo el evangelio apunta a
producir esto. Para esto creemos, nos arrepentimos y nos bautizamos; para esto recibimos el
Espíritu Santo; para esto somos enseñados y edificados; para participar con Cristo en un Reino
de amor que comienza a prepararse aquí y desde ya en el seno de la Iglesia. Todo lo anterior
desemboca aquí y los valientes lo alcanzan.

XXXVII

EL PARTIMIENTO DEL PAN

La iglesia local debe, pues, perseverar también en el partimiento del pan; el Señor Jesús
ordenó que lo hiciéramos en memoria de Él. La noche en que fue entregado tomó pan
bendiciéndolo y habiendo dado gracias lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomad,
comed, esto es mi cuerpo que por vosotros es dado (o partido). Haced esto en memoria de mí"
(Mt. 26:27; Mr. 14:22; Lc. 22:19;1 Co. 11:24). Después de cenar, tomó también la copa y
habiendo dado gracias les dijo: "Bebed de ella todos; porque esta es mi sangre del nuevo pacto,
que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Esta copa es el nuevo pacto en mi
sangre que por vosotros se derrama. Haced esto todas, las veces que la bebiereis en memoria
de mí" (Mt. 26:27,28; Mr. 14:24; Lc. 22:20; 1 Co. 11:25).
Desde sus comienzos los cristianos perseveraron entonces en el partimiento del pan, acerca
de lo cual escribía Pablo: "La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la
sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?'' (l Co. l0:16).
El Señor quiere, pues, que todos hagamos aquello en memoria de Él; todos debemos partir el
pan, todos debemos bendecir la copa, y todos debemos beber de ella en su memoria y además
dignamente y con discernimiento.
El pan que partimos y la copa que bendecimos, en memoria de Cristo, es la comunión de Su
cuerpo y de Su sangre, como lo indica Pablo en 1 Corintios 10:16. En efecto, el Señor Jesús
había ya dicho antes: "47El que cree en mí, tiene vida eterna. 48Yo soy el pan de vida. 49Vuestros
padres comieron el maná en el desierto, y murieron. 50Este es el pan que desciende del cielo,
para que el que de él come, no muera. 51Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno
comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le daré es mi carne, la cual yo daré por

la vida del mundo.../... 53De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y
bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene
vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. 55Porque mi carne es verdadera comida, y mi
sangre es verdadera bebida. 56El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo
en él. 57Como me envió el Padre viviente y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él
también vivirá por mi. 58Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres
comieron el maná, (en el desierto) y murieron; el que come de este pan vivirá eternamente" (Jn.
6:47-51,53-58).
Y puesto que sus discípulos dijeron que era dura tal palabra, y ¿quién la podría oír? Entonces
Jesús añadió respecto de sus afirmaciones: "El Espíritu es el que da vida; la carne para nada
aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (Jn. 6:63). Sus palabras
son, pues, "espíritu y vida" y debemos comer de Él "asimismo" como el Padre viviente le envió a
Él, y Él vivió por el Padre (v. 57).
Con ese mismo sentir, como de quien se entrega a Sí mismo para ser la vida sustentatriz, fue
que el Señor tomó el pan bendecido y repartiéndoselos les dijo: "Esto es mi cuerpo", y luego:
"Esta es mi sangre". Lo que debemos entender es que Cristo mismo se nos dio por sustento
para que al asimilarlo vivamos por Él con vida eterna, para la resurrección también de nuestros
cuerpos en el día postrero.
En el Hijo de Dios está la vida, y Su resurrección y glorificación es nuestra, pues participamos
de Él, siendo carne de Su carne y hueso de Sus huesos. Por eso al partir el pan en memoria
suya, debemos recibirlo de la misma manera como lo recibieron sus apóstoles en aquella mesa,
pues participamos de esa misma mesa y en el mismo Espíritu; es como si aquella ocasión se
prolongase hasta hoy al hacerlo en Su memoria; de manera que lo hacemos como Él, ya que Él
mismo dijo: "haced esto”; y ese "esto" es, pues, lo mismo. Es por esa razón que al comer "el pan"
y al beber de "la copa", debemos hacerlo dignamente discerniendo el cuerpo del Señor (1 Co.

11:27-32).
El "partimiento del pan" es, pues, por una parte, un memorial de Él y de Su sacrificio. Por otra
parte, es también un anuncio de tal sacrificio hasta Su regreso, como dice Pablo: “Así, pues,
todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis
hasta que él venga" (1 Co. 1l:26). Memorial, anuncio, y entonces además, el partimiento del pan
es también "la comunión del cuerpo de Cristo", así como la copa de bendición es "la
comunión de la sangre de Cristo" (1 Co. 10:16).
Comer "el pan" y beber de "la copa" discerniendo el Cuerpo del Señor, es hacerlo "asimismo"
como el Hijo enviado vivió por el Padre viviente (Jn. 6:57). Es por eso que comer "el pan" y
beber de "la copa" del Señor indignamente hace culpable de sacrilegio; sí, hace culpable al
sacrílego no apenas del "pan" y de la "copa", sino culpable del "Cuerpo" y de la "Sangre" del
Señor.
En esta comunión del Cuerpo, verdadera comida, y de la Sangre, verdadera bebida, nosotros
no sólo recordamos Su sacrificio, ni tan sólo apenas lo anunciamos, sino que además
participamos de los efectos de ese Santísimo Sacrificio hecho en la cruz una vez para siempre.
Por la fe, nosotros aplicamos hoy a nuestro favor la validez de aquel sacrificio de la cruz, y en el
momento de partir el pan, consumamos demostradamente nuestra participación con el Cristo
real sacrificado y resucitado que regresará. La "comunión del Cuerpo" es, pues, la participación
íntima, verdadera, real y profunda, cual perfectamente uno, con Cristo; sí, con la Cabeza y los
miembros. Jesús es la Cabeza y la Iglesia sus miembros. Jesús y la Iglesia somos el Cuerpo de
Cristo, un solo y nuevo hombre. Por ello el pan es "uno sólo", y la mesa es la "del Señor".
Discernir el cuerpo implica también, pues, recibir en Cristo a todos los que Cristo ha recibido,
pues a la "mesa de Él" se sientan todos los suyos. No podemos entonces excluir de Su mesa a
ninguno de los suyos, a quienes Él sí ha recibido, pues entonces estaríamos haciendo "otra"
mesa, "'nuestra" mesa, y no "la de Él". Aquello sería herejía. Discernir es ver detrás de las
apariencias; a nadie, ni a Cristo, conocemos según la carne (2 Co. 5:16). La nuestra es una
comunión verdadera con Cristo y la Iglesia, en la nueva creación, también manifiesta en el amor
y en el anuncio, para que por nuestra unidad en Dios, el mundo vea y crea.
Un aspecto más. Puesto que el partimiento del pan, además de memorial y anuncio, es la
comunión del Cuerpo, tal comunión es una alianza donde también nosotros, por medio de
Jesucristo, y al participar de los beneficios de Su sacrificio, entonces nos ofrecemos en
sacrificio, y ministramos por Él al Padre, sacrificios espirituales. Tal aspecto sacrificial
inclúyese también, pues, en la alianza. Está escrito: "Vosotros también como piedras vivas, sed
edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales
aceptables a Dios por medio de Jesucristo" (1 Pe. 2:5). Por medio de Jesucristo, cuya alianza
celebrarnos en el partimiento del pan, ofrezcamos, pues, a Dios sacrificios espirituales
aceptables. Y son aceptables tales sacrificios espirituales precisamente por hacerse en virtud de
Jesucristo; es decir, estrechamente ligados al sacrificio suyo. Por ello también la carta a los
Hebreos nos habla de que "15Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de
alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. 16Y de hacer el bien y de la ayuda
mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios" (He. 13:15,16). Se nos habla
aquí del sacrificio de alabanza y del sacrificio de la ayuda mutua (renunciando para dar);
sacrificios tales hechos por medio de Jesucristo.
El Sacrificio de Cristo, hecho una vez para siempre, que recordamos, anunciamos, y del que
participamos consumadamente en el partimiento del pan dignamente, la alianza, es también el
contenido que posibilita nuestros sacrificios espirituales a Dios, tales como la confesión de Su
Nombre y la alabanza, la ayuda mutua, el sostén misionero (Fil. 4:18), y la consagración
personal (Ro. 12:1).

XXXVIII

LAS ORACIONES

Además de perseverar en la doctrina de los apóstoles, la comunión unos con otros, y el

partimiento del pan, la primitiva iglesia perseveraba también en las oraciones. El Señor Jesús
había dicho : "19Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa
que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20Porque donde están dos o
tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt. 18:19,20). Además, pues,
de la importantísima oración individual que cada cristiano debe cultivar en su devoción privada al
Señor, es la voluntad de Dios que los suyos nos unamos para orar acerca de las cosas relativas
al Reino y al propósito Divino.
Ahora bien, orar es hablar con Dios, tratar íntima y directamente con Él de corazón a corazón;
es decir, encarecidamente. En esta relación con el Altísimo Soberano, hallamos diversos
matices que se manifiestan a su vez en diversas clases de oraciones, todas ellas válidas y
necesarias. Existe, pues, la pura adoración, donde nos postramos ante Su admirable grandeza
para entregarnos a Él totalmente mientras le contemplamos anonadados. Existe también la
alabanza en la que le confesamos y en la que reconocemos Sus excelencias; esta clase de
oración está muy relacionada a la acción de gracias, con la que expresamos nuestra gratitud por
Él y todos Sus beneficios con que nos ha colmado. También hay oraciones de petición y súplica,
de ruego o rogativa, además de la de intercesión. Se ora también para preguntar y para estar a
la expectativa en el Espíritu. Se ora además para participar durante la oración en la lucha
espiritual en lugares celestiales contra las huestes de Satán; repréndese, pues, también a
Satanás y sus demonios, en el Nombre de Jesús.
Cualquier tipo de oración debe orarse siempre en el espíritu, pues Dios es Espíritu, y la
oración es una incursión de nuestro espíritu en el mundo invisible. Pero órese además con el
entendimiento; aunque es verdad que algunas veces la oración en el espíritu sobrepasa nuestro
entendimiento también, pues, como está escrito: "26Qué hemos de pedir como conviene, no lo
sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. 27Mas el que
escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, pues conforme a la voluntad de
Dios intercede por los santos" (Ro. 8:26,27); la oración con el espíritu abarca, pues, también
misterios (1 Co. 14:2,15).
Los valores por los que debemos orar nos fueron enseñados por el Señor Jesús en el célebre
"Padre Nuestro" (Mt. 6:9-13).
En esta comunión íntima y comunitaria, si se hace sinceramente y en el espíritu, Dios suele
revelarse iluminando los corazones, e incluso manifestando Su Espíritu en diversos dones tales
como sabiduría, ciencia, discernimiento, milagros, sanidades, fe, profecía, diversas lenguas
humanas y angelicales, e interpretación (l Co. 12:7-10; 14:26; Col. 3:16; 1 Pe. 4:10,11). Se nos
exhorta, pues, a no dejar de congregarnos (He. 10:25), sino más bien a perseverar creciendo en
la obra del Señor siempre. Debemos, pues, disponer nuestro corazón para percibir en el espíritu
nuestro, la guianza y el movimiento del Espíritu del Señor, y entonces, habiendo examinado todo
y retenido lo bueno, ocuparnos en el servicio de Dios por Jesucristo.
En el Santuario que poseía Israel, en el Lugar Santísimo, una porción permanente de las
especies e incienso, representa las oraciones en Cristo de los santos; sin embargo, de mañana
y de tarde, a la hora especial del rito, se ofrecía la ofrenda especial de incienso. Esto nos señala
que existe una oración continua y permanente en el espíritu del cristiano, que le mantiene todo el
día y en cualquier labor, ligado en comunión a Dios, ocupándose del Espíritu que dirige, aprueba
o reprueba, avisa, restringe, da libertad. De tal comunión continua hablaba Pablo al decir: "orad
sin cesar" (1 Ts. 5:17), lo cual está simbolizado con aquella porción reservada permanente en el
Lugar Santísimo, que cual especies machacadas representan a Cristo, vida de nuestra oración
en el Espíritu, escondida en Dios, a cuya diestra intercede Jesús permanentemente por
nosotros. Pero los ritos matutinos y vespertinos del incienso ofrecido, representan también a las
horas especiales de dedicación completa, espíritu, alma y cuerpo, al culto del Señor por
Jesucristo. Tal como una pareja que siempre vive amándose, pero que tiene horas especiales
para manifestarse más estrecha e íntimamente su amor, así también, aunque debemos vivir
siempre delante de Dios, hay momentos de cultos especiales. Que la iglesia local persevere en
ellos es lo de esperarse.
Por último digamos que sólo existe un Camino para el Padre, y es el Hijo. Hay un solo Dios y
un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre (Jn. 14:6; 1 Tim. 2:5). Ha sido
expresamente prohíbido por Dios inclinarse a imágenes y rendirles culto (Éxodo 20:3-6; Salmo
115:3-8; Is. 44:9-20; Jer. 10:1-16; Hab. 2:18-20; 1 Jn. 5:21; Ap. 21:8; 22:15).
También es abominación comunicarse con otros espíritus de ultratumba, sean o no de
muertos, etc. (Dt. 18:9-14; Lev. 19:26,31; Is. 8:19,20).