"Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra".

(Salomón Jedidías ben David, Qohelet 11:1, 2).

viernes, 1 de julio de 2011

III: LOS PRIMEROS RUDIMENTOS

PARTE III
"12b...cuáles son los primeros rudimentos de las palabras
de Dios...; 1blos rudimentos de la doctrina de Cristo...,
1cel fundamento del arrepentimiento de obras muertas,
de la fe en Dios, 2de la doctrina de bautismos,
de la imposición de manos, de la resurrección
de los muertos y del juicio eterno".

Hebreos 5:12b; 6:1b,c,2

XIV

LOS PRIMEROS RUDIMENTOS


Teniendo, pues, en cuenta la Persona y la Obra de Cristo, comprendamos la razón de Su
doctrina, la cual se nos presenta también con cierto orden, es decir, atendiendo a las prioridades
y comenzando por los primeros rudimentos de las palabras de Dios, según el decir de la carta a
los Hebreos (5:12). Recordemos que en la apartado V acerca de "La Doctrina" enumerábamos
con Hebreos 6:1,2, aquellas cosas que constituían los rudimentos de la doctrina de Cristo; es
decir, el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, la fe en Dios, la doctrina de
bautismos, imposición de manos, resurrección de muertos y juicio eterno. Y efectivamente, si
consideramos las citas de Mateo y Marcos donde se resume el comienzo del contenido de la
predicación de Jesucristo cuando empezó a recorrer Galilea y los alrededores enseñando en las
sinagogas, y poniendo el fundamento de Su enseñanza, veremos en las susodichas citas (Mt.
4:17; Mr. 1:14,15) que el contenido fundamental era arrepentimiento y fe, unidos a la expectativa
escatológica del Reino. De manera que realmente podemos deducir del resumen de Mateo y
Marcos acerca del contenido de sus primeras enseñanzas, que lo enumerado en Hebreos 6:1,2
era realmente los primeros rudimentos de la doctrina de Cristo.
Jesús decía: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (a vosotros) (Mt.
4:17). “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el
evangelio" (Mr. 1:15). Vemos, pues, que el arrepentimiento era ingrediente fundamental; y al
decir: "creed en el evangelio", la fe en Dios lo era también. Y en cuanto a bautismos, imposición
de manos, resurrección de muertos y juicio eterno, queda implicado en el resumen fraseado: "el
reino de los cielos se ha acercado", pues resurrección y juicio están íntimamente relacionados al
Reino; y bautismos también, en lo relativo a la entrada; la imposición de manos tiene que ver con
la autoridad del Reino que se introduce y promociona.
Resulta, pues, conveniente comenzar cual Jesús, y de la manera que lo hicieron los apóstoles.
Consideremos entonces un poco más detenidamente cada uno de estos "ingredientes", es
decir, estos primeros rudimentos de las palabras de Dios, de la doctrina de Cristo; pues, aunque
Hebreos 6:1,2 exhorta a la Iglesia a ir adelante a la perfección dejando ya los primeros
rudimentos, se dirige, según el capítulo 5, verso12, a los que debían ser ya maestros; no
obstante, en aquellos que apenas comienzan y de los que no debe esperarse ser aún maestros
(1 Ti. 3:6), debe comenzarse atinadamente colocando el fundamento.

XV
ARREPENTIMIENTO

El primer llamado del evangelio es al arrepentimiento; sin arrepentimiento no hay evangelio. El
llamado a la fe incluye el arrepentimiento. La palabra griega traducida arrepentimiento es
"metanoia" [μετάvoια], de "meta", cambio, y "nous", mente; tiene que ver, pues, con un cambio
de mente, pues, como dice Proverbios: "Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él" (23:7).
La persona se comporta según el ánimo con que enfrenta a la vida, y tal ánimo es según el
pensamiento que abriga de ella. No puede, pues, cambiarse la conducta mientras se tenga en el
corazón una actitud negativa y de enemistad contra Dios. El propósito del evangelio es la
reconciliación del hombre con Dios, con los demás hombres y con el resto de la creación. De allí
la urgente necesidad de una "metanoia", es decir, de un verdadero arrepentimiento o cambio de
actitud ante Dios, los hombres y la naturaleza.
Dios, en este tiempo, manda a todos los hombres, en todo lugar, que se arrepientan, pues ha
establecido un día de juicio (Hch. 17:30.31). La introducción del evangelio es, pues, esta:
49
“Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado (a vosotros)" (Mt. 4:17); esto es lo que
comenzó a predicar Jesús, y lo que mandó a sus apóstoles a predicar. "46Fue necesario que el
Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; 47y que se predicase en su nombre el
arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén"
(Lc. 24:46,47). Jesús declaró pues: "Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente" (Lc. 13:5);
y el apóstol Pedro, con las llaves del Reino, cuando fue preguntado por lo que había de hacerse,
abrió las puertas con la inamovible declaración: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros
en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo"
(Hch. 2:38); y en la puerta llamada la Hermosa, declaraba: “Arrepentíos y convertíos, para que
sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de
refrigerio" (Hch. 3:19).
No puede, pues, comenzarse a edificar el Reino de Dios sin arrepentimiento. Tan sólo
personas arrepentidas entran al Reino; no puede tener entrada quien permanezca duro en su
corazón contra Dios y los hombres, destruyendo la tierra, sin reconocer sus pecados y
encaprichándose soberbiamente en sus ofensas al Creador y sus criaturas.
Arrepentimiento significa, pues, reconocimiento de nuestra culpabilidad, unido a una
confesión de ésta, pidiendo perdón donde corresponda, si sólo a Dios, o también a los hombres
en caso de haberlos ofendido; entonces, con sinceridad y honestidad, decidir aborrecer de allí
en adelante ese pecado, y proponerse, esperando y contando con la ayuda de Dios, a no
practicarlo más, procurando en lo posible restituir el daño, haya sido éste contra la confianza, la
honra, los bienes, o cualquier otra cosa. A todo pecado, injusticia o transgresión debe abarcar
nuestro arrepentimiento, pues necio sería reservarnos el lujo de acariciar aun ciertos pecados
favoritos desechando apenas aquellos que nos esclavizan menos. Debemos ser drásticos y
honestos con nosotros mismos, acatando en la confianza y esperanza de Su gracia, la demanda
divina. El arrepentimiento es, pues, una íntegra actitud de corazón que se vuelca hacia la
búsqueda de la perfecta voluntad de Dios, a pesar de nuestra debilidad.
Es la gracia de Dios la que hace que el Espíritu Santo nos convenza de pecado, justicia y
juicio; sí, es Dios quien nos concede el arrepentimiento (2 Ti. 2:25). Por ello, ante nuestra vileza
y dureza, debemos levantar los ojos a Dios pidiendo Su gracia que nos convierta (Jer. 31:18).
Mientras tengamos conciencia de responsabilidad, elevemos a Dios la súplica para que no nos
abandone en nuestros pecados, sino que nos fortalezca para el arrepentimiento. Su gracia, que
no ha quitado nuestra responsabilidad, posibilitará nuestra sincera conversión.
El arrepentimiento no es además una experiencia de una sola vez, sino que debe ser la
experiencia inmediata ante cualquier caída; también a la iglesia se le llama al arrepentimiento
(Ap. 2:5,16,22; 3:3,19), y mucho más cuando sabemos que no sólo hay pecados de acción, sino
también de omisión, es decir, cuando sabiendo hacer el bien, no lo hacemos (Stg. 4:17).
La apostasía voluntaria que reniega de Cristo exponiéndole a vituperio, aleja la posibilidad de
un futuro arrepentimiento (He. 6:4-8; 10:26-31); por lo cual, la Iglesia, es decir, cada cristiano, no
debe dejar deslizarse su corazón en el endurecimiento del pecado (He. 3:12,13). La morada de
Dios es un espíritu contrito y humillado, el cual así, no será de Él despreciado (Salmos 34:18;
51:17; Prov. 16:19; 29:23; Ecls. 7:8b; Miq. 6:8).

XVI
FE EN DIOS

"Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que
le hay, y que es galardonador de los que le buscan" (He. 11:6). El llamado de Dios comienza,
pues, con un llamado a la fe: "Creed en el evangelio" (Mr. 1:15). Dios, pues, nos pide que
tengamos confianza en Él. En la base de nuestra fe están los HECHOS históricos de la
REVELACIÓN de Dios; Dios se ha revelado, pues, a Sí mismo, y sobre ese testimonio histórico
descansa nuestra fe; (histórico, no sólo referido al pasado, sino a la continua intervención de
Dios en la historia, en la vida de las personas). La fe viene, pues, por el oír la Palabra de Dios
(Ro. 10:17). Para invocar a Dios confiándose en Él, es, pues, necesario que oigamos de Él
primero: "2Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura.
3Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno,
las misericordias firmes a David" (Is. 55:2b,3). Oímos, pues, para conocer los hechos de Dios;
entonces, el testimonio que Él ha dado, y da, de Sí mismo, engendra en nosotros la fe;
entonces tenemos confianza para invocarle y recibir de Él lo que nos ha prometido, pues ha sido
Suya la iniciativa de poner tal esperanza delante de nosotros. Por eso hizo antes EVIDENTE Su
poder y Deidad mediante la creación (Ro. 1:19,20), y vemos Sus huellas dentro de nuestra
propia conciencia (Ro. 2:14-16).
Por eso también habló a los hombres por sus escogidos y pregoneros como Enoc, Noé,
Abraham, Moisés y los profetas; pero principalmente, en el cumplimiento del tiempo, y en
atención a sus anuncios proféticos, nos habló por Su Hijo Jesucristo (He. l:1,2), el cual, después
de ascender a la gloria, envió Su Espíritu Santo a la Iglesia, la cual, desde los apóstoles, es
depositaria del testimonio Divino y de la Palabra de la fe:
"10El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree, a Dios le
ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de Su
Hijo. 11Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.
12El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida". (1 Jn.
5:10-12). Y "8Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que
Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
10Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. 11Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere no será avergonzado... 13porque todo
aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo" (Ro. 10:8b-11,13).
Para invocar hay que creer, y para creer, oír; y para que oigamos, nos fue enviado testimonio
(Ro. 10:14-17), y éste es, pues, que Jesús de Nazaret, el Cristo, salió de Dios y vino al mundo
siendo el Hijo de Dios nacido de la virgen María (Jn. 16:28; 17:7,8; Lc. 1:30-35), y vivió sin
pecado aunque tentado en todo conforme a nuestra semejanza (He. 4:15; 1 Jn. 3:5); murió en la
cruz en nuestro lugar y por nuestros pecados, limpiándonos de ellos por Su sangre, y
beneficiándonos gratuitamente de ello si creemos (Is. 53:4-11; Mt. 20:28; 1 Ti. 1:15); resucitó
corporalmente y ascendió a la diestra de Dios, intercediendo por nosotros y derramando Su
Espíritu Santo; volverá en gloria y majestad para juzgar y establecer definitivamente Su Reino,
con resurrección de nuestra carne, y juicio eterno de los que no le conocieron (2 Tes. 1:7-10).
Es, pues, Jesús, el Señor y el Cristo, y recibirle es recibir vida eterna (Jn. 1:12-13). "El que
creyere y fuere bautizado, será salvo; pero el que no creyere, será condenado" (Mr. 16:16).
Dios ha tomado, pues, la iniciativa, y revelándose nos vino a buscar; entonces nos habla al
corazón para que le conozcamos a través de Cristo, y a Sus hechos, de manera que confiados
en Él aceptemos la gracia del perdón, de la liberación, de la regeneración, de la renovación, de
la unción que es arras o garantía de una herencia eterna e incorruptible por la resurrección de
Jesucristo; heredemos, pues, con Él la resurrección gloriosa para un Reino inconmovible. Nos
pide apoyarnos en Él; echar todas nuestras angustias y ansiedades sobre Él, y contar con Él
mientras permanecemos recibiendo experimentadamente de Él a Jesucristo cual vida, y por
Cristo, al Espíritu Santo que nos guía conforme a Su Palabra a toda verdad, y nos participa de lo
Suyo vitalmente. Recibir confiadamente de la gracia es, pues, la actitud del creyente.
Creer es confiar, y confiar es contar con Él, recibiendo de Su fidelidad para fortalecernos y
para obedecerle voluntariamente, en alianza de nuestras voluntades con la perfecta Suya, cual
co-herederos del Reino de Jesucristo, Hijo de Dios. Podemos confiar en Él porque Él ha hecho
promesas y se ha comprometido a Sí mismo con juramento de que nos bendecirá en Cristo
Jesús (He. 6:13-20; Gá. 3:29). Honremos, pues, Su Palabra aferrándonos tenaz y osadamente a
ellas, pues por Sus maravillosas promesas podemos levantar cabeza. ¡Él es Fiel! ¡Lo ha
demostrado muchísimas veces! ¡Elijamos lo mejor siempre! el creer de la fe es en el Evangelio,
fundamentalmente en la identidad de Cristo, en Su muerte expiatoria por nosotros, en Su
resurrección completa y en Su señorío con que establecerá definitivamente Su Reino.

XVII
DOCTRINA DE BAUTISMOS

Jesús mandó que sus creyentes fuésemos bautizados, que nos identificásemos con Él
bautizándonos. Mateo y Marcos lo registran: "Id y haced discípulos..., bautizándolos"; "el que
creyere y fuere bautizado será salvo" (Mt. 28:19; Mr. 16:16). Los apóstoles, en Su nombre,
ordenaron también lo mismo a judíos y gentiles. En el libro de los Hechos de los Apóstoles,
Lucas nos registró varios casos: Hch. 2:38,41; 8:12,16,36-39; 9:18; 10:47,48; 16:15,31-33;
19:1-5; 22:16). Cuando las gentes creían el evangelio, lo normal era que confesaran su fe
identificándose con Cristo, invocándole en el bautismo. Con el bautismo mostraban que
aceptaban al Hijo de Dios, muriendo y resucitando con Él; bajaban a las aguas y eran
sumergidos en ellas, por la Iglesia, a la semejanza de la muerte de Cristo; sepultados en Él y
ellas, y subiendo con Él de ellas cual resucitados, en la fe de que al unirnos a Cristo, por Él
somos perdonados de nuestros pecados y regenerados. "Sepultados con él, en el bautismo, en
el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de
los muertos" (Col. 2:12). "3Los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido
bautizados en su muerte. 4Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el
bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en vida nueva. 5Porque si fuimos plantados juntamente con él en la
semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección" (Ro. 6:3-5).
Así que mediante la fe nos ponemos en contacto con el Cristo resucitado, lo cual señalamos
para consumarlo bautizándonos e invocándole en obediencia. Lo normal sería, pues, que
realicemos esta identificación en fe, por el bautismo. En el tiempo apostólico, los que recibían la
Palabra eran bautizados en seguida: Hch. 2:41; 8:12; 9:18; 10:47,48; 18:8; 22:16.
La fe debe preceder al bautismo, pues es mediante ésta (Col. 2:12) que en el bautismo nos
identificamos con la muerte y la resurrección de Jesucristo. Por eso Felipe contestó a la
pregunta del eunuco por el impedimento o el requisito para ser bautizado, y le dijo: "Si crees de
todo corazón, bien puedes" (bautizarte) (Hch. 8:37). Jesús dijo: "El que creyere y fuere
bautizado". No es, pues, tan sólo el que fuere "bautizado" sin creer ni escoger, sino que se debe
creer primero. Jesús dijo que era necesario nacer del agua y del Espíritu (Jn. 3:5). No es, pues,
tan sólo del agua, sino que también debe nacerse del Espíritu, el cual se recibe por la fe (Gá.
3:14; Jn. 7:38,39).
El apóstol Pedro escribió: "20Mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es
decir, ocho, fueron salvadas por agua. 21El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva
(no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia
Dios) por la resurrección de Jesucristo" (1 Pe. 3:20b,21). De manera que el bautismo nos salva
por la resurrección de Jesucristo; es decir, que la identificación con su resurrección nos salva, lo
cual, en figura del arca, realizamos a través de las aguas. No que el rito bautismal cambie la
naturaleza de la carne (v.21) quitando sus inmundicias (la ley del pecado y de la muerte en la
carne –Ro. 7:17-24), sino que nuestra obediencia al rito demuestra nuestra aspiración ante Dios
de una buena conciencia. Es la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús la que nos libra, no de
la existencia en la carne de la ley del pecado y de la muerte, pero sí nos libra del poder de tal ley
de pecado y muerte, enfrentándole el poder de la muerte al pecado en Cristo y el poder de la
resurrección para Dios de Jesucristo; nos libra, pues, por el Espíritu (Ro. 8:1-13). Así que,
somos salvados por el "lavamiento" de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo
derramado abundantemente por Jesucristo (Tit. 3:5,6). Cristo, pues, purifica a la Iglesia en "el
lavamiento del agua" por la Palabra (Ef. 5:26).
Es necesario captar estas dos palabras: "en" y "por", en las Escrituras referentes al bautismo.
Atendiendo al texto griego tenemos que: En (έv) el bautismo somos sepultados y resucitados,
mediante, o a través, o por (διά) la fe en el poder de la resurrección de Cristo por Dios (Col.
2:12). También: Somos sepultados juntamente con Él para muerte a través, o por (διά) medio del
bautismo (Ro. 6:4). Además: el bautismo está salvando ahora por (διά) la resurrección de
Jesucristo (1 Pe. 3:21); es decir, porque significa y efectúa la obediencia de la fe salvadora, por
identificación con el Cristo resucitado que regenera participándose a Sí mismo. También está
escrito que la Iglesia es purificada por Cristo al (τώ) baño del agua en (έv) la palahra (Ef. 5:26).
Además: dice que Nos salvó mediante (διά) el baño de la regeneración (Tito 3:5). Véase, pues,
que en el bautismo lo que salva es la sola fe. Además nótese que no se habla de la regeneración
del lavamiento, sino del lavamiento de la regeneración; es decir, no que el lavamiento regenera,
sino que la regeneración lava. Quien regenera es Dios, por consiguiente mediante la sola fe, que
se expresa en el bautismo y conlleva al arrepentimiento.
La fe en Su Palabra y poder, pues, a través del acto voluntario del bautismo, nos identifica con
la muerte y la resurrección de Jesucristo. Entonces, el que cree se identifica bautizándose; y tal
identificación por fe, que es sumersión en Cristo mismo, entonces le salva. El que creyendo se
ha identificado con Cristo, por Éste es purificado y regenerado. Se nos pide, pues, que
realicemos o consumemos nuestra identificación de fe con Cristo a través del bautismo; por eso
los apóstoles bautizaban en seguida, aunando el acto de fe y entrega a Cristo recibiéndole, con
el bautismo; (ver citas arriba). Cristo, entonces, se ha comprometido a remitir los pecados de
aquellos que al creer se arrepientan y se bauticen en Su nombre (Hch. 2:38); prometió además
el Espíritu Santo.
La Iglesia, pues, al bautizar, lo hace de parte de Dios, con Su autorización, es decir, “en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19); y lo que ella así remita, en la tierra,
es remitido en el cielo (Jn. 20:23); igualmente, lo que ella retenga en la tierra, es retenido en el
cielo (Jn. 20:23). La Iglesia retiene los pecados cuando por causa de incredulidad y falta de
arrepentimiento no bautiza a los incrédulos no-arrepentidos, pues, para el bautismo se requiere
una fe verdadera (Hch. 8:37) que conlleva el arrepentimiento; pues, ¿cómo identificarme con la
muerte de Cristo, si no estoy dispuesto a morir con Él al pecado y al mundo?
La Iglesia, no obstante, obra de buena fe, administrando reconciliación a todo aquel que
voluntariamente profese creer y anhelar el bautismo, aunque sea engañada en su buena fe por
algunos, como es el caso que tuvo Felipe con Simón Mago, a quien luego Pedro reprendió (Hch.
8:4-24).
¿Quién debe realizar el bautismo? lo fundamental es la identificación por fe con Cristo del
bautizado; no obstante lo ideal es que quien administre el rito sea la Iglesia, ya sea por los
apóstoles (Jn. 4:2; Mt. 28:19), ó por los discípulos colaboradores (Hch. 10:48). El Señor
directamente mandó a un discípulo de nombre Ananías bautizar a Pablo (Hch. 9:10-19). Puede
bautizar, pues, cualquier miembro de Cristo que esté bajo la dirección de la Cabeza que es
Cristo, y en comunión con su cuerpo; es decir, que bautiza de parte del Señor y para el Cuerpo,
recibiendo a todos los que Cristo reciba. No se bautiza, pues, uno, para pertenecer a una secta
o a un ministerio (1 Co. 1:11-17), sino para señalar la realización de nuestra identificación con
Cristo y para efectuarla mediante la obediencia de la fe; de manera que en Quien somos
sumergidos es en Él, haciéndonos, por Él, miembros Suyos, y por lo tanto partícipes de Su único
cuerpo dentro del cual somos inmersos por el Espíritu de Cristo que recibimos mediante la fe
viva que obedece. Por eso Pedro, a quien profesaba su fe arrepintiéndose y bautizándose
aseguraba la promesa del Espíritu Santo, que es Quien nos bautiza en Un solo cuerpo (Hch.
2:38,39; 1 Co. 12:13).
Lo normal en la Iglesia, en su tiempo primitivo y apostólico, era proceder a practicar el
bautismo en las aguas por inmersión al creyente, lo cual está bien perpetuar. Mateo 28:19 nos
muestra las palabras que Jesús dirige al bautizador, autorizándole a que lo haga en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; es decir, como de parte de Dios mismo, pues es sabido
que el Padre envió al Hijo y Éste vino en el nombre del Padre, hablando Sus palabras y haciendo
Sus obras; de la misma manera, el Hijo envió en Su nombre al Espíritu Santo, el cual es Su
vicario en la Iglesia. El Espíritu Santo opera ahora a través del ministerio de todo Su cuerpo, por
lo cual la Iglesia, bajo la comisión de Jesucristo y en el poder del Espíritu Santo, hace discípulos,
los bautiza y les enseña de parte de Dios, es decir, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
Ahora bien, Pedro dirigió, ya no al bautizador, sino al que se bautiza, el mandamiento de
bautizarse cada uno en el nombre de Jesucristo (Hch. 2:38), y así lo hicieron judíos, samaritanos
y gentiles, según registra Lucas en los Hechos de los apóstoles (8:16; 10:48; 19:5; 22:16), pues
en Cristo Jesús NO hay diferencia entre judío y gentil (Ro. 10:12,13; Gá. 3:27,28; Col. 3:10,11).
De manera que el bautizador bautiza de parte de Dios en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo; y el que se bautiza se identifica con Cristo en Su muerte y resurrección
bautizándose en el nombre de Jesucristo. No se trata, pues, de dos fórmulas contradictorias,
sino del complemento de dos realidades divinas: la identificación con Cristo del bautizado, y la
autoridad delegada del que lo bautiza. Son, pues, realidades complementarias, y no tan sólo
meras fórmulas. Cada bautizado debiera comprender que ha sido bautizado o sumergido en
Cristo de parte de Dios, es decir, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; el que
confiesa al Hijo tiene también al Padre (1 Jn. 2:23).
_ _ _ _ _
Ahora bien, Hebreos 6:2 no nos habla meramente en singular de doctrina de bautismo, sino
que nos habla en plural: "doctrina de bautismos". No se refiere, pues, como a uno de los
fundamentos de la doctrina de Cristo tan sólo al bautismo en agua, pues el Nuevo Testamento
nos habla también de "Bautismo en el Espíritu Santo", además de haber hablado de bautismo en
Cristo. Dios quiere, no tan sólo perdonamos, liberarnos y regenerarnos, justificarnos,
santificarnos y morar en nosotros, lo cual hace sumergiéndonos en Cristo, poniéndonos en Él y
a Él en nosotros; pero Él también quiere además investirnos de poder y ungirnos para el
ministerio, lo cual hace mediante la investidura y unción del Espíritu Santo. Él pidió a sus
discípulos que esperaran en Jerusalén hasta recibir del Padre la promesa, y ser bautizados con
el Espíritu Santo, lo cual les invistió de poder (Hch 1:4-8); lo mismo hizo Dios con los gentiles en
casa de Cornelio derramando sobre ellos el Espíritu Santo y bautizándoles con Él (Hch.
10:44-46; 11:15-17). Pedro y Juan oraron para que recibiesen el Espíritu Santo los que habían
creído y se habían bautizado con Felipe tiempo atrás, sin que descendiera aún sobre ellos (Hch.
8:12-17); lo mismo hizo Pablo con los efesios (Hch. 19:1-6) a quienes luego escribía que desde
que habían creído habían sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:13; 4:30); es
decir, que los efesios habían tenido la experiencia de la investidura habiendo creído
previamente.
El agua vivificante del río que vio Ezequiel (47:1-12) era la misma, ya sea que llegase hasta los
tobillos, o las rodillas, o los lomos de Ezequiel; así también, las aguas vivas del Espíritu que
reciben por fe los que por esa misma fe beben de Cristo, pueden ser aprovechadas en distintas
maneras, según la medida en que por fe beban de ellas y en ellas se sumerjan los creyentes. El
Espíritu es dado sin medida, pero muchos desparraman sin aprender a recibir. Debemos, pues,
por fe penetrar más y más en el río, recibiendo, experimentalmente, por el Espíritu, la
ministración que Éste nos hace del Sumo Bien conseguido para nosotros por Cristo Jesús.
Acerquémonos, pues, a beber hasta ser completamente inundados y sumergidos; y hagámoslo
así vez tras vez.

XVIII
IMPOSICIÓN DE MANOS

La imposición de manos señala una transmisión, o también una ordenación. En las Escrituras
vemos imposición de manos en los momentos de: a) orarse por la sanidad de los enfermos; b)
por la recepción del Espíritu Santo; c) por la ordenación al diaconado; d) por la entrega de un
don; e) por el envío de apóstoles (Mr. 16:18; Hch. 6:6; 8:17; 9:17; 13:3; 19:6; 1 Ti. 4:14; 2 Ti. 1:6),
también queda implicada la imposición de manos en la palabra griega usada al describir la
constitución de ancianos.
Por causa de la realidad de la resurrección de Cristo y la realidad de su entrega de dones a los
hombres, existe también la realidad espiritual de la delegación de autoridad que proviene
directamente de la Cabeza del Cuerpo, que es Cristo Jesús, mediante el Espíritu Santo, y que
opera realmente por Su Iglesia en la que existe realmente el ministerio espiritual del Cuerpo, el
cual es un ministerio de justificación y reconciliación, bajo el Nuevo Pacto, en el Espíritu
vivificante (2 Co. 3:2-11,17,18; 4:1-6). Tal ministración del Espíritu acontece a través del Cuerpo
sujeto a Su Cabeza celestial, por lo cual tal Cuerpo recibe la delegación de autoridad en una
forma espiritual y viva, y cuando transmite u ordena, en ejercicio de la autoridad espiritual,
entonces hace uso de la imposición de manos, como señal de la realización auténtica y
espiritual de tal transmisión y ordenación efectuada, bajo la autoridad directa de la Cabeza y en
el poder del Espíritu.
Es por eso que Pablo aconsejaba a Timoteo a no imponer las manos con ligereza (1 Ti. 5:22);
se imponen las manos con ligereza cuando se hace apresuradamente y con motivos bajos un
rito hueco y vacío, desprovisto de la realidad espiritual; es decir, en la mera presunción de la
carne y sin la verdadera participación y dirección de la Cabeza, Cristo Jesús. Cuando motivos
humanos e intereses particulares mueven a hacer ostentación ritual, pero sin haberse atendido
a la voz del Espíritu, se está obrando con ligereza. ¿Estará acaso Dios obligado a vindicar o
respaldar lo que atrevidamente hacemos en la carne tomando con osadía y presunción Su
propio nombre? Sin embargo, la Iglesia sí tiene Su nombre a disposición para obrar en el
Espíritu con auténtica autoridad delegada, cuando se habla en íntima sujeción a la Cabeza
celestial. Esa es la razón por la cual vemos a los apóstoles, también al presbiterio, orando antes
de imponer las manos (Hch. 6:6; 8:15,17; 13:3; 1 Ti. 4:14). Durante la oración opera una relación
íntima con la Cabeza celestial, por lo cual el Espíritu Santo puede revelar e impulsar a una
auténtica imposición de manos, señalando así una auténtica transmisión espiritual efectuada, o
una genuina ordenación efectuada y nacida desde el seno del Cristo glorificado que constituye.
Cuando Dios verdaderamente ordena o da, entonces entrega el carisma que es evidente de
por sí. No es que el título meramente haga al ministerio, sino que el servicio prestado o
ministerio, según el carisma provisto por Cristo directamente, tiene su propio nombre o título,
que entonces, bajo la evidencia del Espíritu y bajo la dirección de la Cabeza celestial, es
reconocido oficialmente en la conciencia de la Iglesia, que acata la autoridad de Cristo
manifiesta en el carisma y con la cual se edifica –espiritualmente.

XIX

RESURRECCIÓN DE MUERTOS
Como vimos en el apartado IX, "Primicias: Cristo Resucitado", el Señor Jesús resucitó
corporalmente como primicias, es decir, como precursor de nuestra resurrección. Él resucitó
para compartir con nosotros su victoria sobre la muerte. Es fundamento de la doctrina de Cristo
la enseñanza divina acerca de la resurrección de los muertos. Ya el profeta Daniel, por
revelación divina a través del ángel Gabriel, nos registró : "Y muchos de los que duermen en el
polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión
perpetua" (12:2); lo mismo sostuvo el Señor Jesús cuando dijo: "28Vendrá hora cuando todos los
que están en los sepulcros oirán su voz (la del Hijo del Hombre); 29y los que hicieron lo bueno,
saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, saldrán a resurrección de
condenación" (Jn. 5:28,29). Habrá, pues, dos tipos de resurrección: una para vida eterna, y otra
para condenación. Los que permanezcamos en Cristo por la gracia de Dios resucitaremos para
vida.
Jesús declaró: "Y esta es la voluntad del Padre que me ha enviado: Que todo aquel que ve al
Hijo, y cree en él, tenga vida eterna y yo le resucitaré en el día postrero" (Jn. 6:40). Pablo
escribía a los corintios: "20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que
durmieron es hecho. 21Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre
la resurrección de los muertos. 22Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo
todos serán vivificados. 23Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que
son de Cristo, en su venida. 24Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre" (l Co.
15:20-24a). Existe, pues, un orden para la resurrección, habiendo sido ya Cristo el primogénito
de entre los muertos; entonces, a la segunda venida de Cristo, resucitaremos los suyos para
vida eterna, como está escrito: "14Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también
traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. 15Por lo cual os decimos esto en palabra del
Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no
precederemos a los que durmieron. 16Porque el Señor mismo con voz fuerte, voz de arcángel, y
con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17Luego
nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos
en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor" (1 Tes.
4:14-17). El arrebatamiento de los cristianos sigue inmediatamente después de la resurrección y
de la transformación de los vivos cristianos.
Transformación, resurrección y arrebatamiento de los cristianos fieles están juntos: "51He aquí
os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52en un
momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los
muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados" (1 Co. 15:51-52).
También Colosenses 3:4 y Filipenses 3:20-21 nos hablan de la transformación hacia la
incorruptibilidad de los fieles cristianos al momento de la venida de Cristo en Su manifestación
gloriosa. Efectivamente, la séptima trompeta (Ap. 11:15-19) señala el tiempo del juicio de los
muertos y del galardonamiento de los santos; galardón que Cristo trae con Su venida (Ap.
22:12).
Los que sean tenidos por dignos del siglo venidero (Lc. 20:35) y de la resurrección de los
justos (Lc. 14:14) serán como los ángeles y no se casarán; serán recompensados en esta
resurrección de justos, la cual, es, pues, a la final trompeta, la séptima, cuando el Señor mismo
con gran voz de trompeta descienda en las nubes para arrebatarnos, enviando a sus ángeles
con voz de trompeta a recoger sus escogidos de los cuatro vientos (Mt. 24:30-31). En el orden
divino de la resurrección, la resurrección de los justos en Su venida precede a la resurrección de
los demás muertos en un milenio: "4Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron
facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y la
Palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la
marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. 5Pero los otros
muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección"
(Ap. 20:4,5).
Según 1 Corintios 15:23,24, las primicias fueron: Cristo el Primogénito; en el orden seguiría,
pues, la resurrección de los justos en Su venida; es decir, la primera resurrección, al tiempo del
galardón, en la séptima o final trompeta; después será el fin, con la resurrección del resto de los
muertos después del milenio, quienes resucitarán para juicio, y de entre los cuales se hallan los
resucitados para condenación; con su castigo en el lago de fuego se suprime toda oposición a la
autoridad Divina, y la muerte misma es echada al lago de fuego siendo definitivamente vencida;
entonces habrá cielo nuevo y tierra nueva, y la creación misma será libertada de la esclavitud de
corrupción, después de que hayan sido suficientemente manifestados los hijos de Dios en Gloria
(Ro. 8:19-21). He allí, pues, el orden en que la muerte es desplazada definitivamente por una
nueva creación comenzada por la resurrección de Cristo. Jesús es la resurrección y la vida (Jn.
11:25) y es necesario ser hallado en Él para alcanzar la resurrección de los justos (Fil. 3:9-11).
Con el Hijo de "Dios y la Virgen", la Simiente de la Mujer, es quebrantada definitivamente la
cabeza del que tenía en sus manos el imperio de la muerte: la serpiente antigua que es el diablo.

XX

JUICIO ETERNO

Quizá sorprendería el hecho de que quien más habló en el Nuevo Testamento acerca del
infierno haya sido nuestro Buen Salvador Jesucristo. Las consecuencias que sobrevendrán a la
persona que resulte maldecida en una sentencia en el día del juicio serán horrendas e
irreparables; por eso no es de extrañar que quien más ama nos amonesta para apartarnos del
deslizadero al insondable abismo de perdición. La naturaleza moral del hombre implica un día
en que rendiremos cuenta de nosotros mismos, enfrentándonos al ineludible efecto de nuestros
caminos. Salomón, tras examinar implacablemente toda la obra que se hace debajo del sol,
concluía: "13Teme a Dios y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.

14Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea
mala" (Ec. 12:13,14).
Efectivamente, Dios "ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel
varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos" (Hch. 17:31), lo
cual es lo mismo que escuchar al apóstol Pedro decir a los gentiles: "Y nos mandó que
predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y
muertos" (Hch. 10:42). Ya Jehová había hablado por boca de Isaías: "Por mí mismo hice
juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda
rodilla, y jurará toda lengua" (Is. 45:23). Y Enoc profetizaba: "14He aquí, vino el Señor con sus
santas decenas de millares, 15para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos
de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los
pecadores impíos han hablado contra él" (Jud. 14b-15).
La razón de nuestra estructura moral y de la responsabilidad de nuestra libertad halla su
sentido en ese día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de todos los hombres (Ro.
2:16). Y si existe, pues, en nuestras conciencias la evidencia de un poder legislativo, de hecho,
esto conlleva un poder judicial, un tribunal de juicio. No nos pertenecemos, pues no nos hemos
hecho a nosotros mismos; ¿acaso alguno de nosotros toleraría que una obra de sus propias
manos se levantara contra él intentando arruinar el propósito de su hechura? Es imposible a la
simple criatura eludir realmente a su Creador; por eso se nos amonesta tiernamente a despertar
del sueño y del delirio de nuestras ilusiones, para acatar con entendimiento la fiel realidad: Hay
un solo Soberano y éste es Dios; ama, pero alejarse de Él no puede significar sino irreparable
pérdida. Por un lado, El Señor ha prometido inefables recompensas a quienes le aman; por otro
lado, ha preparado un lugar que corresponde en contraparte a los que le dejan: fuego eterno
preparado para el diablo y sus ángeles, donde sus maldecidos encontrarán su lugar apropiado,
en el que se hallarán a sí mismos merecedores de castigo eterno (Mt. 25:41). La revelación
divina consignada en las Sagradas Escrituras nos habla muy claramente de un juicio final:
"11Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la
tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. 12Y vi a los muertos, grandes y
pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el
libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los
libros, según sus obras. 13Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el
Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus
obras. 14Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte
segunda. 15Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego"
(Ap. 20:11-15).
El apóstol Mateo nos registra las declaraciones de Jesús acerca de su sentarse en el trono de
gloria y separar cual pastor a las ovejas de las cabras, juzgándolas según sus obras y brindando
el Reino con vida eterna a las ovejas de la derecha; maldiciendo y apartando de sí entonces a
las cabras de la izquierda. Existe, pues, un final escatológico: Por un lado, un Reino eterno e
inconmovible en Su gloria, cielo nuevo y tierra nueva con la Ciudad de Dios; por otro lado, fuego
eterno que nunca se apaga y donde el gusano nunca muere, junto a Satanás y sus ángeles. El
lago de fuego y azufre es llamado también Gehena, donde serán echados los condenados con
el alma y con el cuerpo resucitado para condenación en la resurrección postmilenial.
Así como la Jerusalén terrenal tenía en las afueras al valle de Hinom o Gehena donde se
amontonaba la basura que se agusanaba y se quemaba con fuego, y donde los idólatras
sacrificaban niños al demonio Moloch, así también, cual antitipo, la Jerusalén celestial tendrá en
las tinieblas de afuera sur respectivo basurero Gehena donde los que viven para Satanás serán
agusanados y quemados perpetuamente. La Gehena de la Jerusalén de abajo era un tipo
temporal, pero el lago de fuego y azufre, fuera de la Jerusalén de arriba será una Gehena
definitiva y eterna. La condenación eterna en la Gehena es, pues, la muerte segunda, y se
refiere a la perdición eterna de los resucitados para condenación en alma y cuerpo (Mt.
5:22,29,30; 10:28. 18:9; 23:15,33; Mr. 9:43-48; Lc. 12:5; Stg. 3:6. (Las aquí citadas son todas las
Escrituras que en el original griego usan la palabra "Gehena", traducida por algunos "infierno").
Examinando, pues, el contexto de todas las Escrituras que hablan de Gehena, vemos que
ésta se refiere al definitivo juicio en cuerpo y alma en el lago de fuego y azufre después de la
resurrección postmilenial de condenación eterna, pues no sólo se nos habla del alma sino
también del cuerpo con sus miembros. Por lo tanto, no debemos confundir la Gehena con el
Seol o Hades, el cual será echado al lago de fuego tras el juicio del trono blanco (Ap. 20:14),
aunque algunos también lo traduzcan ambiguamente: "infierno".
Sepamos primeramente que "Seol" (hebreo) es traducido "Hades" (griego), siendo lo mismo,
como puede constatarse comparando la cita de los Salmos que hace Pedro (Salmos 16:10; Hch.
2:37). He aquí las referencias bíblicas al Seol o Hades: Gé. 37:35; 42:38; 41:31; Nm. 16:30-33;
Dt. 32:22; 1 Sm. 2:6; 2 Sm. 22:6; 1 Re. 2:6,9; Job. 7:9; 11:8; 14:13; 17:13,16; 21:13; 24:19; 26:6;
Salmos 6:5; 9:17; 16:10; 18:5; 30:3; 31:17; 49:14: 55:15; 86:13; 89:48; 116:3; 139:8; 141:7; Prov.
1:12 ; 5:5; 7:27; 9:18; 15:11,24; 23:14; 27:20; 30:16; Ec. 9:10; Cant. 8:6; Is. 5:14; 14:9,11,15;
28:15,18; 38:10,18: 57:9; Ezq. 31:15-17; 32:21,27; Os. 13:14; Am. 9:2; Jn. 2:2; Hab. 2:5; (hasta
aquí "Seol"); Mt. 11:23; 16:18; Lc. 10:15; 16:23; Hch. 2:27,31: Ap. 1:18; 6:8; 20:13,14; (hasta
aquí "Hades").
Seol o Hades no significan, pues, precisamente “sepulcro" o "sepultura", lo cual es "queber"
(hebreo) y "mnemeion" (griego); significa más bien la dimensión del estado de las almas de los
que mueren sin Dios; allí están conscientes y angustiados, adoloridos y en tormento. Hades o
Seol no se refiere, pues, a sitios geográficos y sepulcrales, pues no se habla nunca de seoles o
hades en plural. El rico epulón le llama "lugar de tormento" (Lc. 16:28). "Tártaro", también
traducido "infierno" (2 Pe. 2:4), se refiere a la prisión de oscuridad de los ángeles caídos que
esperan el juicio.

Ahora bien, los que mueren en Cristo, mientras sus cuerpos esperan la primera resurrección a
la venida de Cristo, sus almas van a descansar en Su presencia (Fil. 1:23); sí, presentes al
Señor (2 Co. 5:1-10), bajo el altar (Ap. 6:9-11), conscientes y felices en el Paraíso o tercer cielo
(2 Co. 12:2-4; Lc. 23:43).
La resurrección de los justos será una de galardonamiento y recompensa; es decir,
obteniéndose una mejor resurrección según el peso de gloria acumulado (He. 11:35; 2 Co. 4:17;
1 Co. 15:40,42; 3:13--15; 4:5; Ap. 22:12); por lo cual, todos Sus siervos deberemos comparecer
ante el Tribunal de Cristo para recibir cada uno según lo que haya hecho mientras estaba en el
cuerpo (2 Co. 5:10; Ro. 14:7-13; Mt. 25:19-30; Lc. 12:35-48 ; 19:11-27). Entonces el pueblo de
los santos, recompensado, recibirá facultad de juzgar a partir del milenio (Is. 32:1; Dn.
7:10,13,14,18, 22, 26, 27; 12:3,13; 1 Co. 6:1-3; Ap. 2:26,27; 20:4-6) y reinará con Cristo
eternamente y para siempre.
Por otra parte, he aquí lo que corresponderá a los excluídos del Reino: castigo eterno (Mt.
25:46), fuego eterno (Mt. 25:41) que nunca se apaga y el gusano no muere (Mt. 3:12; Mr.
9:43-48); vergüenza y confusión perpetua (Dn. 12:2); perdición eterna (2 Tes. 1:9) y exclusión de
la gloria divina; y el humo del tormento de quienes adoran a la bestia o su imagen y reciben su
marca, sube por los siglos de los siglos (Ap. 14:9-11) y no hallarán reposo.

IV: EDIFICADA SOBRE LA ROCA

PARTE IV
 
"16Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Viviente... 17Bienaventurado eres..., porque no te lo
reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos..., 18y sobre esta roca
edificaré mi Iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella".
 
Mateo 16:16b,17b y d,18b


XXI
 
EL REINO DE LOS CIELOS
SE HA ACERCADO

Con los rudimentos precedentes de la doctrina de Cristo, vemos que se nos anuncia un Reino
para el cual se nos señala una puerta. Dios ha prometido, pues, un Reino. El plan eterno de
Dios ha sido una Economía donde Su Hijo amado tenga la preeminencia (Col. 1:18; Ef. 1:9-14;
Ro. 8:29; Mt. 22:2; 2 Pe. l:11; Ap. 19:16; 22:3-5). El Reino de los cielos que se acerca es, pues,
el anuncio del Evangelio; fue lo primero que Jesús comenzó a enseñar (Mt. 4:17; Mr. 1:14,15) y
acerca de lo cual enseñó claramente con parábolas (Mt. 5:3,10,19,20; 6:33; 7:21; 8:11; 9:35;
11:11; 12:28; 13:11,19, 24,31,33, 38,41,43, 44,45,47; 18:1,3,4,23; 19:14,23; 20:1,31; 22:2;
25:1,14; Mr. 4:11,26,30; 9:47; 10:14,15; 10:23-25; 12:34; 14:25; Lc. 4:43; 6:20; 7:28; 8:1,10;
9:11,62; 10:11; 11:20; 12:31,32; 13:18,20,28,29; 16:10; 17:20,21; 18:16,17, 24,25,29; 19:12,15;
21:31; 22:16,18,29,30; Jn. 3:3-5; 18:36; Hch. 1:3).
El Reino fue también lo que mandó a los suyos anunciar (Mt, 10:17; 24:14; Mr. 9:2,60) y fue lo
que sus apóstoles anunciaron (Hch. 8:12; 14:22; 19:8; 20:25; 28:23,31; Ro. 14:17; 1 Co. 4:20;
6:9,10; 15:24,50; Gá. 5:21; Ef. 5:5; Col. 1:13; 4:11; 1 Tes. 2:12 ; 2 Tes. 1:5; 2 Ti. 4:1,18; He. 1:8;
12:28; Stg. 2:5; 2 Pe. 1:11; Ap. 1:9; 11:15; 12:10).
Es conveniente seguir atentamente todas estas Escrituras que nos hablan de un Reino;
constituyen una hermosa panorámica dentro de la revelación. El Reino es, pues, el ambiente
normal de la Iglesia, al cual ingresa y dentro del cual se prepara para su establecimiento
definitivo con la segunda venida del Señor Jesucristo.
Ahora bien, ¿por qué se dice que tal Reino de los cielos se ha acercado? ¿por qué dijo del
Señor que el tiempo se ha cumplido y el Reino se ha acercado? Israel estaba familiarizado con
las profecías veterotestamentarias acerca del Reino; Israel esperaba el Reino del Mesías; los profetas habían hablado de él, e incluso, habían señalado los acontecimientos que precederían
a tan glorioso evento. David recibió la promesa de que de su simiente se sentaría el Mesías en
Su trono para siempre, puesto que de la simiente de Abraham serían benditas todas las familias
de la tierra; por lo cual Mateo se apresura a reconocer a Jesucristo como Hijo de David e Hijo de
Abraham (1:1) antes de comenzar aún a enumerar su genealogía.
Isaías (2:1-4; 4:2-6; 9:1-7; 11:1-16; 32:1-8; 33:2-24; 35:1-10; 40:1-11; 41:18-20; 42:1-17;
49:8-26; 51:1-23; 52:1-12; 54:1-17; 60:1-22; 61 y 62; 66:1-24).
Jeremías (23:5-8; 30:7-9; 33:15-17, 20-22,25,26).
Ezequiel (11:14-20; 16:59-63; 20:40-44; 36 y 37 ; 39:21-29; 47:13-23).
Daniel (2:44; 7:9,10,13, 14,18,22,26,27; 9:24; 12:1-3,12,13).
Joel (3:16-21), Amós (9:11-15), Abdías (1:17-21), Miqueas (4:1-13; 5:1-15), Sofonías
(3:8-20), Zacarías (9:9-17; 10:1-12; 12:1-14; 13:1,2; 14:1-21), Malaquías (4:2,3).
Todos éstos describieron las características de este Reino, y lo que sucedería cuando
estuviese cerca. De igual manera, los profetas hablaron del Mesías sufriente y de Sus
padecimientos necesarios antes de las posteriores glorias. Daniel, incluso, en su profecía
acerca de las 70 semanas, señaló el día de la visitación del Mesías, en cuya fecha exacta Jesús
entró en un burrito a Jerusalén; con razón decía: "El tiempo se ha cumplido"; por lo cual Pablo
escribía también a los Gálatas que Dios había enviado a Su Hijo venido en "el cumplimiento del
tiempo" (4:4). La serie de imperios anunciada a Daniel en sus visiones, llegaba a su fin:
Babilonia, Media y Persia, Grecia, y entonces Roma, la última bestia, bajo la cual murió el
Mesías y contra la cual se desbordarían los acontecimientos apocalípticos, de lo cual el apóstol
Pablo ya amonestaba, y bajo lo cual, nosotros hoy en día, nos hallamos inmersos, viendo el
desarrollo perfecto del cumplimiento profético a punto de parir el anunciado Reino de los cielos.
Así que verdaderamente el Reino de los cielos se ha acercado. La Iglesia ingresa en él y lo
anuncia, primero espiritualmente, y entonces, cuando Cristo regrese, ya pronto, quedará
establecido sin oposición alguna; primero, con el milenio, y entonces, para siempre en el Cielo
Nuevo y la Nueva Tierra, con la Nueva Jerusalén, el monte de Sion y el imperio eterno del
Mesías.

XXII
 
LA REGLA

Si bien Dios permitió que las cartas del apóstol Pablo tuviesen autoridad universal hoy, no
obstante, históricamente hablando, el apóstol se dirigía a personas individuales (Timoteo, Tito,
Filemón), o a iglesias locales (Romanos, Corintios, Efesios, Filipenses, Colosenses,
Tesalonicenses); y descontando a "Hebreos", tenemos sin embargo más ampliamente que la
carta a los gálatas iba dirigida ya no a una sola iglesia local, sino a varias dentro de aquella
región donde precisamente Pablo fue pionero con Bernabé: Galacia. El tema de la carta,
además, era nada menos que la regla del evangelio, dirigida a una amplia jurisdicción histórica,
y reconocida tal regla hoy como verdad universal.
En aquella carta Pablo comienza exponiendo su autoridad con la que abordaría el tema: era
apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, no de hombre ni por hombre; y había recibido de
Dios el evangelio por revelación, siendo especial comisionado de Dios para los gentiles; tenía el
respaldo de la diestra de compañerismo5 de los apóstoles columnas, Jacobo, Cefas y Juan,
quienes reconocieron la gracia que le fue dada sin añadirle nada nuevo; hablada, pues, con
autoridad divina. En su carta anatematiza, pues, todo otro supuesto "evangelio" que no sea el
que ellos han recibido de él; evangelio que a continuación expone en su carta, que termina
entonces así: "Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al
Israel de Dios" (Gá. 6:16); entonces, como quien ha dejado todo claro y establecido, añade que
de allí en adelante nadie le cause molestias.
----5Cfr. Gálatas 2:9----

La carta, pues, a los gálatas (que es corroborada por Romanos, 2 Corintios, y el resto del
Nuevo Testamento), es de una importancia vital y fundamental, pues establece "la regla", o sea,
según la palabra griega, "el canon" de lo que es el evangelio cristiano y apostólico, fuera de lo
cual, lo demás es anatema, aunque fuese presentado por un ángel del cielo (Gá. 1:8,9). No
podemos minimizar esto, sino que debemos atenderlo con suma devoción; y en cuanto a
"fundamentos", he aquí, pues, una consideración vital.
El meollo de la carta es la justificación por la fe, que también obra por el amor; el andar en el
Espíritu que se recibe de gracia por la fe en Cristo, y que produce un fruto contra el cual no hay
ley. La nueva creación es la clave aquí, en la que somos libertos de las pasiones de la carne y de
la esclavitud bajo la ley de los rudimentos del mundo. No nosotros, sino Cristo en nosotros. He
allí el evangelio.
La correcta exégesis, bajo la unción del Espíritu Santo, de la carta a los gálatas, es alimento
de primera magnitud para el establecimiento de la verdad. Entonces, la carta a los romanos,
retomando el mismo tema, profundiza la exposición. Nadie puede justificarse ante Dios
pretendiendo haber cumplido la ley, pues todos hemos pecado muchas veces en la debilidad de
la carne. La ley ha puesto de manifiesto nuestro pecado, pero no nos ha dado vida para poder
cumplirla, sino que nos ha condenado. Esta vida nos la ha regalado Dios por Jesucristo
mediante el Espíritu Santo prometido, que recibimos al creer en Cristo, quien al morir por
nosotros llevó también a la muerte la vieja creación caída, y por Su resurrección comenzó una
nueva creación que nos es donada gratuitamente en el Espíritu, si lo recibimos por fe. Tal fe da
lugar a Cristo en nuestra vida, el cual, ahora, por gracia, opera según el Espíritu produciendo el
fruto que es amor y todo lo demás, en lo que se cumple toda la ley y los profetas. No estamos,
pues, ahora bajo el régimen viejo de la letra de la ley, como exigiéndole a la carne que en su
atroz debilidad haga obras espirituales agradables a Dios; ¡no! sino que más bien estamos bajo
la gracia, bebiendo por la fe del Espíritu de Cristo, y obteniendo por la confianza en Él, el don de
la justicia; justicia gracias a la satisfacción del sacrificio de Cristo; gracias a la operación del
Espíritu Santo recibido por una fe viva que obra por el amor. Este don de la justicia es, pues,
fundamento de salvación, ya que somos salvos no solamente por Su muerte sino también por
Su vida. ¡Cristo en nosotros, la esperanza de gloria!

XXIII
 
SOBRE ESTA ROCA

A esta altura de nuestro esquema, quepa ya el momento de volver a considerar aquel
importante pasaje de Mateo 16:13-20, donde el Señor mismo revela sobre qué Roca iba a
edificar su Iglesia. Tratándose nuestro estudio acerca de "los fundamentos", conviene ahora,
después de lo ya expuesto, considerar el importante pasaje de la roca.
En Cesarea de Filipo, Jesús introdujo entre sus discípulos una solemne conversación acerca
de Sí mismo; el tema era sobre Su identidad. Jesús deseaba a propósito que se manifestase el
punto hasta el cual los suyos y los hombres habían logrado identificarle. Su identificación, el
conocimiento de Él, era el contexto preparado adrede por Jesús, pues estaba a punto de hacer
una de las declaraciones más trascendentales para la Iglesia: acerca de la Roca sobre la que Él
iba a edificarla.
Entonces Simón bar-Jonás, ante la pregunta de Jesús acerca de quien decían los hombres y
ellos que era Él, respondió solemne y acertadamente: "16Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente"; a lo cual Jesús le respondió: "17Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no
te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18Y yo también te digo, que tú
eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán
contra ella". Las puertas del Hades no prevalecerían, pues, sobre la Iglesia de Cristo fundada
sobre la Roca. ¿Cuál Roca?
Cuando Simón bar-Jonás identificó y confesó a Jesús de Nazareth como el Cristo, el Hijo de
Dios, el Señor le llamó bienaventurado por esta razón; llamándole ahora a Simón, en arameo,
Cefas; es decir, piedra, Pedro, en griego. Simón bar-Jonás fue convertido en Pedro, un hombre
común convertido en "piedra", cuando gracias a la revelación divina pudo conocer a Jesús como
el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Esto le hizo bienaventurado. Entonces Jesús añadió: "sobre
esta roca edificaré mi iglesia".
El Señor no le dijo a Pedro: "sobre ti edificaré mi Iglesia", sino que dijo: "sobre esta roca". Usó
con Pedro la segunda persona, "tú", pero ahora, hablándole a él, usa la tercera: ésta roca,
refiriéndose a aquella sobre la que edificaría. No habló, pues, precisamente de Pedro, sino de
aquello que acababa de declarar a Pedro, a saber: "Bienaventurado... porque no te lo reveló
carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. ¡Esa es, pues, la Roca! El Hijo del Dios
viviente confesado por directa revelación divina; Jesús reconocido espiritualmente como el
Cristo, Hijo del Dios viviente. Tal revelación de Cristo confesada, hace bienaventurada piedra
viva para ser edificada en Él, a quien la reciba directamente de Dios; pues ¿qué puede
prevalecer contra aquello que Dios mismo ha establecido? Dios nos establece revelándonos a
Su Hijo para que le confesemos. "No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los
cielos", pues también: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre" (Mt. 3:27), y ninguno puede venir al
Hijo para ser salvo y edificado, si el Padre que envió a Cristo, no lo trajese (Jn. 6:44,45, 65).
Debe, pues, sernos dado directamente del Padre el conocer a Cristo; conociendo al cual,
conocemos al único Dios; conocimiento tal que es la vida eterna (Jn. 17:3). Cristo siéndonos
revelado directamente del Padre y confesado con la boca desde el corazón, ¡es la Roca sobre la
que el Señor edifica a Su Iglesia! Su Persona (Jesús, Hijo de Dios), Su obra y Su doctrina (la del
Cristo) deben sernos enseñadas directamente de Dios para que podamos ser edificados. Sin tal
conocimiento espiritual del Señor Jesucristo es imposible el nuevo nacimiento, el crecimiento y
la madurez cristianos. Tan sólo participando de tan bienaventurada revelación divina somos
asentados sobre la realidad del Reino de los cielos.
Todo lo que no plantó el Padre celestial será desarraigado (Mt. 15:13), pero "arraigados y
sobreedificados'' en Jesucristo, andaremos y seremos confirmados en Él (Col. 2:7). En Cristo
somos, pues, sobreedificados. A éstos, el mismo apóstol Pedro también llama "piedras vivas" de
la casa espiritual de Dios (1 Pe. 2:4,5). Somos hechos "piedras vivas" para ser sobreedificados
en Cristo, de la misma manera como fue hecho "piedra" Simón bar-Jonás: concediéndosenos
confesar al Hijo revelado. Nadie puede llamar a Jesús "Señor" sino por el Espíritu Santo, mas
quien creyendo lo confiese invocándole, será salvo (1 Co.12:3; Ro. 10:9).
Tal revelación del Hijo que Pedro confesó, le abrió las puertas del Reino de los cielos; por eso
Jesús le dijo: "19Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que atares sobre la tierra habrá
sido atado en el cielo; y lo que desatares en la tierra habrá sido desatado en los cielos”. En el
texto griego, el enfático y exclusivista “y a ti daré las llaves...", no aparece; sino que simplemente
dice: "doso soi" [δώσω σoι] (dare-te), o sea, apenas: "te daré las llaves". Tampoco en el texto
griego aparece el futuro perfecto "será atado" o “será desatado" en los cielos, sino que dice:
"estai dedeménon" [εσται δεδεμέvov] (habrá sido atado), lo mismo que dice: "estai leleménon"
[εσται λελυμέvov] (habrá sido desatado); es decir, que el cielo habrá atado o desatado aquello
que revele para hacerse así en la tierra. Esta aseveración a Pedro por parte de Jesús, fue
también hecha a la Iglesia por el Señor según Mateo 18:18; no es, pues, exclusiva de Pedro. La
iglesia local debe, pues, operar según le haya sido revelado del cielo, atando y desatando en la
tierra lo que ya "estai dedeménon" (habrá sido atado), o lo que "estai leleménon" (habrá sido
desatado) en el cielo. Vemos, pues, así a la iglesia, y a cada miembro suyo en particular,
operando bajo la directa gobernación de la cabeza celestial. Por eso es tan imprescindible la
bendita y bienaventurada revelación del Hijo. Dios habla en los postreros días por el Hijo (He.
l:1,2). Las riendas de la Iglesia siguen, pues, tan sólo en las manos de Aquel que está sentado a
la diestra del Padre esperando que todos sus enemigos le sean puestos por estrado de sus pies.
La autoridad radica, pues, en la revelación divina por parte del Padre de la cabeza única del
cuerpo, Cristo Jesús. Cristo reina en el reino de la verdad, sin la violencia de la espada, como
enseñó a Pilato (Jn. 18:36,37), y los que son de la verdad oyen Su voz (1 Jn. 4:6). "A él oíd"
ordenó el Padre (Mt. 17:5). La espada la tiene el Estado para los transgresores, y estará en la
boca de Cristo en su segunda venida.
Desde la gloria el Señor mismo constituye apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y
maestros, revelándose a ellos para que puedan ministrarle espiritualmente al pueblo como
ministros competentes del pacto del Espíritu (Ef. 4:10-16; 2 Co. 3:2-12; 3:17,18; 4:1-6).
El diablo entretanto ha sembrado la cizaña, la cual junto con el trigo debe crecer hasta el día
de la siega (Mt. 13:24-30, 36-43). No obstante, toda planta no plantada por el Padre será
desarraigada en su hora; mientras tanto se nos enseña a hacer el reconocimiento por los frutos
(Mt. 7:15-20); conocimiento según el Espíritu (2 Co. 5:16). El que no haya nacido, pues, del agua
y del Espíritu, regenerado por un nuevo nacimiento, no podrá ver el Reino de Dios ni entrar a él
(Jn. 3:3,5), pues el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios que no puede
entender, pues es preciso discernirlas espiritualmente (1 Co. 2:10-16). El nuevo nacimiento
acontece cuando recibimos al Hijo y confesamos la revelación del Hijo identificándonos con
Él, que ha de formarse en nosotros de gloria en gloria hasta el pleno conocimiento de Dios en la
estatura de Cristo. Tan sólo el Espíritu vivifica (Jn. 6:63), y el fortalecimiento espiritual del
hombre nuevo interior que es el único que rinde frutos eficaces para Dios, deber ser la prioridad,
y es lo verdaderamente valioso. Todo lo demás, lo que haya nacido de la carne y que haya sido
operado en virtudes meramente naturales, es reprobado, ya que no soporta la prueba del fuego,
y por lo tanto no puede formar parte del edificio o casa espiritual de Dios (Jn. 3:6; 1 Co. 3:11-15;
15:50; Ef. 2:18-22; 1 Pe. 2:5). La Iglesia es columna de una verdad que es realidad espiritual
evidente por sus frutos, lo cual tan sólo brota de la suministración del Espíritu por la revelación
divina del Hijo. Sobre esta Roca edifica, pues, Cristo a Su Iglesia, de manera que las puertas del
Hades son neutralizadas y derrotadas por la virtud del Cristo resucitado que vive en cada
miembro de Su cuerpo místico iluminándolo y fortaleciéndolo.
El verdadero magisterio es, pues, tan sólo aquel que ministra de, en y por el Espíritu Santo y
para la gloria de Dios, pues la competencia del ministerio consiste en la ministración eficaz de
vida por el Espíritu (2 Co. 3), lo cual es, pues, lo único que, como decíamos, rinde evidentes
frutos eficaces para Dios, reconciliándole efectivamente todas las cosas, en la realidad, y no
meramente en huecas apariencias. Se nos exhorta, pues, a guardarnos de los lobos vestidos de
ovejas, personas que apenas tienen apariencia de piedad, pero cuya eficacia les es extraña,
pues que en su interior apenas hay rapacidad. Esta rapacidad se manifiesta en el negocio de la
religión organizada carnalmente, que se ornamenta exteriormente y se autoexalta con títulos
altisonantes, como pretexto para su avaricia y vanagloria. Se nos exhorta, pues, a seguir la fe, la
paz, la santidad, la justicia y el amor, con los de corazón limpio que invocan al Señor, conocidos
por sus frutos (Mt. 7:15-20; 23:1-36; 2 Ti. 3:1-9; 2:22).
"Conoce el Señor a los que son suyos; y: apártese de iniquidad todo aquel que invoca el
nombre de Cristo" (2 Ti. 2:19); he allí el sello que auténtica el firme fundamento de Dios; para esto, verdaderamente "nihil obstat".

XXIV
 
EL SELLO DEL FIRME
FUNDAMENTO DE DIOS

Un sello es la señal o marca que autentica oficialmente un reconocimiento o una aprobación.
Cuando algo no es reconocido o aprobado, entonces carece del sello oficial de autenticación,
con lo cual se declara falto o insuficiente, falso o espúreo, peligroso y reprobado todo aquello
que no haya recibido el sello. Los hombres, pues, pretenden hacer descansar el edificio de su
salvación en diversos tipos de fundamentos, sean estos personas, experiencias, opiniones,
métodos, formas, ritos, prácticas, asociaciones, organizaciones, etc.; sin embargo, el único
fundamento que realmente es declarado firme de parte de Dios, es Jesucristo (1 Co. 3:11); de
manera que quienes auténticamente se hallan arraigados y sobreedificados en Él cual sobre
roca fundamental, poseen entonces el sello de autenticación que reconoce y aprueba su
fundamentación. Tal sello es el que citamos en al apartado anterior: "Pero el fundamento de
Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de
iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo'' (2 Ti. 2:19).
El sello tiene, pues, dos caras: "conocidos de Dios", una; y "santidad de vida en los que
invocan a Cristo", otra. Por la parte de Dios, el Señor conoce a los que le pertenecen, a los que
conforme a Su propósito son llamados. Y a éstos que antes conoció, también predestinó, llamó,
justificó y glorificó en Cristo Jesús (Ro. 8:28-30). A su vez, éstos mismos, por la parte del
hombre, son los que aman a Dios guardando sus mandamientos al vivir en Cristo. Los inicuos no
son, pues, reconocidos de Dios. Jesús dijo:
"21No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace
la voluntad de mi Padre que está en los cielos. 22Muchos me dirán en aquel día: Señor,
Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu
nombre hicimos muchos milagros? 23Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos
de mí, hacedores de maldad" (Mt. 7:21-23).
Así que la fe verdaderamente viva se muestra en sus obras de amor (Stg. 2:14-26; Gá. 5:6);
así como la circuncisión sirvió a Abraham como señal de su pacto con Dios, así también, la
circuncisión espiritual de corazón certifica nuestra alianza cristiana con el Señor; el corte de "la
carne" y el despojamiento del viejo hombre, hacen públicamente manifiesto en nuestras vidas
que estamos viviendo íntimamente unidos a Cristo. Así que todo aquel que invoca para
salvación a Cristo y se confía verdaderamente en Él, exhibirá espontáneamente un amor a Dios
y a los hombres, que es fruto evidente de su arraigo y fundamentación en Cristo.
La iniquidad es, pues, incompatible con la fuente sustentatriz divina, y por lo tanto no es
reconocida por Dios; atribúyese, pues, la iniquidad a un falso fundamento. Nadie puede
sostenerse en tal arena movediza. El hacer lo que Cristo manda es lo que demuestra la Roca
sobre la que estamos fundados.
Los que aman a Dios y en verdad le siguen, son los mismos a quienes Dios reconoce; Dios
acepta a quienes se hallen verdaderamente en el Amado (Ef. 1:6); éstos mismos son Sus
conocidos que viven por Su gracia, de la cual extraen frutos de santidad que apartan de la
iniquidad. No será reconocida, pues, aquella virgen fatua que pretendiendo esperar a Cristo
apenas duerme y sueña estando desprovista, en su vasija que es el alma, del aceite de Su
Espíritu (Mt. 25:12). Quien no tenga el Espíritu de Cristo, no es de Él (Ro. 8:9); y quien
teniéndolo en su espíritu, lo contrista y lo paga, no andando en Él, verá afectada su recompensa,
y no será reconocido para el milenial reino de los cielos.

V: LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

PARTE V
"3Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo del la paz; 4un cuerpo, y un
Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación;
5un Señor, una fe, un bautismo, 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por
todos, y en todos".
Efesios 4:3-6.

XXV
LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

"Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Ef. 4:3). "Porque por un
sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o
libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu" (1 Co. 12:13; comparar con Gálatas
3:28; Col. 3:10,11). A todos, pues, los que hemos recibido a Cristo se nos suministra del mismo
Espíritu Santo, con lo cual se establece la base de la comunión. Se nos exhorta entonces a
guardar la unidad del Espíritu. Dice "guardar" puesto que la unidad del Espíritu es ya un hecho
dado. Todos los que personalmente, por la fe en Cristo, bebemos del Espíritu dado, somos
introducidos mediante Él en una comunión espiritual que se constituye en el terreno de una
única casa espiritual de Dios, que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Es el Espíritu el que nos
introduce en el Cuerpo; por lo tanto, sin ese Espíritu se está fuera del Cuerpo; mas al beber del
Espíritu, Éste nos comunica en Sí con el resto de todos los suyos.
El terreno básico del compañerismo cristiano es esta comunión del Espíritu que se efectúa en
siete aspectos complementarios: Un Espíritu, un Cuerpo, una misma esperanza, un Señor,
una fe, un bautismo, un Dios y Padre (Cfr. Ef. 4:4-6). Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es
de Él (Ro. 8:9), pero quien ha recibido a Cristo, tiene Su Espíritu morando dentro, y por lo tanto
participa del mismo Padre, sumergido en la misma identificación con Cristo, por la misma fe
básica y fundamental con la que se somete al mismo Señor, teniendo la misma vocación o
llamamiento, dentro del mismo Cuerpo. Por lo tanto, a todos los que estamos sobre esta misma
base se nos exhorta a "guardar" el hecho divino de la unidad del Espíritu. Es una comunión
espiritual que nosotros mismos no fabricamos, sino que de hecho existe, pero que si no
guardamos con solicitud, entonces perdemos parte de sus beneficios y colocamos estorbos al
plan divino.
Dios se ha propuesto reconciliar todas las cosas en Cristo (Ef. 1:10), por lo cual ha crucificado en Su cruz todo lo perteneciente a la carne y a la vieja creación, comenzando con la resurrección
del Hijo, una nueva creación reconciliada y en armonía perfecta con Dios y consigo misma, lo
cual nos es suministrado primeramente por la virtud del Espíritu Divino que toma lo del Padre y
el Hijo y nos lo participa (Jn. 16:15); de manera que en el Espíritu residen todos los valores de la
reconciliación perfecta, siendo el mismo Espíritu el amor personal del Padre y el Hijo. De modo
que quien tiene al Espíritu tiene al Hijo, y quien tiene al Hijo tiene al Padre, y esta naturaleza
divina que es puro amor es un hecho participado a cada renacido en Cristo; por lo cual se nos
exhorta, no a producir, sino a guardar con solicitud tal unidad del Espíritu.
De manera que la comunión cristiana está delimitada simplemente por la participación o no
con el Espíritu de Cristo. Debemos recibir a quien Cristo ha recibido, sobre la única base de la
común participación con el Espíritu de Cristo. Erigir carnalmente otros muros o requisitos es
levantar estorbos y defensas contra el propósito divino de reconciliación. Existen enemistades
en la carne que se han levantado para demarcar dentro del compañerismo cristiano un laberinto
de limitaciones, con exclusiones injustas, y con inclusiones ilegítimas. Todo esto se ha hecho
por no mantenerse en el terreno básico de la unidad del Espíritu. Solamente esta comunión del
Espíritu logra reunir en reconciliación a todos los hijos de Dios; por lo tanto, es escrituralmente
reprochable cualquier unificación basada en criterios carnales tales como raza, nacionalidad,
sexo, liderazgos, clase social, operaciones, dones, ministerios, sectas, etc. La base de la
comunión cristiana es únicamente la unidad del Espíritu evidenciada en la común participación
de un mismo cuerpo, Espíritu, esperanza, Señor, fe, bautismo y Dios Padre. Toda otra
delimitación queda prohibida. No podemos asociarnos en base a la raza fabricando sectarias
fraternidades negras, o blancas, o asiáticas, o indígenas, y pretendiendo para ellas la suficiencia
de "iglesia". ¡No! sino que todos, indígenas, asiáticos, blancos y negros, etc., judíos y gentiles,
todos somos uno si estamos en Cristo Jesús, y somos ya de hecho partícipes de la
comunión del Espíritu; por lo cual no debemos separarnos, sino guardar y manifestar la unidad
del Espíritu viviendo el Amor Divino de la reconciliación.
Tampoco podemos agrupamos por nacionalidades pretendiendo hacer supuestas "iglesias"
macá, o coreanas, o alemanas, o rusas, etc. ¡No! sino que todo lo que heredamos en Adán ha
sido crucificado con Cristo, y en Su resurrección ha surgido para nosotros una misma vida
por cuyo Espíritu somos todos los que vivimos por ella, uno; sin tener en cuenta la nacionalidad.
Los supuestos valores carnales del nacionalismo son infinitamente superados por los auténticos
y eternos valores cristianos de la comunión universal de los copartícipes con el Espíritu de
Cristo. La vida en el poder del Espíritu supera las rivalidades y orgullos nacionalistas y disipa las
enemistades. La comunión en el Espíritu nos obliga, pues, a recibirnos en Cristo plenamente
reconciliados.
De igual manera acontece en el ámbito de las diferencias de clase social y sexo. En Cristo no
hay varón ni mujer, siervo ni libre,6 sino que es el mismo Cristo viviendo por el mismo Espíritu y
operando en todos, hombres y mujeres, ricos y pobres, cultos e incultos, patrones y empleados,
reconciliando por la virtud de la comunión del Espíritu, a todos en la verdad, el amor y la justicia.
Asociarse con los humildes es, pues, lo normal para los ricos genuinamente cristianos. Trabajar
como para Cristo junto a sus patrones, es lo normal de los proletarios cristianos. Amarse y
encontrarse como hermanos, viendo cada uno por los intereses también del otro, es lo normal
de los contratos cristianos. Un nivel diferente no es aún verdaderamente cristiano.
Esta inefable alianza cristiana sólo se debe a la comunión del Espíritu, lo cual es un hecho
divino provisto ya en Cristo Jesús por el Espíritu; por lo tanto, con solicitud, y vinculados en la
paz de Cristo, debemos guardar tal unidad del Espíritu, extrayendo de Su virtud, el vigor de
nuestra reconciliación, y la realización consumada de ésta. Es, pues, imprescindible andar en el
Espíritu de Cristo para ser beneficiarios experimentados de la unidad del Espíritu.
---6Cfr. Colosenses 3:11---

En la Iglesia, tampoco podemos girar alrededor de líderes o ministerios. No podemos hacer a
Cefas el centro y la razón de nuestra comunión; tampoco a Pablo, ni tampoco a Apolo, ni
tampoco a nuestra independencia (1 Co. l:11-13; 3:3-8). Los nuestros son todos los de Cristo, y
no apenas los de Cefas. Cefas es nuestro y nosotros de Cefas en todo lo que compartimos de
Cristo. No más allá del Espíritu de Cristo, ni más acá, no podemos establecer límites de
comunión. La comunión se debe solamente a la unidad del Espíritu, y Éste ya mora en los que
Cristo ha recibido. Cristo ha recibido a quienes le han recibido a Él. Debemos recibir de Cristo a
todos sus miembros, y no hacer diferencia entre ellos por causa de líderes, ministerios,
operaciones, dones, funciones y actividades. No podemos, pues, tampoco girar alrededor de
misiones, u organizaciones, o denominaciones, o sectas, por más extensas que estas sean;
nunca igualarán al Cuerpo de Cristo, y por lo tanto las limitaciones que imponen son
inconvenientes. Debemos guardar la unidad del Espíritu dentro de un sólo Cuerpo valorándola
más que nuestras afinidades naturales y más que toda asociación que cierre su círculo en base
a requisitos ilegítimos de liderazgos, misiones, estatutos, etc. Solamente la completa y perfecta
comunión del Espíritu, cuya unidad es ya un hecho que guardar, está en sintonía con los planes
del propósito divino; no debemos, pues, enaltecer nuestras divisiones, sectarias y carnales, por
encima y en contra de la reconciliación divina de todos sus hijos dentro de un solo cuerpo.

XXVI

UN CUERPO

La Iglesia universal que es el Cuerpo de Cristo, puesto que Cristo no está dividido, es, pues,
una sola, de la que forman parte todos los hijos de Dios. No hay un sólo hijo de Dios que esté
fuera de Su Cuerpo, puesto que para ser hijo de Dios debe participar de la vida de Cristo, lo cual
se hace recibiéndole por fe. Si participa un hijo de Dios de la vida de Cristo, entonces es un
miembro de Su Cuerpo. Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él; y por el hecho de no
participar de Cristo, entonces ningún no-regenerado ajeno a la vida de Dios puede participar de
Su Cuerpo que está formado por tan sólo miembros de Cristo. El Cuerpo de Cristo está, pues,
formado por todos sus miembros, que son todas aquellas personas donde Cristo mora. Siendo,
pues, Cristo uno solo, Su Cuerpo es también uno solo; como está escrito: "Un cuerpo" (Ef. 4:4).
"Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de
los otros" (Ro. 12:5).
"12Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros
del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13Porque por un solo
Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo..." (l Co. 12;12,13), "16Mediante la cruz
reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. 21...un templo
santo en el Señor" (Ef. 2:16,21).
"La paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en
un solo cuerpo..." (Col. 3:15).
Este cuerpo único de Cristo formado de la suma de todos sus hijos en toda época y lugar, es la
Iglesia universal; y a ella pertenece por derecho propio y sin necesidad de otro "ingreso", toda
persona que se haya identificado con Cristo Jesús, siendo efectivamente renacida por la virtud
del Espíritu suyo. Una vez que Cristo haya recibido a una persona, esa persona queda incorporada a Él, y Cristo mora en ella haciéndole miembro Suyo. Todos Sus miembros, sin
faltar ni sobrar ninguno, formamos Su cuerpo, y somos de hecho y por derecho la Iglesia
universal.
Este cuerpo tiene una sola Cabeza y una sola Vida: Cristo Jesús. La autoridad dentro del
Cuerpo radica, pues, exclusivamente en la Cabeza, Cristo Jesús, y opera exclusivamente por
Su Espíritu, moviéndose a través de todos los miembros y delegando a cada cual un servicio en
el Espíritu. Este servicio en el Espíritu es una manifestación espiritual evidente por sí misma,
constituida directamente por la Cabeza y reconocida en la comunión del Espíritu por los
miembros del Cuerpo sujetos a la misma Cabeza.
Cada carisma tiene, pues, su propia autoridad delegada, la cual se mantiene viva una vez que
esté sostenida por el suministro del Espíritu y la autoridad de la Cabeza. Cristo no sólo dona
carismas, sino que además delega responsabilidades. Carisma y responsabilidad, aunque no
son lo mismo, están íntimamente relacionados, pues de cada talento debe rendirse cuentas. Sin
embargo, carisma y responsabilidad son diferentes; la autoridad del carisma es moral; en
cambio la autoridad del comisionado a una responsabilidad es además oficial. Cuando Cristo, la
Cabeza, encomienda una responsabilidad, obviamente otorga también el carisma necesario
para sobrellevarla. La encomienda es delegada con una autoridad oficial ungida con el carisma
de autoridad moral. Veamos un ejemplo para entender la diferencia entre autoridad oficial y
autoridad moral; las dos delegadas directamente de Dios: En la familia, el padre es el primer
responsable de su marcha, por lo cual se le debe sujeción; su autoridad es oficial. Si ese padre
vive sujeto a Cristo, posee además autoridad moral; pero si no, de todas maneras es el
responsable de su familia, por lo que dará cuentas; y por lo tanto sigue siendo suya la autoridad
oficial, aunque moralmente se haya deslizado de su dignidad. Y ya que fue Dios quien otorgó
esa autoridad oficial, por lo tanto merece respeto.
En el cuerpo de Cristo la Cabeza delega Su autoridad a quien quiere; a cada miembro una
jurisdicción; y ante Su tribunal se rendirá cuentas. La autoridad oficial en la obra del Señor la
tienen los apóstoles, y dentro de la iglesia local el presbiterio de ancianos, quienes son los
obispos de la ciudad. Autoridad moral tiene todo miembro sujeto a la Cabeza, pero los
comisionados tienen una responsabilidad especial por causa del encargo. Cualquier carpintero
puede hacer una mesa (autoridad moral), pero el responsable es aquel a quien se le contrató
para hacerla (autoridad oficial). El cuerpo está, pues, sujeto a Su Cabeza sometiéndose a Su
autoridad por el Espíritu Santo. Debemos, pues, someternos a la autoridad del Espíritu, que
delega autoridad moral y oficial en Sus miembros.
Aunque la Cabeza delega autoridad, no por eso se desliga del Cuerpo, sino que en sus manos
permanecen las riendas, y con cada miembro hay un contacto vivo; con la oración se apela a la
justicia de la Cabeza.
La cabeza es el único Coordinador suficiente de todos los miembros; y ya que Cristo es el
Coordinador (Ef. 2:21), no podemos encerrarnos en círculos denominacionales, sectarios o
estrictamente misionales, sino que debemos estar abiertos a la comunión con todos los
hermanos, permitiéndole a la Cabeza asociarnos, dirigirnos y complementarnos. Recordemos
que Cristo es nuestra paz, y que en Sí mismo ha hecho de muchos: Un solo y nuevo hombre.
Solo, porque Cristo es único; y nuevo, porque proviene de la virtud de la resurrección; un solo y
nuevo hombre: el Cuerpo de Cristo (Ef. 2:15,16).
No importa cuán multiforme aparezca la gracia, el Cuerpo es uno; no importa cuánta
diversidad haya entre funciones y actividades, ministerios, dones y operaciones, Dios es uno, el
Señor es uno, el Espíritu es uno, y entonces el Cuerpo es también uno. Nuestro deber es recibir
a todos los que Cristo ha recibido, de la misma manera como Él nos recibió a nosotros (Ro.
15:7). Somos aceptos en el Amado por las infinitas riquezas de Su gracia derramada en Cristo
para todos sin distinción.

XXVII

UN ESPÍRITU

Como ya vimos en el apartado XXV (La unidad del Espíritu), la comunión de los miembros del
Cuerpo de Cristo se debe fundamentalmente a la unidad del Espíritu, uno sólo, pues, es el
Espíritu el que debe operar en el Cuerpo: el Espíritu de Cristo. Con esto queremos señalar que
quedan completamente reprobadas todas las acciones que procedan de otra fuente distinta al
Espíritu Santo. Lo que es nacido de la carne es carne, lo cual para nada aprovecha, pues no
puede heredar el Reino (Jn. 3:6; 6:63; 1 Co. 15:50). Es recibida toda persona que tenga el
Espíritu de Cristo; y de tal persona se recibe toda acción nacida en el Espíritu. Y puesto que
existen otros espíritus que operan error, se hace necesario probar los espíritus, examinarlo todo
y retener lo bueno (1 Jn. 4:2; 1 Tes. 5:21). El Espíritu Santo se caracteriza por su confesión de
Cristo (1 Jn. 4:2,3), y por Su fruto (Gá. 5:22,23), pues el espíritu de la profecía es el testimonio de
Jesús (Ap. 19:10).
Esto no significa que una persona que posea el Espíritu de Cristo nunca vaya a cometer una
falta o error, pues la persona sigue siendo libre y es su deber someterse voluntariamente al
Espíritu Santo sin contristarlo, lo cual no siempre acontece. Pero sí significa que, aunque la
persona tenga el Espíritu de Cristo y sea miembro de Su Cuerpo, no por eso serán aprobadas
sus acciones nacidas de la carne y por la instigación tramposa de otros espíritus. Pablo escribía
a los gálatas:
"1¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante
cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? 2Esto
solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con
fe? 3¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzando por el Espíritu, ahora vais a acabar por la
carne?” (Gá. 3:1-3).
Vemos que aunque los gálatas habían recibido el Espíritu Santo que podía guiarlos a toda la
verdad, erraban en su niñez espiritual por no sujetarse a Él, sino más bien seguir obrando en la
carne. Tales gálatas eran aceptados como hermanos, ya que poseían el Espíritu de Cristo, pero
no eran aceptadas sus acciones en la came ni sus doctrinas fascinadas por error. Un concilio de
numerosas personas no representa en sí ninguna garantía si no está sujeto al Espíritu Santo. Es
muy posible, y sucedió varias veces en la historia, que sus conclusiones fueron apenas el
consenso mayoritario de una democracia carnal, o el eco sobornado y amedrentado de
poderosos intereses personales. No es la voz de la carnalidad de la mayoría la que gobierna en
el Cuerpo de Cristo, sino, siempre, Su Cabeza, Cristo Jesús, operando por medio del Espíritu
Santo que evidencia Su verdad, santidad, amor, poder, dominio propio, gloria, etc.
Reconocemos, pues, tan sólo a un Espíritu, el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo
(Mt.10:20; Jn. 15:26; Gá. 4:6), Espíritu de Cristo. Éste mora en todo el Cuerpo y se manifiesta a
través de cualquier miembro de Cristo que, dándole lugar, se someta a Él.
Además, el Espíritu Santo inspiró las Sagradas Escrituras y habla siempre en plena
concordancia con estas mismas Escrituras que Él mismo inspiró. Atendemos, pues, a la
naturaleza del Espíritu por su fruto, por su concordancia con la verdad de las Sagradas
Escrituras, y por el consenso de los miembros de Cristo sujetos al Espíritu. Este triple testimonio
concuerda, ya que es evidencia y fruto de la unidad del Espíritu. El Espíritu Santo es el Vicario
de Cristo que opera en Su nombre llevando adelante los intereses del Reino de Dios. Tal Reino
no es ahora de este mundo, y por lo tanto no se impone por la espada, ya que opera en el ámbito
de la verdad acatada en los corazones que están por ella, según lo testificó el Señor Jesús a
Pilato (Jn. 18:36,37). Para lo demás está el Estado. El que es de Dios, oye a los apóstoles de
Cristo cuya doctrina está en las Escrituras; capta además el Espíritu y penetra el evangelio
gracias a la iluminación de la revelación divina. El espíritu de error se conoce porque no oye a
los apóstoles de Cristo que hablan en perfecta armonía con las Sagradas Escrituras; además,
tampoco percibe la luz del evangelio, y su confesión del Cristo adolece de error y falta de
revelación (1 Jn. 4:1-6).
Un hijo de Dios puede errar, pero al ser corregido en el Espíritu Santo y con la verdad
apostólica escritural, reconocerá la voz de Dios, y seguirá al Buen Pastor, Cristo Jesús. Nadie lo
arrebatará de las manos del Padre y el Hijo, que operan a través del Espíritu Santo, ante cuya
obra de iluminación y revelación no puede prevalecer el Hades. Todos, pues, los que son
guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios (Ro. 8:14), y es una promesa que todos Sus
hijos serán enseñados por Jehová (Jn. 6:45; Is. 54:13). La unción del Espíritu Santo cumple la
promesa. El Nuevo Pacto con la Simiente de Abraham es nuestro en Cristo. Desde que
estamos, pues, en Cristo, a nadie conocemos según la carne (2 Co. 5:16). Todos los
participantes de este mismo Espíritu tenemos por Él entrada al Padre, y somos miembros de la
misma familia de Dios, conciudadanos de los santos. Somos, pues, hermanos, no importa los
medios o instrumentos usados por Dios para nuestra conversión y para hacer posible nuestra
regeneración en Cristo. Es este único Espíritu de Cristo el que compartido nos hermana; no es el
instrumento usado para nuestra pesca, sea misión, denominación, equipo, predicador, etc.
Pertenecemos a Dios y a toda su familia, y ella nos pertenece toda por el mismo Espíritu.

XXVIII
UNA MISMA ESPERANZA

"Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de
vuestra vocación" (Ef. 4:4 ).
"Cristo en vosotros, la esperanza de gloria'' (Col. 1:27).
Dios había prometido en el principio de la humanidad que la simiente de la mujer (Cristo
nacido de la virgen María) aplastaría la cabeza de la serpiente antigua, que es el diablo (Gé.
3:15; Ap. 12:9); de manera que el que tenía el imperio de la muerte sería quebrantado; con lo
cual sería posible la redención, que significaría un retorno a la gloria de Dios de la que por el
pecado fue destituido el hombre. Esta redención la llevaría a cabo la simiente de la mujer. Para
cumplir tal promesa, Dios separó a Abraham, asegurándole que en su simiente, la cual es Cristo,
bendeciría a todas la familias de la tierra, entregándole en herencia el mundo entero. Este
Heredero se sentaría en el trono de David para siempre señoreando desde Sion, y en Su luz
andarían también los gentiles; por lo cual, el Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, tomó
también, aparte de las ovejas perdidas de la casa de Israel, a sus otras ovejas, nosotros los
gentiles, y nos insertó en el tronco de su olivo, llevándonos a un solo redil y bajo un solo pastor,
Cristo, el David mayor. Por lo cual, Pablo, apóstol de Jesucristo para los gentiles, declaraba el
misterio revelado: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y
copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio (Ef. 3:5,6). De manera que
verdaderamente, como citábamos al principio, fuimos también llamados a una misma esperanza
que se alcanza y se consuma en Cristo para toda la humanidad: participar con Él de Su gloria,
como está escrito: "Os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro
Señor Jesucristo" (2 Tes. 2:14).
"20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la
palabra de ellos, 21para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22La gloria
que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23Yo en
ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me
enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. 24Padre, aquellos
que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean
mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo"
(Jn. 17:20-24).
"2Cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 3Y
todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (1 Jn.
3:2,3).
He aquí, pues, la esperanza que anida en todos nosotros los que tenemos Su mismo Espíritu,
siendo por tanto miembros del mismo Cuerpo y coherederos del mismo Reino.

XXIX

UN SEÑOR

He aquí un reconocimiento fundamental dentro de la comunión cristiana: "Para nosotros, sin
embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para
él; y un Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él" (1
Co. 8:6).
La verdad del Señorío de Jesucristo es fundamental a la fe cristiana: "A este Jesús a quien
vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo" (Hch. 2:36b). Que Jesús es el Señor, es
la confesión insustituible que brota del corazón y los labios de los redimidos: "Si confesares con
tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos,
serás salvo" (Ro. 10:9). Era esta verdad la que con la vida y la palabra envolvía la predicación
apostólica, como está escrito por Pablo a los corintios: "Porque no nos predicamos a nosotros
mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús"
(2 Co.4:5). Sí, lo que los apóstoles predican es a Jesucristo como Señor; para esto Él nos salvó:
“7Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.8Pues si vivimos, para el
Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que
muramos, del Señor somos. 9Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser
Señor así de los muertos como de los que viven'' (Ro. 14:7-9 ).
Efectivamente, Su sacrificio por nosotros tiene grandes implicaciones, pues nos reconcilia con
la voluntad del Padre. Reconocer a Jesús como el Señor significa, pues, vivir y morir para Él,
pues, “por todos murió, para que los que viven (es decir, los renacidos), ya no vivan para sí, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co. 5:15).
Pero el Señorío de Cristo no se reduce tan sólo a los cristianos, pues con Su resurrección
recibió autoridad sobre toda potestad y carne (Mt. 28:18). No sólo por derechos de creación, ya
que el Padre todo lo hizo con el Verbo y por el Verbo y para el Verbo; sino que además, por
derechos de redención, por Su compra sacrificial que levantó el embargo del pecado, y por el
sustento nuevo de la resurrección. "9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio
un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de
los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que
Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Fil. 2:9-11). Toda criatura, tarde o temprano,
deberá, pues, reconocer la soberanía de Dios que ha hecho heredero de toda plenitud a
Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.
Sólo bajo las plantas de Sus pies las cosas todas están en su debido lugar, pues sólo a Él
corresponde el legítimo derecho. Ser el Señor significa ser el Amo absoluto con pleno derecho.
Y Él es doblemente Señor: primero, por naturaleza, ya que en cuanto Verbo es Deidad creadora
y sustentatriz, además de ser la meta legítima de todas las cosas con su diseño. Segundo, es
también Señor por conquista, porque destronó al usurpador querúbico y venció a la muerte y
toda oposición, en sus pruebas humanas, recuperando así lo que había perdido. Es Señor de
señores y Rey de reyes, Soberano de los reyes de la tierra, y Cabeza de todo principado y
potestad, Heredero de todas las cosas; por lo tanto es Juez con poder de salvar y condenar.
Ante Él doblamos presurosos y contentos nuestras rodillas desde lo profundo de nuestros
corazones.
Quien tenga el Espíritu Santo no puede sino reconocer y confesar a Jesús como Señor, pues
gracias a Él ha sido trasladado al Reino del amado Hijo de Dios, donde la voluntad del Padre es
la perfecta directriz eterna con la que se nos concedió alianza. Estamos los cristianos aliados
con Dios y Su santa voluntad, por medio de la lealtad a Su Cristo, Su Ungido al que puso sobre
el trono altísimo. El cristiano debe, pues, reconocer que recibir a Jesús como Señor y Cristo,
implica otorgar la primera lealtad a los derechos de la corona de espinas del Redentor; Él,
primero, antes que nuestra propia vida, familia o propiedades.

XXX

UNA FE

La fe de los cristianos es, pues, la fe del Hijo de Dios; una fe que es don de gracia, nacida del
Espíritu cual iluminación de la revelación. Es la fe apostólica, básica y fundamental, es decir, la
fe esencial para salvación. No hablamos aquí de pormenores en la interpretación de doctrinas
menores que apenas afectarían el galardón y no la salvación, pero hablamos, sí, de la fe, la
única fe, la imprescindible para la salvación; aquella establecida bajo Cristo, apostólicamente:
"8Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el
Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Ro. 10:8,9).
Esta es, pues, la fe apostólica: Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, es el Señor, quien habiendo
muerto por nuestros pecados ha resucitado corporalmente en incorrupción, y está vivo cual
soberano Altísimo y cual Rey supremo a quien podemos invocar para salvación.
Por eso Pablo, antes de anunciar aquello a los corintios en su primera carta, antes de
establecer lo que constituía primeramente el evangelio de salvación, fe única, se expresa
escribiéndoles: "1Os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también
recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he
predicado, sois salvos, si no creísteis en vano" (1 Co. 15:1,2). Y entonces establece la persona,
la muerte y la resurrección de Cristo por nosotros como núcleo del evangelio de salvación, la fe
esencial. Sí, era una declaración apostólica y salvífica de descomunal importancia; la fe
apostólica, la fe recibida de los cristianos primitivos en los albores del cristianismo. Esta debe
ser, pues, la fe mínima que se debe imprescindiblemente exigir a un hombre para reconocerlo
cristiano; no podemos rebajar esta mínima exigencia. Está sobre el terreno básico de la
comunión cristiana solamente quien de todo corazón crea y confiese a Jesús como el Cristo,
como el Hijo del Dios viviente, como el Señor, muerto por nuestros pecados y resucitado. Sin
esta fe y confesión se está fuera del círculo de la unidad del Espíritu, con lo cual se demuestra
no tener el Espíritu de Cristo, que a Él glorifica; y por lo tanto, la tal persona no es aún de Cristo.
No basta reconocerle como mero profeta, un luminar más de entre otros en la humanidad. Es
preciso poseer la fe, una fe, la única. De allí brota y se establece el canon, la regla (ver
apartado XXII).

XXXI

UN BAUTISMO

Un cristiano debidamente establecido y fundamentado, es uno que necesariamente ha
pasado por la experiencia de identificación espiritual con Cristo. Este "un bautismo" es el
bautismo en Cristo con el que somos revestidos de Él (Gá. 3:27; Ro. 6:3). Una vez que por la
gracia de Dios hayamos podido reconocer en Jesús al Cristo, y a Su obra como la base de
nuestra salvación, entonces debemos voluntariamente identificamos con Él, en Su muerte y
resurrección, para perdón y liberación nuestra en Él, y para regeneración por Su Espíritu.
Para que fuese manifiesta tal identificación, tal toma de posición, el Señor estableció que la
confesáramos exteriormente por medio de la confesión pública y el bautismo en agua; de
manera que al consumar nuestra identificación de fe, aspirando a una buena conciencia,
garanticemos la certeza de nuestra salvación por la promesa de su palabra: "el que creyere y
fuere bautizado será salvo" (Mr. 16:16).
Estar bautizado en Cristo, es decir, debidamente identificado por fe con Él, habiéndole
invocado de corazón personalmente y de forma voluntaria, es requisito básico para ser hallado
dentro de la comunión cristiana y sobre el terreno de salvación. Ahora bien, y ¿qué es lo
imprescindible para tal bautismo en Cristo? primero: la fe auténtica y de corazón en Él y Su obra;
fe que entonces obedece invocándole, confesándole e identificándose con Él en Su muerte y
resurrección. Los que hacían esto en los tiempos bíblicos bajaban a las aguas para ser
bautizados en señal de la consumación de su identificación en fe con Cristo en Su muerte y
resurrección; así confesaban su nueva toma de posición, ahora en Cristo Jesús. Quien salva es,
pues, Cristo mismo que opera por Su Espíritu ministrando la salvación a través de la fe que
actúa identificándose con Él; con lo cual la persona es bautizada y revestida en y de Cristo. La fe
auténtica se apropia suficientemente de la provisión, y también se exhibe con confesión pública
que se gloría en la Gracia. No aconsejamos, pues, descuidar el descenso a las aguas.

XXXII
UN DIOS Y PADRE

Por último, anotamos como ingrediente fundamental de la unidad del Espíritu, el
reconocimiento del único Dios verdadero, Yahveh-Elohim, Padre de todos los regenerados en
Cristo: "4Un cuerpo, y un Espíritu..., una misma esperanza..., 5un Señor, una fe, un bautismo (y
por último entonces); 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”
(Ef. 4:4-6).
Lo primero que en la declaración apostólica notamos es que Dios es uno. Solamente existe un
solo Dios verdadero, y fuera de Él no hay Dios. Monoteísmo es, pues, la religión del Espíritu. Lo
segundo que captamos es que este único Dios es efectivamente Dios, el único Dios. Deidad
es, pues, de lo que se habla aquí, con lo cual queda implicada la omnipotencia, omnisciencia y
omnipresencia del Ser Supremo, principio y fin de todas las cosas. Pero este único Dios, no es
apenas el elemento de un sistema filosófico; ¡No! sino que es el "Yo Soy el que Soy" que se ha
revelado a Si mismo en forma definida e histórica; Él es Yahveh Elohim; Él que es en Sí mismo
y se revela a Sí mismo. Es, pues, Un Dios Trascendente, distinto de su propia creación, pues es
"sobre todos". Todo lo ha creado de la nada y a todo le ha dado un propósito. Además
permanece inmanente también, a la par que trascendente, sosteniendo todas las cosas, pues Él
es "por todos", como dijera el apóstol Pablo: "27No está lejos de cada uno de nosotros. 28Porque
en él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hch. 17:27b, 28a). Esta inmanencia Suya que sostiene
toda la creación, no es sin embargo panteísmo, puesto que Él es trascendente, Otro, aparte de
Su creación; Él es anterior a ella, causa y sentido de ella. Este único Dios es, pues, el Autor y
Dueño y el Proveedor.
Observando atentamente los Nombres Divinos podemos captar los atributos de Dios.
Sabemos que en el hebreo, y en muchas lenguas orientales, el nombre caracteriza a la persona;
es decir, que la realidad de sus atributos es pronunciada y queda, pues, caracterizada en su
nombre. Conozcamos, pues, a Dios en cada uno de Sus nombres. Él es ELOHIM, el
Todopoderoso (Gé. 1:1); muchos reconocen a Dios simplemente este aspecto: aceptan la
existencia de un Ser Supremo, pero no más. Sin embargo, además de: EL, ELAH, ELOHIM,
Dios es también ELYON, el Altísimo (Gé. 14:18); nadie sobre Él; Él es el más Alto y como tal
Poseedor de cielo y tierra; Él es quien reparte a las naciones su porción. Por lo tanto, Dios es
también ADONAI (Gé. 15:2), el Señor; ADON, ADONAI, Amo y Esposo. Pero hay más; Dios es
EL-SHADAI (Gé. 17:1), aquel pecho todo-suficiente que amamanta y sostiene sustentando para
hacer fructificar. Es EL-OLAM (Gé. 21:33), el Eterno que administra la eternidad; por lo cual es
también el Ayudador de Su pueblo, Jehová de los ejércitos, Yahveh-Sabaoth (1 S. 1:3), que
sirve en las batallas de Su pueblo.
Su nombre especial en relación a la redención es YAHVEH, en sus siete formas compuestas:
Jehová-JIREH, el Proveedor; Jehová- RAFAH, el Sanador; Jehová-NISSI, el estandarte de
nuestra vanguardia y victoria; Jehová-SALOM, nuestra Paz; Jehová-RAAH, nuestro
Apacentador y Pastor; Jehová-SIDKENU, nuestra justicia definitivamente establecida; y
Jehová-SAMA, el perennemente Presente en medio de los suyos (citas respectivas: Gé.
22:13,14; Ex. 15:26; 17:8-15; Jue. 6:24; Salmo 23; Jer. 23:6; Ez. 48:55).
¿Conocemos así a Dios? ¿Hemos experimentado que Él es todo eso para nosotros? Dios es,
pues, también Amor, Santidad, y Justicia, Suma de toda Belleza y Perfección. Pero no
solamente es nuestro Creador y Dios, sino que este mismo Dios, el único verdadero, es además
nuestro Padre. Por medio de Jesucristo hemos recibido vida eterna, llegando a ser partícipes
de la naturaleza divina por su Espíritu, que es garantía de sus promesas (2 Pe. 1:3-4). El único
Dios es, pues, también nuestro Padre, y cual hijos de Dios, testimonio de ser lo cual tenemos en
nuestro espíritu, podemos decirle: "Papá, Papito", "Abba, Padre". Dios ha puesto el Espíritu de
Su Hijo en nosotros para que seamos afiliados hijos suyos por Jesucristo, de manera que
sepamos que nos ha hecho coherederos con Cristo, y que nos ha amado también como a Él ha
amado (Jn. 17:23).
Por todo esto, además de estar Dios trascendente sobre todas las cosas, e inmanente por
La Unidad del Espíritu 101
todos, está también habitando, sí, morando, en todos los que hemos recibido el Espíritu de Su
Hijo; pues quien tiene al Hijo tiene también al Padre. "Yo en ellos y tú en mí. En aquel día
conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mi, y yo en vosotros" (Jn. 17:23a; 14:20; 1
Jn. 2:23; 2 Jn. 1:9).

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He aquí, pues, hasta aquí todo lo que se halla en la posesión común de los que partícipamos
de la unidad del Espíritu y el Cuerpo de Cristo. Estas son las únicas credenciales que podemos
exigir; quien las posea se halla sobre la misma base, y por lo cual, con toda solicitud, debemos
guardar con él la unidad ya establecida del Espíritu. El vinculo de la Paz se mantiene sobre este
único terreno; y una vez que nos hallemos sobre él, debemos mantener y acrecentar la
comunión con todos los hijos de Dios de todo lugar, y en armonía con los de toda época que de
hecho están fundados allí.
A partir de esta vida espiritual, el Señor usando de Su multiforme gracia, opera de distintas
maneras para llevar a estos, de la unidad del Espíritu ya hecha y por guardar, a la unidad de la fe
y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta la estatura del varón perfecto en Cristo Jesús, por
alcanzar, ya no guardar. Guardamos la unidad del Espíritu, y alcanzamos la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo; para lo cual el Señor constituyó también el magisterio de la Iglesia (Ef.
4:3; 4:10-13). Hay una fe imprescindible que guardar mientras avanzamos a la fe madura por
alcanzar en la estatura y el conocimiento pleno de Cristo. Para esto último Dios preparó un
ministerio que es también fundamento y columna.