"Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra".

(Salomón Jedidías ben David, Qohelet 11:1, 2).

sábado, 18 de junio de 2011

CAMINANTE (8): EL ENCUENTRO

Capítulo 8

EL ENCUENTRO
Yo no había pensado demorarme mucho en Asunción; simplemente quería conocerla y
recoger mis cartas de paso hacia el Brasil. Dios, en cambio, tenía otra cosa preparada para mí.
Él había planeado que tuviera un encuentro que cambiaría definitivamente toda mi vida.
Se me habían dado las llaves de la pieza de huéspedes de la Misión de Amistad para que la
ocupara por ese fin de semana. A la noche regresaba allí a pernoctar. El permiso, sin embargo,
me fue extendido por un tiempo más. Pero algo me sucedía al llegar por las noches a dormir. Yo estaba solo y al llegar notaba que se apoderaba de mí un temor extraño. Era como si en aquel lugar algunas fuerzas malignas invisibles me oprimían y luchaban contra mí. Como si se
opusieran a que yo pudiera estar tranquilamente a solas para orar, meditar y leer. Tenía que
hacer un gran esfuerzo para poder sobreponerme al temor y vencer. Cada vez que me acercaba con la llave para abrir la pieza y entrar, era como si me esperase adentro una gran lucha espiritual, una agonía. Pero tomaba valor sin dejarme amedrentar y entraba. Cerraba la puerta y encendía la luz. Entonces procuraba descansar. A veces apagaba la luz, pero las fuerzas invisibles se acercaban y tenía que levantarme para arrodillarme en el suelo a orar. Entonces oraba al Señor intensamente hasta sentirme libre, fuerte y en paz. El Señor me daba confianza y valor y entonces me entregaba agradecido al descanso.
Fue en una de aquellas ocasiones de victoria, tras una lucha en la que había sudado en
oración y había vencido, que el cuarto se llenó de la Presencia del Señor y Su fragancia
embargó de tal manera mi corazón que me postré en el suelo llorando de alegría y gratitud en
adoración. Entonces le ofrecí todo mi ser definitivamente. Él me habló, se me reveló en el
espíritu directamente. Me senté en la cama y abrí la Biblia en el Evangelio según Juan capítulo
14. Muchas veces yo lo había leído, también a solas, y me había impresionado, especialmente
aquella porción más adelante donde Jesús ruega al Padre para que seamos uno en Él y con el
Padre. Pero esta vez fue diferente. Ahora, mientras leía, Jesucristo mismo me decía a mi
directamente aquello que estaba allí escrito. Ya no era la lectura de una historia del pasado; no, sino que Él mismo resucitado y presente allí en espíritu me decía a mí personalmente: "No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí", y así continuaba todo el capítulo 14, el 15, el 16 y el 17. Cada palabra, cada versículo, me fue dicho a mí personalmente y lo supe con tal seguridad que no puedo explicarlo. Entonces vi todo Su amor; descubrí que Él me amaba a mí en particular; Él mismo me lo dijo; me dijo que Él estaría en mí y yo en Él y el Padre en Él y en mí y que seríamos uno. Entonces esas palabras de las cuales yo había meditado, calculado mentalmente, imaginado, comparado, explicado, discutido, ahora cobraban su verdadero significado y yo las entendía, y las entendía porque Él mismo me las decía directamente en el espíritu, y en el espíritu yo entendía claramente lo que querían decir. Él mismo me invitaba al seno de Su gloria excelsa e inefable. ¡Qué diferente es imaginárselo o explicarlo a experimentarlo! Estaba con Él mismo y Él mismo conmigo y me lo dijo, me lo reveló. Entonces lloré y le adoraba. Todas las compuertas de mi ser se abrieron y se derramaron a Sus pies a borbotones. Y Él me amaba y yo le amaba, y era para siempre.
Hoy guardo este depósito en mi corazón. Le encontré a Jesús mismo y Él me encontró y me
llenó de Sí. Lo supe porque lo gusté. Fui lleno de Él mismo y no lo puedo explicar. Cuánto lloraba y me reía. Mi ser había sido desatado y libertado y llevado al seno del amor trascendental de Dios por mí, sí, por mí en especial. Sí, entonces conocí la fragancia de los cielos. ¿Cómo podré olvidarlo? "No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros"; y helo allí cumpliendo Su promesa conmigo particularmente. Así ya entonces yo no estaba huérfano; Él estaba conmigo desde ahora y para siempre y evidente por sí mismo.
Una cosa es hablar de Él, tener Su imagen en nuestra mente, memoria, el recuerdo de su
sentimiento; pero otra cosa es conocerle en la evidencia misma de Su Presencia manifiesta y
perfectamente discernible e inigualable, tan específica y propia de Él que es inconfundible. "En
aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros". "Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor". "En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios". "El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él". "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él".
He allí la promesa que Él estaba comenzando a cumplir conmigo. Entonces le pedí perdón por
lo poco de mi amor y le dije que quería amarle intensamente. De allí en adelante viviríamos
siempre juntos. Yo le amaría y Él a mí. Entonces Él me ayudaría a servirle. Me sentí
perfectamente comprendido. Supe lo que quería decir. "Ya no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre". Y helo allí tan verdadera y consistentemente como lo más seguro y estable. El que le conoce, ¿cómo podrá olvidarlo? Él es inigualable, inconfundible. Sólo Él es así; es Jesús Cristo mismo.
Entonces me fueron abiertas de par en par las puertas de la libertad, de la verdad, de la
amistad y del amor, la eternidad. Jesús Cristo la sustancia y no tan sólo el ejemplo, la presencia y no tan sólo el ideal, Jesús Cristo la virtud, el medio y el método, Jesucristo el vehículo y la meta, el camino y el fin, la estatura plena, la síntesis perfecta del abrazo perfecto de Dios y la humanidad. Y exaltarlo todavía es poco porque explicarlo es rebajarlo. Abrir la boca es imposible. Idealizarlo y mitificarlo es imposible. Cuando Él se descubre, nos asombra más allá de lo excelso imaginado. Ningún mito sería suficiente. Las palabras no pueden hacerse mito porque las supera. Yo le conozco y no lo puedo explicar. Moverme es profanarle. Contemplarlo anonadado para siempre es todavía poco; es como el borde entre la luz indescriptible que te absorbe de la nada al ser; que te llama de las tinieblas de la nada a comparecer ante Él y para Él, cuyo sentido nos es Él, perenne e inalcanzable que nos hinche y desbordamos sin aún completar el servicio, porque no hay servicio que pueda descansar, sino que la deuda se acrecienta con la eternidad, y desaparecer en Él adorándole es todavía poco y nada. 
Al día siguiente de encontrarle a Él, encontré a mis hermanos. Ellos me bautizaron.